Sergio Guerra Vilaboy*

El 24 de noviembre de 1914 las fuerzas zapatistas entraron en la capital mexicana. Unos días después, el 3 de diciembre, también irrumpían en la ciudad de México, por Tacuba y Atzcapozalco,  las tropas villistas de la División del Norte. Al día siguiente, se celebró la histórica entrevista de Emiliano Zapata y Pancho Villa en Xochimilco, simbolizando el momento más alto alcanzado por el movimiento campesino independiente durante la Revolución Mexicana.

Las causas de la Revolución Mexicana de 1910 estaban relacionadas con la larga dictadura del general Porfirio Díaz, iniciada en 1876 tras la muerte de Benito Juárez (1872) y el derrocamiento por la fuerza del presidente Sebastián Lerdo de Tejada (1876), que desvió el proceso de reformas liberales en provecho exclusivo de la oligarquía terrateniente exportadora y el capital extranjero. Durante su largo mandato, Porfirio Díaz no sólo estableció un régimen represivo que acallaba a sangre y fuego cualquier brote opositor -como sucedió con las huelgas obreras de Cananea y Río Blanco (1906)-, sino que también permitió que la propiedad latifundista, tanto nacional como foránea, se ampliara a costa del campesinado y las empobrecidas masas indígenas y mestizas: en 1910 de 15 millones de mexicanos, el 77% vivía en el campo y el 96,6% carecía de tierras.

El gran descontento que el régimen porfirista generó en los más disímiles sectores de la sociedad mexicana con su política entreguista y antipopular estalló en 1910. La Revolución comenzó cuando Francisco I. Madero, un terrateniente ligado a la relegada burguesía nacional -derrotado en la última reelección fraudulenta de Díaz en junio de ese año- proclamó (octubre) el Plan San Luis Potosí que llamaba a la insurrección nacional. Este programa desconocía al presidente Díaz, esgrimía la no reelección presidencial, ofrecía la igualdad de derechos de mexicanos y extranjeros e incluía vagas promesas de devolución de tierras a los campesinos que terminaron por desencadenar el levantamiento armado (20 de noviembre).

Entre los principales jefes surgidos en esta fase inicial de la Revolución Mexicana se encontraban Emiliano Zapata en Morelos y Francisco Villa en Chihuahua. Para intentar mellar el filo social de la insurrección, que rápidamente se extendía por todo el país, la oligarquía porfirista -conocida como científica por su apego a la filosofía positivista entonces en boga-  y los intereses extranjeros obligaron al viejo caudillo a pactar con Madero los acuerdos de ciudad Juárez (mayo, 1911), que allanarían el camino para entregar el gobierno al líder opositor a cambio de desmovilizar sus ejércitos campesinos y de mantener intactos el aparato burocrático y las fuerzas represivas porfiristas. Sobre la base de esta transacción interburguesa, Madero pudo ocupar la presidencia, luego de unos comicios electorales en que no tuvo verdadera oposición, el 6 de noviembre de 1911.

La promesa incumplida de devolver las tierras usurpadas a los campesinos, contenida en el Plan San Luis Potosí, pronto le enajenó a Madero el apoyo de Zapata, quien terminó por enarbolar en Morelos su conocido Plan de Ayala que exigía una inmediata reforma agraria (25 de noviembre). Pero los antiguos porfiristas no tardaron en situarse también contra Madero debido a su manifiesta incapacidad para acallar las protestas obreras y campesinas que sacudían al país, lo que condujo el 9 de febrero de 1913 a la «decena trágica» –como fueron denominados los enfrentamientos armados en la capital entre las tropas porfiristas y las leales a Madero-, que culminó con el sangriento golpe de Estado del general Victoriano Huerta, resultado de una descarnada conspiración fraguada en la propia sede de la Embajada de Estados Unidos en ciudad México.

