Por Sergio Guerra Vilaboy

La reforma liberal en Guatemala, enfilada contra el viejo orden socio económico heredado de la colonia, refrendado por la dictadura conservadora de Rafael Carrera, fue un pálido reflejo de la de México.

Los liberales lucharon infructuosamente durante mucho tiempo contra ese régimen, lo mismo que hicieron contra su sucesor, el mariscal Vicente Cerna, quien se reeligió en 1869, en medio de una grave crisis económica y financiera, cuando el café aún no lograba ocupar el lugar de la grana en las exiguas recaudaciones fiscales.

En sus inicios, el nuevo levantamiento liberal de 1870 fue un fracaso y los involucrados sólo pudieron ocupar unos pocos pueblos en Huehuetenango. Reorganizados en México, pasaron al contra ataque al año siguiente, ocupando San Marcos y Retalhuleu, guiados por Justo Rufino Barrios y Miguel García Granados. Las victorias militares de Laguna Seca (28 de mayo) y San Lucas Sacatepéquez (30 de junio) les permitió entrar en la capital. Establecido el gobierno provisional de García Granados, se dispuso el libre cultivo del tabaco y la expulsión de los jesuitas, que provocó una sublevación conservadora alentada por el clero.

Fue durante la presidencia de Barrios, iniciada en 1873, que se llevaron adelante las principales reformas, como la consolidación de los bienes procedentes de “manos muertas”, la secularización de propiedades eclesiásticas, la abolición del censo enfitéutico, el fin del enclaustramiento de religiosos y el establecimiento del registro civil, disposiciones recogidas en la constitución de 1879, que estableció la separación de la Iglesia del Estado. De esa forma se puso fin a lo que el viajero John L. Stephens describiera como un territorio “plagado de sacerdotes, frailes y monjas de diferentes órdenes. Por todas partes los edificios más suntuosos, las tierras mejor cultivadas, y la mayor parte de la riqueza del país estaban en sus manos.

Pero la reforma liberal de Barrios no transformó en profundidad la anquilosada tierra del quetzal, aunque se eliminaran los privilegios y fueros de la Iglesia. Prueba de ello es que las tierras del clero y las comunidades indígenas, afectadas por un decreto de 1877, sirvieron para engrosar en número y extensión las fincas cafetaleras, en particular en Quezaltenango, San Marcos y Alta Verapaz. Para garantizar la fuerza de trabajo, los indígenas que lograron conservar sus tierras –en particular en el frío altiplano, no apto para el cultivo del grano- tenían que trabajar por temporadas en las haciendas (mandamientos), bajo amenaza de represión militar, como si siguieran en la colonia. Muchos de ellos se endeudaban con los ricos finqueros-a esto se llamaba la habilitación-, por lo general con métodos inescrupulosos, y se convertían en verdaderos siervos al estilo de la Europa medieval. Los abusos a los pueblos originarios provocaron airadas revueltas, entre ellas la de los quichés (1877), junto a la aparición de guerrillas indígenas como la de Momostenango.

La moderada reforma liberal guatemalteca propició un extraordinario crecimiento de la producción cafetalera, al disponer los finqueros de tierras baratas -baldías, eclesiásticas y las de comunidades-, mano de obra casi gratuita y buenos precios en el mercado internacional. Entre 1870 y 1880, el cultivo y la exportación del grano crecieron en un 150%, favorecido con la construcción de puertos, almacenes, caminos, telégrafos y ferrocarriles, en gran parte con capital alemán y norteamericano.

Una de las aspiraciones de Justo Rufino Barrios era restablecer la integración centroamericana, meta incluida en la constitución de 1879. Imposibilitado de alcanzarla por la vía pacífica, el mandatario decidió imponerla a sus vecinos, pese a la oposición de México y los Estados Unidos, a la vez que se proponía evitar la construcción de un canal norteamericano por Nicaragua. El 28 de febrero de 1885, el presidente de Guatemala proclamó restablecida la unión centroamericana e invadió El Salvador, donde obtuvo las victorias de Coco y San Lorenzo. Pero en el combate de Chalchuapa, el 2 de abril de ese año, perdió la vida y su desmoralizado ejército, al mando de Adolfo Hall, regresó a Guatemala. Pese a la inesperada muerte de Barrios, el morigerado reformismo liberal terminó por imponerse en toda la región bajo la conducción de tres de sus discípulos: Marco Aurelio Soto en Honduras, Rafael Zaldívar en El Salvador y José Santos Zelaya en Nicaragua, a quién dedicamos una nota de Madre América.

Fuente: www.informefracto.com – 1 de diciembre de 2020

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