Mario Mencía

 

Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana puede leerse en el párrafo inicial de un documento suscrito hace 94 años en uno de los países del cono sur americano. (1)

Discurría entonces el octavo año de la Revolución Mexicana, obligada referencia a convergencias y divergencias, que en nuestro ámbito definían actitudes y forzaban alineamientos.

Izquierda: El cuarto de izquierda a derecha es el dirigente socialista argentino Alfredo Palacios

Decursaba el cuarto año de la después denominada Primera Guerra Mundial, segundo reparto capitalista del mundo, con su secuela de muerte, hambre y devastación afincadas en Europa, de cuya consecuente crisis general económica América Latina devendría forzada víctima.

Comenzaba en Petrogrado un hito referencial en la historia de la humanidad con la Revolución de Octubre, mientras en América una decena de tiranías y otras tantas democracias precaristas, sometidas todas a la entonces adolescente sujeción neocolonial, coloreaban nuestro mapa regional.

En esa atmósfera modulada  por tan diversas influencias, fue firmado por quince jóvenes aquel documento que titularon La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de América, el 21 de junio de 1918.

El Manifiesto Liminar —como también es conocido— devendría declaración de guerra contra los métodos formativos culturales prevalentes en el primer cuarto del siglo XX a pesar de su anacronismo, y frente a las anquilosadas estructuras administrativas y docentes que los sostenían.

Esa confrontación que llegaría a generalizarse en gran parte del continente antes de que transcurriera una década, contaba, sin embargo, con algunos antecedentes en la propia Argentina y en otros puntos focales de inquietud intelectual de nuestro ámbito.

Sería injusto olvidar que los estudiantes uruguayos ya habían logrado algunas de las conquistas que más tarde llegarían a constituir demandas fundamentales del Movimiento por la Reforma. Cinco años después de que en Montevideo se efectuara el Primer Congreso Universitario Americano, en 1913 los jóvenes de la tierra de Artigas habían obtenido la participación en el gobierno universitario, durante el período de las transformaciones sociales del presidente José Batlle. Recién iniciada la década del veinte resultarían también los primeros en conquistar la autonomía. En la Universidad de la República Oriental tomaría cuerpo real el mayor número de postulados de la reforma.

Uno de los valores raigales del  manifiesto es señalar el momento  exacto en que los esfuerzos aislados e intermitentes van a coincidir y a incrementar su fuerza, desde los anteriores balbuceos de exiguas minorías hasta  estallidos generalizados y, además, van a brotar en lugares donde antes siquiera habían existido sus formas más primarias.

El lenguaje épicamente sonoro de la proclama, con su acentuado lirismo juvenil, inicia un veloz tránsito por aulas y paraninfos tramontando fronteras. Como por un cordoncillo de pólvora, la chispa inicial se transforma en línea de fuego que escala los Andes, traspone el istmo centroamericano, arriba al Anáhuac y navega por el Caribe.

Ningún otro documento hasta ese instante había concitado en América tan extenso e instantáneo recorrido por un sector social. Miles de tertulias se conmocionaban con su lectura:

 

[…]  La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta aquí porque los tiranos se habían ensoberbecido y era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo. Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y —lo que es peor aún— el lugar donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser así fiel reflejo de estas sociedades decadentes, que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. Por eso es que la ciencia frente a estas casas mudas y cerradas pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio burocrático.  Cuando en un rapto fugaz abre sus puertas a los altos espíritus es para arrepentirse luego y hacerles imposible la vida en su recinto. Por eso es que, dentro de semejante régimen, las fuerzas naturales llevan a mediocrizar la enseñanza, y el ensanchamiento vital de los organismos universitarios no es el fruto del desarrollo orgánico, sino el aliento de la periodicidad revolucionaria.

 

Ahora bien, si importante era el contenido intrínseco del manifiesto mucho más lo fue la actitud de lucha de los universitarios del extremo sur del Continente por lograr sus reivindicaciones, a lo que unió una fuerte campaña proselitista que se expandió hacia el norte de Nuestra América. Estudiantes y profesores “reformistas” extravasaron el río La Plata en periplos promocionales hacia cercanos y lejanos países.