 

La dictadura de Huerta, erigida sobre los asesinatos de Madero y su vicepresidente José María Pino Suárez (25 de febrero), fue una reedición, corregida y aumentada, de la dictadura de Porfirio Díaz, quien murió exiliado en Francia a los 85 años de edad (1915). Contra ella se levantaron en armas Zapata en Morelos, donde operaba su denominado Ejército Libertador del Sur, y los «constitucionalistas» de Venustiano Carranza, ex ministro de Madero y gobernador del estado de Coahuila, que enarboló el Plan de Guadalupe que lo proclamaba continuador del ideario maderista. Carranza fue secundado por las fuerzas rebeldes organizadas por los generales Álvaro Obregón, Pablo González y Pancho Villa, este último situado al frente de la poderosa División del Norte.

Tras la caída de la dictadura de Huerta en julio de 1914, acelerada por la intervención norteamericana en Veracruz (abril), se reunió la convención militar de Aguascalientes (octubre y noviembre). Aquí afloraron rápidamente las divergencias que separaban al ejército «constitucionalista» entre un ala campesina (Villa) –que pronto se alió a los representantes del ejército zapatista, invitados al cónclave– y otra burguesa (Carranza-Obregón) de la Revolución Mexicana.

Esas contradicciones reveladas en las postrimerías de la lucha contra el régimen de Huerta, habían estado a punto de provocar una abierta ruptura en las filas constitucionalistas. El latente antagonismo entre la dirección burguesa del movimiento revolucionario y su fracción campesina más representativa se agudizaba en la misma medida que se aproximaba la victoria final contra la dictadura de Huerta, pues la División del Norte pasaba a ocupar un primer plano.

En efecto, durante la toma de Torreón -entre marzo 22 y abril 2 de 1914-, la incontenible ofensiva del ejército villista hizo que Carranza pusiera obstáculos a nuevos avances de la División del Norte, para dar tiempo a que el Ejército del Noroeste comandado por Álvaro Obregón, entrara primero en la capital del país. De ahí, la orden dada a Villa de trasladar cinco mil de sus efectivos a Zacatecas para reforzar las tropas del general Pánfilo Natera, ocupadas en el asedio de la ciudad. Al negarse Villa a dividir su ejército, Carranza le suspendió el apoyo logístico lo que trajo aparejado la renuncia del jefe de la División del Norte, apresuradamente aceptada por el mando constitucionalista, pero rechazada por el estado mayor villista. La batalla de Zacatecas (23 de junio de 1914), ganada al final por las fuerzas guiadas por Villa y contra la voluntad de Carranza, fue la más sangrienta de toda esta fase de la Revolución Mexicana y precipitó el colapso de la dictadura de Huerta.

En la ofensiva revolucionaria, las tropas de Villa desempeñaron el papel principal, lo que en definitiva impidió a Carranza desplazar a su intranquilo subordinado. La oposición de la oficialidad villista, y el manifiesto descontento entre muchos de los propios generales constitucionalistas de extracción popular, forzó las negociaciones entre representantes de ambos bandos que culminaron en el famoso Pacto de Torreón, firmado el 8 de julio de 1914.

Por este acuerdo, la División del Norte reconocía a Carranza como “Primer Jefe”, mientras el alto mando constitucionalista confirmaba a Villa al frente de sus fuerzas y le prometía mantener la provisión de suministros y armamentos. Además de estos arreglos, las dos partes convenían en convocar, tras el triunfo contra Huerta, a una convención de oficiales y delegados de las tropas revolucionarias, con el objetivo de fijar la fecha de las próximas elecciones y aprobar un programa para el futuro gobierno. El propio Pacto de Torreón, incluía el famoso artículo octavo, impuesto por Villa en las negociaciones y que sería conocido como la “cláusula de oro”, una verdadera declaración de principios que llamaba a la reforma social y económica, ausente en el Plan de Guadalupe enarbolado por Carranza.

