Por Sergio Guerra Vilaboy

Dos siglos se cumplen del histórico abrazo de Acatempan, entre el legendario jefe independentista mexicano Vicente Guerrero y el general realista novohispano Agustín de Iturbide, futuro emperador de México. En ese momento, la lucha emancipadora en el Virreinato de Nueva España, el más rico de Hispanoamérica, estaba estancada, después de las ejecuciones de Miguel Hidalgo y José María Morelos, así como del fracaso de la expedición libertadora del español Francisco Javier Mina (abril-noviembre de 1817).

La puesta en vigor en México, en mayo de 1820, de la constitución liberal de Cádiz, unido a la reapertura en Madrid de las Cortes en julio de ese mismo año, provocó la reacción airada del alto clero novohispano y los terratenientes señoriales criollos, comprometidos en la represión a los insurgentes. La publicación en el Virreinato, en enero de 1821, de decretos anticlericales y antifeudales de las propias Cortes, activaron planes contrarrevolucionarios para evitar su aplicación y ofrecer refugio en Nueva España a Fernando VII, maniatado por los liberales metropolitanos. No en balde, el general español José Dávila, gobernador de Veracruz, advirtió a Madrid: “Señores, Vds. me han obligado a proclamar la Constitución; esperen ahora la independencia, que es lo que va a ser el resultado de todo esto.

La ruptura con la España liberal permitía, como efecto colateral, alejar la posibilidad de una intervención militar foránea en México, al estilo de la conducida por el general San Martín al Perú o la que había llevado al propio suelo novohispano al revolucionario español Mina. Uno de los artífices principales del proyecto conservador concebido en La Profesa, enfilado contra el régimen constitucional, en el que estaban confabulados el propio virrey y hasta el antiguo inquisidor de la iglesia en Nueva España, Matías Monteagudo, fue el coronel Agustín de Iturbide. Este alto oficial michoacano, había escalado posiciones en el ejército realista gracias a sus crueles métodos punitivos contra los insurgentes.

Nombrado en noviembre de 1820 al frente del ejército destinado al sur, constituido en forma predominante por criollos, sufrió varios reveses frente a los patriotas. En un golpe maestro, que lo distanció de los conspiradores de La Profesa, buscó la alianza con sus enemigos, lo que le daría la base popular de que carecía. Para conseguirlo, envió una carta conciliatoria a Guerrero y el 10 de febrero de 1821 se entrevistó en secreto en Acatempan con el principal jefe rebelde.

A facilitar el entendimiento entre fuerzas que hasta entonces se combatían a muerte, contribuyó el visible retroceso de la guerra independentista mexicana y el virtual abandono por los insurgentes del programa revolucionario de Hidalgo y Morelos. Sobre esas bases se proclamó el Plan de Iguala (24 de febrero de 1821) o de las tres garantías. En sus 33 artículos, la plataforma conservadora de Iturbide, que elogiaba los tres siglos de dominación española en México, proponía el establecimiento en la América Septentrional de una monarquía independiente de España ‑el trono se ofrecía a Fernando VII o a un príncipe Borbón‑, el respeto a los bienes y privilegios de la iglesia y la garantía de la unión e igualdad entre americanos y españoles.

Además, basándose en las viejas tradiciones hispánicas, se preveía la convocatoria de unas Cortes en Nueva España y la formación de una junta de gobierno provisional, que se pondría en principio en manos del virrey Juan Ruiz de Apodaca. Aunque el Plan de Iguala no ocultaba su carácter contrarrevolucionario, tenía dos aspectos positivos: la extinción del sistema de castas, bastante maltrecho por las luchas insurgentes y las leyes liberales metropolitanas, y la independencia. Con este paso audaz, la aristocracia criolla arrebató la hegemonía del proceso emancipador a los sectores populares y, al mismo tiempo, desplazó del poder a la burocracia colonial y a los grandes propietarios y comerciantes monopolistas peninsulares.

Sin el apoyo de la oficialidad criolla, el gobierno virreinal sólo podía contar con una parte muy minoritaria del ejército, constituida por los pocos mandos españoles leales, divididos en liberales y absolutistas tras la deposición, el 5 de julio, del propio virrey Apodaca. En estas condiciones, la capitulación definitiva de España era sólo cuestión de tiempo, pues Iturbide pronto controlaría casi todo el territorio novohispano, despejando el camino para establecer la monarquía y proclamarse emperador.

Fuente: www.informefracto.com – 09 de febrero de 2021

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