Luis Vitale. Historia Social comparada de los pueblos de América Latina

Independencia y formación social republicana IV

Siglo XIX. Tomo II. I Parte. Capítulo IV

LA REVOLUCIÓN SEPARATISTA

Francisca Xaviera Carrera y Verdugo (Chile, 1781- 1862)

La historiografía liberal ha presentado la revolución independentista como un movimiento democrático inspirado en los ideales del liberalismo europeo. Por su parte, los autores de tendencia reformista han sostenido que el proceso comenzó bajo la conducción de la burguesía comercial progresista, pero que lamentablemente esa dirección política fue desplazada por la aristocracia feudal que liquidó las posibilidades de un desarrollo capitalista en nuestro continente.
Ambas caracterizaciones parten de supuestos falsos: que la colonización fue feudal y que paralelamente a la aristocracia terrateniente retrógrada se formó una capa de comerciantes progresistas que encabezaron la revolución de 1810, inspirados en el programa democrático burgués de la Revolución Francesa.

En capítulos anteriores, hemos procurado demostrar que la colonización no tuvo un carácter feudal, sino que generó un proceso de transición hacia un capitalismo embrionario, dependiente de la metrópoli. Este período de transición condicionó el surgimiento de una clase dominante “sui-géneris”. En lugar de estructurarse una burguesía manufacturera, en América Latina se formó una clase dominante interesada exclusivamente en la producción y exportación de metales preciosos y productos agropecuarios para el mercado mundial.

La Revolución Francesa y las revoluciones democráticas europeas del Siglo XIX se fundamentaron en un desarrollo capitalista dinámico y en la existencia de una burguesía industrial interesada en liquidar los vestigios feudales, realizar la reforma agraria y promover el desarrollo de un fuerte mercado interno.

A nuestro modo de entender, la clase privilegiada criolla adaptó las ideas liberales a sus intereses específicos de clase.

Los planteamientos de la burguesía industrial europeas en lucha contra la monarquía feudal fueron empleados por la burguesía criolla en contra de la opresión española. El concepto de libertad de comerciar levantado por los industriales europeos para romper las trabas feudales fue utilizado por los criollos para luchar contra el monopolio comercial español. En Europa, el liberalismo fue la ideología de la burguesía industrial; en América Latina, las ideas liberales fueron adaptadas a los intereses de los terratenientes, mineros y comerciantes. Hubo una adopción formal del pensamiento liberal porque la burguesía criolla jamás pensó en aplicar los postulados programáticos fundamentales, como la reforma agraria, la industrialización y la creación de un mercado interno.

Todos los sectores de la clase dominante nativa estaban comprometidos en la tenencia de la tierra y en su economía preponderantemente exportadora, La clase social que encabezó la revolución de 1810, en razón de sus intereses particulares inmediatos estaba por lo tanto incapacitada para realizar la reforma agraria, medida esencial de toda revolución democrático-burguesa. En contraste con las revoluciones democrático-burguesas europeas, que afectaron a los poseedores de la tierra, en América Latina los latifundistas no sufrieron los efectos de la revolución de 1810 sino que fueron sus principales beneficiarios.

Mientras que en Europa las revoluciones democráticas significaron un cambio profundo en la estructura económica y social, en Latinoamérica la revolución de la independencia no modificó la estructura de clase heredada de la sociedad colonial ni quebré el carácter dependiente de nuestra economía primaria exportadora. La Revolución Francesa fue una revolución social. La Revolución de 1810 fue una revolución política separatista, un movimiento que no perseguía un cambio radical de las estructuras sino un cambio político. La independencia cambió el gobierno, no la sociedad. Sólo reemplazó un equipo de explotadores de allende por otro de aquende. Como decía un viajero de la época: “Las colonias se llaman a si mismas libres porque han desposeído a sus antiguos dominadores de todo un poder y han colocado en ese poder en otras manos”.(146)

La única tarea democrática que cump1ió la burguesía criolla fue la independencia política formal al romper el nexo colonial. La independencia no fue “prematura”, como han sostenido Alberto Edwards y Francisco Encina, sino que las condiciones objetivas  y subjetivas  estaban maduras para que la clase dominante nativa tomara el poder. La Independencia  respondía a las necesidades de un sector social que realizó sólo aquellas tareas  que podían  esperarse de una clase social básicamente exportadora de materias primas, cuyo desarrollo había sido condicionada por los siglos de economía colonial dependiente  de una metrópoli, que tampoco habla sido capaz de realizar integralmente su propia revolución democrático-burguesa. En el fondo, la revolución por 1a Independencia perseguía como objetivo central la toma del poder político y el control del aparato del estado para poner término a la transferencia del excedente hacia la metrópoli imperial.

