Por Sergio Guerra Vilaboy

El 9 de diciembre de 1902, una flota de guerra conjunta de Inglaterra, Italia y Alemania ocupó el puerto de La Guaira en Venezuela. Unos días después, la acción punitiva se repitió contra Puerto Cabello, y el 17 de enero de 1903 fue agredido también el Castillo de San Carlos en el lago de Maracaibo por un buque de guerra alemán. Las escuadras europeas bloquearon durante dos meses las costas de Venezuela para exigir al gobierno de Caracas la satisfacción de sus reclamaciones financieras, en un episodio muy parecido al que padeció México en 1861 durante el gobierno de Benito Juárez y que fuera el preludio del Imperio de Maximiliano.

El presidente venezolano Cipriano Castro, sin recursos para enfrentar la agresión, salió en defensa del país con un discurso nacionalista, dado a conocer en su proclama del 9 de diciembre de 1902, en la que declaraba: “¡La planta insolente del Extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria!”. Ante la posibilidad de que el conflicto se complicara, y preocupado por la intromisión europea en el mar Caribe, Estados Unidos impuso el arbitraje internacional, a pesar de los llamados de la propia prensa norteamericana en contra de los desacreditados e insolventes países suramericanos. Los gobiernos de Inglaterra, Alemania e Italia aceptaron retirar sus flotas el 19 de febrero de 1903 y abrir negociaciones. El fallo internacional obligó al presidente Castro a aceptar las exigencias europeas y entregar el 30 por ciento de los ingresos aduaneros a los acreedores.

Castro había llegado al poder al frente de la denominada Revolución Liberal Restauradora, enfilada contra el decadente liberalismo amarillo. Después de derrotar a las tropas gubernamentales en los Andes y el centro del país, el ejército de Cipriano Castro se impuso en la cruenta batalla de Tocuyito (Carabobo), que le permitió entrar en Caracas el 22 de octubre de 1899 y ser nombrado por una Asamblea Constituyente presidente interino (1901) y luego mandatario constitucional (1902-1908).

La victoria militar no tranquilizó al país, pues la guerra civil se prolongó promovida por varios caudillos locales y empresas extranjeras. Pero Castro se las arregló para derrotar a cada caudillo por separado, reconquistando casi todo el territorio nacional, salvo los últimos opositores arrinconados en Ciudad Bolívar, donde fueron doblegados por las fuerzas de su compadre el General Juan Vicente Gómez el 21 de julio de 1903. Desde ese momento, Castro impuso la hegemonía andina y un régimen autoritario, en un país arruinado y endeudado, pues los precios del café, principal producto de exportación, se habían desplomado.

Terminada la confrontación, aparecieron nuevos problemas internacionales motivados por pleitos judiciales con las compañías que habían apoyado a los opositores a Castro, que aspiraban a controlar un nuevo recurso del suelo venezolano: el petróleo. En medio de juicios, reclamaciones, amenazas de invasión, campañas difamatorias y conspiraciones anticastristas, se produjo entre 1906 y 1908 la ruptura de relaciones con Francia, Holanda y Estados Unidos, que calificaban a Castro de “arrogante dictador”.

En esta compleja situación, Castro debió viajar a Europa para someterse a una impostergable operación quirúrgica, dejando a Gómez encargado de la presidencia el 23 de noviembre de 1908. Aprovechando la ausencia del mandatario, su compadre, con la complicidad de potencias europeas y Estados Unidos, así como de la propia oligarquía venezolana, dio un golpe de estado el 19 de diciembre de ese año. Apenas unas semanas después (13 de febrero de 1909), se firmaban acuerdos con Washington que satisfacían todas las reclamaciones de Estados Unidos. Ello permitió a Gómez gobernar Venezuela a su antojo hasta su muerte, por causas naturales, en 1935, mientras su antiguo jefe, perseguido con saña por las compañías y gobiernos resentidos por su política nacionalista, sin recursos propios, debía peregrinar por diferentes países. Falleció el 5 de diciembre de 1924 en Santurce, Puerto Rico. Las cenizas de Cipriano Castro descansan dese el 2003 en el Panteón Nacional, en cumplimiento del acuerdo de la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela que lo consideró merecedor de esos honores porque “dirigió la revolución restauradora, que cerró el ciclo histórico del caudillismo guerrero, que rescató la unidad nacional, la estabilidad política, la independencia y la seguridad del país.”

Fuente: informe.fracto 12 de marzo de 2020

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