Sergio Guerra Vilaboy

El 9 de diciembre de 1824, hace ahora 190 años, el general Antonio José de Sucre, a las órdenes de Simón Bolívar, quien un par de días antes había entrado en la capital del Virreinato de Perú, obtenía el memorable triunfo de Ayacucho sobre los doce mil hombres de los ejércitos del Virrey José de la Serna, acontecimiento que significó la derrota definitiva del colonialismo español en la América continental. Dos días antes de la histórica batalla de Ayacucho, Bolívar había enviado las invitaciones al Congreso de Panamá, con el propósito de impulsar la liberación de Cuba y Puerto Rico, piezas claves en su proyecto de integración de las antiguas colonias españolas.

Derecha:  Antonio José de Sucre

La victoria de Ayacucho fue posible gracias al rumbo revolucionario que el Libertador había impuesto a la lucha independentista desde 1816, al concitar la incorporación de las masas populares al ejército patriota, a diferencia de lo que sucedía en otras partes del continente. En gran medida la radicalización de Bolívar estaba asociada al influjo y apoyo de la revolución haitiana. Fue la república negra que había abolido la esclavitud y extendido la pequeña propiedad campesina, presidida por Petion, “una especie de democracia patriarcal, a la vez nacionalista y sosegada” como la definió el pensador y político dominicano Juan Bosch, la que había acogido a cientos de criollos perseguidos por los realistas tras el fracaso de la segunda república venezolana y la reconquista de Nueva Granada por las tropas españolas en 1816.

 

En la generosa patria de Louverture, el Libertador quedó impactado por la espontánea solidaridad haitiana, por aquella sociedad de hombres libres –la única en todo el continente-, que determinó un cambio profundo en su pensamiento y convicciones revolucionarias. A tal extremo, que todavía once años después de su estancia en este territorio caribeño, el 25 de mayo de 1826, al dirigirse a los diputados al congreso constituyente de Bolivia, puso a Haití como modelo de nación, a la que calificó “de la República más democrática del mundo”.

 

De los antiguos esclavos, y en particular del presidente Petion, a quien en ese mismo texto el Libertador llama “grande hombre”, Bolívar recibió recursos materiales imprescindibles –artillería, fusiles, municiones, cinco goletas y una imprenta- para reemprender la lucha por la independencia. Desde su desembarco en suelo venezolano, a mediados de 1816, con dos centenares de hombres, Bolívar quedó ligado a las demandas populares y al principio de la igualdad. Convencido de la imperiosa necesidad de hacer coincidir la aspiración independentista con la abolición de la esclavitud, el Libertador escribió a Francisco de Paula Santander, el 10 de mayo de 1816: “Me parece una locura que en una revolución de libertad se pretenda mantener la esclavitud”.

 

En una misiva posterior al propio Santander, fechada el 20 de abril de 1820, agregó: “Es, pues, demostrado por las máximas de la política, sacada de los ejemplos de la historia, que todo gobierno libre que comete el absurdo de mantener la esclavitud es castigado por la rebelión y algunas veces por el exterminio, como en Haití.”  En consecuencia, lo primero que hizo el Libertador cuando pisó tierra venezolana en Ocumare, el 6 de julio de 1816, fue dar a conocer un decreto abolicionista editado en la pequeña imprenta obsequiada por los haitianos, donde señalaba: “La desgraciada porción de nuestros hermanos que ha gemido hasta ahora bajo el yugo de la servidumbre ya es libre. La naturaleza, la justicia, y la política, exigen la emancipación de los esclavos. En lo futuro no habrá en Venezuela más que una clase de hombres: todos serán ciudadanos.”

 

Este decreto radical, inspirado por la revolución haitiana, le enajenó ahora el apoyo de la aristocracia venezolana, cuyos miembros eran conocidos como mantuanos, lo que impidió estabilizar sus fuerzas en el litoral venezolano y liberar, como era su propósito, el corazón de la provincia de Caracas. Por ello, tras varios reveses y frustrados desembarcos en su tradicional zona de operaciones, debió marchar al interior de Venezuela (2 de abril de 1817), donde la correlación de fuerzas sociales era ahora muy diferente a la existente durante las dos primeras repúblicas (1811-12  y 1813-1814).