Sin duda, la inclusión de esa cláusula en el Pacto del Torreón revelaba la fuerza -militar y social- que entonces tenía el villismo y, al mismo tiempo, su debilidad para darse un programa político propio. Cuando ya Obregón se encontraba a punto de tomar la ciudad de México, Carranza repudió dicho Pacto, argumentando que no lo había firmado, pues sólo le parecía aceptable el reconocimiento que los oficiales villistas hacían de su indiscutida jefatura máxima. Casi al mismo tiempo, el 15 de julio de 1914, renunciaba Huerta, dejando el gobierno al presidente de la Corte Suprema, Francisco Carvajal, quien de inmediato negoció la rendición incondicional con el jefe del Ejército del Noroeste. Obregón ocupó la capital mexicana el 15 de agosto de 1914, en medio de un gran júbilo popular, y cinco días después Carranza hizo su entrada en la ciudad.

La estrepitosa caída de Huerta puso de nuevo sobre el tapete las latentes contradicciones entre los componentes burgués y campesino de la Revolución: el primero, representado por Carranza y buena parte de sus generales; el segundo, por la División del Norte y el movimiento zapatista. Desde varios puntos de vista, la postura de Carranza era continuadora de la política liberal del asesinado presidente Madero, pues se negaba a poner en vigor un programa de reivindicaciones populares fundamentales, mientras se rodeaba de un gabinete formado por intelectuales y figuras representativas de la burguesía, excluyendo en la práctica a sus propios jefes militares de una participación efectiva en el gobierno.

A pesar de ello, la composición social del movimiento constitucionalista se diferenciaba en forma abismal del que apoyara a Madero, pues en este no ejercían influencia los viejos hacendados del porfiriato -derrotados y desalojados del poder-, sino un emergente grupo de políticos y oficiales, casi todos procedentes de las heterogéneas capas medias. Este sector, se había ido apoderando de muchas haciendas y negocios de la antigua oligarquía y, por tanto, tenía mucho que perder de retornar el antiguo régimen. Por eso, a diferencia de lo que hizo Madero, ahora se disolvió sin contemplaciones al ejército federal -acuerdos de Teoloyucan, 13 de agosto de 1914- y se expulsó a la burocracia porfirista de todas sus posiciones en el aparato estatal.

La nueva burguesía, que se incubaba en el seno del movimiento constitucionalista, no estaba interesada en una reforma agraria que pusiera en peligro sus riquezas y posiciones recién conquistadas, aunque por el momento estaba obligada a hacer ciertas concesiones al campesinado, la fuerza social que sostenía su ascenso. De esta manera, en casi todas partes el avance de los revolucionarios conllevaba la eliminación de la servidumbre por deudas de los peones, se introducían disposiciones de beneficio social, como el salario mínimo, mientras se prometía atender otras reivindicaciones.

Una importante característica de la política carrancista, fue su firme posición frente a las pretensiones y exigencias de Estados Unidos. La postura nacionalista de Carranza, era expresión de las contradicciones entre una burguesía nacional emergente, constreñida en su desarrollo por los intereses de los monopolios foráneos, en particular norteamericanos, que tradicionalmente habían perjudicado al pueblo mexicano. En los estados controlados por Carranza, estaban las minas, plantaciones y campos petroleros explotados por los capitalistas del norte y donde, por tanto, eran más virulentas las fricciones con los representantes de Estados Unidos.

La oposición campesina a Carranza comenzó a manifestarse justamente en los mismos territorios (Chihuahua y Morelos) que mayor resistencia había hecho al efímero gobierno de Madero. Al frente de estos movimientos se encontraban Villa -quien nunca llegó a romper con Madero- y Zapata, Jefe del Ejército Libertador del Sur. La posición de Villa tenía que ver con el enorme peso campesino en sus fuerzas; lo cual, por otro lado, no impidió que también generara su propio grupo de jefes y funcionarios privilegiados, menos poderosos que los del círculo cercano a Carranza, aunque más conciliadores con los norteamericanos. En gran medida, ello obedecía a que los villistas se financiaban con la venta en Estados Unidos del algodón de La Laguna y el ganado de los grandes latifundios intervenidos en Chihuahua, una de las razones esgrimidas para postergar la reforma agraria en esos emporios productivos. La base de masas del villismo, no obstante, venía dada por la amplia distribución de bienes y dinero entre las clases explotadas, junto a la promesa de repartir tierras cuando terminara la contienda.

