José Martí ejerció una extraordinaria influencia en Juan Bosch

Entrevista de Hassán Pérez Casabona *

Diálogo con Patricio Bosch, a propósito del 55 aniversario de que su padre asumiera como primer presidente electo en República Dominicana tras la dictadura trujillista.

Desde las primeras palabras es perceptible su hablar pausado. En ocasiones aflora cierta timidez a la hora de responder alguna interrogante, aspecto que remarca su idea de no aparecer en el proscenio. “Nunca me gustó llamar la atención, sobre todo cuando no soy el eje de los acontecimientos”.

Nació en Santiago de Cuba, el 19 de junio de 1946, hijo de un dominicano ilustre y una cubana que, con el paso de los años, también ganaría notoriedad. Su padre, entonces, era un escritor de fama continental, adquirida en buena medida por la manera en que, desde la cuentística, reflejaba las tradiciones de su pueblo, en particular de aquellos sectores esquilmados a los que años más tarde bautizó como “Hijos de Machepa”.

Su madre, una bella joven que realizó la enseñanza primaria en Barcelona, se graduó como maestra de inglés, matriculó Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana y se capacitó como secretaria ejecutiva en Kingstown, Jamaica. Esa mujer de fina sensibilidad estaría al lado del progenitor de mi entrevistado (ayudándolo por demás en la transcripción de varias de sus obras emblemáticas) desde el 30 de junio de 1943[1], en que contrajeron nupcias, hasta que la vida de este se apagó el 1ero de noviembre del 2001.

Patricio Bosch Quidiello, camino a los 72 años de edad, transpira veneración hacia sus padres en que cada idea que pronuncia. “Lo más importante para mí es que he cumplido con el deseo de Don Juan y Doña Carmen de convertirme en hombre de bien, que nunca ha dejado de trabajar”, revela emocionado.

Provenir de una familia longeva le da aliento para prepararse en cada faena. “Mi abuelo materno vivió 99 años y mi abuela 84. Papá falleció a los 92 años y mamá, aunque necesita atenciones especiales, no deja de reconocerme a sus 102 años cada vez que la visito en Santo Domingo. El único desliz que comete —acabo de regresar de estar con ella en enero— es que de vez en cuando me dice Juan, algo que demuestra su nostalgia por la persona a la que acompañó durante casi 60 años. Mi hermano León, hijo de papá de su primer matrimonio, tiene 80. Las personas me dicen que me parezco físicamente al viejo pero él sí es, en cuanto a la fisonomía, copia fiel de papá”.

Hace 38 años Patricio labora como especialista en la Biblioteca Nacional José Martí. Antes impartió clases de historia, geografía y francés en diferentes niveles de enseñanza, luego de graduarse en Ciencias Sociales y en Bibliotecología en la Universidad de La Habana. El motivo para acudir a su encuentro fue dialogar, a propósito de que este 27 de febrero se cumple el 174 aniversario de la independencia quisqueyana, y el 55 de que Juan Bosch fuera investido como el primer presidente electo, luego de que ese país estuviera sumido durante 31 años en uno de los períodos más aciagos de la historia latinoamericana y caribeña: la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo.

 

Derecha: José Martí obra de Juan Luis Fariñas

 

Bosch, al frente del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) —agrupación que creó, junto a otros exiliados en La Habana en 1939— prácticamente arrasó en las elecciones del 20 de diciembre de 1962. La primera clarinada de que era posible obtener el triunfo la tuvo el 20 de octubre de 1961 (al regresar a Santo Domingo tras 24 años de forzoso destierro, 19 de los cuales transcurrieron en nuestro país) en que fue aclamado por un pueblo mancillado por el sátrapa. No en balde su primer discurso tuvo una idea central: hay que acabar con el miedo que se apoderó de los ciudadanos.

La esperanza que echó a andar entre los campesinos del Cibao, y comerciantes y trabajadores del resto del país, sin embargo, fue abortada solo sietes meses más tarde. La orden de derrocarlo, en verdad, se firmó aún antes de que arribara al Palacio Presidencial. La rúbrica de la misma, en diversos grados de involucración, correspondió, entre otros, a los sectores ultra derechistas resentidos por la victoria de quien se proclamaba defensor del pueblo; los altos mandos de las Fuerzas Armadas, los cuales perdieron los privilegios que detentaron durante el trujillato; la cúpula eclesiástica, y, de manera especial, a la mano negra del imperialismo, que siempre asoma a través de sus representaciones diplomáticas.

Con justicia Raúl Roa, Canciller de la Dignidad y gran amigo de Bosch, señaló que el único lugar donde no se daría un golpe de Estado era en Washington,  pues se trataba de un sitio sin embajada estadounidense. En los hechos que condujeron a la salida de Bosch el embajador yanqui John  Bartlow Martin, como demostró la historia, desempeñó un papel protagónico dentro de la dramaturgia orquestada.

El 25 de septiembre de 1963 fue la confirmación, de un lado, de la alianza tenebrosa de diversas fuerzas para impedir el ascenso o consolidación de movimientos progresistas.[2] Del otro, la anticipación de los períodos que sobrevendrían en el Cono Sur y Centroamérica con “gorilas” como Pinochet, Stronger y Videla, o más recientemente enfundados en  otros ropajes, en el estilo de Micheletti, en Honduras, y Temer en Brasil.

