Por Sergio Guerra Vilaboy

Leía el periódico mientras esperaba al profesor que daría la siguiente materia, cuando Juan Pérez de la Riva entró al salón y desde sus primeras palabras atrajo toda mi atención al adentrarme en un mundo desconocido: la demografía histórica. Poco tiempo después me tocó ser su alumno ayudante, junto con Alberto Prieto, y no olvido nuestra difícil primera reunión con el irónico y enigmático profesor, siempre armado con su pipa, en la biblioteca de la Escuela de Historia. Mi último encuentro con él fue totalmente diferente, en una recepción del Premio Casa de las Américas en 1976, donde compartimos, como si hubiéramos sido viejos amigos, en compañía del gran caricaturista cubano Juan David, a quien me había presentado.

Pérez de la Riva, no sólo fue quien le puso apellido a la demografía, con sus enjundiosas indagaciones del devenir de la población cubana, sino también el iniciador de las investigaciones sobre la historia de la gente sin historia, frase que acuñó. Procedía de una acaudalada familia burguesa cuyo lujoso palacete, construido en 1907 al estilo renacimiento italiano, fue vendido por su madre a la cancillería cubana y es hoy la sede del Museo de la Música. Nacido casualmente en Biarritz (Francia), el 14 de julio de 1913, donde su familia pasaba largas vacaciones, con apenas 17 años ingresó en la Liga Juvenil Comunista, participó en actividades del Socorro Rojo –junto a obreros y vendedores ambulantes judíos que le hicieron conocer “la pobreza, la generosidad y la abnegación por un ideal“- y trabó amistad con importantes figuras como Juan Marinello –que lo inició en el marxismo- y el poeta Federico García Lorca. Opuesto a la dictadura de Gerardo Machado en las filas del Ala Izquierda Estudiantil, junto a Raúl Roa y Pablo de la Torriente, fue detenido en 1932 y encarcelado en el Castillo del Príncipe y el llamado Presidio Modelo de Isla de Pinos, hasta que fue expulsado del país como “extranjero indeseable”.

En Grenoble y Paris estudio ingeniería eléctrica y ciencias sociales, teniendo entre sus profesores a los destacados historiadores Marc Bloch, Jacques Pirenne y Edmond Esmonin, al geógrafo Raoul Blanchard y al demógrafo Alfred Sauvy, etapa a la que corresponde su primer texto impreso: “Inglaterra y Cuba durante la primera mitad del siglo xviii” (1935). En 1943, huyendo del avance del nazismo en Europa, retornó a Cuba, con su mujer francesa Sarah Fidelzait (1912-1991), una maestra de primaria, hebrea y comunista, con quien se había casado en 1936 y que traía su único hijo.

En la mayor de las Antillas se hizo cargos de la administración del extenso latifundio familiar, más de 4 mil hectáreas en San José de Sumidero, en la Sierra del Rosario (Pinar del Rio), donde vivían varios centenares de campesinos. Reducido a sólo 600 hectáreas en 1959 por la reforma agraria dictada por la Revolución, Pérez de la Riva decidió entregar al Estado el resto de la tierra, con su ganado, equipos y la propia casa de vivienda en el municipio de Rancho Mundito. Radicado en la ciudad de La Habana en forma definitiva, con 47 años de edad, fue contratado como asesor de la colección cubana de la Biblioteca Nacional, donde luego dirigió la revista de esta institución, mientras su esposa se convertía en bibliotecaria de las escuelas de Historia y Letras. Desde entonces pudo consagrarse por completo al trabajo intelectual.

Sin abandonar la Biblioteca Nacional, en 1962 se encargó del centro de documentación del Instituto de Geografía de la Academia de Ciencias de Cuba y fue profesor en la Escuela de Geografía de la Universidad de La Habana, hasta que en 1971 se trasladó a la Escuela de Historia. Publicó más de setenta artículos y ensayos, como “¿Cuántos africanos fueron traídos a Cuba?” (1970), junto a unos 25 libros, entre ellos Contribución a historia de la gente sin historia (con Pedro Deschamps) en 1974; El barracón y otros ensayos (1975); Los culíes chinos en Cuba (2000) y La conquista del espacio cubano (2001), estos dos últimos editados después de su muerte. Además, fue profesor invitado del Colegio de Francia y del St. Anthony´s College de Oxford, así como de la Universidad de París-Nanterre.

En 1969 tuvo la ocasión de recorrer de nuevo sus antiguas propiedades, de lo que dejó constancia en una mini autobiografía: “Pude regresar a la hacienda familiar con mis alumnos a investigar lo que había hecho la Revolución por campesinos, que yo creía haber tratado bien. Conversé con los viejos amigos, pero ahora en un plano distinto, y estrenamos todos palabras nuevas. Volví a ver la casa que yo había hecho construir pensando en mi mundo quimérico y convertida en círculo social, me gustó mucho más.” No en balde le gustaba presentarse como: “Geógrafo e Historiador. Cubano y revolucionario”. Murió en La Habana el 4 de diciembre de 1976.

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