La violenta reacción de la monarquía española abrió un proceso que transformó esta lucha inicial moderada en una de las revoluciones anticoloniales más importantes de la historia al avanzar todo un subcontinonte, fenómeno no apreciado por la historiografía tradicional ni por los que minimizan el significado de las guerras de la independencia.

 

Legitimidad y Lucha Armada

En el afán de limar las aristas más agudas  de la lucha de clases se ha tratado de presentar la Revolución de 1810 como un acto legitimista y pacifico.

Alberto Edwards, el representante más conspicuo de esta tendencia en Chile, refiriéndose a la Revolución de 1810, escribe: “En Chile la revolución burguesa se había realizado pacíficamente”.(147) En otro de sus libros afirma: “Así la revolución pudo aparecer ante muchos, dentro de los antiguos principios del derecho monárquico, más legítima que la resistencia misma(…) Aquello no era un levantamiento contra el poder constituido”.(148)

El argumento de la legitimidad del gobierno “en nombre de Fernando VII” fue forma circunstancial y respondió a una lucha tendencial entre criollos, moderados, reformistas y revolucionarios, en el cual jugó un papel importante el fenómeno coyuntural de la invasión napoleónica. Los criollos en un comienzo lucharon del mismo modo que lo hacían las Juntas de España contra los franceses, pero sobre la base de crear Juntas autónomas de Gobierno para tomar el poder político y capturar el aparato del Estado. Una vez dado este paso en nombre de Fernando VII -fase que no se prolonga más de dos años en la mayoría de los países- la clase dominante se consolidó en el poder de una manera tan decidida que enfrentó mediante la “guerra a muerte” los ejércitos de Fernando VII y los intentos contrarrevolucionarios de los godos.

¿Puede caracterizarse de legitimista una revolución que desconoce y depone virreyes y capitanes generales, además de disolver la Real Audiencia, el más alto tribunal de la monarquía española en las colonias? ¿Puede calificarse de legitimista la actitud de crear banderas, escudos y constituciones en la que se reafirma la soberanía nacional? ¿Puede denominarse pacifico un proceso en el que los criollos, indígenas, mestizos y negros se baten con las armas en la mano?

Los colonialistas defendieron sus privilegios apelando a la violencia reaccionaria. Los criollos contestaron declarando también la “guerra a muerte”. El proceso que condujo a la independencia de América Latina triunfó inequívocamente por la vía de la insurrección armada y en abierta lucha contra los vacilantes que defendían la legitimidad del rey y del sistema monárquico imperial.

La Participación Popular

Una de las características de los primeros años de la Revolución independentista fue la escasa participación del pueblo. Los sectores populares fueron al principio indiferentes -y en muchos casos contrarios- a una revolución que no significaba la emancipación social sino la consolidación de sus explotadores inmediatos: los patrones criollos. Esta situación se modificó en parte cuando los Españoles iniciaron la Reconquista, no a causa de un cambio de la burguesía criolla sino a un fenómeno de reacción de las capas pobres contra los abusos de los españoles durante la guerra. Existen, por lo tanto, dos fases principales en cuanto a la participación del pueblo en el proceso de la independencia.
La primera fase se caracterizó por la escasísima participación de los sectores populares. Las Juntas reunieron a pocas personas; fueron movimientos elitistas en los que no participaron los indígenas, negros y mestizos que constituían más del 95% de la población.

El movimiento de 1810, en su primera fase, sólo tuvo características masivas en México y el Alto Perú, donde los campesinos e indígenas trataron de combinar la lucha por la independencia política con la revolución agraria. Pero los Hidalgos y Morelos que luchaban tanto contra los españoles como por la expropiación de los terratenientes criollos, no abundaron en las colonias hispanoamericanas.

La segunda fase, iniciada con la Reconquista española, se caracterizó por una mayor participación del pueblo. La nueva actitud de las masas en favor de la independencia no fue provocada por un cambio en la posición de la burguesía criolla sino por una reacción de los sectores populares ante los atropellos cometidos por los españoles durante la Reconquista. El saqueo de los campos por los realistas, la represión de los españoles contra los artesanos y pequeños comerciantes y, sobre todo, la persecución de indígenas y negros, empujaron a los sectores populares hacia el bando de los criollos que luchaban por la independencia. De este modo, se configuraron dos vertientes cualitativamente distintas dentro del mismo proceso: la lucha por el termino del coloniaje español liderada por la clase dominante criolla, y el combate por la igualdad social, anhelada por los indígenas, negros y mestizos.

