“Compaisanos, seremos libres, seremos hombres, seremos nación. Entre esto y la esclavitud no hay medio, el deliberar sería una infamia”
Francisco de Miranda. Proclama, Londres 1801.

Izquierda: “Miranda en la Carrara” de Arturo Michelena. Foto Carolina Crisorio.

Las claves del pensamiento emancipador de Francisco de Miranda

Cuando se estudia la gesta de Francisco de Miranda fuera del consabido anecdotario, se comprenden las claves de todo proceso emancipador. En primer lugar, está la pregunta por la propia identidad. En su diario de viajes se puede ver que si bien Miranda, cuando sale de Caracas hacia Cádiz en 1771, se piensa como español, como se pensaban todos los habitantes de este continente tras tres siglos de férrea imposición de los valores de la cultura y de la sociedad españolas, pronto se dará cuenta de que América no es España y comenzará a indagar por esa diferencia. Esa  es la primera clave. Miranda comienza a pensarse como americano, comienza a tomar conciencia de que América es distinta de España y que su destino no tiene porqué estar sujeto al de ésta, que es necesario que los pueblos americanos se hagan capaces de trazar su propio destino y, por lo tanto, que comiencen  a pensar en las vías para alcanzarlo.

Esa conciencia del ser americano nos lleva a la segunda clave: la necesidad de la autodeterminación. En Miranda se consigue la clave de cómo, comprendiendo que se es otro que la totalidad vigente, se tiene todo el derecho de luchar para conquistar la libertad plena y concebir y desarrollar un proyecto histórico propio. En las reflexiones que hace sobre ese proceso, Miranda identifica claramente los elementos que impiden que los americanos tomen las riendas de su propio destino, los cuales ubica primeramente en el campo ideológico, en el campo de los valores que ha impuesto España en sus colonias y que han condicionado la mentalidad de los americanos. Por un lado, está la indisoluble relación entre  monarquía y religión. Para Miranda es claro que éste es el nudo ideológico fundamental que mantiene atadas las conciencias de los americanos a la obediencia al rey. En tanto la religión o la prédica de la iglesia católica siguiera sosteniendo el poder de los reyes sobre América, el esquema rey-patria sería muy difícil de romper. Miranda es de los primeros en comprender que si no se ataca la figura del monarca y si no se demuestra su responsabilidad ética en las vejaciones que sufrían los americanos, en la explotación y saqueo de sus riquezas, en la persecución y matanza de los indígenas, en la minusvalía en la que estaban sumidos todos los americanos, incluidos los que ostentaban títulos de nobleza, si no se demostraba esa responsabilidad no se iba a lograr que los americanos cayeran en cuenta de que era necesario liberarse de ese rey que era tenido por amo en toda la América española. Gran parte del trabajo de Miranda fue hacer que los americanos adquirieran esa conciencia.

Descubierta, pues, la americanidad y en conciencia de la necesidad de independencia, Miranda comienza a buscar argumentos en la literatura jurídica y en el derecho internacional de la época para fundamentar el derecho de los americanos a rebelarse, como puede verse desglosado en la proclama que escribe en 1801. Paralela a la conciencia de la soberanía debe darse la acción liberadora, es decir hacer realidad el proyecto de emancipación. Es lo que Miranda trata de hacer cuando busca apoyo financiero para ese proyecto. Sin embargo, dos problemas quedaban por resolver. Por un lado, cómo juntar las fuerzas necesarias para derrotar un ejército ocupante que tenía presencia en todo el continente y cómo, además, sostener esa independencia una vez conquistada y, más que eso, cómo recuperarse de los tres siglos de retraso y pobreza que el saqueo de las riquezas por parte de la metrópoli había causado a la población americana. Sin duda, ninguno de estos dos objetivos podría lograse con acciones parciales o locales, pues era, como decía Miranda, todo el continente el que necesitaba imperiosamente liberarse del dominio español. La solución  no era entonces otra que la unidad de los esfuerzos. He allí la tercera clave: la unidad de todas las provincias americanas en un solo cuerpo de lucha y en un solo cuerpo de construcción de lo nuevo.

Desde que Francisco de Miranda concibiera la idea, a fines de 1783, de independizar la América Meridional, va a pensar esta independencia como inseparable de la idea de la unidad, hasta el punto de imaginar a las diversas provincias que desde el sur del Mississipi hasta la Patagonia conformaban el reinado español, integradas en un solo cuerpo para derrotar al imperio español y una vez libres, integradas en una sola nación, con un solo gobierno  y un solo cuerpo de leyes; nación para la cual inventa el nombre de Colombia, con el cual habría de ser conocida y respetada por el resto de las naciones del mundo.

