Decadencia del Caribe colombiano

Jorge Enrique Elías-Caro

Foto: Ruta del Caribe colombiano. Carolina Crisorio

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de recorrer varias localidades de la región bananera del Magdalena, y quedé sorprendido con el deterioro de ese patrimonio económico, histórico y cultural del Caribe colombiano. Me refiero, a que ya no encontré sembrados de “guineos” sino plantaciones de palma africana y grandes extensiones de tierra improductiva dedicados a la ganadería poco tecnificada. Este hecho, se puede comprobar fácilmente con la simple observación directa. En los albores del siglo XXI, la Zona Bananera contaba con más de 32.000 hectáreas, sin embargo, para 2013 parece ser hay menos de 10.000, con tendencia cada vez más a disminuir esos indicadores fruto de ese cambio productivo.

 

Lo difícil aquí, no está relacionado con las hectáreas disminuidas, sino en los capitales y puestos de trabajos perdidos. Para producir una hectárea de banano se requieren 0.8 trabajadores, mientras que trabajar una hectárea de palma o para la forma obsoleta que se lleva la ganadería en esta región, según los estándares normales se hace por debajo de 0.2. Con ello, se registra así una reducción del 75% en el mercado laboral. Para 1.000 hectáreas bananeras se requieren 800 trabajadores, mientras que por esa misma extensión de tierra, pero sembradas con palma sólo necesitan 200 y con ganadería mucho menos. Ahora bien, si esta cifras la llevamos por analogía a 10.000 y 20.000 hectáreas cultivadas, lo que arroja como resultado es desalentador para el desarrollo socioeconómico, no sólo del Magdalena sino del Caribe colombiano en general, básicamente por los sistemas y encadenamiento productivos que se pierden o se dejan de hacer.

 

Fuera de la pérdida de los empleos y del espacio bananero, el otro agravante es la supervivencia de un centenar de familias que dependían de este negocio. La seguridad alimentaria en la Zona está en riesgo. Por lo menos, si no había corte a gran escala los obreros tenían asegurado su sustento, ya que el banano es uno de los principales productos de consumo alimenticio de la Región. Éste se puede comer de distintas formas, en especial en mote, cocido, en sancocho, como patacones, en mazamorra, al estilo cayeye, en tajaditas fritas, como guineo paso, en jugo, y por supuesto, como fruta madurada. En contraste, ¿la población  magdalenense cómo se come la palma africana?…

 

No cabe duda que el más beneficiado con el negocio palmicultor y/o la ganadería es el terrateniente. Fuera de eso, no les basta con arrebatarle espacio a los cultivos de banano, sino también a los cuerpos de agua, no se olviden de lo presentado hace pocos meses con la Ciénaga Grande en donde unos palmicultores estaban secando caños para ganarle espacio a los humedales y así sembrar la aludida planta. Definitivamente estas quijotadas que suceden en esta región no son cuento chino, como tampoco, son las narraciones del “Realismo Mágico” que brinda el Macondo deCien años de Soledad; esta coyuntura es una realidad. Es más, cuando García Márquez escribió esta obra literaria se adelantó en el tiempo en más de media centuria, por eso, lo que pasa justamente en el actual Macondo (Región Bananera) no es una historia de novela, sino un plan prospectivo de largo plazo hecho por el nobel para más de cinco décadas.

 

Debido a las 112.000 hectáreas que anteriormente comprendía la Región Bananera antes de la creación del Municipio Zona Bananera (47.971 Has.), las autoridades civiles y legislativas regionales vieron justamente fundamento jurídico y económico para que se convirtiera en municipio. De ahí es que esta localidad obtuviera su denominación, en razón además de sus 11 corregimientos y 59 veredas. Ante el cambio de su vocación empresarial, lo mejor es que este municipio y la región que está circunscrita a esta actividad lucrativa, verbigracia Santa Marta, Ciénaga, Pueblo Viejo, Aracataca, Fundación y El Retén, a pesar de sus fortalezas culturales y socioeconómicas en función de estas plantaciones, ahora pase a llamarse municipio de Zona Palmera, en vez de Zona Bananera.

 

Como un preludio que aparece en la canción que hizo famosa a Santa Marta en el ámbito internacional durante el siglo XX, e interpretada magistralmente por F. “Chico Bolaños”, es a la vez un vaticinio de su muerte: “…Santa Marta, Santa Marta tiene tren (bis)… pero no tiene tranvía, sino fuera por la Zona caramba, Santa Marta moriría”.

 

El maestro Crescencio Salcedo al componer estas letras deja ver claramente una relación de dependencia económica y social de la capital del Magdalena con la actividad bananera que se explota en la Zona. Circunstancia que no es una metáfora si se analiza la producción de este renglón económico a través de las décadas. La exportaciones tienen su génesis a finales de la centuria decimonónica, o sea la “bananocracia” criolla lleva más de 130 años facturando solamente la fruta, dedicándose exclusivamente a recibir el “banana cheque” de las multinacionales, y nunca se preocuparon por industrializar y diversificar la producción derivada de este cultivo. En más de un siglo de vida bananera, no se ha creado una empresa que fabrique jugos, yogurt, compotas, confites o bolis de banano, como tampoco una industria que haga alimentos para animales, bolsas de papel o cajas de cartón producidos a partir de los subproductos que brinda esta plantación, como en efecto en otras partes del mundo se hace, es el caso de Costa Rica.

 

Por el contrario, los empresarios bananeros se han dedicado sólo a exportar la fruta, pese al riesgo ambiental, financiero y social que representa (huelgas, inundaciones, plagas, sequías, fuertes vientos, extorsiones, secuestro), con un precio para el productor ínfimo frente al jugoso precio consumidor final que obtienen las comercializadoras extranjeras. Al apegarnos a un concepto sencillo de productividad con competitividad mundial, ésta es producir más de lo mismo, posteriormente producir mejor de lo mismo y después diversificarse; así las cosas, los bananeros del Magdalena nunca han hecho esto, lo que da por entendido que no perdieron el año sino todo el siglo.

 

El banano como producto bandera de la Zona hizo que el tejido productivo de la región dependiera completamente de él, ya que no se creó un entramado social diferente, y las empresas de transporte, los bancos, las aseguradoras, el comercio, las actividades portuarias y la economía local estaban estrechamente ligadas, hasta el punto de ser históricamente el sello distintivo de su supervivencia y prosperidad. Por la dependencia de la Zona y la decadencia de ésta actualmente, Santa Marta está en riego de morir. Como quien dice, de no hacer reingeniería de procesos y los correctivos del caso para mejorar su producción, entonces, “apague y vámonos, cerremos el chuzo que aquí ya no habrá nada“.

Fuente: Hoy Diario del Magdalena. Santa Marta, sábado 16 de marzo de 2013

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