De ahí el carácter combinado que adquirió la guerra de la independencia: separatista anticolonial, por un lado, de los criollos acomodados y, por otro, social y étnica de los más explotados y oprimidos que peleaban por su tierra, su cultura y por mejores condiciones de vida. Este proceso se abrió en tijeras inmediatamente después del triunfo sobre los españoles. Los de arriba se organizaron en defensa de sus intereses de clase, una vez conquistado el control del gobierno y el Estado, mientras que los de abajo proseguían el combate por sus reivindicaciones una vez más postergadas. La institucionalidad lograda solamente por arriba explica la inestabilidad de los regímenes pos-independentistas y su incapacidad para lograr una real unidad nacional.

Guerra Social y Étnica

Paralelamente a la lucha anticolonial de los criollos encumbrados fue desarrollándose una guerra social y étnica, cuya trascendencia ha sido minimizada por la historiografía tradicional. La relación etnia-clase se fue configurando, a lo largo de tres siglos de dominación colonial, de manera multifacética porque a las etnias aborígenes se les sumaron multiétnias africanas. La explotación en las minas, haciendas y plantaciones dio lugar a las primeras clases explotadas, bajo la forma de esclavitud y servidumbre indígena y negra, y en algunas regiones de forma salariales.

Este sistema de dominación étnica y social hizo crisis con el inicio de las guerras de la independencia. El caso más notable fue la insurgencia del movimiento de los esclavos negros de Haití, analizada en el capítulo anterior. Las luchas indígenas de las primeras décadas del Siglo XIX también pusieron de manifiesto el fenómeno de guerra social y étnica que se entremezclaba con las guerras de la independencia. La participación de los aborígenes en los ejércitos libertarios de Hidalgos y Morelos fue decisiva, al igual que las de sus hermanos de Bolivia, los caudillos Juan Manuel Cáceres y Baltazar Cárdenas. En el Perú, se produjo en 1814 unos de los levantamientos más sobresalientes de esta guerra social y étnica. Fue encabezado por Mateo Pumacahua, descendiente de los incas, quien al frente de 12.000 indígenas se apoderó de Arequipa, fortaleza del aún inexpugnable control español del Virreinato del Perú. Finalmente derrotado por el general realista Juan Ramírez y fusilado en Sicuani en mayo de 1815, ante la indiferencia e inclusive el repudio de los mismos criollos que una vez más optaron por la subordinación a la monarquía española ante el temor de ser sobrepasados por la rebelión indígena, como lo expresó claramente el intendente de Arequipa al darles las gracias a los oficiales españoles por haberlos salvado de la amenaza de “millares de indios reunidos con el fin de dislocar estas provincias para la dominación del mejor de los soberanos, el señor don Fernando VII”.(149)

La guerra social y étnica, combinada con la guerra anticolonial, cuyas acciones detallaremos en las próximas páginas, fue un factor decisivo en el triunfo sobre los ejércitos realistas, hecho debidamente aquilatado por Bolívar, aunque minusvalorado por quienes discriminan la participación de millones de indígenas y negros que entregaron sus vidas por la libertad de un continente, cuya dirigencia política les negó en definitiva su propia liberación étnica y de clase.

La Participación de la Mujer en las Luchas de la Independencia

Durante el proceso independentista hubo una participación sobresaliente de la mujer del pueblo, aunque los historiadores solamente han destacado a las más conspicuas mujeres de la clase emergente criolla. Las indígenas, negras, mestizas, zambas y mulatas contribuyeron, junto a los hombres de avanzada de aquel tiempo, al triunfo de la revolución por la independencia: “se la ve marchar a la par del hombre por derriscaderos, sierras, vados y cañones, fusil en ristre defendiendo la tierra que la vio nacer, los críos que gestó en sus entrañas, luchando denodadamente contra el tutelaje español”.(150)

