Por Sergio Guerra Vilaboy

Las revoluciones latinoamericanas más trascendentes del siglo XX fueron sin duda las de México y Cuba, que vencieron a los respectivos ejércitos nacionales, lo que sólo se repitió en Bolivia (1952) y Nicaragua (1979). Originadas por las difíciles condiciones creadas por las dictaduras de Porfirio Díaz (1876-1911) y Fulgencio Batista (1952-1958), desencadenaron profundas transformaciones de larga repercusión. Al margen de sus muchas diferencias, México y Cuba tenían similitudes en la extrema polarización social y la crisis política, que hicieron inevitable el cruento estallido revolucionario.

A inicios del siglo XX, México concentraba la mayor presencia del capital extranjero en América Latina, mientras Cuba, en los años cincuenta, era el país más vinculado a Estados Unidos en todo el hemisferio. Aunque la agricultura cubana era más capitalizada, y su estructura mucho más “moderna”, homogénea e integrada que la mexicana cuarenta años antes, las dos repúblicas dependían de Estados Unidos. En ambos casos, el capital norteamericano dominaba recursos naturales básicos, pero en México ese proceso se había desarrollado en intensa rivalidad con ingleses y alemanes, a diferencia de la Mayor de las Antillas, controlada de manera casi absoluta por los monopolios estadounidenses. Además, en la historia de las dos naciones se habían registrado intervenciones militares y despojos territoriales por parte de la gran potencia vecina, que generó una extendida conciencia nacionalista, más arraigada que en el resto del continente.

Entre las causas del levantamiento armado estaba en primer lugar la democratización del régimen político. Las luchas antidictatoriales, junto a las difíciles condiciones de una gran parte de la población, despertaron amplios movimientos opositores, nutridos del empobrecido campesinado, así como de obreros, empleados, intelectuales, pequeños propietarios y diferentes capas de la burguesía nacional. A pesar de su heterogeneidad, fueron atraídos por programas y consignas democráticas y nacionalistas, que incluían reivindicaciones agrarias y socio-económicas, dirigidas al establecimiento de un nuevo orden.

La intervención directa de Estados Unidos en México propició el derrocamiento y asesinato de un presidente y dos invasiones armadas (1914 y 1917), así como la presión diplomática a todos los gobiernos desde Venustiano Carranza a Lázaro Cárdenas. En el caso cubano, aunque Estados Unidos no llegó a invadir militarmente la isla, como ocurrió en México, su injerencia llegó mucho más lejos y sus consecuencias fueron más profundas, lacerantes y constantes, al grado que aún no han terminado.

Las dos revoluciones triunfantes debieron enfrentar la oposición de la iglesia católica, aunque en México el conflicto fue más agudo y generó incluso un masivo levantamiento fanático: la guerra cristera. Las nacionalizaciones de propiedades extranjeras (1938 en México y 1960 en Cuba), provocaron sanciones y bloqueos de las grandes potencias afectadas, que despertaron campañas populares de resistencia. Por otra parte, el proceso de institucionalización cubano, sin la anarquía del mexicano, fue mucho más dilatado, pues la nueva constitución solo fue adoptada en 1976 y, a diferencia de la mexicana de 1917, no recogía un programa de objetivos sino las principales conquistas de la revolución que se había inclinado al socialismo.

La revolución mexicana produjo un gran impacto en América Latina con sus consignas agraristas y antimperialistas, primero, y la reforma agraria y la nacionalización del petróleo, después, concitando amplias expectativas en el hemisferio y una ola de solidaridad en vastos sectores populares. A su vez, la revolución cubana abrió una nueva fase de la historia continental que desencadenó una oleada de luchas sociales y políticas del río Bravo a la Patagonia. Ambas, tras destruir el antiguo régimen y a su ejército opresor, renovaron todo el orden nacional, consiguieron conquistas de largo aliento para sus pueblos e impulsaron un ideario de justicia, libertad e igualdad que desde entonces nutre el imaginario de varias generaciones de latinoamericanos.

Fuente: www.informefracto.com – 9 de marzo de 2021

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