Aquella jornada, hace más de medio siglo, fue una fecha aciaga que lanzó por la borda un proyecto de dignificación nacional. Los continuadores del legado de Bosch, y estudiosos de su pensamiento, hablan de que las trasformaciones iniciadas por él (que tienen en la Constitución del 29 de abril de ese año uno de sus pedestales más altos) son apenas punto de partida de una “revolución inconclusa”, compelida a continuarse y profundizarse, como alternativa real a los graves desafíos que se ciernen sobre el hemisferio.[3]

Arropados por la brisa habanera (en el patio de una monumental institución que custodia una parte significativa de las obras de mayor relieve producidas en Cuba o allende los mares que se atesoran en el país) conversamos sobre este y muchos temas. Cada respuesta, en realidad, fue homenaje a un hombre de carne y hueso cuyas ideas tienen mucho que aportar en la hora actual y futura de la región.

 

Comencemos por el principio, ¿cuáles son los recuerdos iniciales que tiene de su padre?

Acude de inmediato a mi mente una imagen: verlo sentado frente a su máquina de escribir. Era un gran mecanógrafo, que desarrolló además la capacidad de trabajar intensa y eficientemente. Impresiona cómo pudo dejar una obra tan amplia y abarcadora, pero la verdad es que fue un pensador infatigable. Se levantaba por la madrugada y tecleaba. Se autoimponía una disciplina para culminar sus trabajos, en múltiples esferas, en los que laboraba al unísono. En numerosos oportunidades yo, cuando me levantaba un fin de semana sobre las 9 o 10 de la mañana, todavía estaba en el proceso creativo con independencia de que empezaba antes de las 4 de la madrugada.

Otra cosa que no olvido es los libros que teníamos en la casa, una especie de biblioteca nutrida aunque no organizada con criterios especializados. Preparaba de forma minuciosa diferentes folders con recortes de periódicos. Esos expedientes le permitían disponer de información valiosa, que luego empleaba en sus análisis. No olvidemos que estábamos lejos de la época computacional y de internet.

Era un lector empedernido, con especial sensibilidad para atrapar con su retina, y retener en el pensamiento, lo mismo un pasaje épico que la realidad que lo circundaba. No dejaba de observar. Fue un autodidacta total. Apenas culminó el bachillerato y nunca matriculó en ninguna universidad, si bien impartió conferencias en decenas de ellas de diferentes países. La pasión que poseo por la lectura se le debo, pues me enseñó a leer antes de ir a la escuela, recortando los titulares de los periódicos y conformando una especie de abecedario, aprovechando esas letras impresas con mayor tamaño. Al mismo tiempo no me impuso ninguna profesión.

 

¿De qué manera funcionaba la dinámica interna dentro del ámbito familiar?

En las diferentes casas en las que vivimos siempre dispuso, por modesta que fuera, de una habitación para trabajar. Mi mamá nos enseñó desde pequeños, tanto a mí y mi hermana Barbarita, quien nació en 1951, a respetar ese espacio de mi padre. Ella llevaba los hilos de la rutina doméstica y en ese sentido, como suele suceder, no se le escapaba nada. El viejo era más persuasivo, con un trato pedagógico basado en conversar con nosotros, además de sacarnos a pasear. Tenía mucha paciencia. Ella era más recta.

Hoy entiendo que sin la disciplina hogareña concebida por mamá, a mi padre le habría resultado difícil avanzar en sus investigaciones. Como tantas veces ocurrió a lo largo de la historia, donde la persona más cercana devino horcón de una figura, mi madre fue quien mejor aquilató todo lo que papá tenía para entregar.

En el momento en que se conocen mi padre era representante farmacéutico. Nací en el Reparto Sueño, en Santiago de Cuba. Los primeros lugares que él recorrió en esa hermosa ciudad fueron las librerías. A los dos años nos trasladamos para La Habana, a una casa muy cerca del Jalisco Park, en el Vedado. De esa etapa recuerdo las salidas a distintos sitios. Uno de los que más me impactó fue cuando me llevó a ver las obras de arte que están en el Cementerio de Colón, una necrópolis de enorme valor patrimonial. Parece que fue ayer el día en que me explicó en detalles lo relacionado con el fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina, frente al panteón donde están los restos de aquellos jóvenes. Yo esperaba esos recorridos con ansias porque recibía además una clase, unido a que, como todo niño, quería estar junto a mi padre. Por otro lado él separaba muy bien sus actividades públicas de la vida privada.

Izquierda:  Fidel Castro junto a Juan Bosch. Foto: Roberto Schmidt

 

¿Cómo era la relación con sus abuelos maternos?

