Por Sergio Guerra Vilaboy

Fue a fines o a principios de julio de 1983 cuando lo conocí. Me encontraba en Caracas para participar en las sesiones del congreso sobre el Pensamiento Político Latinoamericano, con motivo de las actividades conmemorativas por el bicentenario del Libertador Simón Bolívar. La delegación cubana, encabezada por Flavio Bravo, entonces presidente de la Asamblea Nacional de la República de Cuba, estaba integrada por un nutrido grupo de intelectuales, entre ellos Francisco Pividal y Manuel Galich. Tuve la suerte de compartir la habitación con el doctor Galich, quien era director del Departamento de Teatro de la Casa de las Américas y mi maestro y compañero de cátedra en el Departamento de Historia de la Universidad de La Habana.

Galich, además de laureado dramaturgo y exitoso escritor, había tenido una destacada participación en la Revolución Guatemalteca de 1944, desarrollando durante los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz una extraordinaria labor política y diplomática que, tras la grosera intervención norteamericana en 1954, lo llevaron a radicarse en Argentina y luego en Cuba. En aquellos días en Caracas, hace más de treinta años, pude comprobar lo conocido que era Galich entre los latinoamericanos y la admiración que despertaba su postura vertical y verbo encendido, ahora en defensa de la Revolución Cubana.

Por eso no me extrañó que una tarde tocara en la puerta de nuestra habitación del Caracas Hilton un joven periodista paraguayo exiliado en Venezuela, trigueño y muy flaco, cargando una pesada grabadora de cinta, para solicitar una entrevista a Galich. Se trataba de Joel Atilio Cazal.

Fue la primera vez que lo vi y que tuve en mis manos un ejemplar de Ko-eyú, la prestigiosa revista que con tanta devoción, como pocos recursos, editaba con su esfuerzo personal, el apoyo de toda su familia y el generoso concurso de leales amigos. Ese mismo día nació mi colaboración con Ko-eyú y, al mismo tiempo, fue el comienzo de una entrañable amistad con Joel que se hizo más firme con el paso del tiempo, forjada en la solidaridad humana, el compromiso con el movimiento revolucionario latinoamericano y la lealtad a la Revolución Cubana.

Recuerdo que en esa oportunidad le entregué para la revista mi ponencia La Revolución Cubana y la Revolución Sandinista en el proceso liberador de Nuestra América, presentada en el propio congreso del Pensamiento Político Latinoamericano en que estábamos participando, y un artículo recién terminado titulado Guatemala: raíces históricas de la insurrección popular.

Ante la frecuencia de mis colaboraciones en la revista, supuestos guardianes de la pureza y la ortodoxia marxista-leninista no tardaron en hacerme llegar el sibilino mensaje de que Ko-eyú era una publicación “antisoviética”. La caída del socialismo europeo y la desaparición de la Unión Soviética pondrían definitivamente las cosas en su sitio: algunos de aquellos detractores y oportunistas se pasaron al otro bando; mientras Ko-eyú siguió consecuente con su línea revolucionaria radical que le caracterizó a los largo de sus treinta años de existencia, al servicio permanente de las mejores causas del continente y al lado de la Revolución Cubana. Basta solo revisar el índice de esta publicación, que honra al periodismo y la intelectualidad latinoamericana, para percatarse de la irreductible postura de Ko-eyú y cuanto le debemos a esta revista y a Joel Atilio Cazal (1941-2010), siempre firme en sus principios y convicciones hasta el último minuto de su apasionada existencia.

Fuente: www.informefracto.com – 18 de junio de 2019.

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