Sergio Guerra Vilaboy

Las recientes acusaciones del canciller boliviano Rogelio Mayta, durante una reunión del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA), contra su actual secretario general, Luis Almagro, por su descarnada injerencia durante los comicios de 2019 en Bolivia, ha recordado el verdadero papel de este Ministerio de Colonias de Estados Unidos, como lo calificara en los años sesenta el ministro cubano de exteriores Raúl Roa.

Los orígenes de la OEA están asociados a la política expansionista de Estados Unidos que en 1889 logró reunir en su capital la primera Conferencia de las Naciones Americanas, dirigida a desplazar al capital y el comercio de Inglaterra y lograr su absoluta supremacía hemisférica. Las conferencias panamericanas fueron el eje de la política exterior de la Casa Blanca, que revitalizó la vieja doctrina Monroe. En 1910 Washington logró crear en Buenos Aires la Unión Panamericana presidida por el propio secretario de Estado norteamericano, aunque la todavía fuerte influencia inglesa restringió mayores alcances.

Fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando Estados Unidos favoreció la sustitución de la anquilosada Unión Panamericana por la OEA, en medio de la guerra fría, con el propósito de enfrentar a la Unión Soviética y frenar los avances del movimiento revolucionario. Antes de su sepultura definitiva, la vieja institución prestó un último servicio al gobierno estadounidense con la firma en Rio de Janeiro, en agosto de 1947, del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), varios de cuyos postulados se incorporaron a la carta fundacional de la OEA.

Su nacimiento en Colombia, el 20 de abril de 1948, no pudo salir peor, pues el parto ocurrió en medio del estallido social del bogotazo, tras el asesinato del líder popular Jorge Eliecer Gaitán, por lo que hubo que evacuar a la carrera a los veinte representantes de los países latinoamericanos. Desde entonces la OEA, que estableció su sede permanente en Washington, de cuyo gobierno recibe la mayor parte de su presupuesto, ha sido un fiel instrumento de la agresiva política injerencista de Estados Unidos en América Latina y el Caribe.

Así se confirmó en 1954 cuando la OEA aprobó en Caracas una resolución que convalidaría la intervención armada mercenaria de Estados Unidos en Guatemala, que derrocó al presidente Jacobo Arbenz. Lo mismo ocurrió tras el triunfo de la Revolución Cubana, cuando la organización se prestó para su aislamiento, ignoró las agresiones y el bloqueo norteamericano y llegó al extremo, en la reunión de Punta del Este (Uruguay) en enero de 1962, de decretar su expulsión y la ruptura de las relaciones diplomáticas, con la honrosa oposición de México.

Tres años después, la OEA también apoyó la ocupación militar estadounidense en Santo Domingo al encubrirla con la mal llamada Fuerza Interamericana de Paz y luego hizo silencio ante los crímenes y violaciones de los derechos humamos cometidos por las dictaduras latinoamericanas, así como las actividades terroristas de la tenebrosa Operación Cóndor. En tiempos más recientes, después de readaptar sus objetivos en 1991 en una neoliberal Carta Democrática, tras la caída del muro de Berlín, la OEA ha servido para aislar y condenar a la República Bolivariana de Venezuela, que en protesta debió abandonar la nefasta institución. Cuba, por su parte, se negó a reingresar en 2009 luego que se lo pidiera la XIX Asamblea General reunida en San Pedro Sula (Honduras), foro dominado por los gobiernos progresistas existentes entonces en varios países de América Latina.

La historia del servilismo de la OEA a Estados Unidos explica que los actuales mandatarios de México, Bolivia y Argentina, coincidan en advertir que la entidad no sirve y llamen a buscar un nuevo espacio que represente la voluntad de los pueblos de América Latina y el Caribe. El propio presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Luis Arce, señaló en Twitter: “Hacemos eco de las palabras del hermano, López Obrador, en la idea de sustituir a la OEA por otro organismo verdaderamente autónomo, que exprese los equilibrios regionales, respete la autodeterminación de los pueblos y no dé cabida a la hegemonía de un solo Estado”.

Fuente: www.informefracto.com – 31 de agosto de 2021.

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