Es claro que ni al documento ni al esfuerzo por imponer y expandir sus postulados podrían adjudicárseles cualidades mágicas. Cabe preguntarse entonces por qué prendió la chispa de Córdoba en el resto de América Latina. Mas, la respuesta desecha la ilogicidad de que sea por el lenguaje y por la actitud per se de su proponentes; es que ese lenguaje y esa actitud se correspondía con la circunstancia más o menos similar que padecía el resto del estudiantado de nuestra región, que se vio así reflejado.

Cuando se habla del movimiento de la reforma universitaria ha de tenerse en cuenta que nos referimos al fenómeno social que, con carácter autóctono, ha merecido tal vez la más amplia literatura en nuestro continente.

Conviene también apuntar que al calor de las luchas por la reforma universitaria —que ha tenido variaciones formales y esenciales a lo largo de casi un siglo— se gestaron muchos de los liderazgos políticos de extracción no militar que han matizado el acontecer latinoamericano contemporáneo.

De ahí que no pueda imaginar siquiera una síntesis sobre un tema que ya acumula centenares de tomos y miles de documentos y monografías.

En consecuencia, olvidaré con toda intención los segmentos que integran el concepto de Reforma Universitaria, tales como autonomía, cogobierno, autarquía financiera, universalización de la enseñanza, libertad de cátedra, metodología de la educación y varios aspectos más que junto a centenares de variantes y combinaciones han conformado durante todo este tiempo tal concepto.

Sí es preciso señalar, en cambio, un mínimo de rasgos imprescindibles para la apreciación global de la magnitud y el significado de la reforma:

 

—    Cuestionó el carácter y la extensión de la cultura de su tiempo en sus principales instituciones de formativas y divulgativas: las universidades.

—    Cuestionó la metodología y capacidad docentes para la impartición de la enseñanza al nivel universitario.

—    Entendió que esos dos primeros problemas cardinales resultaban insuperables si prevalecía la misma estructura administrativa y docente, supeditada a determinados intereses, cerrada, sectaria y unilateralmente impositiva.

 

En cada una de esas categorías se manifestaron explosivas polémicas que desde los primeros momentos catalizaron  definiciones y posiciones sociales en los más variados campos. Porque de lo que al principio pareció una contradicción entre el aula y la cátedra, emergió después la divergencia entre la universidad y el Estado. Así, la lucha por la reforma, que asumió formas iniciales de reyerta interna universitaria, se transformaría en una interpelación a las demás instancias supraestructurales y sus instituciones y a la estructura misma del régimen social. Los choques dentro de su esfera gremial transfirieron necesariamente  la lucha estudiantil al rango de cuestionamiento de la sociedad en su conjunto. Vía capitalismo interno en su imbricación dependiente del capitalismo externo, el siguiente paso fue la adopción de las ideas antimperialistas. Y ese paso fue dado tempranamente por los jóvenes más de avanzada del continente.

En una gran medida, el movimiento de la reforma expresa la rebeldía de una América Latina que rechaza lo que de pesadilla inmovilista e involucionadora dejó como lamentable secuela la vertiente negativa diecinuevecentista. Pero que cuando quiere hacer realidad su ilusión de independencia de casi un siglo, despierta con la amargura de estar aherrojado por la neocolonización.

La profundidad de la visualización de este problema origina tres categorías de reformismo, por lo menos: los que únicamente se plantean la solución de una parte del todo; los que piensan que solucionar la parte (universidad) es la clave para solucionar el todo (sociedad); y los que entienden que la solución de lo particular solo es posible a partir de la solución del todo. Estas tres tendencias aparecen con mayor o menor nitidez desde los instantes iniciales de las luchas por la reforma.

La primera ve una universidad aséptica que puede vivir una existencia al margen y por encima de la sociedad. En lo inmediato es útil porque se propone eliminar un aspecto decadentista de la sociedad. Estratégicamente, sin embargo, en tanto no se propone cambios sociales, deviene tendencia esencialmente reaccionaria.

En la segunda se concreta la vieja teoría de la república universitaria. Imagina la universidad como un hermoso laboratorio desde el que se puede ensayar el cambio del resto de la sociedad. Más útil, por combatir los vicios e inconsecuencias de la sociedad, a largo plazo es una fórmula utópica y también reaccionaria, en tanto desempeña un papel enajenante que enmascara una efectiva solución a la realidad social.