El enfrentamiento entre Villa y Carranza, se venía agudizando en la medida que se acercaba la victoria sobre el régimen de Huerta. Poco después de la caída del dictador, Villa lanzó un airado manifiesto en el que llamaba a destituir a Carranza y designar en su lugar a un presidente interino que adoptara “medidas suficientemente eficaces para garantizar la resolución del problema agrario en un sentido prácticamente favorable para las clases populares”. En cumplimiento de lo estipulado en el Pacto de Torreón, que sólo había pospuesto el inevitable enfrentamiento entre villistas y partidarios de Carranza, y cortadas las negociaciones con Zapata, un grupo de jefes y oficiales carrancistas, formaron el 26 de septiembre de 1914, la “Comisión Permanente de la Pacificación”, para trabajar en calidad de mediadores entre Carranza, Villa y Zapata. En definitiva, la reunión sirvió para aprobar los acuerdos entre Obregón y Villa, de llevar a cabo una gran asamblea en la ciudad de Aguascalientes –que se iniciaría el 10 de octubre de 1914-, donde debían participar todas las fuerzas anti-huertistas. La ciudad de Aguascalientes era una plaza neutral, pues la capital de la república estaba en manos carrancistas. En el Teatro Morelos se reunirían los convencionistas para decidir el destino de la Revolución triunfante.

La animadversión entre Zapata y Carranza expresaba todavía en forma más clara que la de Carranza y Villa la muralla china que separaba a la burguesía del campesinado. Aunque Zapata nunca había reconocido la autoridad del “Primer Jefe” del constitucionalismo, durante la lucha contra el régimen huertista se había abstenido de atacarlo. Pero ante la inminente caída del dictador, desconfiando de Carranza -quien no parecía más dispuesto que Madero a realizar una reforma agraria-, el Ejército Libertador del Sur anunció un nuevo punto del Plan de Ayala por medio del cual se proclamaba al guerrillero de Morelos como jefe máximo de la Revolución. La prevención zapatista, se vio reforzada con los manejos de Obregón para impedir la entrada de sus fuerzas en ciudad México tras la fuga de Huerta. De todos modos, Carranza trató de neutralizar la oposición de Zapata, para lo cual envió en agosto de 1914 al estado de Morelos a una delegación conciliadora presidida por Luis Cabrera, quien desde 1911 se había mostrado partidario de la reforma agraria. Rotas las negociaciones ante la intransigencia zapatista, el resultado lógico era el gradual acercamiento entre Villa y Zapata.

Fue en la Convención Militar de Aguascalientes, reunida del 10 de octubre al 10 de noviembre de 1914, donde mejor se perfilaron las distintas facciones en que se había desvertebrado el movimiento revolucionario mexicano. Por un lado se ubicaron los seguidores de Carranza, quien estaba dispuesto a defender a toda costa su posición de “Primer Jefe del Ejército Constitucional Encargado del Poder Ejecutivo”, condición inaceptable para el grupo villista. Por su parte, los delegados zapatistas -llegados 16 días después del comienzo de la Convención, pues no pertenecían al movimiento constitucionalista- se sumaron a las posiciones de Villa a cambio de que se aceptara el Plan de Ayala.

Hay que advertir que el ejército constitucionalista estaba formado principalmente por campesinos y trabajadores rurales, pero a excepción de la División del Norte, la mayor parte de sus oficiales pertenecía a la pequeña burguesía provinciana: maestros, empleados municipales, granjeros y rancheros. Por su parte, el ejército zapatista se nutría de campesinos muy humildes que luchaban por la restitución de sus antiguas tierras comunales.

