Por Sergio Guerra Vilaboy

La última guerra de independencia de Cuba, iniciada el 24 de febrero de 1895, encontró en América Latina una situación bien distinta a la de la Guerra de los Diez Años (1868-1878). El panorama latinoamericano se había modificado en relación al de un cuarto de siglo atrás, lo que explica la indiferencia de la inmensa mayoría de los gobernantes del hemisferio hacia la emancipación cubana. En casi todo el continente se habían consolidado en el poder los círculos acaudalados del liberalismo positivista, como el que sustentaba a Porfirio Díaz en México, después de desplazar al sector reformista democrático que había estado más comprometido con la independencia de Cuba.

Desde el mismo inicio de la guerra de 1895, los patriotas cubanos buscaron el respaldo y la solidaridad de los países latinoamericanos, como había ocurrido en la guerra anterior. Sin embargo, esos llamamientos no obtuvieron éxito. A la frialdad de los gobiernos al sur del río Bravo en relación con la emancipación cubana en 1895 contribuía la buena relación existente ahora con España, que ya no constituía una amenaza para las jóvenes naciones del continente, tras extenderles su reconocimiento diplomático. De ahí que muchos presidentes de América Latina tuvieron una posición ambivalente ante los revolucionarios cubanos, como fue el caso del prolongado gobierno de Porfirio Díaz, iniciado en 1876.

Por eso Rodolfo Menéndez de la Peña, representante de los patriotas cubanos en Mérida, la ciudad mexicana donde más simpatías despertaba la causa de Cuba, escribió: “En mi concepto la República Mejicana, en lo general, simpatiza más con los españoles que con los cubanos”. Ese duro criterio se fundamentaba en que desde 1896 el presidente Porfirio Díaz, que acababa de recibir de la regente española María Cristina de Austria el nombramiento de “Caballero Gran Cruz de la Orden de Mérito Militar”, había proclamado una política de “neutralidad” claramente favorable a España, que llegó al extremo de permitir a la colonia hispana en México enviar a Cuba un contingente armado, y equipado con más de 200 mulos, para apoyar al ejército colonialista.

Detrás de la política favorable a España de Porfirio Díaz estaba también su profunda preocupación de que Cuba fuera presa de los apetitos expansionistas de Estados Unidos. Tal vez por esa inquietud, el gobernante mexicano había recibido en el propio Palacio Nacional a José Martí en agosto de 1894, a quien proporcionó cierta ayuda financiara para sus planes de reiniciar de inmediato la necesaria guerra de liberación nacional, respaldando el objetivo al que aludiera el Apóstol cubano en su carta del 23 de julio de ese año solicitándole audiencia: “Tratase para los cubanos independientes, de impedir que la Isla corrompida en manos de la nación de que México se tuvo también que separar, caiga, para desventura suya y peligro grande de los pueblos de origen español en América, bajo un dominio funesto a los pueblos americanos. El ingreso de Cuba en una república opuesta y hostil –fin fatal si se demora la independencia hoy posible y oportuna-, sería la amenaza si no la pérdida, de la independencia de las repúblicas hispanoamericanas de que parece guardián y parte por el peligro común, por los intereses, y por la misma naturaleza.”

Parece comprobado que después hubo también un encuentro secreto del presidente Porfirio Díaz con el cubano Gonzalo de Quesada, a mediados de 1896, que tenía la finalidad de pedirle que reconociera la independencia de Cuba e impidiera su traspaso a Estados Unidos. Al parecer, como resultado de esta gestión, el presidente mexicano hizo saber a Madrid “que México consideraría un acto falso de amistad por parte de España que vendiese Cuba a los Estados Unidos, dada la situación geográfica de la Isla con relación a México.” El temor al expansionismo norteamericano llevó incluso al gobierno de Díaz a acariciar entre 1896 y 1898 un proyecto de anexión de Cuba a México.

También México dio su respaldo a la propuesta del presidente de Ecuador, Eloy Alfaro, de convocar un congreso hemisférico, que debía inaugurarse en México el 10 de agosto de 1896, con una agenda en la que estaba implícito el reconocimiento de la soberanía cubana, mediante la argucia de validar la vieja doctrina Monroe y con ello rechazar la presencia extra continental de España en la Isla. La iniciativa ecuatoriana se frustró, como explicara entonces el propio presidente Porfirio Díaz, “debido a circunstancias desfavorables, entre otras, algunas complicaciones de importantes Repúblicas americanas, especialmente de una, que no podía aceptar francamente la invitación circulada.”

Fuente: Informe Fracto. www.informefracto.com 26 de febrero de 2020

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