Por Sergio Guerra Vilaboy

En los últimos meses de 1958, la política de Estados Unidos hacia Cuba se caracterizó por la búsqueda desesperada de una fórmula que evitara el inminente triunfo de la Revolución, pues como reconocía un documento del propio Departamento de Estado norteamericano: “Se debe dar una seria consideración a cursos alternativos de acción que no han sido tomados en cuenta hasta ahora, con el objetivo de resolver la situación cubana antes de que Castro se haga tan fuerte que pueda dictar el tipo de gobierno que mande cuando eventualmente se produzca el desenlace.”

Ello era una evidencia de que a esa altura de los acontecimientos ya el Comandante en Jefe del Movimiento 26 de Julio era el verdadero conductor de la contienda contra Batista, pues su férrea voluntad, el azar y el talento habían hecho de Fidel Castro el líder indiscutido de la insurrección nacional cubana. De ahí la visita a la Sierra Maestra de conocidos periodistas como Agustín Alles de la revista Bohemia, Eduardo Hernández (Guayo) de Noticuba y José Ramón González Regueral del Noticiario Nacionale incluso de un miembro del propio Congreso de la República, el representante liberal Eladio Ramírez León.

El 3 de noviembre de 1958, pese a la intensidad de la guerra, el dictador Fulgencio Batista llevó a cabo elecciones en las que contó con la complicidad de miembros del Partido Auténtico que respondían al anciano ex presidente Ramón Grau, del Partido del Pueblo Libre de Carlos Márquez Sterling, los del Partido de Unión Cubana de Alberto Salas Amaro, ex vocero del régimen batistiano, y los integrantes del Partido Nacional Revolucionario de José Pardo Llada, aunque esta última agrupación se disolvió el día antes de los comicios y su líder terminó refugiándose en la Sierra Maestra.

Sin ningún escrúpulo, uno de los candidatos derrotados, el ex presidente Grau declaró: “Ha sido igual que en 1954. En aquella ocasión me retiré de la lucha por estimar que no había garantías suficientes pero ahora no lo hice porque había otros candidatos y la retirada habría sido inútil. Todo ha sido una farsa.” Hasta Estados Unidos tuvo dificultad para reconocer los resultados de la votación arreglada de antemano y al presidente electo Andrés Rivero Agüero, un testaferro de Batista, que debería tomar posesión de su cargo el 24 de febrero de 1959. El propio embajador norteamericano en La Habana, Earl Smith, escribió en sus memorias que: “Los resultados de las elecciones indicaban que no serían aceptables para el pueblo.

La desprestigiada farsa electoral y el ya previsible triunfo de la insurrección obligaron al Departamento de Estado a enviar extraoficialmente a La Habana al financiero William D. Pawley, ex embajador de Estados Unidos en Perú y Brasil y amigo personal del presidente Dwight D. Eisenhower. El mensajero instó a Batista, el 9 de diciembre de 1958, a “capitular ante un gobierno de transición que le era hostil a él, pero que era satisfactorio para nosotros, y al que podríamos reconocer inmediatamente, además de prestarle ayuda militar con el fin de que Fidel Castro no accediera al poder.

El objetivo era acelerar la salida de Batista y su sustitución por una junta cívico militar –entre los nombres que se barajaron para integrarla estaban el coronel Ramón Barquín, el comandante Enrique Borbonet, ambos presos en Isla de Pinos por conspirar contra el gobierno, el general Martín Díaz Tamayo, el general Eulogio Cantillo y José “Pepín” Bosch, dueño de la empresa Bacardí– que bloqueara el acceso al poder del movimiento revolucionario y llamara a elecciones en dieciocho meses. A cambio, Batista y sus colaboradores recibirían asiló en La Florida y no se tomarían represalias contra ellos. Pese a la situación desesperada en la que ya se encontraba, el dictador no aceptó la propuesta.

Pocos días después, el 17 de diciembre, el embajador Smith sostuvo su última entrevista con Batista en su finca Kuquine donde muy a su pesar le comunicó que ya Estados Unidos no lo respaldaba y que se cancelaba la oferta de otorgarle refugio si renunciaba, pues “El Departamento [de Estado] ha llegado a la conclusión de que cualquier solución en Cuba requiere que Batista abandone el poder ya sea como Jefe de Estado o como la autoridad detrás de un sucesor títere. Probablemente también debería abandonar el país. Muchos cubanos responsables comparten este punto de vista. Está claro que el Departamento no quiere ver el acceso de Castro a la dirección del gobierno”. Sin embargo, ya era demasiado tarde para cambiar el curso de los acontecimientos.

Publicado por informefracto.com 27 de diciembre de 2019

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