Me gustaba pasear también con mi abuelo, quien tenía una oficina comercial en la Plaza de la Catedral. Cogíamos la ruta 30 desde Marianao, donde vivía, hasta el Parque Central y desde allí bajábamos por Obispo deleitándonos con las fondas y el resto de los establecimientos que se agrupaban en un lugar tan pintoresco. Era un asturiano que llegó aquí joven y trabajó como bodeguero con su tío, y después tendiendo líneas de trenes entre Guantánamo y Santiago de Cuba. Más tarde se dedicó al comercio y no le fue mal, fundamentalmente por su desempeño estricto con los controles. Escuché a sus amigos decir, en reiteradas ocasiones, que durante la crisis de 1929 fue de los pocos que recibió crédito del Royal Bank of Canadá, por la opinión que se tenía de su gestión.

 

¿En qué momento se separa de su padre por vez primera?

Uno de las cuestiones que distinguió su vida fue la condición de viajero impenitente.[4] Desde joven visitó muchos países y de cada uno se llevó una parte de su cultura. Nunca tuvo una mirada “turística”, llena de estereotipos y simplificaciones sino que, aunque estuviera poco tiempo, se las ingeniaba para captar cuestiones más profundas. Es uno de sus méritos, al cual contribuyeron las personas con las que se relacionó en cada lugar. Estoy convencido que una parte de la enorme cultura que alcanzó es el resultado de sus visitas a diferentes latitudes. Cuba es la cúspide de la apropiación que realizó de los espacios por los que viajó. Aquí vivió casi veinte años y entabló amistad lo mismo con grandes personalidades que con personas muy humildes.

Su condición de dirigente lo obligaba a trasladarse por diversos sitios, como parte de las acciones que se concertaban para acabar con la dictadura de Trujillo. La estancia en Costa Rica se prolongó y allí nace mi hermana Bárbara. Años más tarde ocurrió algo similar en Chile. Su idea era crear un frente heterogéneo que impulsara la lucha contra el sátrapa. En la nación austral trabajó en una fábrica de baterías y escribió, entre otros textos, Cuba la isla fascinanteCuentos de navidad. Ese es otro atributo suyo: incursionó en las profesiones más inverosímiles y no abandonó la escritura como su resguardo principal. Sentía la necesidad de compartir con otros sus valoraciones, en la misma medida en que dicha labor se convirtió en talismán.

 

Volvamos un poco atrás, ¿qué recuerda se comentara en su hogar de un hecho como la fallida expedición de Cayo Confites en 1947?

Lo que tengo más claro, comenzando la década del 50, era la entrada y salida a mi casa de muchos dominicanos. De una u otra manera siempre emergía Cayo Confites, nombre que en ese momento era para mí un misterio. Después comprendí el alcance de ese plan y la frustración que generó entre los involucrados que se malograra la operación.

Ese acontecimiento permitió que Bosch y Fidel Castro, estudiante de derecho quien cumplió los 21 años en esos preparativos, se conocieran e intercambiaran. El Comandante en Jefe se refirió a aquellos vínculos en numerosas oportunidades. En el 2011, 64 años más tarde, expresó bellas palabras las cuales dan una idea de las virtudes de su padre. ¿Cómo valora la relación entre ambos?[5]

De admiración y respeto mutuo. Papá consideraba a Fidel uno de los grandes genios de Latinoamérica y el Caribe, al igual que Toussaint Louverture, Simón Bolívar y José Martí. Tuvo la oportunidad de conocerlo desde joven y apreciar rasgos de su personalidad que lo hacían sobresalir.  Después del 1ero de enero de 1959 nunca dejó de defender y admirar lo que acontecía en Cuba. Era común oírlo plantear la idea de que este archipiélago estaba a muchos años de distancia del resto de las naciones de la región, principalmente por la obra educacional conducida por Fidel. Uno de los días más felices de su vida fue cuando Fidel colocó en su pecho la Orden José Martí, en el Palacio de la Revolución,  el 11 de junio de 1987. Armando Hart, a quien igualmente admiró, pronunció esa noche bellas palabras de elogio. No olvido la emoción en su rostro durante la velada. Otro tanto ocurrió al recibir antes la Orden Félix Varela, también entregada por el Consejo de Estado.

 

Derecha: Fidel Castro condecora al político dominicano Juan Emilio Bosch Gaviño con la Orden José Martí. Foto: Periódico Trabajadores 

Cuéntenos la anécdota narrada por su padre del encuentro que tuvo usted con Fidel en 1975…

En esa visita de papá, ya como dirigente del Partido de la Liberación Dominicana, fundado por él en diciembre de 1973, luego de renunciar al PRD, Fidel sostuvo un animado encuentro con él en la Casa de Protocolo en la que se alojaba. Yo participé de una parte del diálogo pero después, por respeto a ambos, me retiré para que conversaran con comodidad. Mi padre le comentó al Comandante que yo, a esa altura con 29 años y una hija recién nacida, era el pequeño de dos años que él conoció y cargó cuando nos visitó en nuestra casa cerca de la calle Zapata. Fidel, con su memoria fabulosa, recordaba los motivos por los que fue a ver entonces a mi padre. Le llamó la atención esa curiosidad y la compartió con otros compañeros.

 

En esta mirada retrospectiva, ¿cómo fueron los años finales de la década del 50?

