Por Sergio Guerra Vilaboy

La conquista española del Río de la Plata se inició con la trágica expedición de Juan Díaz de Solís, masacrada por los charrúas en 1516. Uno de sus sobrevivientes, el portugués Alejo García, fue el primer europeo que pisó al actual territorio de Paraguay cuando iba rumbo a los Andes desde la isla Santa Catalina, ubicada en las actuales costas brasileñas. García fue también un pionero al invadir el imperio incaico desde el sur -por Santa Cruz (1524)-, llevándose telas y objetos de oro y plata, mucho antes que Francisco Pizarro lo hiciera por el extremo opuesto. Atraídos por las noticias de esas riquezas, Sebastián Gaboto en 1527 y Diego García de Moguer dos años después, navegaron por los ríos Paraná y Paraguay tratando de llegar al Tahuantinsuyo.

No fue hasta 1535 que la Corona organizó una gran expedición colonizadora a la región austral, amenazada por la expansión portuguesa, que estuvo al mando de Pedro de Mendoza. Acompañado de más de mil personas, Mendoza levantó al año siguiente en la desembocadura del Río de la Plata una villa fortificada nombrada Santa María del Buen Aire, virtual capital del imaginado Reino de Nueva Andalucía. Abandonada pronto por la hostilidad de los pueblos originarios y lo inhóspito del lugar, muchos de sus pobladores se refugiaron en el más acogedor territorio paraguayo, donde Juan de Salazar fundó al año siguiente Nuestra Señora de la Asunción, que fue en verdad el primer gobierno municipal del Rio de la Plata.

Los recién llegados, encabezados por Juan de Ayolas y Domingo Martínez de Irala, siguieron saqueando el imperio incaico, hasta que Pizarro se los impidió, dejándolos confinados en Paraguay, con la agricultura como única alternativa. Después de vencer la tenaz resistencia de los jefes aborígenes Ñande Ru, Guazú Ruvichá, Taberé y Lambaré, los españoles lograron someter a los guaraníes, uno de los pueblos más avanzados de América del Sur.

A afianzar la presencia hispana en suelo paraguayo contribuyó que los conquistadores asimilaron la costumbre poligámica de los guaraníes, amancebándose con varias mujeres, a las que obligaban a trabajar la tierra. La ausencia de minerales preciosos hizo disminuir el arribo de europeos a Paraguay, lo que impulsó el mestizaje como en ninguna otra parte del continente.

En esas circunstancias, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien tras un naufragio había cobrado fama por sus andanzas por América del Norte, fue nombrado gobernador de esta remota posesión hispana. Para llegar a Asunción, desembarcó en 1542 por la costa atlántica y atravesó selvas hasta tropezar casualmente con las asombrosas cataratas de Iguazú, desconocidas por los europeos. Pero Cabeza de Vaca, rechazado por los conquistadores españoles asentados en suelo guaraní por su propósito de frenar la poligamia y limitar las encomiendas de indios, fue obligado a regresar a España (1544).

Tres décadas más tarde, los descendientes mestizos de los primeros conquistadores del Paraguay, comandados por Juan de Garay, iniciaron la colonización hasta la desembocadura del Plata, con el objetivo de facilitar la comunicación al exterior de la ya floreciente colonia agrícola, que durante un tiempo sería la más extensa de América, con costas tanto en el Atlántico como en el Pacífico. En su expansión, los 9 españoles y 75 “mancebos de la tierra” o paraguayos, como ya comenzaba a ser conocidos los criollos, fundaron Villa Rica (1570), Santa Fe (1573), Bermejo (1585), Corrientes (1588) y por segunda vez Buenos Aires (1580), acontecimiento que para algunos historiadores señala el fin de la conquista española de América.

A esa altura, la gran provincia de Paraguay había comenzado a achicarse como una piel de zapa, pues en 1552 perdió su salida al Pacífico y ocho años después el antiguo territorio incaico de Santa Cruz. La condición de provincia más grande de las Indias desapareció de manera definitiva en 1671 al crearse las gobernaciones de Guairá (o Paraguay) y la del Rio de la Plata. Fue un mestizo paraguayo, Ruy Díaz de Guzmán, quien en 1612 narró toda esa epopeya, mostrando una muy temprana conciencia “protonacional”, en una obra clásica titulada Anales del descubrimiento, población y conquista del Río de la Plata, o La Argentina, como la denominó su autor, escrita para dejar constancia para la posteridad“por aquella obligación que cada uno debe a su misma patria”.

Fuente: www.informefracto.com – 7 de julio de 2020.

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