Por Sergio Guerra Vilaboy

Después de la injustificada ejecución de Atahualpa por el desalmado conquistador del Perú Francisco Pizarro, el Imperio Incaico fue gobernado por otros Incas, algunos de los cuales son poco conocidos. El 15 de noviembre de 1533 Pizarro entró Cusco, capital incaica, como “libertador”, pues justificó sus acciones criminales con el supuesto propósito de entregar el poder a Manco Cápac, medio hermano de Atahualpa. Desde la muerte del Inca Huayna Cápac en 1527, el mando supremo del Tahuantinsuyo era disputado por dos ramas de sus descendientes, unos asentados en el actual Ecuador y otros en Cusco.

Cansado de los abusos de los invasores, el nuevo gobernante indígena Manco Cápac abandonó la histórica capital incaica y se refugió en una apartada fortaleza situada en la intrincada región montañosa de Vilcabamba, en la vertiente oriental de los Andes. Desde esas inaccesibles cúspides andinas, cuyas mayores alturas casi igualan al Himalaya, el Inca dirigió entre 1536 y 1537 la resistencia de su pueblo contra los hispanos, llegando incluso a poner sitio al Cusco y Lima, hasta que fue obligado a replegarse.

La victoria de los conquistadores europeos trajo aparejada la agudización de las disputas entre los seguidores de Pizarro y los de Diego de Almagro por el reparto del botín, que los cronistas españoles denominaron las “guerras civiles” del Perú y que terminaron con la decapitación de este último en septiembre de 1542. Los sobrevivientes almagristas huyeron a los Andes, donde fueron acogidos en Vilcabamba por Manco Cápac. Tres años después, y en medio de extrañas circunstancias, un grupo de esos mismos refugiados apuñaleó al Inca que les había protegido. En reacción, todos los europeos escondidos en esa fortaleza incaica fueron ejecutados por los airados indígenas, tal como ha contado el Inca Garcilaso de la Vega en sus Comentarios reales de los incas (1609) e Historia General del Perú (1617).

En el bastión andino de Vilcabamba, tres incas sucedieron a Manco Cápac al frente del Tahuantinsuyo, Sayri Túpac, Titu Cusi Yupanqui y Túpac Amaru, donde mantuvieron su independencia. El segundo de ellos, Cusi Yupanqui, se rindió en 1568 y aceptó su bautizo cristiano con el nombre de Diego de Castro. En su cautiverio, dio a conocer en 1570 un alegato dirigido a Felipe II para resaltar el apoyo de su familia a Pizarro en su lucha contra Atahualpa titulado Relación de cómo los españoles entraron en el Perú y el suceso que tuvo Manco Inga en el tiempo que entre ellos vivió, publicado en Lima, por primera vez, en 1916. Aunque tiene inexactitudes, su principal mérito radica en ofrecer la visión de los vencidos sobre la conquista española, la rebelión de su padre Manco Cápac y del sitio al Cusco. En una de sus partes, el Inca relata la enorme impresión que causó a los indígenas la lectura de los libros europeos al ver a los españoles “a solas hablar en paños blancos” y sobre todo que podían “nombrar a algunos de nosotros por nuestros nombres sin decírselos nadie.”

El último de los incas de Vilcabamba fue Túpac Amaru, quien mantuvo la resistencia de los pueblos originarios hasta 1572, cuando fue capturado y ejecutado en la plaza central de Cusco por orden del virrey Francisco de Toledo. Con su muerte termina la sucesión de gobernantes incas de Vilcabamba, aunque algunos de sus inexpugnables sitios, como Machu Picchu, oculto en las altas cumbres andinas, permanecerían fuera del alcance de los españoles durante toda la época colonial. El suplicio a que fue sometido Túpac Amaru lo narra el propio Garcilaso: “Al pobre príncipe lo sacaron en una mula, con una soga al cuello y las manos atadas y un pregonero delante, que iba pregonando su muerte y la causa de ella, que era tirano, traidor contra la corona de la Majestad Católica. Los indios, viendo su Inca tan cercano a la muerte, de lástima y dolor que sintieron levantaron otro murmullo, vocería, gritos y alaridos, de manera que no se podían oír. Los sacerdotes que hablaban con el príncipe le pidieron que mandara a callar aquellos indios. El Inca alzó el brazo derecho con la mana abierta, y la puso en derecho del oído, y de allí la bajó poco a poco, hasta ponerla sobre el muslo derecho. Con lo cual, sintiendo los indios que les mandaba callar, cesaron de su grita y vocería, y quedaron con tanto silencio, que parecía no haber ánima nacida en aquella ciudad […] Luego cortaron la cabeza al Inca, el cual recibió aquella pena y tormento con el valor y grandeza de ánimo que los Incas y todos los indios nobles suele recibir cualquier inhumanidad y crueldad que les hagan […].” Dos siglos después, José Gabriel Condorcanqui levantó de nuevo a los pueblos originarios contra la dominación española, adoptando el simbólico nombre de Túpac Amaru, y al igual que el último Inca, terminaría su vida ejecutado en la misma plaza del Cusco, descoyuntado por cuatro caballos que tiraban de su cuerpo en distintas direcciones.

Fuente: informefracto.com 18 de febrero de 2020

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