Otra facción, integrada fundamentalmente por oficiales constitucionalistas procedentes de las capas medias y dirigido por Obregón -del que formaban parte algunos jefes independientes, como Eulalio Gutiérrez-, convencidos de la necesidad impostergable de hacer ciertas reformas sociales y económicas, ocupó en los debates un lugar intermedio entre el bando campesino y el carrancista. A diferencia del ala burguesa del movimiento constitucionalista representada por Carranza, esta última facción se mostraba más dispuesta a hacer concesiones al campesinado para obtener el liderazgo de la Revolución, forzando de paso el retiro de Zapata, Villa y Carranza. De ahí su proposición -aceptada por todas las partes- de elegir el 6 de noviembre a Eulalio Gutiérrez como presidente de la Convención, que ya había hecho suyo el Plan de Ayala. El evidente fracaso de este compromiso, pronto demostró que el grupo centrista de la asamblea no era lo suficientemente fuerte y cohesionado como para asumir la dirección del proceso revolucionario.

Al quedar en minoría, los carrancistas se retiraron el 10 de noviembre de la Convención. Poco después, ante los primeros choques armados en Sonora entre los partidarios de Gutiérrez y Carranza, el grupo centrista que lideraba Obregón se escindió. Gutiérrez, con varios de sus hombres, se sumó a las tropas de Villa, mientras la mayoría seguía bajo la dirección de Obregón, quien dejó atrás sus vacilaciones y se reconcilió con Carranza; siguiendo sus inclinaciones clasistas y valorando las alternativas de éxito de los bandos en pugna.

A fines de 1914, el fortalecimiento de la comunidad de intereses y las mutuas afinidades entre Zapata y Villa, unidos por la lucha contra el enemigo común (Carranza), inclinó momentáneamente la correlación de fuerzas a favor de los dos líderes campesinos de la Revolución. En aquella coyuntura, las filas carrancistas estaban menguadas y con las pocas tropas leales que aún les respondían debieron abandonar la capital el 1 de noviembre para retirarse a Puebla, después a Orizaba y finalmente a Veracruz, mientras zapatistas y villistas entraban en ciudad México. En pocas semanas, las fuerzas carrancistas sólo ocupaban la periferia del territorio nacional, mientras sus adversarios dominaban prácticamente todo el centro y sur del país.

Desconociendo al nuevo gobierno emanado de la Convención, Carranza instaló el suyo en el puerto de Veracruz -evacuado previamente por los norteamericanos-, donde radicó hasta octubre de 1915. Para ese momento, la condición de Carranza era de extrema debilidad, sobre todo después que los zapatistas ocuparon Puebla (15 de diciembre) y se ubicaron a las puertas del Estado de Veracruz.

Luego de ocupada la capital por los ejércitos campesinos, el gobierno emanado de la Convención, encabezado por el general Eulalio Gutiérrez, que había nombrado a Villa comandante en jefe de las fuerzas revolucionarias, trasladó su sede a la ciudad de México. Pero como pronto se revelaría, este gobierno no era un verdadero poder revolucionario y carecía de la más mínima capacidad de gestión y autoridad, consecuencia directa de la incoherencia del movimiento campesino para vertebrar una política propia.

Ya en enero de 1915, las vacilaciones del gobierno de la Convención -después de la deserción de Eulalio Gutiérrez pasó a manos del villista Roque González Garza y, por último, a Francisco Lagos Cházaro-, junto a la falta de una estrategia político-militar, auguraban el fracaso del movimiento campesino para consolidarse como real alternativa de poder. Lamentablemente, ni Villa ni Zapata tenían una proyección nacional de gobierno y limitaban sus aspiraciones al tema de los repartos agrarios, con agendas puramente regionales, sin siquiera poder establecer un clima de estabilidad en la ciudad de México -que ambos abandonaron pronto, entre los días 9 y 10 de diciembre de 1914-, agobiada por una severa escasez de alimentos, agravada por comerciantes inescrupulosos, y una ola de extorsiones, saqueos y asesinatos.