El incremento de las acciones represivas de Batista creó una situación prácticamente insostenible. Papá fue detenido y llevado preso en varias ocasiones, incluyendo después del Moncada, en que lo encerraron en La Cabaña. Mi madre iba de visita pero no quiso que sus hijos lo viéramos así. Se puso muy flaco y se enfermó del estómago. Mamá habló con Enrique Loynaz del Castillo, quien además nació en Puerto Plata, y el veterano mambí le gestionó el indulto. En 1958 lo volvieron a apresar. Salió de la cárcel gracias a la gestión de varios intelectuales. De ahí se trasladó para Venezuela, donde el 23 de enero de ese año una Junta Patriótica depuso a Marcos Pérez Jiménez, una de las tiranías que examinó mi padre en su libro Póker de espanto en el Caribe. En marzo de 1959 fuimos a verlo a Caracas y estuvimos un tiempo con él. Yo regresé y mi madre y Barbarita se quedaron con él. Luego se trasladaron a Costa Rica, país donde recibió la noticia del ajusticiamiento de Trujillo el 30 de mayo de 1961. Mi abuelo me puso a estudiar en la Havanna Military Academy, en Jaimanita, por aquello de ser una institución que formaba la disciplina.

 

Sé que asistió a la toma de posesión de su padre hace exactamente 55 años. De qué manera evoca esa fecha. Qué estado de ánimo percibió en él…

El ambiente era tremendo. La gente mostraba una alegría desconocida. Hubo muchos invitados. Hasta Mario Moreno, Cantinflas, asistió a las celebraciones y actuó para el pueblo. Lo felicité pero me di cuenta tenía por delante una tarea enorme en condiciones sumamente complejas. No era fácil gobernar un país apenas salido del trujillato, con una economía endeble y unas Fuerzas Armadas mayoritariamente reaccionarias, con muchos de sus principales jefes comprometidos con el viejo régimen. A ello súmale que esa misma oficialidad estaba acostumbrada a prácticas corruptas y recibir privilegios de cualquier naturaleza. En resumen, había que encarar condiciones nada propicias.

Mi padre estaba feliz por la oportunidad de hacer algo concreto en beneficio de su país. Durante los años de exilio obligatorio soñó con regresar a su patria y trabajar por ella. De igual manera tenía plena conciencia de la gravedad de la situación que encontró, resultado de las deformaciones impuestas durante la dictadura. Percibí que mamá estaba preocupada por el estrés que iba a generar el trabajo descomunal a acometer pero, como hizo siempre, lo apoyó en todo. Ella como nadie comprendía cuánto significaba para mi padre dedicarse en cuerpo y alma a su nueva responsabilidad.

Para mí fue un viaje especial. Conocí a mis abuelos paternos y al resto de la familia. Recorrí Río Verde, en La Vega, sitio donde nació mi padre el 30 de junio de 1909. Esta última es una ciudad bonita y hospitalaria. Vi también un lugar que Martí visitó que se llama Santo Cerro, desde el que se divisa el Valle del Cibao. Es un paisaje hermoso. Me di cuenta que somos dos países extraordinariamente parecidos en disímiles aspectos.

 

Todos los investigadores reconocen, incluyendo los que no simpatizaron con él, la austeridad de su padre como mandatario y las medidas que adoptó en aras de acabar con el saqueo del patrimonio popular…

Nunca le gustó el boato, el protocolo o asumir poses que lo distanciaran de su gente. Ni siquiera se trasladó a vivir en el Palacio Presidencial. Llegaba allí antes del alba y se marchaba de madrugada, pero siempre regresaba a la pequeña casa que consiguió a su regreso a Santo Domingo.

 

¿Cuáles considera los mayores éxitos durante esos siete meses de quehacer trepidante?

Lo que más hizo en ese período (empresa colosal) fue quitarle a la población el miedo cotidiano que dejó el trujillato. Las personas venían de padecer temores de toda clase. Se desconfiaba de cualquiera que estuviera al lado, pues alguna delación significaba perder la vida. El clima de terror impuesto por aquel asesino fue tal que las personas humildes creían que ni siquiera se podía pensar mal, no digo hablar, sobre Trujillo. Mi padre trató de crear las condiciones y generar un clima que permitiera superar ese miedo. Estaba claro que no era una encomienda de la noche a la mañana, y que no se alcanzaría por decreto. Era necesario educar y trabajar en la concientización de las masas. Su experiencia magisterial (el pueblo siempre lo llamó el “Profesor Juan Bosch”) la volcó por entero en este sentido.

De igual manera impulsó un programa económico integral que superara las atrofias del modelo instaurado por más de treinta años. Había que darles empleo a las personas, garantizándoles el derecho de ganar de forma honrada el sustento de su familia. Una cuestión cardinal era crear un gobierno, en todas sus instancias, que se distinguiera por la honradez y la transparencia, al que nadie acusara de corrupto. Era necesario asimismo erigir las bases jurídicas que contemplaran las transformaciones y derechos fundamentales en beneficio del pueblo. Ese fue el propósito de la Constitución de Abril de 1963. Otra urgencia, si bien los resultados se apreciarían en el plano estratégico, era desplegar acciones que le permitieran a la población adquirir conocimientos políticos e ideológicos.

 

¿Y los errores?

