Por Sergio Guerra Vilaboy

En los albores de la invasión europea, el territorio casualmente encontrado por Cristóbal Colón careció de nombre propio, pues el “Gran Almirante” murió en 1506 convencido de que había llegado a la antesala de Asia, esto es, a las codiciadas Indias.

A pesar de que los castellanos pronto se dieron cuenta del error, le siguieron diciendo Indias, por lo que fue necesario añadirle Occidentales, nombre que sería reemplazado en otras partes de Europa por América. Este apelativo había sido puesto en 1507 por el cosmógrafo alemán Martin Waldseemüler, en honor del navegante florentino Américo Vespucio, a quien atribuía el hallazgo de este continente, tema bien esclarecido en 1958 por el historiador mexicano Edmundo O´Gorman en su clásico La invención de América.

La nueva equivocación se debía a la carta de Vespucio denominada Mundus Novus, dirigida a los Médicis, impresa por primera vez entre 1503 y 1504. La misiva fue en su tiempo una especie de best seller y alude al recorrido por Vespucio en 1501, al servicio de Portugal, por costas del actual territorio de Brasil. Gracias a su experiencia marinera y estudios, Vespucio se percató de que las tierras visitadas por Colón eran una masa terrestre diferente a las conocidas entonces: “Días pasados muy ampliamente -dice Vespucio al inicio de Mundus Novuste escribí sobre mi vuelta de aquellos nuevos paíseslos cuales Nuevo Mundo nos es lícito llamar…lo he atestiguado con esta mi última navegación, ya que en aquella parte meridional yo he descubierto el continente habitado por más multitud de pueblos y animales que nuestra Europa, o Asia o bien África.” 

Desde la segunda mitad del siglo XVI, el nombre de América fue adoptado en muchos globos y mapas, excepto en los españoles, que seguían insistiendo en llamarle Indias. Los pueblos originarios, que no conocían toda la geografía del continente, sólo nombraban sus entornos cercanos, como es el caso de los términos Zuania, Abya Ayala o Tahuantinsuyo, dados a sus propias localidades. El nombre de América acabó por prevalecer como denominación de las Indias Occidentales o Nuevo Mundo, cuya existencia como masa terrestre independiente sólo pudo ser comprobada en 1741, cuando Vitus Bering recorrió el estrecho que lleva su apellido.

Por esa época, los habitantes nacidos en las posesiones españolas, para distinguirse de los de otros territorios, y también de los colonos norteamericanos, que se habían apropiado del nombre genérico del continente para dárselo a su recién constituida nación (Estados Unidos de América), fueron usando los nombres de América del Sur, América Meridional, América Española o Hispanoamérica. Inconforme con esta última denominación, que reafirmaba los vínculos con la metrópoli, de la que se derivaba el gentilicio españoles-americanos para designar a quienes ya preferían llamarse americanos o criollos, Francisco de Miranda, ideó el de Colombia. El término de continente colombiano se hizo frecuente en el vocabulario de muchos patriotas de la generación que hizo la independencia de España, hasta que Simón Bolívar se lo puso a la república mayor que constituyó en 1819.  

Aunque volvió a usarse, en su acepción mirandina, tras la desintegración de Colombia (1830), cayó en desuso al ser adoptado en 1861 como nombre de una sola república sudamericana. Ese proceso fue simultáneo al surgimiento de la denominación de América Latina para los territorios del río Bravo a La Patagonia, al calor de los ascendentes antagonismos con el poderoso vecino del norte, que le acababa de robar a México la mitad de su territorio. Tan extendido se fue haciendo el uso de América Latina, que destacados pensadores y figuras del hemisferio lo usaron para designar a todos los países que había sido colonias de España, Francia y Portugal. El propio José Martí, que acuñó expresiones entrañables como Madre América o Nuestra América, también utilizó la expresión América Latina como en su discurso de Nueva York dirigido a los emigrados cubanos el 24 de enero de 1880: “para descargo de las culpas que injustamente se echan encima de los pueblos de la América latina“, o en este otro texto escrito tres años después: “Todo nuestro anhelo está en poner alma a alma y mano a mano los pueblos de nuestra América Latina.”   

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