En el campo de sus adversarios, en cambio, la creciente presión ejercida sobre Carranza por la oficialidad nacionalista y de izquierda lo obligaron a adoptar disposiciones sociales que terminarían por inclinar la balanza a su favor, facilitando después la toma de Puebla y la posterior ocupación de ciudad México por las fuerzas comandadas por Obregón (22 de enero de 1915). Nos referimos a las reivindicaciones sociales y económicas añadidas por Carranza en Veracruz, el 12 de diciembre de 1914, al Plan de Guadalupe y a la ley agraria decretada el 6 de enero de 1915. En el decreto de reforma agraria carrancista, se estipulaba que las tierras expropiadas a los pueblos les serían devueltas, mientras los latifundios podían ser confiscados para repartirlos. Desde ese momento, a todos los documentos oficiales carrancistas los acompañó el lema “Constitución y Reformas”.

Sin duda, estas medidas significaron una gran concesión al campesinado. Detrás de las promesas de reparto agrario, se escondía el objetivo de recuperar el apoyo social perdido por el constitucionalismo, pues con ellas Carranza pretendía neutralizar hábilmente el atractivo que representaban las consignas revolucionarias de Zapata y Villa. Debe añadirse,  que la ley agraria redactada por Luis Cabrera, era más amplia que las reformas político sociales dictadas por la Convención en febrero de 1915, cuando ya había sido obligada a trasladar su sede al baluarte villista de Chihuahua, o incluso la adoptada después por el propio Villa en mayo de ese mismo año.

A largo plazo, las enmiendas al Plan de Guadalupe servirían también para que la elite carrancista se apoderara de más tierras, permitiendo a muchos generales y funcionarios constitucionalistas convertirse en latifundistas y nuevos ricos, aunque en  algunas regiones, como en Tabasco y Yucatán, se llevaron a cabo notables acciones de reforma social. En estos estados, la aplicación de una serie de medidas económicas y sociales radicales -entre ellas la eliminación del peonaje por deudas y repartos de tierras-, se efectuó bajo la dirección de los generales carrancistas del ala izquierda nacionalista, Francisco J. Múgica y Salvador Alvarado respectivamente.

En Yucatán, ello ocurrió gracias a la derrota de la resistencia contrarrevolucionaria de los elementos latifundistas encabezados por Abel Ortiz Argumedo, después de la invasión de la península yucateca por el ejército carrancista comandado por Salvador Alvarado. La aplicación de las leyes revolucionarias constitucionalistas sacudió el dominio de los hacendados, íntimamente asociados a la International Harvester Company; empresa norteamericana en cuyas manos estaba la comercialización de las codiciadas fibras de henequén. A pesar de que los terratenientes de Yucatán no fueron expropiados, se les obligó a vender su producción al Estado y a introducir salarios mínimos en sus haciendas.

Los carrancistas también consiguieron, en la difícil coyuntura por la que atravesaban a fines de 1914 y principios de 1915, atraerse el apoyo de un amplio sector de la clase obrera. A ello no sólo contribuyó la postura nacionalista de Carranza y su respaldo a la formación de sindicatos en el territorio ocupado por sus fuerzas, sino también las contribuciones extraordinarias y requisas impuestas a ricos propietarios y comerciantes por Obregón, tras ocupar la ciudad de México, que aliviaron las penurias de la población urbana que las fuerzas zapatistas y villistas no habían sido capaces de paliar.

Un factor adicional que propició el definitivo desencuentro entre el naciente movimiento obrero y los campesinos fue la devoción religiosa de estos últimos, que chocaba con el arraigado anticlericalismo de los trabajadores inculcado por la ideología anarquista del Partido Liberal Mexicano. Los zapatistas que ocupaban la ciudad de México, ante la sor el estupor de muchos obreros, vagaban dócilmente por las calles pidiendo pan, con un distintivo de la Virgen de Guadalupe en el sombrero, lo que explica el siguiente testimonio de un líder de la Casa del Obrero Mundial: “Veíamos a Zapata como el Espartaco moderno […] Pero […] llegan los zapatistas a la capital y en vez de indios indómitos que celebraran gallardos sus triunfos, contemplan nuestros ojos asombrados a cohibidos y humildes parias que piden temerosos a los transeúntes una limosna por amor de Dios…”