Aunque no estuve de manera directa junto a él en esta etapa creo que el principal desacierto fue la inadecuación de lo que pensaba hacer con la realidad que existía. Una cosa era su aspiración y otra las condiciones in situ para realizarlas. No contaba, en primer lugar, con una apreciación ciento por ciento completa de los factores imprescindibles para realizar el programa de gobierno. No todas las personas que trabajaron en diversas responsabilidades conocían plenamente o estaban dispuestas a materializar, sin reservas, la agenda de trasformaciones propuestas por mi padre.

 

Ello implica que había una dosis de idealismo en su programa…

En términos ideológicos y políticos las personas más capacitadas para ejecutar lo concebido provenían de una extracción social y formación conservadora, en muchos casos ni siquiera socialdemócrata. Los más preparados en Santo Domingo eran los universitarios formados durante la etapa de Trujillo. Era pedirle peras al olmo. En muchos casos, lo expresaran o no, el proyecto que encarnaba Bosch no era compartido. Con buena voluntad no basta. Las condiciones implicaban una enorme complejidad. Los cuadros que se disponían, y eran más fieles, no se encontraban, profesionalmente hablando, sufrientemente adiestrados. Es casi un denominador en las grandes gestas de transformación social. La Revolución de Octubre y la Cubana corroboran esta idea.

 

¿A quiénes considera actores decisivos para consumar el golpe de Estado?

A un sector recalcitrante de la alta burguesía y la oligarquía dominicanas, los altos mandos de las Fuerzas Armadas, la burocracia que trabajó durante el trujillato (ramificada en numerosas estructuras del estado), la jerarquía de la iglesia católica, profundamente conservadora en ese tiempo, y la embajada estadounidense. No podemos soslayar que Estados Unidos estaba obsesionado con derrocar  la Revolución Cubana, por cualquier vía, y mantener así su statu quo de dominación en Latinoamérica y el Caribe.

La política exterior estadounidense no es lineal, son más bien múltiples tendencias elaboradas desde diversas estructuras que se superponen y hasta se contradicen. La Casa Blanca, el ejecutivo en general, la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el pentágono, el Congreso, como ente legislativo, tienen similitudes y también divergencias, en la manera de proceder en el plano táctico, dentro de una estrategia para la región definida con claridad desde las primeras décadas del siglo XIX.

Ellos querían satanizar, utilizando a la opinión pública, con el tema del fantasma del comunismo. Esa “carta” de supuestas buenas intenciones no podían  presentarla mientras tuvieran a Duvalier en el poder. Eliminado Trujillo quedaba el caso haitiano. Se propusieron derrocar a Duvalier a través del financiamiento de guerrillas haitianas, fueran o no de derecha, entrenadas en la República Dominicana por las fuerzas armadas sin conocimiento del presidente. Esa situación (una de las tantas aberraciones a las que tuvo que enfrentarse mi padre) generó un clima de confrontación, a partir de que el presidente no aceptó se desconociera su autoridad.

El principal dirigente de aquellos grupos que se entrenaban era el general haitiano Henry Cantave. En caso de que este derrocara a Duvalier, Washington le exigiría la base naval en San Nicolás, en el norte de Haití, para desde allí incrementar las posibilidades de atacar a Cuba. Estados Unidos no hace nada sin pedir algo a cambio.

Evitar que República Dominicana no denunciara en la ONU y la OEA esa conspiración aceleró la decisión de perpetrar el golpe. Si la componenda salía a flote se demostraba que la misión estadounidense y el generalato nacional estaban complotados para intervenir en Haití.

Creo que, con independencia de esos acontecimientos, Estados Unidos, a la larga, intentaría sacar a Bosch del poder…

Esa es una idea cardinal. En cuanto a otros hechos concretos le escuché al Jefe de la Fuerza Aérea, Atila Luna, hablar de que querían adquirir nuevos aviones y, como siempre hacían, recibir una comisión por ello. Bosch mandó a parar la operación, por considerarla innecesaria ante el grave panorama económico que atravesaba el país. Ello molestó a los militares. Por otro lado papá realizó compras a empresas europeas, en vez de hacerlo a las entidades norteamericanas tradicionales. Ello resultó funesto, ante la clase política y económica estadounidense.

Mi padre siempre deseó hacer lo que le conviniera a su pueblo y no a consorcios determinados. En el plano estratégico su gobierno no estaba alineado con los intereses de Estados Unidos y ello, sin discusión, sería fuente de conflicto más temprano que tarde. El establishment yanqui, más allá de lo ideológico, quiere personas que actúen de forma incondicional a ellos. Lo esencial es que respalden sin tapujos sus posiciones.

La experiencia reciente en los casos de Honduras, con Zelaya, Paraguay, con Fernando Lugo, unido a los ataques contra Lula y Dilma Roussef en Brasil, Nicolás Maduro en Venezuela y Evo Morales en Bolivia ratifican que cualquier alternativa que se levante con voz propia, con independencia de su filiación ideológica, es objeto de ataque por parte de Washington.  Esa élite continúa viéndonos como su traspatio. Es una matriz construida, con efectos sobre el imaginario, a lo largo de más de doscientos años. Bastaría ver las declaraciones del secretario de Estado Rex Tillerson semanas atrás en Austin, Texas, en las que elogió la Doctrina Monroe para despejar cualquier duda.

