Sergio Guerra Vilaboy

En notas anteriores de Madre América relatamos la historia de dos presidentes nacionalistas que se mataron, acosados por la oligarquía aliada al capital extranjero. Nos referimos a José Manuel Balmaceda y Getulio Vargas, inmolados en Chile (1891) y Brasil (1954). La de hoy la dedicamos a otro presidente latinoamericano suicidado, quizás menos conocido, el coronel boliviano Germán Busch, que se quitó la vida en 1939.

El trágico desenlace de este mandatario de Bolivia está relacionado con la Guerra del Chaco (1931-1936), que había enfrentado a su país con Paraguay por los yacimientos petrolíferos en la zona fronteriza. Terminada la sangrienta contienda fratricida, la prensa internacional reveló el siniestro papel jugado por el monopolio estadounidense Standard Oil Company para empujar a la guerra al gobierno de La Paz, así como sus violaciones de los contratos y fraudes al fisco boliviano. Las revelaciones estremecieron al país, que había perdido miles de hombres en la contienda y una parte de su territorio.

En medio de la frustración nacional, agravada por la crisis económica de posguerra, que despertaron protestas, huelgas y manifestaciones, se agudizaron las contradicciones intestinas de la rosca, la reducida élite de los grandes propietarios de minas, enfrentada por las cuotas de exportación asignadas a Bolivia por un Comité Internacional del Estaño (CIE). El grupo liderado por Carlos V. Aramayo, rival de la Patiño Mines, alentó a los militares a derrocar al gobierno, sin comprender que entre la joven oficialidad había calado el rechazo a la vieja oligarquía, sentimiento forjado en las logias surgidas en los propios campamentos de prisioneros bolivianos en Paraguay.  El 17 de mayo de 1936 miembros de la logia Mariscal Santa Cruz, encabezados por el coronel Germán Busch, derrocaron al presidente José Luis Tejada Sorzano y lo sustituyeron por el coronel David Toro, sepultando la llamada “República Liberal”.

Bajo presión de los militares nacionalistas, Toro decretó las primeras disposiciones contra la Standard Oil Company, así como varias medidas sociales y políticas insólitas en la historia del país. Fueron disueltos los partidos de la oligarquía y se autorizó el funcionamiento del Partido Socialista de Gobierno, dirigido por militares y civiles de la nueva “generación del Chaco”. Además, se permitió desde agosto de 1936 la formación de sindicatos y surgió la Confederación Sindical de Trabajadores de Bolivia (CSTB).

El 21 de diciembre de 1936, Toro aprobó la creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), decreto firmado en la casa del millonario Aramayo. Presionado por la oficialidad joven, Toro fue aún más lejos: dictó el 13 de marzo de 1937, la “Resolución Suprema” que cancelaba las concesiones de la Standard Oil en Bolivia y disponía la nacionalización de todas sus propiedades: 31 pozos de petróleo, dos destilerías y siete millones de hectáreas, medida entonces sin precedente en la historia latinoamericana, pues sólo al año siguiente Lázaro Cárdenas adoptaría una disposición similar en México. Cuatro meses después de la expropiación petrolera boliviana, el coronel Busch desplazó a Toro en el gobierno, desgastado por sus vínculos con la rosca y en medio de un extendido movimiento huelguístico.

Busch, que al parecer se inclinaba más por el consorcio Patiño, convocó a una convención que lo proclamó presidente de la República y emitió una constitución de inspiración nacionalista (1938). La nueva carta magna establecía el derecho del Estado sobre las riquezas naturales del país, aludía a la función social de la propiedad, y reconocía a los campesinos sus tierras comunales. Además, Busch promulgó el primer Código de Trabajo y creó el Banco Minero, encargado de proteger y fomentar la pequeña minería.

Enfrentado al congreso, dominado por grupos oligárquicos que promovían medidas liberales sobre impuestos y transferencias de divisas, el coronel Busch disolvió el legislativo, asumió poderes dictatoriales en abril de 1939 y dispuso la entrega al Estado todas de las divisas provenientes del estaño. Era más de lo que podía soportar la rosca. El ejército lo abandonó y el 23 de agosto de ese año fue hallado muerto de un balazo en su residencia particular en La Paz. Poco antes había declarado: “Sé que el paso es sumamente grave para mi gobierno y que numerosos peligros me acechan. Más no importa, estoy luchando por el pueblo boliviano y si caigo habré caído con una gran bandera: la libertad económica de Bolivia”.

Fuente: www.informefracto.com – 15 de abril de 2020

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