Homenaje

José Martí en La Habana. Foto: Carolina Crisorio

La lucha de José Martí por la independencia cubana fue la causa fundamental de su vida. Aprendió desde muy joven, siguiendo la huella de su mentor Rafael María Mendive, que era indispensable romper con el coloniaje español y, retomando el mensaje del Ilustrado cubano Padre Félix Varela, incorporó en su idea el mensaje inequívoco que manda a construir la identidad nacional como paso previo para levantar las banderas de la soberanía.

Soberanía e identidad que, en las acciones y en la tarea martiana se tradujeron en su vocación de construir no solamente la liberación de su Cuba querida, sino en la convocatoria a la construcción del estado nacional y la fundación de la República. Su consecuencia con la causa libertaria desechó, por todo lo dicho, cualquier asonada para favorecer a las corrientes del anexionismo o a los interesados en la ruptura formal del orden e, incluso, para que comprendiera los asechos sobre la Isla del poder imperial que ya emergía en América, bajo el pretexto de cuidar los territorios americanos de las nuevas apetencias europeas.

Su tarea, ligada a su forma de pensar, fue una praxis que dejó huellas y que se transformó en ejemplo vivificador en el contexto de nuestra historia latinoamericana, cuando en 1895 murió en combate impulsando sus ideales libertarios que fueron anunciados desde la fundación, por él mismo, del Partido Revolucionario Cubano en 1892.

La intensidad de su vida se inició cuando fue prisionero del Ejército español por expresar sus opiniones de desafecto con los ocupantes de la Isla. Tenía entonces algo más de 15 años. Vino luego la expulsión de su Patria, en 1871, y el inicio del exilio fecundo porque desde el otro lado del Atlántico purificó su inteligencia y su voluntad para la causa de la libertad, en apego a un pensamiento que había madurado y aprehendido desde las vertientes de las ideas de los hombres libres.

En Madrid estudio, leyó y, además, se compenetró con los afanes en la construcción de la República, cuyo debate se había provocado poco antes en Madrid a propósito de la fuga de Isabel ll a Francia, como corolario al triunfo de una sublevación militar de carácter liberal y democrático que condujo a que se proclamara la nueva Constitución española en medio del rechazo a la dinastía borbónica.

En medio de un debate entre aquellos que defendían el Estado monárquico y los que conspiraban para edificar una auténtica República transcurrió la estancia de Martí, quien rápidamente se ubicó del lado de los republicanos.

Fue un periodo en el cual se nutrió de lecturas fundamentales para su formación. Entre sus manos y su inteligencia, pasaron las páginas del filósofo alemán Federico Krause, quien formuló reglas de conducta y esbozó ideales del destino humano, asuntos que en la España de aquellos años fue comprendido como una propuesta de un nuevo estilo de vida o como una forma distinta de ocuparse de ella “sirviéndose de la razón a manera de brújula para explorar segura y sistemáticamente el ámbito entero de lo creado”, conforme lo reiterara el propio Krause.

Martí, además, se abrevó en la lectura de ‘La Historia de la Revolución de Francia’, de Adolfo Thiers, en traducción al español de José Mor de Fuentes; en el conocimiento de ‘La Administración Pública, con respecto a España’, de Alejandro Olivan; en el análisis de ‘Mirabeu’, de Víctor Hugo, en traducción de Antonio Ribot y Fonseré; en el estudio de ‘Reflexiones sobre la Libertad’, de Creuze de Lesser, en traducción de Abdón Terradas. También en ‘La Historia de los Girondinos’, de Lamartine, en traducción de Madina-Veytia, entre tantos otros libros que provocaron la inevitable confrontación teórica sobre la realidad francesa y, a partir de ello, sobre la situación española de entonces.

El joven José Julián, en todo caso, no dejó de leer y estudiar a Marx y al científico Darwin, todo lo cual le permitió poseer una mentalidad abierta respecto de los problemas de la sociedad con una visión amplia, sin dogmas o empobrecida en eslóganes.

El acervo intelectual obtenido en Cuba, particularmente de Félix Varela; sus lecturas en Madrid y sus estudios en la capital española, así como en Zaragoza, y desde luego su formación en Derecho Civil y Canónico, y en Filosofía y Letras fueron, pues, el sustento epistemológico para que su pensamiento independentista estuviera cimentado no solamente en la ruptura con la Metrópoli, sino en la convicción de construir el Estado Nacional cubano.

Su formación intelectual no solamente se expresó en sus tareas libertarias, que le llevaron a fundar el Partido Revolucionario Cubano y unir alrededor de él a los más importantes actores de las luchas independentistas, sino que le favorecieron en su brillante tarea de forjador del pensamiento humanista y profundamente americano. Este pensamiento, adicionalmente, encontró el camino adecuado de la expresión literaria martiana y de su mundo interior, esa cosmovisión de la subjetividad humana que hasta hace poco estuvo cuestionada por los ortodoxismos y las miradas oblicuas.

Fue pensador, periodista y poeta, y como tal constructor del modernismo; promovió desde sus escritos, y mediante los encargos que varios países le hicieran en diversas reuniones, la recuperación de la identidad americana. Adicionalmente esculpió, lenta y sostenidamente, la lucha independentista cubana y de Puerto Rico. Su vida y su muerte fueron la síntesis de su quehacer intelectual y político.

Aquella frase martiana que debe formar parte de nuestra propia realidad individual y colectiva y que afirma que “el verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber” bien sirve de resumen al tránsito vital de José Martí y también favorece la circunstancia de conocer en nuestros espacios a los impostores de las ideas, a los que transitan sin identidad intelectual o a los que hipotecan las ideas al mundo a la farándula del mediatismo, negando el pensamiento crítico y promoviendo la sinrazón de la historia.

El José Martí de nuestros días sigue taladrando la conciencia de los pueblos de la región. Su recia formación, lograda en medio de toda clase de sacrificios, está más allá de los homenajes de granito. Forma parte de la construcción de nuestras libertades y de los sueños de nuestras Patrias.

Fuente: La Hora 23 de enero de 2013

 

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