 

En el preterido interior de Venezuela, Bolívar entró en contacto directo con las fuerzas irregulares que allí actuaban contra España. Las exitosas guerrillas populares de la Guayana y los llanos del Orinoco le dieron un contenido más democrático a la lucha independentista. La marcada inclinación social que adquirió la lucha emancipadora en esos territorios venezolanos, tenía también que ver con la pérdida de influencia de la antigua oficialidad, de estirpe aristocrática, que había dominado al ejército en las dos primeras repúblicas. La política igualitarista le ganó a los patriotas el apoyo de los humildes llaneros, que habían abandonado el campo realista ante el incumplimiento de las promesas españolas.

 

Ello dio una nueva dimensión social a la causa de la independencia. A diferencia de las ordenadas y bien vestidas tropas de infantería de las dos primeras repúblicas, la temible caballería llanera era, según la vívida descripción dejada por un veterano de las guerras europeas, el coronel Gustavus Hippisley: “[...] una mezcla extraña de hombres de todos los tamaños y todas las edades, de caballos y mulas. Varios tienen sillas, la mayor parte carecen de ellas. Algunos tienen frenos, otros simples cabezadas de cuero o riendas. En cuanto a los soldados mismos, tenían desde trece años hasta los treinta y seis a cuarenta, negros, morenos, pálidos, según la casta a la que pertenecían. Montaban bestias hambrientas, rocines resabiados, caballos o mulas; algunos sin calzones; sin ropa, no tenían de vestido sino una tira de lana o de algodón azul en torno a los riñones y cuyo extremo, pasando entre las piernas, se ata en la cintura. Cogían las riendas con la mano izquierda, y en la derecha una vara de ocho a diez pies de largo, con un fierro de lanza en la punta, casi plano, muy agudo y cortante por los dos lados [...]. Una manta de cerca de una vara cuadrada, con un hueco, o más bien una ranura en el centro, a través de la cual quien la porta pasa la cabeza, cae de sus hombros, cubriendo así el cuerpo, y dejando los brazos desnudos y en perfecta libertad para manejar el caballo, la mula o la lanza.”

 

En las márgenes del Orinoco, el Libertador proclamó, a principios de 1819, en el congreso de Angostura, la restauración de la República de Venezuela, tras consolidar su jefatura, autoridad y la disciplina del ejército con la ejecución de Manuel Piar (16 de octubre de 1817), quien alentaba un movimiento sedicioso de tintes racistas. Desde esta sólida base llanera, Bolívar emprendió la liberación de Nueva Granada, Venezuela y Quito, campañas donde obtendría, entre otras resonantes victorias, las de Boyacá (7 de agosto de 1819) y Carabobo (24 de junio de 1821).

 

En Angostura, convertida en capital provisional de la restablecida República de Venezuela, Bolívar lanzó otro decreto trascendente que establecía el reparto de bienes y tierras entre los miembros del ejército libertador, en premio a sus méritos de guerra. Esta ley, del 10 de octubre de 1817, dirigida en última instancia a democratizar la propiedad rural, junto a la abolición incondicional de la esclavitud, proclamada con anterioridad, contribuyó de manera decisiva a consolidar el respaldo de las amplias masas y a consagrar su autoridad personal. De ahí que el Libertador pudiera escribir al recién electo vicepresidente de Venezuela, Francisco Antonio Zea, el 13 de julio de 1819: “Los españoles temen, no solamente al ejército sino al pueblo, que se manifiesta extremadamente afecto a la causa de la libertad. Muchos pueblos distantes del centro de mis operaciones han venido a ofrecer cuanto poseen para el servicio del ejército y aquellos que encontramos en nuestro tránsito nos reciben con mil demostraciones de júbilo, todos arden por vernos triunfar y prestan generosamente cuanto puede contribuir a darnos la victoria.”

