Por Sergio Guerra Vilaboy

La esclavitud en América Latina fue un fenómeno más complejo de lo que a veces se piensa. Al lado de los millones de víctimas de la inhumana trata y del trabajo brutal en las plantaciones, muchos esclavos pudieron formar familias, sostenidas por sus integrantes contra viento y marea, y toleradas por los propietarios para la reproducción de sus dotaciones.

En esas difíciles condiciones, algunos trabajadores negros consiguieron la libertad, o la de sus hijos, y en ocasiones excepcionales, incluso lograron cierta fortuna.

Ese fue la evolución de Juan Bautista Fajardo en Cuba, de origen carabalí, que, después de conseguir su liberación, poseía en 1820 una docena de casas y casi medio centenar de esclavos, según menciona María del Carmen Barcia en su enjundioso libro Los ilustres apellidos. Negros en La Habana colonial (2009). En Saint Domingue, en vísperas de la Revolución Haitiana, existía un nutrido sector de plantadores mulatos y negros libres, hijos de colonos blancos sin otra descendencia, dueños de dotaciones y de un cuarto de la riqueza de esa colonia. Pero de todos los casos conocidos, sin duda el más afortunado de todos los propietarios negros, devenidos capitalistas en medio de la injusta sociedad esclavista, fue el de Francisco Paulo de Almeida (1826-1901) en Brasil, conocido como el Barón Negro.

Nacido en Minas Geraes en 1826, era hijo de un modesto comerciante, Antonio José de Almeida, y de una esclava nombrada Palolina. Tuvo que trabajar desde muy joven confeccionando botones y collares, mientras en sus ratos libres tocaba el violín en entierros, donde obtenía las velas que le permitían estudiar en la noche. Dedicado a vender ganado, pudo adquirir en 1860 su primera hacienda en el Arraial de São Sebastião do Rio Bonito y dedicarse al cultivo de café. A su despegue contribuyó su matrimonio con una joven de 16 años, hija de un hacendado fluminense, cuyos bienes quedaron a su cargo tras el fallecimiento de su suegro.

El éxito obtenido en la producción del aromático grano, le permitó comprar siete haciendas en el valle del Paraiba (Rio de Janeiro), entre ellas las de Pocinho y la Veneza. Se calcula que en todas sus tierras llegó a tener mil esclavos, pues según justifica su biógrafo, el historiador brasileño Carlos Alberto Dias Ferreira, en su libro Barão de Guaraciaba: Francisco Paulo de Almeida: um negro no Brasil Império-Escravagista: “No se trata de una contradiccion que fuera negro y dueño de esclavos, pues tenia conciencia del período en que vívía y necesitaba mano de obra para trabajar en sus haciendas. Y la mano de obra disponible era la esclava.”

Durante los años del imperio en Brasil (1821-1889), de Almeida fue el empresario negro más exitoso, con una fortuna estimada en 700 mil contos de réis. Además de sus numerosas fazendas cafetaleras, era banquero, socio fundador del Banco Territorial de Minas Geraes, del Banco de Crédito Real de Minas Geraes, y accionista de la Compañía Mineira de Electricidad. Estuvo en 1889 entre los inversores de la primera usina brasileña -ubicada en Juiz de Fora, Minas Geraes-y del ferrocarril de Santa Isabel do Rio Preto. Esta línea, inaugurada por el propio emperador Pedro II en 1883, atravesaba sus propiedades en Valença y era vital para las exportaciones de café.

Los lazos con la monarquía de los Bragança le facilitaron adquirir en septiembre de 1887, por 750 mil réis, el título de barón de Guaraciaba. Para su residencia principal compró en Petrópolis el emblemático Palacio Amarelo, de dos inmensas plantas y rodeado de exhuberantes jardines. Adaptado al estilo de vida de la corte brasileña, aprovechó los privilegios de su título nobiliario para seguir desarrollando lucrativos negocios, con frecuentes viajes a Europa, donde estudiaron varios de sus numerosos hijos.

A pesar del privilegiado estatus alcanzado, Francisco Paulo de Almeida no pudo escapar a los prejuicios raciales de su tiempo, pues la alta sociedad brasileña lo rechazaba, siendo con frecuencia víctima de discriminaciones y burlas por miembros de la nobleza y la burguesía, que a sus espaldas lo llamaban “barón de chocolate”. Tras la caída del Imperio, la presión del nuevo gobierno republicano lo obligó a vender el envidiado Palacio Amarelo, que hoy alberga a la cámara municipal de Petrópolis. Desde entonces fue alejándose de los negocios y deshaciéndose de muchos de sus bienes, aunque mantuvo su buen nivel de vida hasta que falleció en casa de una hija en Rio de Janeiro (1901).

Fuente: www.informefracto.com – 10 de noviembre de 2020

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