En contraste, Obregón no sólo ordenaba el arresto de más de un centenar de sacerdotes, para obligar a la Iglesia e entregar importantes recursos destinados a la población humilde de la capital, sino que además donaba a los trabajadores la imprenta de un periódico clerical expropiado y el propio convento de Santa Brígida, convertido en sede de la Casa del Obrero Mundial, organización proletaria creada en 1912 y reabierta desde el 25 de agosto de 1914. De esta manera, en el mes y medio que duró la segunda estancia de Obregón en ciudad México (febrero-marzo de 1915) el jefe del Ejército de Operaciones, nueva denominación dada por Carranza a sus fuerzas, convirtió en poco tiempo a la capital en su más firme base de apoyo político y social para la ofensiva que se preparaba contra los villistas.

Aunque el respaldo obrero a Carranza no mejoró sustancialmente la explotación de que eran víctimas los trabajadores, sirvió para movilizarlos contra la resistencia campesina. La Casa del Obrero Mundial ofreció al carrancismo el concurso de sus miembros formados en “Batallones Rojos”, para combatir, bajo las órdenes de Obregón, al campesinado revolucionario en nombre de la lucha contra “la reacción”. El acuerdo formal, entre los dirigentes obreros y el gobierno constitucionalista, se firmó en Veracruz el 17 de febrero de 1915. Ante un delegado personal de Carranza, la Casa del Obrero Mundial se comprometió a organizar “Batallones Rojos” e incorporarlos al ejército constitucionalista, a cambio de que el gobierno reiterara sus promesas a los sindicatos.

La manipulación del proletariado urbano no duraría mucho tiempo: en 1916 Carranza respondería a los desilusionados trabajadores –que iniciaron un vigoroso movimiento de paros y protestas que alcanzó su cenit en la huelga general de agosto de ese año- con la disolución de los “Batallones Rojas”, la ocupación de los locales sindicales, la detención de algunos de sus dirigentes y la prohibición de la Casa del Obrero Mundial. El 1 de agosto de 1916, cuando ya el villismo había dejado de constituir una amenaza para la burguesía y el carrancismo, el “Primer Jefe” dictó además una ley draconiana que amenazaba con la pena de muerte a los que inciten a la suspensión del trabajo en las fábricas o empresas.

De esta manera, la exitosa ofensiva constitucionalista de 1915 contra las fuerzas convencionistas -particularmente las villistas- tuvo como principal asidero las concesiones hechas al movimiento popular añadidas al Plan de Guadalupe en diciembre de 1914 -que como hemos visto incluían un programa de reforma agraria, además de importantes medidas a favor de la clase obrera-, a lo que debe añadirse la ausencia casi absoluta de una estrategia político-militar en el campo contrario. Como bien advirtió el recientemente desaparecido historiador michoacano Arnaldo Córdova, al analizar las limitaciones del movimiento dirigido por Villa y Zapata: “su localismo les impidió que pudieran hacer frente al programa reformista de los constitucionalistas y luchar por la conquista del poder político que, en el fondo, ni siquiera se llegaron a proponer y que cuando lo tuvieron a su alcance no supieron que hacer con él.”

A partir de ese momento, el avance carrancista fue indetenible. Después de la recuperación de Puebla y la capital, la campaña del Ejército de Operaciones se extendió hacia el centro-norte del país (10 de marzo), en persecución de las fuerzas villistas, mientras las zapatistas quedaban aislados en su bastión de Morelos. Esa ofensiva culminó a mediados de 1915 cuando Obregón derrotó en cuatro grandes batallas -dos de ellas en Celaya (6-7 y 13 de abril) y las otras en Trinidad y Aguascalientes- a la División del Norte, que determinó el repliegue y la disolución de sus efectivos.

A este desenlace contribuyó la llamada invasión punitiva del ejército de Estados Unidos por la frontera norte, en marzo de 1916, enfilado contra los restos de las antiguas fuerzas del jefe de la División del Norte. No obstante, las tropas norteamericanas no pudieron cumplir sus objetivos –entre ellos la captura de Villa- y debieron retirarse de México un año después, ante las protestas de Carranza por esta injerencia extranjera en territorio mexicano y la presión creada por la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.