 

El valioso avance revolucionario de las disposiciones bolivarianas, no tardó en ser opacado por la connotación negativa de una serie de restricciones impuestas por la asamblea de Angostura ‑formada por seis ricos propietarios, diez abogados, diez militares, dos sacerdotes y dos médicos‑, a la ley abolicionista de Bolívar, que en la práctica la hacía inoperante. Consciente de este peligro, Bolívar había suplicado a los diputados en su discurso inaugural del congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819: “Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis Estatutos, Decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los Esclavos, como imploraría mi vida, y la vida de la República.”

 

Pero  el Libertador no pudo poner en práctica en forma completa el decreto abolicionista, aun cuando siguió batallando contra la esclavitud hasta el final de su existencia. Constancia de ello dejó en la constitución que elaboró para la recién fundada República de Bolivia en 1826, donde insistió en proscribir la infame institución con estos argumentos: “Legisladores, la infracción de todas las leyes es la esclavitud. La ley que la conservara, sería la más sacrílega. ¿Qué derecho se alegaría para su conservación? Trasmitir, prorrogar, eternizar este crimen mezclado de suplicios, es el ultraje más chocante. Fundar un principio de posesión sobre la más feroz delincuencia no podría concebirse sin el trastorno de los elementos del derecho, y sin la perversión más absoluta de las nociones del deber. Nadie puede romper el santo dogma de la igualdad. Y ¿habrá esclavitud donde reina la igualdad?”

 

La obsesión antiesclavista de Bolívar hizo temer a los norteamericanos que pudiera afectar a los propios Estados Unidos, donde la oprobiosa institución estaba en pleno apogeo como base de la expansión de la economía algodonera de sus estados sureños. El cónsul de Estados Unidos en Lima, William Tudor, en insistentes mensajes a Washington consideraba al Libertador un “peligroso enemigo futuro” y, en un informe del 24 de agosto de 1826, fundamentaba sus criterios contra Bolívar, en que “su principal seguridad para conciliar el partido liberal en todo el mundo se funda en la emancipación de los esclavos, es sobre este punto que secretamente puede atacarnos.”

 

A pesar de los deseos y decretos abolicionistas del Libertador, la esclavitud persistió después de la independencia, pues no se consiguió entonces el fin de la oprobiosa institución en ninguna otra parte fuera de Haití. Ello se debió, primero, a que durante el corto periodo de plena vigencia del decreto abolicionista de Bolívar, las mayores zonas de concentración de esclavos en Nueva Granada –la costa y los valles del Cauca- y Venezuela –valles del Aragua, del Tuy y de la Victoria- aun no habían sido liberadas por su ejército; y, después, cuando ya fueron ocupadas por las tropas bolivarianas, estaban en vigor las restricciones impuestas a la manumisión por los diputados en Angostura, que el 22 de enero de 1820 habían resuelto suspender su aplicación.

 

Más lejos todavía llegaría el congreso de Cúcuta. En esta convención, que ratificó la existencia de Colombia como una república unitaria –fundada por el Libertador el 17 de diciembre de 1819-, fue sustituida la radical ley abolicionista de Bolívar por una de vientres libres (21 de julio de 1821), semejante a la adoptada por el general José de San Martín casi al unísono en Perú. La moderada legislación abolicionista adoptada en Cúcuta fue considerada por los constituyentes una concesión al Libertador, que pocos días antes había pedido a los diputados que al menos aprobaran, como recompensa por su resonante victoria de Carabobo, “la libertad absoluta de todos los colombianos al acto de nacer en el territorio de la república”.

 

Bolívar, que veía impotente como su programa social y concepciones revolucionarias eran cercenados  por los diputados al congreso de Cúcuta, expresó a Santander toda su decepción en carta que citamos in extenso: “Por fin, por fin, han de hacer tanto los letrados, que se proscriban de la República de Colombia, como hizo Platón con los poetas en la suya. Esos señores piensan que la voluntad del pueblo, es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército [...]. Esta política, que ciertamente no es la de Rousseau, al fin será necesario desenvolverla para que no nos vuelvan a perder esos señores. Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos [como denominaban en Venezuela a los neogranadinos (SGV)], arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos de Patia, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y de América que, como gamos, recorren las soledades de Colombia. No le parece a Usted, mi querido Santander, que esos legisladores más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía, y siempre a la ruina? Yo lo creo así; y estoy cierto de ello. De suerte, que si no son los llaneros los que completan nuestro exterminio, serán los suaves filósofos de la legitimada Colombia. Los que se creen [...] númenes que el cielo envió a la tierra para que acelerasen su marcha hacia la eternidad, no para darles repúblicas como las griegas, romana y americana, sino para amontonar escombros de fábricas monstruosas y para edificar sobre una base gótica un edificio griego al borde de un cráter.”