En Haití, junto a Toussaint y Dessalines, se destacó una mujer en el enfrentamiento contra las tropas de Napoleón. Se llamaba Marie-Jeanne, brava mujer que había dejado de ser esclava gracias al decreto de Toussaint.
Una de las más relevantes luchadoras populares fue la boliviana Juana de Azurduy, nacida el 8 de marzo de 1781; junto a su compañero Padilla, encabezó las guerrillas que se enfrentaron a los ejércitos realistas. Coordinó las acciones con el general Juan José Rondeau, siendo ascendida a coronela, luego de perder a sus cuatro hijos en la guerra anticolonial. El 9 de febrero de 1816, junto con su compañero y otros guerrilleros emboscaron al coronel español José Santos La Hera en las proximidades de Chuquisaca, donde cae herida al lado del comandante revolucionario Jacinto Cueto. Pronto reinicia la lucha con las mujeres de Tomina, Tocopaya, La Laguna y Pamabamba. El 3 de marzo de 1816, al frente de 200 guerrilleros/as, Juana enfrenta al ejército realista en El Villar, arrebatándole a los enemigos su bandera, acción que mereció las felicitaciones del patriota argentino Manuel Belgrano. El Director Supremo de las Provincias Unidas, con sede en Buenos Aires, la nombra coronela de las milicias. Siguió el combate al lado de su pueblo indígena y mestizo, llegando a ser bautizada por un poeta con el nombre de Santa Juana de América.

Un historiador boliviano, Mariano Batista Gumucio, cuenta que cuando Bolívar llegó con Sucre a La Paz, lo primero que hizo fue solicitar una entrevista con Juana Azurduy, antes que con cualquier obispo o general. Después de la batalla de Ayacucho, que coronó el triunfo definitivo sobre los colonialistas españoles, Juana envió una carta a la Junta Provincial, donde manifestaba: “la satisfacción de haber triunfado de los enemigos, saciado mi ambición y compensado mis fatigas”. Como tantas mujeres y hombres del pueblo que dieron lo mejor de sí para sacudir el yugo español, Juana murió pobre y olvidada el 25 de mayo de 1862.

Al igual que Juana Azurduy, junto a Güemes combatió Cesárea de la Corte de Romero González, nacida en Jujuy el 5 de enero de 1796. Vestida de hombre, luchó contra los españoles y, luego, contra la hegemonía porteña, muriendo el 14 de agosto de 1865. Otra heroína argentina fue Martina Céspedes, de sobresaliente actuación durante las invasiones inglesas de 1807. Con cuatro mujeres, pudo apresar a doce ingleses que habían entrado a su posada. Por esta acción, Liniers le dio el grado de sargento mayor.

La más famosa fue Mariquita Sánchez, nacida en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1776. Casada a contrapelo de sus padres con Thompson, tuvo la audacia de presidir numerosas reuniones clandestinas de criollos dispuestos a llevar adelante la revolución anticolonial.(151) Junto a Casilda Ygarzábal de Rodríguez Peña y Angela Castelli exigió que los líderes independentista retiraran las armas que había en el puerto y presionó a Cornelio Saavedra para que se pusiese a la cabeza del movimiento, cancelando así la fase de las vacilaciones políticas.

 

Mujeres de la clase acomodada criolla jugaron un papel importante en la lucha anticolonial, entre ellas la ecuatoriana Manuela Cañizares. En su casa se dio el primer grito de la independencia. En una época en que muy pocas mujeres sabían leer y escribir, Manuela “conocía a Voltaire y Rosseau (…) Bajo el pretexto de saraos, en su casa se reunían los más destacados criollos de la época para hablar de la Revolución Francesa y de sus postulados de igualdad, libertad y fraternidad. Durante los años que duro la maduración de la independencia, Manuela Cañizares consiguió adherentes a la causa y no pocas veces arengó a los pusilánimes, como en aquella noche del 9 de agosto de l809”.(152)

 

Otra mujer que se hizo popular en la lucha por la independencia fue la colombiana Polonia Salvatierra y Ríos; conocida bajo el nombre de Policarpa, actuó como enlace de los revolucionarios en el período de la reconquista española. Era una costurera de Bogotá, oriunda del valle del Cauca; trasladaba los mensajes anticoloniales camuflados en naranjas. Descubierta su actividad de espionaje y contraespionaje fue fusilada el 10 de noviembre de 1817.

Paula Jaraquemada Alquizar (Chile, 1768-1851)

En Chile se destacaron Paula Jaraquemada, la chillaneja Cornelia Olivares y, sobre todo, Francisca Javiera Carrera, infatigable, consecuente y voluntariosa compañera de los ideales libertarios tanto en los días de triunfo como en los de derrota transitoria. En los momentos en que los criollos más moderados se aferraban a la fórmula de gobernar en nombre de Fernando VII, Javiera simbolizó el repudio a la corona española en un baile de gala realizado el 18 de septiembre de 1812: “Doña Javiera Carrera llevaba en la cabeza una guirnalda de perlas y diamantes de la cual pendía una corona vuelta al revés en señal de vencimiento”.(153) La tonada “La Panchita”, cantada por el pueblo en las “chinganas”, fue una expresión de la simpatía que gozaba Javiera por liderar las medidas más radicales de esa fase de la independencia.

