Por Sergio Guerra Vilaboy

A pesar de la aspiración integradora de la América Meridional, compartida por muchos de los libertadores, durante los años de la emancipación de España, o en el periodo inmediato posterior, las antiguas colonias terminaron por descoyuntarse, lo que dio lugar a una verdadera constelación de países. En este proceso de fragmentación del antiguo imperio colonial español, los estados emergentes se conformaron en los límites de los viejos virreinatos y capitanías, respetando las tradicionales jurisdicciones de las audiencias, devenidas en verdadera matriz de las nuevas repúblicas.

Las antiguas divisiones administrativas creadas por España habían contribuido a forjar en sus habitantes, a lo largo de los tres siglos coloniales, un cierto imaginario de patria chica y un estrecho sentido de pertenencia, aprovechado por las elites criollas de cada localidad para constituir pequeñas repúblicas estructuradas en función de sus propios intereses. De esta forma, la guerra de liberación contra España condujo a la formación de un rosario de repúblicas, dando al traste con las grandes unidades estatales.

Muestra de ello fueron el fracaso de la gran Colombia -convertida en 1830 en tres estados independientes: Venezuela, Nueva Granada y Ecuador-, la división de la Confederación Peruano-Boliviana (1839) y la disolución en cinco repúblicas (Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica) de las Provincias Unidas del Centro de América (1839-1848). También puede incluirse en esta relación, la desarticulación, entre 1813 y 1828, del antiguo Virreinato del Río de la Plata en otros cuatro países: Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay, así como la división de la isla de La Española en dos pequeños estados: Haití y República Dominicana, aun cuando en este caso se trataba de territorios con cultura, idioma e identidades bien diferentes.

Entre las causas de este fraccionamiento, figuran los obstáculos creados por una inmensa geografía junto a factores objetivos derivados de las pronunciadas diferencias económico-sociales entre las distintas regiones hispanoamericanas, así como la ausencia de una burguesía y de un proyecto nacional integrador, lo que facilitó la atomización impuesta por los intereses encontrados de las elites locales. Sin duda, detrás del proceso que descoyuntó a Hispanoamérica actuaban heterogéneas fuerzas intestinas –los poderosos grupos de poder de cada localidad- y externas, o sea, las grandes potencias (Estados Unidos e Inglaterra).  Prueba de ello fue la creación de Uruguay, bajo la presión inglesa, y la política desintegradora de Estados Unidos hacia Centroamérica y México, como hizo constar en su diario, el historiador mexicano Carlos María de Bustamante, combatiente de la independencia, al señalar, en referencia al representante norteamericano en la región, que “tenemos a Mister Poinsett que tiene interés en que se lleve el diablo la América española.”

Otro obstáculo a la unidad hispanoamericana procedía del accidentado relieve y las malas comunicaciones, que separaban las diferentes regiones entre sí. Desaparecida la forzada vinculación de las colonias con la monarquía española, el proceso de dispersión terminó por imponerse, favorecido por las enormes distancias y las barreras geográficas que obstaculizaban la integración. Por eso, Mariano Moreno había sentenciado en la Gazeta de Buenos Ayres en 1810: “Es una quimera pretender que todas las Américas españolas formen un solo Estado.”

Un ejemplo ilustra el peso de este último factor. A Le Moyne, un diplomático francés que recorrió el rio Magdalena en Colombia a fines de 1828, para acreditarse ante el gobierno de Bolívar, le tomó 52 días ir desde Le Havre en Francia hasta Santa Marta, pero desde allí a Bogotá, el viaje por el río Magdalena duró 73 días. Por eso, Bolívar se quejaba con amargura desde Lima: “Ciertamente que nuestros correos no pertenecen a una república tan bien organizada como la nuestra; primero sabemos de Rusia que de Caracas; los partes de Junín nos han llegado primero de Inglaterra que de Caracas; y algunas veces recibimos con la misma fecha papeles de Londres y Bogotá.”  Eso ayuda a entender las enormes dificultades existentes a los esfuerzos unificadores de Bolívar y otras figuras, que condujeron a que el antiguo imperio español de ultramar terminara dividido en varias repúblicas, desvinculadas entre sí, lo que facilitó un proceso recolonizador que no tardó en convertirlas en simples apéndices de los centros del capitalismo mundial.

Fuente: www.informefracto.com – 18 de diciembre de 2020

Publicado por ADHILAC Internacional © www.adhilac.com.ar

Si Ud. desea asociarse de acuerdo a los Estatutos de ADHILAC (ver) complete el siguiente formulario (ver)

E-mail: info@adhilac.com.ar

Twitter: @AdhilacInfo

Ver Presentación de ADHILAC