Por Sergio Guerra Vilaboy

La celebración del llamado descubrimiento de América por Cristóbal Colón, el 12 de octubre de 1492, comenzó a realizarse oficialmente en las primeras décadas del siglo XX, aunque desde antes ya se festejaba en España y algunos países hispanoamericanos.

La postura de muchos gobiernos del hemisferio hacia su antigua metrópoli había cambiado desde fines del XIX, pues ya no existía amenaza de reconquista y se habían establecido relaciones diplomáticas con Madrid. 

En vísperas del IV centenario del primer viaje de Colón, la reina María Cristina firmó, el 23 de septiembre de 1892, un decreto proclamando festivo nacional ese 12 de octubre. Varios países latinoamericanos se sumaron a la conmemoración, siendo uno de los primeros el gobierno conservador de Miguel Antonio Caro en Colombia. Además de organizar festejos por la fecha, obsequió a España el Tesoro de Quimbaya, integrado por 122 piezas de oro. Para un contemporáneo, el poeta José Joaquín Palma, representante en Guatemala de la República de Cuba en Armas, esta actitud hispanófila de muchos gobernantes obedecía a que la monarquía borbónica les entregaba “la placa del mérito militar o la gran cruz de Isabel la Católica, con cuales bagatelas se los atraen, los deslumbran y los convierten en instrumentos de viles injusticias.” 

En 1912, la recién creada Unión Iberoamericana, surgida del congreso Hispano-Americano (1900) -inaugurado en Madrid por el polígrafo mexicano Justo Sierra- para contraponerla al panamericanismo promovido por Estados Unidos, propuso que el 12 de octubre se denominara “Día de la Raza”, convertida seis años después en fiesta nacional de España por decreto real de Alfonso XIII.  El panhispanismo se sustentaba en la supuesta existencia de una “raza hispana” y encubría las intenciones tutelares de la maltrecha potencia colonial sobre Hispanoamérica. El falangismo hizo suyas las banderas del hispanismo, impulsado desde 1931 por pensadores conservadores españoles como Ramiro de Maeztu, lo que fue oficializado por el régimen de Franco en 1958. Estas concepciones reaccionarias, defensoras de un “orden cristiano“, comulgaba muy bien con el nacionalismo elitista latinoamericano de corte hispanizante, nutrido con exponentes de la oligarquía agro-exportadora y de intelectuales de derecha, que exaltaba el pasado colonial y los valores más tradicionales. Con el nombre de “Día de la Raza”, la festividad fue adoptada como celebración nacional por varios países, entre ellos Argentina (1918), Venezuela (1921), Chile (1922) y México (1928), aunque en este caso y por iniciativa de José Vasconcelos, se aludía a lo que el filósofo mexicano denominaba raza iberoamericana, con un significado de mestizaje y sincretismo cultural.

Las conmociones políticas y sociales que estremecieron al continente desde el triunfo de la Revolución Cubana, junto al ascenso de nuevos actores y movimientos sociales, como los indígenas, llevó a cuestionar la denominación acuñada para el 12 de octubre, avivada por el debate suscitado por el significado de las conmemoraciones del V centenario. La reivindicación de las culturas originarios, sometidas a sangre y fuego por los conquistadores europeos a partir de 1492, puso en solfa la añeja terminología, incluyendo el famoso “descubrimiento” y la exaltación de la “raza hispana”, sustituidos en forma oficial en varios países por otros términos para denominar la fecha-Día de la Resistencia Indígena, Negra y Popular, del Respeto a la Diversidad Cultural, del Encuentro de Dos Mundos o de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad-, más en consonancia con la verdadera significación de aquel acontecimiento para la historia de los pueblos de Nuestra América. Adelantándose a su tiempo, el sabio cubano Fernando Ortiz ya había desmontado las falsas tesis del hispanismo: “No hay tal comunidad de pasado, ni de raza, ni de idioma como tampoco de geografía. Grandes confluencias culturales y confraternidad lingüística sí las hay, entre las clases rectoras de España y de las repúblicas que salieron de su imperio indiano, y también profundas simpatías entre sus gentes, pero no una comunidad racial de sus pueblos entre sí, ni en cada uno de ellos. Porque no existe una raza en España, que es abigarrada de naciones, lenguajes y amestizamientos múltiples: ni tampoco en América Latina, que es formada de muy diversos idiomas, culturas y cruzamientos, indígenas y alienígenas, en paso lento de comunión”.

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