 

¿Cómo recibió la noticia del golpe?

Fueron días de mucha angustia. No era como ahora, en que las comunicaciones son inmediatas desde cualquier punto de la tierra. Las informaciones eran inexactas, lo que aumentaba la incertidumbre y mi preocupación. Desde La Habana no tenía la manera de seguir en detalles los acontecimientos. Vine a calmarme cuando una tercera persona me garantizó que la familia se encontraba bien de salud. Era una época en que cualquier cosa podía suceder y uno siempre temía el peor desenlace.

 

Usted se vio inmerso años más tarde en una situación similar…

A finales de los 60 gané una beca desde la Alianza Francesa en La Habana para estudiar por tres años en París. En dicha estancia, en la que también matriculé historia en la universidad, me reencontré con mis padres y hermana quienes residieron por esos años básicamente en Madrid y en la capital gala. Esa es la etapa en que mi padre escribe varias de sus obras de mayor calado como El pentagonismo sustituto del imperialismoComposición social dominicanaDictadura con respaldo popularDe Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial.

En Francia conocí a una joven chilena, quien también estudiaba idiomas. Nos casamos y fuimos a vivir a Santiago de Chile. Allí trabajé dando clases de noche en una especie de facultad para los obreros. Vivir la experiencia del gobierno de Salvador Allende (amigo de mi padre desde los años 50) fue algo extraordinario. La derecha hizo lo inimaginable para derrocarlo. Todo el guión que ejecutan ahora contra el presidente Maduro, tomando como lanza el desabastecimiento económico, lo implementaron en aquellos años.

Residíamos en el piso 22 de una torre frente a la Universidad Católica y veíamos los intentos cotidianos de desestabilización. Semanas antes del zarpazo Allende dio un discurso y comandos terroristas tumbaron las trasmisiones derribando una de las torres repetidoras. Ese día conversé largamente con mi mujer sobre la gravedad de la situación.  No olvidaré jamás la imagen del caza que bombardeó La Moneda. Allende legó un ejemplo imperecedero de dignidad.

Los días posteriores al 11 de septiembre se convirtieron literalmente en un infierno. Mi esposa y yo nos asilamos en la embajada de México. Llamé antes a la cubana y el representante sueco que estaba allí luego de que los golpistas rompieran con nuestro país me explicó que era mejor que me dirigiera hacia la legación azteca. Nos dieron el salvoconducto y el 16 arribamos a la Ciudad de México. Nos alojaron en un hotel y esperamos varias semanas a una hermana de mi esposa que pasó más trabajo para salir de Chile.  Todos juntos  viajamos a La Habana.

 

Qué hizo a su regreso…

Trabajar sin descanso. Es a lo que me enseñaron mis padres. Indagué en el Ministerio de Educación y logré un puesto de maestro de secundaria básica en Santiago de las Vegas. Vivíamos  en Centro Habana y a veces nos quedábamos en La Víbora, en casa de una tía. En 1974 nació Catalina y en 1977 Matías, mis dos hijos. La hembra estudió sicología y el varón ecología. Estoy muy contento con mis cuatro nietos, pues ambos tuvieron dos hijos. En 1989 los llevé a visitar a su abuelo en Santo Domingo y quedaron fascinados.

Matías siempre tuvo muchos rasgos similares a papá. Hoy es el coordinador ejecutivo de la Fundación Juan Bosch, creada en 1998 con el propósito fundamental de dar a conocer la obra de mi padre (buena parte de ella publicada originalmente fuera de República Dominicana) y de contribuir al crecimiento ideológico y cultural de una población que vivió durante años en la más terrible ignorancia. Con el paso de los años esta institución se ha ganado un lugar de prestigio dentro del contexto dominicano, como ente que ha promovido muchas investigaciones sociales.

Algo especial para mí (que no dejo de agradecer a las autoridades políticas y universitarias cubanas) fue la constitución en el 2007 de la Cátedra Juan Bosch de la Universidad de La Habana, cuyo presidente honorario es el Dr. Fernando Vecino Alegret y el presidente ejecutivo Luis Francisco Céspedes Espinosa, quien conoció muy bien a mi padre. Son miembros de ellas relevantes personalidades.  La Cátedra ha desplegado una intensa labor,  incluyendo la publicación de varios libros que recogen la creación de papá durante sus años en Cuba.

 

Cómo llega a la Biblioteca Nacional José Martí…

En 1978 tuve la posibilidad de venir a trabajar aquí. Desde entonces me dedico a una labor que en realidad me apasiona. Vivo muy cerca, en el Cerro, y eso hace que prácticamente este sea mi segundo hogar. Tengo excelentes compañeros de trabajo. Siento además que es un lugar especial. Por otra parte me motiva desempeñarme en un centro que lleva el nombre del Apóstol cubano. José Martí ejerció una extraordinaria influencia en mi padre. Él fue profundamente martiano. Estudió su pensamiento y elaboró innumerables trabajos sobre su obra. No fue causal que escribiera el texto que se leyó en 1951 en el cementerio Santa Ifigenia, durante la ceremonia solemne donde se trasladaron sus restos al sitio que todos conocemos[6]. En el trabajo revolucionario y de organización política desplegado por él, Martí fue igualmente inspiración. Cuando creo los Círculos de Estudio del PLD, tuvo como referente el funcionamiento de los clubes organizados por el Partido Revolucionario Cubano, fundado el 10 de abril de 1892.

