Por Sergio Guerra Vilaboy

La expansión de Estados Unidos sobre América Central inició justamente al término de la guerra contra México en 1848. Apenas acababan de ser arrebatados los territorios mexicanos cuando se produjo el descubrimiento de ricos yacimientos auríferos en California, desatándose la fiebre aventurera de los norteamericanos por llegar al Oeste, poniendo sobre el tapete la necesidad de encontrar rutas apropiadas y seguras. Miles de personas querían ir de inmediato a California y Oregón, a la par que comerciantes e industriales estadounidenses de los puertos del Este buscaban expandir sus negocios y mercados en aquella dirección.

Ante la ausencia de vías de comunicación expeditas –el ferrocarril transcontinental sólo sería terminado en 1869- que atravesaran los territorios robados a México, muchos de los cuales eran habitados por tribus indígenas insumisas, los istmos centroamericanos-fundamentalmente Tehuantepec, Nicaragua y Panamá- devenían una ruta más rápida y menos peligrosa. En el caso de Nicaragua, la ruta interoceánica fue explotada por una empresa del millonario Cornelius Vanderbilt, que competía con las líneas de Sloo y de Harris que operaba por Panamá.

Los pasajeros de Vanderbilt viajaban por mar desde la costa atlántica de Estados Unidos hasta la entrada del río San Juan (Greytown), lo surcaban en pequeñas embarcaciones hasta el lago de Nicaragua y la bahía de La Virgen y luego recorrían en diligencias, por un camino asfaltado, las doce millas hasta San Juan del Sur, sobre el Pacífico. El interés de Estados Unidos en la región se incrementaba por la presión de los plantadores sureños, que querían agregar nuevos estados esclavistas para obtener una balanza de poder más favorable en el congreso norteamericano.

En Nicaragua, la presencia norteamericana fue facilitada por las contradicciones entre liberales y conservadores. Cuando las luchas entre ambos bandos eran de resultado incierto, los liberares aceptaron combatientes estadounidenses que serían compensados con dinero y tierras. Así llegó a Nicaragua, el 13 de junio de 1855, un nutrido grupo de mercenarios norteamericanos comandados por William Walker, a quien de inmediato se le dio el grado de coronel y la ciudadanía nicaragüense.

Walker era el prototipo de aventurero texano expansionista. Ya en 1853 había invadido la Baja California y proclamado su presidente, intento repetido al año siguiente en Sonora. Victorioso sobre los conservadores nicaragüenses en octubre y ascendido a general, Walker impuso en la primera magistratura de Nicaragua al liberal Patricio Rivas, quien le traspasó la concesión de Vanderbilt –desde ese momento se puso en su contra- para la explotación de la ruta transoceánica por Nicaragua. Pero las depredaciones de Walker, que afectaban seriamente las soberanías de los vecinos países centroamericanos, levantaron una ola de indignación que condujo al presidente costarricense Juan Rafael Mora a declararle la guerra.

Después de las batallas de Guanacaste (20 de marzo de 1856), en territorio de Costa Rica, y la de Rivas en Nicaragua (11 de abril), Walker se auto nombró presidente de Nicaragua (12 de julio), sin ocultar su plan de imitar el ejemplo de Texas y anexar el país a Estados Unidos. Para ese proyecto contaba con el apoyo de los hacendados sureños y del propio mandatario norteamericano Franklin Pierce, que de inmediato le extendió su reconocimiento diplomático. Para llevar adelante esos objetivos, el “presidente” Walker restableció la esclavitud y proclamó el inglés como idioma oficial en Nicaragua, así como la igualdad de derechos entre nativos y naturalizados, a la vez que repartía propiedades entre sus hombres. Ante tantos agravios, el ex presidente Rivas se sublevó contra Walker, lo declaró enemigo de Nicaragua y pidió ayuda a los gobiernos vecinos.

A fines de septiembre de 1856, los ejércitos aliados centroamericanos liberaron León, Managua, Masaya y Rivas, mientras Walker, que había incendiado la ciudad de Granada antes de abandonarla, se refugiaba en Rivas, después de autoproclamarse también “presidente” de El Salvador. Acorralados, los invasores norteamericanos se vieron obligados a capitular el 13 de abril de 1857, aunque Walker pudo escapar en un buque de guerra de Estados Unidos. En noviembre de ese año volvió, pero fue obligado a reembarcarse y en agosto de 1860 repitió el intento en Honduras. Derrotado de nuevo, se refugió en un barco de la armada inglesa, cuyo capitán lo entregó al gobierno hondureño, que lo fusiló el 12 de septiembre de ese año, poniendo fin a sus depredaciones por las tierras de Nuestra América.

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