Por Sergio Guerra Vilaboy

El 5 de septiembre de1820, hace ahora doscientos años, el perseguido general rioplatense José Artigas se refugió en Paraguay en busca de ayuda para seguir luchando por una república federal en el Río de la Plata. Después del Grito de Asencio en la Banda Oriental del Uruguay, el 28 de febrero de 1811, Artigas se había unido al levantamiento contra la dominación española. Gracias al respaldo popular y a su experiencia personal como oficial de la Corona, pronto se convirtió en el principal insurrecto oriental con su victoria de Las Piedras (18 de mayo), que le permitió dominar las zonas rurales y acorralar a los realistas en Montevideo. La invasión portuguesa a la Banda Oriental, tolerada por las autoridades porteñas en mayo de 1812, forzó a los patriotas uruguayos a replegarse, seguidos por miles de personas con todas sus pertenencias, en el denominado éxodo del pueblo oriental.

Los principales partidarios de Artigas eran los gauchos, peones y agregados mestizos de las estancias ganaderas e incluso sacerdotes del bajo clero, así como indígenas charrúas, chanaes y guaraníes, junto a esclavos negros. Para facilitarles tierras y otros beneficios, promulgó en 1815 su Reglamento Provisorio, dirigido a “que los más infelices sean los más privilegiados”. Pero el desconocimiento de sus representantes a la asamblea de 1813 en Buenos Aires, portadores de la propuesta del Jefe de los Orientales, como era llamado Artigas, de proclamar la independencia y el federalismo en el Río de la Plata, lo llevaron a romper con el gobierno porteño para tejer una alianza con las provincias, perjudicadas por el monopolio, el centralismo, los impuestos discriminatorios y privilegios de la antigua capital virreinal.

Entre 1814 y 1815, Corrientes, Entre Ríos, Misiones, Santa Fe, Córdoba y la Banda Oriental, se integraron en la Liga Federal, que reconoció a Artigas como Jefe de los habitantes de la Costa Oriental y Protector de los Pueblos Libres.  La ocupación de Montevideo el 18 de julio de 1815 dio mayores ventajas a la Liga Federal, pues Artigas pudo establecer una unión aduanera entre las provincias aliadas, que protegía la producción autóctona y daba acceso al exterior por los puertos orientales al margen de Buenos Aires. Para neutralizarlo, el gobierno porteño le ofreció la independencia de Uruguay, oferta rechazada por el Protector de los Pueblos Libres, convencido de que el Rio de la Plata debía ser una sola nación.

Eso explica el silencio cómplice de Buenos Aires ante la nueva invasión portuguesa a la Banda Oriental, iniciada en junio de 1816, e incluso que Buenos Aires desencadenara su propia ofensiva contra la Liga Federal, para envolver a los artiguistas en una guerra de dos frentes. Los desesperados esfuerzos de Artigas por contener la avalancha militar de Brasil fueron inútiles, sufriendo una cadena de duros reveses (India Muerta, arroyo Catalán, Arapay, Aquapy) y la pérdida de Montevideo.

A pesar de las crueles represalias de los invasores, los orientales prosiguieron el hostigamiento a las tropas lusitanas e incluso obtuvieron la pequeña victoria de Guirapautá chico (1819), hasta qué vencidos al año siguiente en Tacuarembó debieron replegarse al litoral del Paraná o rendirse a los portugueses. A pesar de estas derrotas, el Jefe de los Orientales se propuso resistir en las provincias litorales del Paraná, hasta que dos caudillos aliados que acababan de vencer al ejército porteño, Francisco Ramírez y Estanislao López, lo traicionaron. Reducida la soberanía de Buenos Aires al de una provincia más, la anarquía política se impuso en el desaparecido Virreinato del Río de la Plata.

Obligado a exiliarse en Paraguay, que había proclamado en 1813 su emancipación tanto de España como de Buenos Aires, Artigas solicitó apoyo al doctor José Gaspar Francia para restablecer el federalismo. Fiel a su política de no inmiscuirse en los asuntos internos rioplatenses, al que consideraba otro país, el doctor Francia sólo le dio protección y una chacra, pero no respaldo para reanudar su lucha. Al fundarse la República Oriental del Uruguay en 1828, el legendario Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libre, consagrado a la agricultura, se negó a regresar a su tierra natal, para convalidar la creación de la nueva nación, y murió en Paraguay el 23 de septiembre de 1850. Por esas paradojas de la historia, hoy es venerado como el padre de la independencia uruguaya.

Fuente: www.informefracto.com – 4 de septiembre de 2020

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