 

Una última interrogante, ¿de qué manera piensa en su padre?

Como una persona extraordinaria que se entregó a la causa en la que creyó. El renunció con gusto a su obra como escritor para dedicarse a la formación política e ideológica de su pueblo. Esta labor la realizó nutriéndose de nuestras mejores tradiciones históricas. De su condición de padre tengo los mejores recuerdos, con independencia de que tuvimos que separarnos por los azahares de la vida, en su caso directamente relacionados con la tarea revolucionaria a la que se consagró. No tengo dudas de que el pensamiento y ejemplo de Juan Bosch es de gran valor para el presente y futuro de los pueblos de Nuestra América.

 

* Fuente: Cuba debate. www.cubadebate.cu 28 de febrero de 2018.

Notas, citas y referencias bibliográficas:

[1] Un muestra de la ascendencia de Juan Bosch entre la intelectualidad cubana de los años 40 y 50 de la centuria pasada es el hecho de que los testigos de su boda fueron el general del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, quien entre muchas aportaciones en diversos campos es autor del Himno Invasor y padre de una familia dedicada por entero a la cultura, la escritora española María Zambrano y Nicolás Guillén, con quien cultivó una amistad que perduró décadas.  Bosch, por cierto, fue de los primeros en captar la manera singular en que la poesía de Guillén reflejaba lo más profundo de nuestros componentes identitarios. El quisqueyano afirmó que: “Nicolás Guillén era Cuba expresándose en verso. (…)  En el mundo interior de Guillén no hay nada que no sea angustiosamente nacional y popular. (…)  Es un hombre de lealtad poco común que a través suyo su pueblo canta y baila”.  Parece ser que el camagüeyano tuvo las primeras noticias acerca de Bosch mediante la carta que le remitiera el igualmente célebre poeta, ensayista, lingüista y profesor dominicano Pedro Henríquez Ureña, con fecha 20 de septiembre de 1932, en que le da a conocer que el cuentista Juan Bosch era “el último acontecimiento en el campo de la literatura quisqueyana”. Ver: Álvarez Estévez, Rolando: “Juan Bosch y su amistad con Nicolás Guillén y Raúl Roa”, Cubarte, 12 de junio de 2012.

[2] Pensemos, por solo citar dos ejemplos, en la asonada del 10 de marzo de 1952, que recolocó a Fulgencio Batista en lo más alto del panorama político cubano, y en la que derrocó a Jacobo Arbenz, en Guatemala, en 1954.

3] En el epilogo del que considero el estudio más documentado sobre la gestión de Bosch como presidente, el santiaguero Eliades Acosta Matos escribió: “Juan Bosch, por el contrario, es el resumen de la enorme energía libertaria de su pueblo; esa que anida en las calles y los surcos; entre los humildes, por los humildes y para los humildes. La que no perece a pesar del tiempo que pasa y el lodo que se trata de lanzar, inútilmente, para empañarla y desfigurarla. Juan Bosch está vivo, como sigue estando viva la revolución inconclusa que protagonizó, hace ya medio siglo. Y si alguien desfallece, no cree en ella y dice no verla venir, una y tantas veces como sea necesaria por la justicia y la felicidad de todos, habrá que recordarle las palabras de José Martí cuando respondió a un escéptico que no creía ver signos de la nueva ola independentista cubana, en vísperas de la guerra de 1895 contra el colonialismo español: ´Yo no hablo de la superficie, joven, sino del subsuelo´. Allí, sembrado cuan inagotable mineral para su pueblo; como Arca de la Alianza, que en la Biblia simboliza la identificación de un pueblo con sus principios fundamentales; en lo hondo de la patria, está y seguirá estando Juan Bosch. Esperando el momento…”. Acosta Matos, Eliades: 1963: Revolución Inconclusa, Fundación Juan Bosch, Soto Impresora, Segunda impresión, Santo Domingo, 2013, p. 454.

[4] El destacado investigador Diómedes Núñez Polanco, director de la Biblioteca Nacional “Pedro Henríquez Ureña”, recuerda algunos de sus recorridos internacionales: “En diciembre de 1955 termina su fructífero periplo chileno. Regresó a La Habana, con escalas en Argentina y Brasil. En 1956 se destaca su participación en el Congreso del Transporte, en Viena (Austria), en compañía de los exiliados dominicanos Ángel Miolán Y Nicolás Silfa, con el objeto de denunciar la situación de terror que se vivía en la República Dominicana y solicitar, a la vez, el bloqueo contra Trujillo. (…) Visitó Roma y Madrid, y viajó a Israel en busca de documentación para escribir su David, biógrafo de un rey. `¿Cómo puede explicarse nadie que el biógrafo de David se quedara sin conocer la patria de su personaje?´, le escribió, desde Jerusalén, a su amigo Sergio Pérez, el 15 de noviembre de 1956”. Ver: Núñez Polanco, Diómedes: “Juan Bosch, un caribeño universal”, en: Bosch, Juan: El pentagonismo sustituto del imperialismo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, pp. 151-152.