 

Tras  conseguir la liberación de Nueva Granada, Venezuela y Quito,  “redondeando” a Colombia como escribiera a José María del Castillo y Rada, como resultado de la victorias obtenidas en 1822 por las fuerzas bajo su mando en las alturas de Bomboná (7 de abril) y la de Sucre en Pichincha (24 de mayo),  fue que Bolívar decidió ofrecer su ayuda al general José de San Martín, al frente del gobierno en Lima con el título de Protector de la Libertad del Perú en carta fechada el 17 de junio de ese mismo año: “Tengo la mayor satisfacción en anunciar a V. E. que la Guerra de Colombia está terminada y que su ejército está pronto a marchar donde quiera que sus hermanos lo llamen y muy particularmente a la patria de nuestros vecinos del sur, a quienes por tantos títulos debemos preferir como los primeros amigos y hermanos de armas.”  Por eso, tras la entrevista sostenida con San Martín en Guayaquil los días 26 y 27 de julio de 1822, el Libertador dio orden a Sucre de marchar con sus tropas al antiguo Virreinato del Perú para contribuir a asestar el golpe final a la dominación colonial.

 

Por su parte, San Martín, desalentado por la creciente animadversión de la aristocracia criolla, que veía empantanarse su economía ante la prolongación de la guerra, y considerándose un obstáculo para el paso de Bolívar a completar la emancipación del Perú, renunció ante la asamblea constituyente peruana inaugurada el 20 de septiembre de 1822, menos de dos meses después de la reunión con Bolívar en Guayaquil. Detrás de esta decisión, estaba la incapacidad de San Martín para darle a la independencia peruana una base de masas, así como su profunda decepción por la actitud hipócrita de las clases privilegiadas peruanas, renuentes a proporcionarle más recursos para continuar la campaña libertadora.

 

La falta de respaldo del gobierno de Buenos Aires, de cuyo territorio procedía una parte apreciable de las fuerzas de San Martín, era una viejo dolencia que también aquejaba al Ejército de los Andes desde antes de su salida de Valparaíso rumbo al Perú (1820). Golpeado sin cesar en sus posiciones en la costa peruana por contingentes realistas que descendían por las laderas de los Andes, imposibilitado de recibir recursos de Buenos Aires o Chile –que todavía no había completado la liberación de su territorio-, el Ejército Unido de San Martín en Perú estaba atrapado entre la espada y la pared, sin posibilidad alguna de desarrollar los planes para liberar en su totalidad el virreinato peruano. Además, como expusiera en misiva dirigida a su amigo y aliado el general chileno Bernardo O’Higgins, el 25 de agosto de 1822: “Estoy cansado de que me llamen tirano, que en todas partes quiero ser rey, emperador, y hasta demonio”.

 

Casi un año después de la renuncia de San Martín, Bolívar desembarcó en Perú, lo que coincidió con la proclamación de la república el 1 de septiembre de 1823. Su llegada fue precedida de importantes contingentes de tropas comandados por Sucre, quien con mucha habilidad se las ingenió para convencer a la aristocracia peruana de solicitar la ayuda personal del Libertador, como única solución para terminar la guerra con España. Bolívar consideraba entonces peligrosa y comprometida la situación de los nuevos estados hispanoamericanos ante los acontecimientos europeos, después de restablecido el absolutismo en 1823. Estaba muy preocupado con la posibilidad de que España pudiera organizar una expedición de reconquista con el apoyo de la Santa Alianza, por lo que creía imperdonable “dejar una puerta abierta tan grande como la del Sur, cuando podemos cerrarla antes que lleguen los enemigos por el Norte.”