La tercera toca a fondo las raíces clasistas e ideológicas del problema. Si no se revoluciona el conjunto, o al menos su eslabón fundamental (las relaciones económico-sociales) no es posible reformar en esencia y con permanencia la universidad, o las reformas logradas siempre estarán en peligro de supresión, como ha ocurrido con frecuencia. Esta es la única tendencia revolucionaria.

Al margen de estas posiciones hacia las que puede derivar, en la perspectiva del tiempo transcurrido, lo determinante positivo del Grito de Córdoba fue el movimiento que gestó y que conmocionó a la América Latina, que frecuentemente se tradujo en elemento acelerador de cambios en nuestro ámbito.

“No podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta religiosa, ni al juego de intereses egoístas”, clamaban los reformistas de 1918. Luchar contra esa situación a la que pretendía sometérseles es su gran mérito, aunque su obra mayor está en haber dejado para las generaciones estudiantiles futuras muchas razones y un método de combate que, constantemente, y aún hoy día, lleva al estudiantado a trascender los muros de sus claustros y proponerse objetivos por encima de su limitado ámbito existencial.

Expresión ideológica del ingreso y predominio de las capas medias a los predios universitarios, el estallido reformista que tuvo inicio en 1918 es reflejo, al mismo tiempo, de los cambiantes conjuntos de contradicciones predominantes en los diversos momentos que ha transitado.

Como ha manifestado las vindicaciones de los sectores más avanzados en esas contradicciones, incluidos sectores de las burguesías nacionales que coyunturalmente han podido oponerse en determinados momentos y lugares a la penetración imperialista, por esa misma razón mostró tan inusitado y explosivo arraigo. En tanto que portador de algunas de algunas vindicaciones populares, en ese sentido el movimiento por la reforma mantiene vigencia.

Que sus propugnadores de antes y después aparezcan o no como consecuentes con sus postulados, obedece a otro orden de análisis que en cierta medida nada tiene que ver con la reforma en sí misma y sí con el derrotero clasista que asume cada quien en las aulas y al salir de ellas. De ahí que en el decurso de las luchas por la reforma se aprecia un contenido revolucionario y otro contrarrevolucionario. Y conste que me refiero a los factores que intervienen desde adentro y a favor de ella y no al bando de los que se le oponen, los contrarreformistas.

En los distintos períodos reformistas se aprecian posiciones que, desde el punto de vista del desarrollo de la sociedad en su conjunto, se contraponen. La unidad de los momentos iniciales se da en cuanto al objetivo de derrocar las viejas estructuras fosilizadas decimonónicas, y en la misma dimensión en que armonizan con los intereses de la pequeña burguesía y también el normal desarrollo de las burguesías nacionales. Coetáneamente, en términos prácticos-ideológicos, se produce la necesaria decantación de la pequeña burguesía radical: aburguesarse o proletarizarse. Hacia la derecha o hacia la izquierda. Hacia la reacción o hacia la revolución.

En tal sentido todo es positivo hasta cierto punto, hasta el punto en que divergen los intereses populares de los de la burguesía cuando esta pierde sus pudores nacionales y queda sujeta en la órbita internacional de potencias dominantes.

Expresión del aspecto más positivo del movimiento reformista primitivo es la circunstancia de que bajo sus banderas fortaleció sus alas la generación democrática e internacionalista que centelló en el cielo americano desde los años veinte hasta los setenta, que nutrió las filas de las organizaciones y los partidos revolucionarios surgidos en el siglo XX.

En su aspecto negativo, albergó a su sombra también a los cuadros intelectuales de la contrarrevolución, en una escala que se ha dilatado desde el dudoso liberalismo nacionalista burgués hasta las posiciones que con posterioridad han dado origen al neoliberalismo y al neofascismo.