Aparece así, Francisco de Miranda como el primero en expresar la conciencia de la necesaria relación entre identidad, independencia y unidad, y en ese sentido se va a empeñar en una búsqueda incesante de los fundamentos del ser americano y en proponer, también por primera vez,  como principio generador de identidad el nacimiento en tierra americana; válido para todos por igual, independientemente del color de la piel o del origen social. Visión evidentemente revolucionaria. Y precisamente porque es el primero que piensa la americanidad a nivel continental, como principio diferenciador y fundante de derechos, es que puede pensar ―el primero también― en la integración de todos los pueblos que la componen; y la piensa además en el sentido auténtico en que debe entenderse la integración, es decir, como voluntad de conjugar esfuerzos para construir una nueva entidad, una sola nación que llegara a ser, como le gustaba decir, un cuerpo preponderante en el concierto de las naciones, que habría de contribuir a mantener el equilibrio de poder y a asegurar la paz en el mundo.

Pero la justificación de la necesidad de la integración no puede limitarse solamente a razones de orden cultural o histórico. Éstas, por sí solas, aparte de darle un toque romántico a la propuesta, no constituyen por sí mismas argumentos de peso suficiente como para que la decisión de planificar en forma coordinada nuestros destinos históricos, comience a ser tomada como un imperativo por la sociedad toda y lleve a sus dirigentes a comprometerse militantemente con esta idea, como sí lo hizo el Comandante Chávez y lo está haciendo hoy  el Presidente Maduro.

De ello Miranda estuvo también plenamente consciente. No basta, dice, con la conciencia de haber sido todos “injuriados del mismo modo”, sino que para evitar seguir siéndolo, debemos construir vías de autoafirmación y de realización de nuestras propias potencialidades. Es decir, que la integración debe constituirse necesariamente y antes que nada en un proyecto político y, complementariamente, en un proyecto económico. De allí que comience a buscar una fórmula de gobierno continental que garantice, por una parte, la preservación de la autonomía de las diferentes regiones ―lo que continúa siendo hoy el principal obstáculo para la integración― pero que al mismo tiempo asegure el establecimiento de “una sana y juiciosa libertad civil”, una eficiente administración de las finanzas y una potenciación y complementariedad en el uso de los recursos propios; todo ello combinado con una efectiva defensa del territorio ante cualquier amenaza externa.

Esta unidad política, recogida en sus Proyectos Constitucionales de 1801 y 1808, que regirían para toda la América Meridional, habría de sustentarse sobre una estructura jurídica común, establecida por consenso y en cuya elaboración participarían todas las instancias de gobierno, tanto locales como provinciales. Finalmente, habría de constituirse un Congreso continental (Concilio Colombiano), que tendría por sede Panamá, en el cual todas las provincias estarían representadas; organismo que sería, además, el único con facultad para tomar las decisiones que concernieran a la totalidad de esa América unida, es decir, de Colombia.

Construida así esa gran nación independiente e instaurado un sistema de gobierno republicano, sus habitantes no sólo se sentirían libres, sino que teniendo la garantía del aprovechamiento exclusivo del producto de su trabajo, se verían igualmente estimulados a desarrollar sus capacidades creadoras. Si a esto se añade la existencia de recursos naturales casi ilimitados, a no dudar que Colombia no sólo se pondría a la par de las otras naciones del mundo, sino que hasta podría constituirse ella misma en un bloque de poder. La integración americana es propuesta, entonces, por Miranda no solamente como condición de existencia para unas colonias que se han independizado, sino también como vía de recuperación del retardo que en el progreso mundial le habían ocasionado los tres siglos de dependencia colonial.

Vemos entonces cómo en Miranda, la independencia no es pensada sino en el marco de la integración y ambas resultan inseparables en el sentido de que si la una significa la recuperación de la libertad, la otra es la que puede asegurar su conservación y el desarrollo pleno del potencial político y económico de la nueva sociedad. De allí que insista tanto en la necesidad de marchar todos al unísono, pues de otra manera se pondría en grave riesgo cualquier libertad conquistada o no estaríamos en condiciones de hacer valer nuestras opiniones en el concierto de las naciones y, por tanto, devendríamos presa fácil de los intereses de las naciones poderosas.