 

El Libertador encontró al Perú sumergido en un clima generalizado de desaliento, provocado por sucesivas derrotas militares de los generales rioplatenses de San Martín y los peruanos, junto al recrudecimiento de la lucha de facciones políticas entre los partidarios de José de la Riva Agüero y los del marqués de Torre Tagle. Por eso expresó, casi al entrar en Lima: “este país requiere una reforma radical o más una regeneración absoluta.”  Tras recibir amplios poderes, Bolívar puso en vigor una constitución democrática (13 de noviembre de 1823), elaborada por el congreso limeño presidido por el sacerdote criollo Francisco Javier Luna Pizarro, que sancionaba la ley de vientres libres dictada por San Martín. A continuación, salió en campaña militar y dejó encargado del gobierno en Lima a Torre Tagle quien, desmoralizado, no tardó en pasarse al enemigo.

 

Tal como había detectado Sucre en carta a Bolívar, del 11 de enero de 1824, entre muchos oficiales peruanos cundía el descontento y sin recato alguno expresaban que “más vale sufrir a los españoles que el yugo del Libertador y de los colombianos”, comentarios derrotistas que han “hecho creer a este pueblo [...] que los colombianos son herejes y que vienen a dominar al Perú.” Una expresión del creciente malestar existente en Perú, fue el amotinamiento de la guarnición rioplatense-chilena de El Callao, el 5 de febrero de 1824, que exigía su repatriación inmediata, y que determinó que esa estratégica plaza pasara poco después a manos realistas.

 

Otra manifestación fue la mencionada traición de Torre Tagle que, destituido de su cargo por el congreso limeño, se pasó de nuevo al bando realista con la intención de evitar mayores sacrificios económicos a la aristocracia peruana. Para justificar su alevosa actitud, y la de más de trescientos oficiales criollos que le acompañaron, Torre Tagle dio a conocer una proclama plagada de los prejuicios e intereses de la elite del Perú:   “Por todas partes no se ven sino ruinas y miserias. En el curso de la guerra quienes sino muchos de los llamados defensores de la patria, han acabado con nuestras fortunas, arrasados nuestros campos, relajado nuestras costumbres, oprimido y vejado a los pueblos. ¿Y cuál ha sido el fruto de esta revolución? No contar con propiedad alguna, ni tener seguridad individual. De la unión sincera y franca de peruanos y españoles bien debe esperarse, de Bolívar la desolación y la muerte.”

 

Estos penosos acontecimientos, posibilitaron la fácil reconquista realista de Lima y El Callao el 29 de febrero de 1824. Ese fue el punto más crítico de toda la campaña militar del Perú, cuando incluso llegó a valorarse la posibilidad de reembarcar hacia Colombia al ejército libertador. Bolívar, enfermo de gravedad desde principios de ese año, y nombrado por el congreso limeño, en un gesto desesperado antes de disolverse, dictador de la República Peruana, estaba a punto de agonizar en Pativilca junto con la propia causa patriota. Como escribió su edecán, Daniel O´Leary: “Muy diferente era la situación del Perú [...] de la época en que desembarcó San Martín, cuatro años antes. Mucho habían cambiado las cosas. En aquel tiempo era general en todo el Perú la decisión por la independencia, y el entusiasmo de sus habitantes al ver a sus libertadores fue tan grande como eran abundantes los recursos de este rico país. San Martín no tenía más que venir, ver y vencer; vino, vio y pudo haber vencido; pero la empresa era quizá superior a sus fuerzas o al menos así lo creyó; vaciló y al fin la abandono. Cuando el Congreso cometió a Bolívar la salvación de la República le entregó un cadáver.”

