Sergio Guerra Vilaboy

La vida de Francisco de Miranda dio un vuelco decisivo en Cuba, donde, de manera intermitente, vivió tres años, de 1780 a 1783. El que sería llamado Precursor de la independencia hispanoamericana llegó a La Habana en agosto de 1780, como oficial del regimiento de Aragón del Ejército de operaciones de América. Esta fuerza militar española debía combatir contra Gran Bretaña, en alianza con Francia, en la guerra de independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica.

A los ocho meses, Miranda partió de la capital cubana con las tropas comandadas por su amigo, el teniente general Juan Manuel de Cajigal, a reforzar las fuerzas hispanas en La Florida, donde se destacó en la toma de la fortaleza inglesa de Pensacola. A su regreso a La Habana, en julio de 1781, fue ascendido a teniente coronel y designado edecán del mariscal Cajigal, nombrado nuevo capitán general de Cuba.

Por su dominio del inglés, el venezolano fue enviado después a la vecina posesión británica de Jamaica, para gestionar la liberación de más de 700 prisioneros españoles, lo que consiguió. Para poder trasladar un primer grupo a Cuba, tuvo que negociar con el comerciante británico Philip Allwood, quien le facilitó tres embarcaciones, a cambio de una autorización para introducir mercancías sin impuestos en la Mayor de las Antillas. Pero las carretas que trasladaban el cargamento de Batabanó a La Habana fueron incautadas por el intendente español Juan Ignacio de Urriza, quien a regañadientes debió devolverlas, pues estaban autorizadas por el propio capitán general.

El incidente sirvió para nutrir el listado de cargos que se iba levantando a Miranda por sus enemigos, entre ellos el poderoso ministro de Indias José de Gálvez. Otro fue el de colaboración con el adversario, basado en su supuesta visita al recién terminado Castillo del Príncipe con el general inglés John Campbell, recluido en La Habana tras su derrota en Pensacola. La Inquisición ya le tenía abierta una causa desde 1776 para encarcelarlo y confiscar sus libros prohibidos. A pesar de la orden de detención, Cajigal lo envió en la expedición militar que se apoderó de las islas Bahamas, en la primavera de 1782, encargándose de negociar y redactar el acta de capitulación de los ingleses en Nassau.

Terminada esta exitosa misión, viajó a Cabo Francés (Saint Domingue), donde tuvo problemas con el general Bernardo de Gálvez, jefe de las fuerzas hispanas en el Caribe y sobrino del ministro de Indias, por no haber mencionado su nombre en los acuerdos de Bahamas, ni en su reseña de esa campaña militar en un periódico local. Arrestado por orden de este jefe militar, fue remitido a La Habana en septiembre de 1792, donde Cajigal lo liberó enseguida y reasumió sus funciones de edecán, contraviniendo la terminante orden real.

Pero esa situación ya no duraría mucho tiempo. A principios de 1783, terminada la guerra con Inglaterra, el capitán general fue sustituido en su cargo y sometido al habitual juicio de residencia, lo que dejó desprotegido a Miranda, que pronto debería regresar a España con su regimiento. Avisado de una nueva orden de arresto, llegada a La Habana el 13 de abril de ese año, el venezolano decidió desertar y esconderse en la villa portuaria de Matanzas, comunicándole a Cajigal su decisión de marchar a Europa, vía Estados Unidos, en espera de un salvoconducto para defenderse en Madrid con imparcialidad.

En la mañana del 1 de junio de 1783, en la balandra norteamericana Prudent, Miranda dejó a Cuba para siempre, cerrando un capítulo decisivo en su vida, como cuenta el historiador Wilfredo Padrón en Cuba en la vida y obra de Francisco de Miranda (2011). Bajo la presión de las autoridades metropolitanas y la Inquisición, que no habían dejado de perseguirlo, e influido por la independencia de Estados Unidos y las ideas de la ilustración, Miranda daría entonces un giro trascendental en su vida para consagrarla a la lucha por la emancipación de Colombia, como denominaría a Hispanoamérica.

Fuente: www.informefracto.com – 1 de abril de 2021

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