Por Sergio Guerra Vilaboy

Vi por última vez al destacado historiador venezolano Federico Brito Figueroa (1921-2000) en su apartamento, situado en un alto edificio de Caracas, un año antes de su muerte, en abril de 1999. Pasé a saludarle acompañado por Carlos Oliva, entonces al frente de la inexplicablemente desaparecida Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA), y guiado por mi entrañable amigo Arístides Medina Rubio, quien dirigía el Instituto de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad Central de Venezuela. Brito acababa de ser nombrado por el presidente Hugo Chávez Rector de la Universidad José María Vargas y fuimos a felicitarlo. Recuerdo que hicimos un aparte, pues deseaba mandarle un mensaje privado al entonces embajador cubano Germán Sánchez, que trasmití en persona al día siguiente.

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