 

Por otra parte, cada vez le era más difícil al Libertador conseguir recursos de Colombia, ante la ruina de Venezuela y la resistencia de las elites neogranadinas, que contaban con la complicidad del vicepresidente Francisco de Paula Santander, encargado del poder ejecutivo en Bogotá. En la correspondencia entre Santander y Bolívar, en estos momentos finales de la contienda, puede apreciarse el choque de intereses que terminó por abrir un abismo entre estas dos grandes personalidades de la independencia y que sería fatal para el destino futuro de la Gran Colombia.  En una de esa misivas, fechada el 30 de octubre de 1823,  el Libertador llegó a decirle a Santander: “No hablaré a Ud. más de auxilios de tropas porque [...] se enfada cuando le piden, y yo no sé si será mejor perder que no pedir”. Al mismo tiempo, se quejaba a Sucre el 16 de enero de 1824: “He amenazado al gobierno de irme del Perú si dentro de un mes no me dan dinero para mantener la tropa”. Años atrás, cuando la tirantez con Santander apenas se insinuaba, le había escrito con fina ironía al propio vicepresidente colombiano el 19 de junio de 1820:  “Hay un buen comercio entre Ud. y yo; Ud. me manda especies y yo le mando esperanzas. En una balanza ordinaria se diría que Ud. era más liberal, pero esto es un error. Pensemos un poco lo que Ud. me da y lo que yo le envío. ¿Cree Ud. que la paz se puede comprar con sesenta mil pesos? ¿Cree Ud. que la gloria de la libertad se puede comprar con las minas de Cundinamarca? Pues esta es mi remisión de hoy. Vea Ud. si tengo buen humor.”

 

Bolívar, aislado en la costa norte con las avanzadas del ejército colombiano y las pocas fuerzas peruanas y rioplatenses aún leales, una vez recuperado de su grave enfermedad, tomó una serie de audaces medidas de emergencia, valiéndose de la condición de Dictador del Perú que le había dado el Congreso limeño, en uno de sus últimos actos antes de disolverse. Entre marzo y abril de 1824 el Libertador estableció su cuartel general en Trujillo -declarada capital provisional del Perú- y después en Huamachuco, decidido a convertir el norte peruano en la base para la preparación de un nuevo ejército de liberación, que tenía por base las avanzadas militares colombianas y las pocas fuerzas peruanas y rioplatenses aún leales. Para lograrlo ordenó la total destrucción del territorio que se abandonaba al enemigo para, como dijera a Sucre, “poner un desierto entre los godos y nosotros”, así como la recaudación de una contribución obligatoria entre todos los grandes propietarios, junto a la expropiación del ganado, haciendas y objetos de valor de las iglesias. A continuación, Bolívar decretó la entrega en propiedad a los indios de las tierras comunales que trabajaban (8 de abril) y otras disposiciones favorables a los pueblos originarios.

 

Los realistas, por su lado, amenazaban con “proclamar el imperio de los Incas y ayudar a los indios a sostenerlo, antes de consentir que lo ocupasen los súbditos rebeldes que no tenían más derechos que los que habían adquirido de sus antepasados los españoles.” El general peninsular Jerónimo Valdés llegó a vanagloriarse de que tenían como ayudante de campo a un descendiente de los incas, a quien declararían Inca, “dando con esto principio a una nueva guerra y a un nuevo orden de cosas, cuyo resultado no sería fácil de prever.” En realidad, los realistas habían conseguido sumar miles de indígenas a su ejército no tanto por esta hábil campaña demagógica, sino mediante la leva, lo que les permitió nutrir sus fuerzas con numerosos contingentes aborígenes del Perú y el Alto Perú. Pero estas tropas peleaban con mucho desgano, tal como reconocería después el propio alto oficial español en su Exposición que dirige al Rey Don Fernando VII el Mariscal de Campo don Jerónimo Valdés sobre las causas que motivaron la pérdida del Perú (1827).