A mediados de 1916, Pancho Villa reapareció al frente de sus huestes. Ya en octubre hacía un nuevo llamado a la resistencia nacional contra los invasores norteamericanos. Convertida otra vez  Chihuahua en el centro de sus operaciones, y con un ejército estimado en más de cinco mil hombres, Villa devino en un verdadero azote a la estabilidad del gobierno carrancista.  En noviembre y diciembre de ese año logró incluso tomar transitoriamente las ciudades de Torreón y Chihuahua.

Pero esta vez, el vertiginoso ascenso del villismo no duraría mucho tiempo. Su decadencia comenzó tras ser sorprendido por fuerzas carrancistas en la hacienda Babicora, en abril de 1917, aunque gracias a su experiencia guerrillera logró mantenerse en actividad hasta 1920, cuando finalmente depuso las armas. Tres años después fue asesinado.

Casi a la par proseguía en el sur la guerra genocida de Pablo González contra los seguidores de Zapata, que se transformaba otra vez en una campaña de exterminio contra la población campesina. Mediante una proclama, emitida el 11 de noviembre de 1916, González decretó el fusilamiento de todos los zapatistas y a quienes los apoyaran.

Pese a estas duras medidas, se consolidaban las bases campesinas del Ejército Libertador del Sur, pues el antiguo aparato estatal estaba destruido, las haciendas expropiadas y repartidas e instituido un sistema democrático basado en órganos electivos municipales. En esas circunstancias, Zapata pudo pasar a la ofensiva, hasta recuperar su dominio absoluto sobre el territorio de Morelos en febrero de 1917.

Por esta época, Zapata había devenido en un dirigente de estatura nacional, proclamando su solidaridad con los sindicatos -ya reprimidos duramente por Carranza- y ofreciendo todo su apoyo a las reivindicaciones económicas y sociales fundamentales de la clase obrera: derecho de asociación, de huelga, jornada de ocho horas y beneficios sociales. Además, el líder agrarista de Morelos no se limitaba a organizar eficientemente la administración de los territorios liberados, sino que llegó a incursionar en asuntos de política exterior como ocurrió al saludar la Revolución Rusa, a la que comparó con la mexicana.

A pesar de que Zapata se esforzaba, en medio de grandes dificultades –agravadas por las crecientes disensiones internas de su movimiento-, por reconstruir la economía y la vida política de los pueblos en Morelos, su aislamiento se acentuaba, sobre todo tras la promulgación de la Constitución de 1917. A fines de ese año, cortadas sus vías de comunicación y aprovisionamiento con el exterior, las tropas de González lograron empujar otra vez a las fuerzas zapatistas hacia las montañas, donde siguió librándose la lucha guerrillera.

En esas condiciones Zapata, engañado por una argucia de las fuerzas enemigas guiadas por el coronel carrancista Jesús Guajardo, a las órdenes del sanguinario Pablo González, fue asesinado a traición en la hacienda de Chinameca el 10 de abril de 1919.  El asesinato de Zapata, casi coincidente con la captura, enjuiciamiento y ejecución del lugarteniente de Villa, Felipe Ángeles, en noviembre de 1919,  consolidó el triunfo carrancista y a estabilizar su dominio sobre el país.

La muerte de Zapata y Villa, y la derrota de sus partidarios, no menoscaban el profundo significado de la intransigencia del movimiento campesino, frente a la despiadada represión gubernamental, que se negaba a desmovilizarse y a abandonar las reivindicaciones agraristas, en particular el zapatismo, devenido en la conciencia crítica de la Revolución Mexicana. A pesar de sus limitaciones, y la trágica desaparición del sector más avanzado del campesinado representado por Zapata y Villa, la Revolución Mexicana de 1910 fue sin duda el movimiento político-social más radical que hasta ese momento se había producido en el continente americano.

 

La Habana, 24 de noviembre de 2014

 

NOTA

* El Dr. Sergio Guerra Vilaboy es de la Universidad de La Habana y Presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC Internacional)

 

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