 

BALANCE Y PERSPECTIVA

En 1956 se efectuaron en Lima la Conferencia Regional de la UNESCO sobre la Enseñanza Gratuita y Obligatoria y la Segunda Reunión Interamericana de Ministros de Educación, que evidenciaron la siguiente situación:

De una población en edad escolar estimada en cuarenta millones apenas diecinueve reciben educación primaria, y alcanzan cifras impresionantes el absentismo y la deserción escolares. A causa de estos hechos, el nivel medio de educación no rebasa, en general, el primer grado para la totalidad de la población, ni el cuarto para los que consiguen ingresar en la escuela. El enorme crecimiento demográfico agrava de tal modo la magnitud del problema, que se estiman necesarios quinientos mil maestros para atender las necesidades más elementales. A ello hay que agregar la gran masa de profesores no titulados, la pobreza de las retribuciones, las deficiencias técnicas, los edificios inadecuados, la falta de muebles y material, y otras fallas que repercuten en la calidad del trabajo docente, incluyendo entre ellas la falta de continuidad de la política educativa, y la influencia muy directa de esta circunstancia sobre la estabilidad del personal, no solo de los maestros, sino también de los administradores y directores de la educación, todo lo cual limita la obtención de recursos para el desarrollo de la misma y afecta en alto grado el aprovechamiento del trabajo escolar. (Documento UNESCO/MINEDECAL/6)

Sesenta años después, la situación en algunos países ha cambiado, pero para empeorar. El elevado índice de crecimiento de la población en América Latina, junto a la congelación y hasta disminución en ciertos casos de los presupuestos educacionales, y hasta privatización de la enseñanza media y superior, agravan la insuficiencia, deformación y pobreza de la educación en nuestros países. Las cifras que reiteran la persistencia de esta situación aparecen una y otra vez en los anuarios estadísticos nacionales e internacionales.

Noventa y seis años después del inicio del movimiento por la Reforma Universitaria, puede afirmarse que algunos males se han recrudecido. Que con excepción de un grupo de países que no llegan a la decena, el resto puede ser caracterizado de la manera siguiente:

— Con escasas excepciones, el nivel de desarrollo está hoy mucho más alejado de los países desarrollados que lo que lo estaba a principios del siglo XX. Consecuentemente nuestras universidades, en general, se encuentran mucho más separadas de la actualidad científica de lo que entonces estaban. El distanciamiento relativo entre ciencia y docencia se ha incrementado.

— La población absoluta del continente es mucho más elevada. Ha crecido notablemente la población estudiantil, pero en proporción menor a la de la población. Aunque ha aumentado la participación en los estudios de los hijos de las clases trabajadoras, este acceso solo se da en los niveles más bajos de la educación. El volumen de jóvenes con posibilidad de cursar estudios superiores que no pueden hacerlo es ahora mucho más alto que en el pasado. Nuestras universidades continúan siendo un coto elitista y se ha recrudecido su incapacidad para absorber toda la masa que egresa del nivel inmediato inferior.

— La dominación económica y política extranjera, que en los años veinte del siglo XX comenzaba su penetración en Latinoamérica, completó su circuito invasivo. Permeó el sector de la cultura. Controló directa o indirectamente una buena parte de los más altos centros de estudios. Trasplantó sus métodos deformantes, sus prácticas discriminatorias. Desvirtuó nuestra historia y nuestros valores culturales.

— A ello se agrega la ofensiva neoliberal de las décadas inmediatas anteriores que se propone imponer la privatización de la enseñanza en las universidades públicas latinoamericanas. No se trata ya de la competencia en recursos de las universidades privadas, especialmente las confesionales, sino que el Estado cercena la capacidad de las universidades públicas, retira los subsidios a estas y privatiza sus finanzas y funcionamiento.

Por estas razones, lo que de sano y de positivo poseía el movimiento por la reforma todavía tiene mucho que hacer en América Latina.

En consecuencia, la era de las luchas por la reforma no ha caducado. Conserva toda la fuerza de vigencia con la que se concibió hace casi un siglo.

No es que la liberación de nuestro continente, y más allá aún la liberación del hombre americano, vaya a depender de las universidades, pero la lucha por la reforma en su actual contenido potencial sí está llamada a desempeñar un papel de importancia en concordancia con su significación histórica en la ejercitación de fuerzas fundamentales que demanda el futuro: la total independencia de nuestros pueblos y la revolución social.

Mientras sea ese su objetivo ulterior, Córdoba, todavía, es un llamado a la conciencia y a la acción de los hombres libres de América.

 

Fuente: Cubarte, 18 de junio de 2014

 

NOTA

(1) Vea el texto completo del Manifiesto de la Reforma Universitaria en http://www.ariadnatucma.com.ar/?p=767 (Nota de la Redacción)

 

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