Las claves y la vigencia, pues, del proyecto de Miranda están en la generación de una conciencia de identidad americana, en la conciencia del derecho a la rebelión, en la fundamentación teórica de ese derecho  a la rebelión y en la voluntad de hacer realidad ese proyecto emancipador, paso necesario para revertir esa situación de dominación y conquistar la libertad absoluta, porque para Miranda estaba muy claro que no se trataba de  liberarse de España para caer en manos de cualquier otro poder imperial. Tanto lo tuvo claro  que sin vacilar llegó a rechazar propuestas  de Inglaterra y de Francia de ayudarlo a realizar su expedición libertadora pero condicionándola a una cierta tutela de estas naciones.

Su único motivo de vida fue la independencia y la unidad de América, y a ese motivo se consagró con pasión desde 1783 y por ese motivo murió prisionero el 14 de julio de 1816.

Pocos hombres han marcado tanto su tiempo como lo hizo Francisco de Miranda y, sin embargo, pocos como él han sido tan relegados de la memoria colectiva. Las circunstancias de su salida de la escena política y militar de Venezuela en 1812 lo condenaron no sólo a un entierro prematuro en la mente de sus contemporáneos, sino a su execración total de las páginas de la historia, por lo menos hasta finales del siglo XIX. Y esto a pesar de la fuerza de sus ideas que siguieron perviviendo y marcaron la concepción política bajo la cual los grandes próceres que continuaron la lucha, fueron imaginando y pergeñando la naciente América Meridional que se hacía independiente de España.

Todos y todas hablaban de Colombia y del orgullo de sentirse colombianos, como la nueva estirpe de hombres y mujeres libres, sin siquiera dedicar un recuerdo al que no sólo había inventado esos nombres, sino a quien les había forjado el significado liberador con el cual eran usados. Todos y todas hablaban de la unidad de América como la impostergable respuesta a tres siglos de coloniaje y como posibilidad real de consolidar la independencia que se iba conquistando, sin recordar que el creador de esa utopía liberadora venía luchando por ella desde 1783 y por ella había concebido y redactado hasta un proyecto de Constitución continental. Todos y todas siguieron dándole vida a sus ideas, pero todos y todas olvidaron al hombre que las forjó. Tanto así, que ni siquiera hubo una manifestación pública de duelo cuando murió de verdad en 1816. Para todos y todas ya estaba muerto desde varios años atrás y murió cubierto de oprobio por la mezquindad de quienes lo sacrificaron ante el altar de la inmadurez, con la que reaccionaron ante la primera derrota de un proceso que habían imaginado fácil.

A mantenerlo condenado al silencio contribuyó sin duda la pérdida de su valiosísimo Archivo, donde tuvo el tino de dejar registrado todo cuánto imaginó, soñó y logró hacer para que su América, esa cuyos límites iban desde el sur del Mississipi hasta la Patagonia, se viera un día libre de toda dominación imperial y con el concurso de todas y de todos sus habitantes, juntando los ingentes recursos que encerraba su prodigiosa naturaleza, se convirtiera en una nación preponderante y garante de la paz en el mundo. ¿No es ese todavía el proyecto que perseguimos?

Un poco más de cien años estuvo desaparecido su Archivo, ese que bautizó Colombeia, y fue al cabo de su recuperación en 1926, que los americanos y el mundo pudieron comenzar a conocer quién era realmente ese Francisco de Miranda que había soñado antes que nadie lo que luego costó tanta sangre construir.

Nos toca hoy continuar haciendo justicia al gran hacedor de la independencia no sólo de Venezuela sino de toda Nuestra América, y sobre todo nos toca mostrar que Francisco de Miranda sigue vivo y sigue señalando el camino que debemos recorrer hasta alcanzar la meta a la que él, como Bolívar y como Chávez, entregó gustoso su vida.

Sean los 200 años de su desaparición física, una ocasión más para seguir descubriendo su talante batallador, su incontrovertible perseverancia, su inclaudicable defensa del ser americano y de su derecho a un proyecto propio, su fortaleza moral y sus ideas de justicia social, de emancipación y de unidad, que tuvieron que ver no sólo con Nuestra América sino con una propuesta de paz y libertad para todos los pueblos del mundo.

 

Carmen Bohórquez

Julio de 2016

A 200 años de su paso a la inmortalidad

NOTA:

Agradecemos a la Dra Carmen Bohórquez que nos haya enviado su discurso para su difusión. ADHILAC Internacional

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