 

Con la adopción de medidas revolucionarias, Bolívar rompió toda posibilidad de entendimiento con la aristocracia peruana y se lanzó a arrebatarle a los realistas el apoyo de la mayoritaria población indígena. El Libertador estaba convencido de que “en el Perú no nos quieren porque somos demasiado liberales, y ellos no quieren la igualdad”, aunque “el pueblo y el ejército nos desean porque sin Colombia el Perú es perdido”. Más adelante, en ruta hacia el Alto Perú, el Libertador complementaría sus reformas en favor del indio con la abolición de la servidumbre, el tributo y de todo tipo de trabajo forzado (Cusco, 4 de julio de 1825), que incluía la devolución a los indígenas de las tierras confiscadas por los españoles en represalia por la sublevación de Pumacahua (1814-1815). Además, eliminó el tributo (22 de diciembre), sustituido por una contribución igualitaria para todos los habitantes, y estableció el derecho de los aborígenes a sus tierras, pues como el mismo comunicara a Santander el 28 de junio de 1825: “Los pobres indígenas se hallan en un estado de abatimiento verdaderamente lamentable. Yo pienso hacerles todo el bien posible: primero por el bien de la humanidad y segundo porque tiene derecho a ello [...].”

 

A aliviar la comprometida situación del ejército bolivariano, contribuyó la oportuna llegada de nuevos refuerzos militares colombianos. Además, en enero de 1824, se produjo la inesperada división realista promovida por los militares absolutistas que seguían a Pedro Antonio de Olañeta y que el Libertador contribuyó a ahondar sembrando cizaña entre sus adversarios. Este alto oficial realista, al conocer el colapso del régimen liberal en España, dejó de reconocer a La Serna como virrey al grito de ¡Viva la religión!

 

Para dar las batallas decisivas a los españoles, Bolívar reunió efectivos que representaban ex profeso a la mayoría de los pueblos de Texas a la Patagonia: “a fin de que no falte ningún americano en el ejército unido de la América Meridional”, según el mismo declarara. Además, una parte apreciable de sus fuerzas estaban constituidas por antiguos esclavos, como pudo apreciar el comerciante inglés James Hamilton: “De los 2 mil soldados que vi en Cartagena marchar para Perú, al menos la mitad eran más o menos de color africano”.

 

El 6 de agosto de 1824, en las pampas de Junín, el Libertador destrozó a las fuerzas interpuestas por los realistas encabezadas por el general español José Canterac, obligado después a replegarse hacia el Cusco y el Alto Perú. El 7 de diciembre, Bolívar entró otra vez en Lima, liberada ahora en forma definitiva. A los dos días, Sucre obtuvo el memorable triunfo en el tablero formado por las cumbres y abismos de Ayacucho, en plena sierra de Los Andes, sobre los doce mil hombres de los ejércitos del virrey La Serna, que cerró con broche de oro la dominación colonial española en la América continental. Según el parte oficial firmado por Sucre, fueron hechos prisioneros, además del Virrey La Serna y el teniente general Canterac, 4 mariscales, 10 generales de brigada, 16 coroneles, 78 tenientes coroneles, 484 oficiales y más de dos mil soldados. En el campo de batalla quedaron tendidos 1800 realistas, junto a  700 heridos, mientras los patriotas habían perdido cerca de mil hombres, de ellos trescientos muertos.

 

Bolívar, que conoció la noticia del triunfo patriota en Lima el día 18 de diciembre, escribió enseguida: “La batalla de Ayacucho, es la cumbre de la gloria americana y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años y a un enemigo perfectamente constituido y hábilmente mandado [...] Ayacucho, semejante a Waterloo, que decidió el destino de la Europa, ha fijado la suerte de las naciones americanas [...].” Unos días después, el 26 de diciembre, el Libertador ascendió a Sucre a Gran Mariscal, el grado más alto en el escalafón militar peruano.

 

Los últimos efectivos realistas comandados por el general Pedro Antonio Olañeta, atrapados entre dos fuegos en el Alto Perú, quedaron aislados. De un lado, las fuerzas al mando del general Juan Antonio Álvarez de Arenales que ascendían la sierra andina procedente del Río de La Plata. Del otro, el ejército de Sucre que avanzaba desde Perú. En estas condiciones, los partidarios de Olañeta terminaron por eliminar a su jefe y acogerse a las condiciones de la capitulación de Ayacucho. Conseguido este último triunfo, Sucre, conociendo los deseos y proyectos de Bolívar, le escribió desde La Paz, el 4 de marzo de 1825: “En todo abril se habrá acabado esta fiesta y veremos de qué nos ocupamos por la Patria. Tal vez la Habana es un buen objetivo”.

 

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