[5] “Estando en la isla, un día llegó un grupo de dominicanos y, entre ellos, Juan Bosch. Muy pronto hicimos amistad. Entre tanta gente en el cayo a mí me gustaba conversar con él; de todos los dominicanos que conocí fue el que más me impresionó. Lo recuerdo como un hombre mayor. Cumplí 21 años en el cayo, y pienso que Bosch ya tendría unos 36 ó 37 años. Su conversación realmente conmovía, la forma en que se expresaba; parecía un hombre muy sensible. Vivía muy modesto allí, al igual que todos los demás, y creo que sufría lo mismo que la gente. Yo no lo conocía, no sabía que era el escritor, el historiador, el intelectual. Lo vi como un dominicano honorable, de conversación agradable, que decía cosas profundas y sensibles; transmitía todo eso. Se le veía como una persona que sentía los sufrimientos de los demás, estaba sufriendo por el trabajo duro de la gente. Además vivía la emoción, porque era el intelectual, al fin y al cabo, que se incorpora a la acción, llegada la hora de la lucha – un poco como hicieron Martí y otros muchos intelectuales de nuestra propia guerra-. Pudiéramos decir que era allí el hombre de mayor calibre, el más destacado. Muchas veces nos íbamos para el extremo de la isla y conversábamos; sus palabras me marcaron mucho. Así nos hicimos amigos. La amistad tiene un mérito por su parte, él ya era una personalidad y yo era un estudiante joven que no significaba nada entre tantos jefes, coroneles… Yo era un teniente y mandaba un pelotón. Sin embargo, Bosch me trató con mucha deferencia y consideración”. Katiuska Blanco Castiñeira: Fidel Castro Ruz. Guerrillero del Tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, Primera Parte, Tomo I, Casa Editora Abril, 2011, pp. 382-383.

[6] El 30 de junio de 1951 se produjo el que se conoce como “El entierro cubano de Martí”, el quinto y definitivo para dar sepultura a los restos del Apóstol, colocándolos en el Mausoleo donde en la actualidad le rendimos homenaje. Ese día, que coincidió con el cumpleaños 42 de Juan Bosch, el presidente Carlos Prío Socarrás, de quien Bosch era asesor, leyó el trabajo que el destacado intelectual dominicano preparó antes. El texto fue publicado, sin revelarse la autoría del mismo, por el Ministerio de Educación en el propio 1951. Años más tarde el Listín Diario de República Dominicana lo reprodujo de forma íntegra, aclarando que su elaboración correspondió a Bosch. En el 2010 la Revista Camino Real también lo dio a conocer, precedido de un ensayo introductorio del doctor Justo Pedro Castellanos, estudioso de su vida y para la fecha rector de la Universidad APEC.  En el citado escrito elaborado por Bosch se afirma: “Martí necesitaba todo el Continente para amarlo. No cabía entre fronteras, como no cabe un océano en el lecho de un río. Tanto amó a los pueblos, que todavía le sobró pluma para escribir de Inglaterra, de Rusia, de Alemania, de Italia, de Francia. Y de España, la España contra quien convoca a guerra a los cubanos, contaba él, que había nacido sin semilla de odio”. Bosch escribió después en innumerables ocasiones sobre la vida del Héroe Nacional cubano. Por solo mencionar una de ellas, en su libro Cuba la isla fascinante expresa, citado además en el trabajo de Castellanos, “Lo primero que sorprende y atrae en su obra escrita es el estilo. Escribía con la vehemencia con que estallan los astros o revientan las fuentes de agua, por vez primera, en la soledad de los bosques. Pero esa vehemencia estaba estrictamente embridada, sometida al propósito de decir algo concreto. Era, pues, un extraordinario artista de la expresión. (…)Toda la fuerza y toda la suntuosa belleza del continente americano, con su embriagador aliento, están en Martí. Cada frase suya es una obra perfecta, nueva y deslumbrante. (…) No hubo actividad sobre la tierra que no le mereciera un juicio. Además, escribía siempre como un maestro de pueblos, que descubría y exponía con generosa bondad cuanto útil, bueno y bello hubiera en la obra de los hombres. Pasaba sobre lo inútil, lo malo y lo feo con una grandeza apostólica”, a lo que añade Bosch que para Martí  “Su fe en la historia se tradujo, pues, en fe en el pueblo, y con ella se aplicó a la gran tarea de levantar a los cubanos en guerra contra España, convencido de que su obra se realizaría de manera ineludible. Día tras día, durante largos años, halagó el sentimiento heroico de Cuba y acabó identificando al cubano con la epopeya”. Ver: Bosch, Juan: “El entierro cubano de Martí” y Castellanos, Justo Pedro: “A guisa de presentación del ´Entierro cubano de Martí´, de Juan Bosch”, en Camino Real, Revista de la Fundación Juan Bosch, No. 17, 2010. www.juanbosch.org

 

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