Sergio Guerra Vilaboy

Los recientes triunfos electorales de izquierda en América Latina, como el que puede ocurrir en Ecuador, indican el retroceso de muchos gobiernos de derecha en el hemisferio, emponzoñados por el trumpismo. Ello podría confirmar el movimiento pendular de la historia de América Latina, que desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial ha oscilado entre etapas de avances revolucionarios y democráticos con los de dictadura y contrarrevolución.

La bancarrota del fascismo estimuló la rebeldía popular en América Latina desde mediados de los cuarenta y provocó la caída de tiranías y regímenes autoritarios. Esta oleada progresista, sacó del poder dictaduras en El Salvador Brasil, Guatemala –donde desencadenó una verdadera revolución-, obligando a algunas a atemperarse para sobrevivir. Esa coyuntura también condujo al poder a movimientos políticos de largo aliento, como los adecos en Venezuela, el velasquismo en Ecuador, los auténticos en Cuba y el peronismo en Argentina.

Muchas de las conquistas fueron revertidas por una brutal ofensiva macartista, originada en Estados Unidos, que inició con el bogotazo (1948) la persecución a la izquierda y continuó con el establecimiento de dictaduras en Perú, Venezuela, Ecuador, Haití Paraguay, Bolivia, Colombia, Nicaragua y Cuba, sumadas a las existentes en Nicaragua y República Dominicana. En algunos lugares, como en Chile, Costa Rica o México, un resultado parecido se consiguió con gobiernos civiles. Por añadidura, a mediados de los cincuenta fueron derrocados, bajo el acoso norteamericano, los gobiernos populares y/o nacionalistas de Guatemala, Brasil y Argentina, aunque la excepción fue la revolución boliviana en 1952, que triunfó a contracorriente.

Siete años después, la victoria de la revolución cubana abrió un periodo de transformaciones progresistas, precedido del derrocamiento de regímenes militares en Haití, Perú, Colombia y Venezuela. El ejemplo de Cuba estimuló la lucha antidictatorial en Nicaragua y Paraguay, acelerando el fin de la tiranía dominicana (1961), mientras se registraban aperturas en Argentina, Brasil, Chile y El Salvador. Esta ola democratizadora fue detenida en seco por la agresiva ofensiva contrainsurgente lanzada por Estados Unidos para aislar el socialismo cubano y frenar el avance de movimientos armados de liberación, política acelerada tras el asesinato del presidente norteamericano en 1963. A esa fase represiva corresponde la intervención militar estadounidense en Santo Domingo (1965), la masacre de Tlatelolco en México (1968) y la sucesión de golpes de estado en El Salvador, Ecuador, Argentina, Guatemala, Perú, República Dominicana, así como en Bolivia y Brasil.

Otra etapa de ascenso revolucionario se vertebró al inicio de la siguiente década con el triunfo de la Unidad Popular en Chile (1970) y el inesperado giro al nacionalismo de gobiernos militares en Perú, Panamá, Bolivia, Ecuador y Honduras. Ello coincidió con la independencia de varias naciones caribeñas y la eclosión de instituciones integracionistas regionales y de defensa de las materias primas o los recursos naturales. Una cadena de sangrientos golpes militares puso fin a estos cambios positivos, cuyo modelo fue el régimen fascista chileno (1973), precedido por el de Brasil y Bolivia, e imitado en Argentina Paraguay, Haití, Nicaragua y Guatemala, con acciones criminales coordinadas por una especie de internacional del terror (Operación Cóndor), creada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

El triunfo sandinista en 1979 no sólo dio un segundo impulso al movimiento revolucionario en Guatemala, El Salvador, Colombia y Perú, sino también provocó virajes democráticos en varios países de la región (Uruguay, Brasil, Bolivia) y en aquellos donde el reformismo militar había perdido el rumbo (Perú, Ecuador). En Argentina, esa evolución fue acelerada por el descalabro de las Malvinas (1982), a lo que siguió, a fines de los ochenta, la defenestración de las odiadas dictaduras de Haití, Paraguay y Chile, mientras las pequeñas islas del Caribe lograban su emancipación.

El colapso del socialismo europeo, junto con la indiscutida hegemonía mundial de Estados Unidos, trajo la derechización de América Latina con el retroceso de las desconcertadas izquierdas, proceso iniciado con la impune intervención militar norteamericana en Panamá (1989) y la derrota electoral del sandinismo al año siguiente. El predominio del capitalismo salvaje despertó la insurgencia zapatista en México (1994) y airados estallidos sociales en Argentina, Bolivia y Ecuador, iniciados con el caracazo en 1989. Una década después, en cambio, la revolución bolivariana en Venezuela puso coto al neoliberalismo e impulsó el llamado socialismo del siglo XXI, seguido de espectaculares reformas progresistas y antimperialistas en todo el continente y avances sin precedentes en la integración latinoamericana, que hoy han sido revertidos.

Fuente: www.informefracto.com – 17 de marzo de 2021

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