Por Germán Rodas Chaves

El 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury (Inglaterra) nació Charles Robert Darwin quinto de los seis hijos de una familia acomodada. Doscientos once años después de aquel día, y ciento ciento sesenta y un años más tarde de la publicación de su obra más importante, El Origen de las especies, conmemoramos no sólo un natalicio trascendente, sino la oportunidad para redescubrir el impacto de sus ideas en las más variadas esferas del pensamiento.

En efecto, el científico inglés fue el creador de una visión materialista de la ciencia cuyo impacto se tradujo, también, en la historia de las ideas. La impronta de su pensamiento movió el andamiaje que habían levantado pensadores como Descartes, Hume y Kant. 

Sus determinantes conceptuales tuvieron la fuerza adicional de estar configuradas con gran simplicidad y con un enorme poder explicativo que pulverizaron el acerbo doctrinario originado, particularmente, en el cristianismo.

Darwin condujo a la ciencia, por ejemplo, a desentrañar los paradigmas de la selección natural, teoría que propone la existencia de una población diversificada, contraria a la idea “esencialista” que sostiene el que los miembros de una clase son fundamentalmente idénticos.  La afirmación Darviniana, para la comprensión de este tema, sostiene que dicha selección vive la eliminación de los individuos que no cumplen con los condicionamientos del medio. Las argumentaciones sobre esta circunstancia, remediaron -en gran parte- el conflicto entre la casualidad y la necesidad, asuntos que habían prodigado el debate, también, en el mundo de la filosofía.

En efecto, la aseveración que los cambios en el planeta se suscitan por el resultado (síntesis) de la casualidad y la necesidad, (la casualidad productora de variedades y la necesidad de seleccionar a los individuos adaptados al ambiente) expresó la aproximación filosófica de Darwin a los entornos de la dialéctica, por la que luego transitarían, plenamente, diversos pensadores que se adentraron en la interpretación científica de las realidades sociales.

Asimismo, aquellos supuestos enraizados desde el tiempo de los pitagóricos, en quienes el concepto general de la diversidad enfatizaba “sobre la estabilidad” y afirmaba que las “variaciones” constituían fenómenos esenciales, también fueron vulnerados con las formulaciones Darvinianas.  

De esta manera Darwin construyó una nueva esfera de la investigación y con sus argumentaciones dio paso al pensamiento poblacional (con las limitaciones que tal orientación supone) introduciendo, al mismo tiempo, la historia en el pensamiento científico. Los renglones anteriores, pues, no sólo demuestran la enorme fuerza teórica de Darwin en el campo de la biología, sino en el de las ciencias sociales.

Seguramente a bordo del barco Beagle y en su vuelta al mundo en cinco años, el formidable pensador e investigador inglés ya supuso que sus teorías convulsionarían, posteriormente, a la humanidad, por ello mantuvo en silencio sus opiniones hasta configurar adecuadamente la teoría de la selección natural, aquel núcleo de formulaciones teóricas que afectaría, de todas formas, la ideología de aquel período y, paralelamente, sentaría sólidas bases para desentrañar el universo de algunas de las especies .

Recordar el natalicio Charles Darwin- que recientemente fue conmemorado- debe contribuir en la impostergable tarea para aprehender la formidable influencia de sus aseveraciones en la especie humana, aquella a la que nunca podremos aproximarnos lo suficiente, para desentrañar sus más recónditas características.

Fuente: informefracto.com 2 de marzo de 2020

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