Por Sergio Guerra Vilaboy

Las dictaduras ensombrecieron el devenir de América Latina y el Caribe después de la independencia, aunque las de principios del siglo XIX fueron diferentes, en muchos aspectos, a las de fines de esa misma centuria y de la siguiente. Estas últimas, como la de Porfirio Díaz en México, se desarrollaron en un nuevo contexto histórico, marcado por la creciente dominación de Estados Unidos en el continente.

El propio término de dictadura terminó por adquirir un significado peyorativo del que carecía en sus inicios, cuando equivalía al sencillo otorgamiento de plenos poderes, en función del interés público, a una o varias personas, que la asumían en circunstancias excepcionales, sin limitaciones y en forma absoluta. Al parecer, el concepto se empleó por primera vez en la antigua Roma para denominar a un magistrado al que le atribuían las prerrogativas de ambos cónsules, esto es, toda la autoridad administrativa del estado y el supremo mando militar. Además de asumir las funciones íntegras de la soberanía y de concentrar en su persona el ejercicio del poder público, los dictadores quedaban facultados para decidir sobre la vida o la muerte y sus disposiciones eran inapelables.

Por regla general, los dictadores eran nombrados en forma legal por cuerpos colegiados y sus poderes absolutos concedidos temporalmente, aunque Sila y César fueron designados dictadores de por vida. Para el politólogo francés Alain Rouquie, la dictadura puede ser definida como “un régimen de excepción que, por circunstancias particulares, se ejerce sin control. Ello implica que el poder de los gobernantes sobre los gobernados no conoce ninguna restricción, o sea, dicho ahora en términos constitucionales, que las garantías fundamentales se hallan abolidas. Permanecemos así muy cerca de una acepción clásica.”

Acorde a esta tradición, durante la independencia de España a muchos patriotas latinoamericanos se les otorgó la condición de dictadores, como ocurrió por ejemplo con Francisco de Miranda en 1812, quien fue nombrado por el congreso venezolano, antes de disolverse, con total y plena autoridad, para que tratara de salvar a la primera república de la feroz ofensiva realista. Lo mismo vale para Simón Bolívar, José de San Martín y otras primeras figuras de la emancipación que también fueron designados dictadores, en circunstancias muy comprometidas de la lucha contra las tropas colonialistas. Incluso en la naciente república de Paraguay, acosada por sus vecinos, que le negaban el reconocimiento como estado independiente, el doctor José Gaspar de Francia, que era uno de los dos cónsules encargados del poder ejecutivo, fue proclamado en 1814, por un congreso popular reunido en Asunción, Dictador Supremo.

Después de la independencia, el término dictadura fue tomando un sentido negativo al ser empleado por los liberales en sus campañas contra los caudillos, el despotismo y los gobernantes conservadores, aliados a la iglesia, que dominaban la escena política de América Latina y que se caracterizaban por ejercer una autoridad omnímoda, arbitraria y criminal. Gobernantes como Juan Manuel de Rosas en el Río de la Plata, Mariano Melgarejo en Bolivia, Rafael Carrera en Guatemala, Gabriel García Moreno o Ignacio de Veintimilla en Ecuador, Antonio López de Santa Anna en México, José Antonio Páez en Venezuela, Ulises Heureaux en República Dominicana, y hasta el propio doctor Francia en Paraguay, fueron calificados con los peores epítetos por sus opositores liberales, acuñando la palabra dictadura con la carga peyorativa que tiene hoy, como sinónimo de tiranos o sátrapas.

Desde entonces, el término adquirió la connotación negativa con que se utiliza en la actualidad y que alude a un sistema despótico implantado en un país determinado en el cual la arbitrariedad se convierte en norma jurídica, al margen de la voluntad ciudadana y su poder, basado en una fuerte represión, se ejerce sin contrapeso de ningún tipo. Estos regímenes han sido fuente de inspiración de novelas como Tirano Banderas (1926), del escritor gallego Ramón María del Valle Inclán, El señor presidente (1946) del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, El recurso del método (1974) del cubano Alejo Carpentier, El otoño del patriarca (1975) del colombiano Gabriel García Márquez y La fiesta del Chivo (2000) del peruano Mario Vargas Llosa.

Fuente: www.informefracto.com – 2 de febrero de 2021

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