Josefa Camejo, venezolana nacida en 1791, arengaba a los jóvenes caraqueños, encabezados por José Félix Ribas. Combatió junto a su compañero Juan Nepomuceno Briceño Méndez en la campaña de los Llanos. Durante el período de la Reconquista española, organizaba bailes para facilitar los contactos clandestinos de los patriotas. Un día hizo decidir al comandante de Paraguaná, Segundo Primera, en favor de la independencia, sacando su pistola al grito de !Viva la Revolución!. Otra venezolana, Eulalia Buroz, se batió contra los realistas, defendiendo el fuerte de Barcelona. También las hermanas de Antonio José de Sucre, víctimas del poder colonial, y Luisa Cáceres de Arismendi, encarcelada a los 16 años por los españoles, fueron combatientes decididas por la libertad. Juana Ramírez, mujer de pueblo, de la región de Guárico, peleó al lado de Manuel Piar, ganándose por su coraje el apodo de “Juana la Avanzadora”.

Una de las mujeres más conocidas de esta época fue la ecuatoriana Manuelita Sáenz. Estaba en plena lucha por la independencia antes de conocer a Bolívar. Hija “ilegítima” de español y criolla, se casó muy joven y pronto se separó del médico inglés John Thorme para unirse a las huestes que combatían a los españoles. Fue condecorada por San Martín como “caballeresa del Sol”, junto a otras 112 mujeres, y ascendida al grado de coronel. Combatió al lado del mariscal Sucre en la batalla de Ayacucho. En julio de 1822 conoció a Bolívar, quien quedó impresionado por su personalidad, su cultura y capacidad para manejar armas y montar a caballo. Vestida de capitana ascendió montañas y vadeó ríos con el Ejército Patriota, batiéndose junto a los suyos en Pichincha y Junín. Cuando en 1828 se cometió un atentado contra su amado, enfrentó con su espada a Florentino González y demás asesinos, mientras Bolívar lograba eludir el cerco.”.(154) La “Libertadora del Libertador”, nombre con el que ha pasado a la historia, destruyó sable en mano los panfletos contra Bolívar distribuidos por los reaccionarios en las calles de Bogotá. Por haber defendido al hombre que liberó medio continente, “fue víctima de vejaciones, prisión y exilio, y ni su patria la recibiría ya que cuando creía encontrar el descanso fue desterrada por el presidente Rocafuerte. Casi treinta años habría de vivir en el melancólico puerto de Paita, en donde vestida de negro veía pasar los barcos y los recuerdos”.(155) Esta notable mujer, a quien Pablo Neruda llamó un día “la loca estrella”, murió el 23 de junio de 1856.

Junto a estas líderes, lucharon anónimamente decenas de miles de mestizas, indígenas y negras, cuya labor no por menos manifiesta fue por eso menos eficaz. La colaboración de las campesinas e indígenas con los guerrilleros patriotas, proporcionándoles albergue e información sobre los movimientos de las tropas realistas, fueron acciones efectivas en favor de la lucha de la independencia. La reproducción gratuita de la fuerza de trabajo para mantener las cosechas durante la guerra y proporcionar los hombres para los ejércitos libertarios constituyeron importantes tareas, omitidas por aquellos historiadores que ven la historia solamente a través de los hombres-héroes, al estilo Carlyle.

Los hombres siguieron consolidando su régimen de dominación patriarcal explotando y oprimiendo a las mujeres, pareciendo ignorar que aquellas se jugaron de igual a igual en la lucha por la independencia. Sin embargo, América Latina tiene la originalidad de haber gestado uno de los primeros hombres de la historia universal, Francisco de Miranda, preocupado por la condición de la mujer, como lo hemos señalado en páginas anteriores. Otro venezolano continuó la ruta abierta por Miranda. Fue Simón Rodríguez, maestro de Bolívar en plena guerra de la independencia, durante la década de 1820, bajo el gobierno de Sucre, educaba a todos los que quisieran ser educados, sin distinción de raza o sexo: “se daba instrucción y oficio a las mujeres para que no se prostituyeran por necesidad, ni hiciesen del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia”(156)

José Miguel Carrera, gobernante chileno de 1811 a 1814, también trató de quebrar el oscurantismo cultural impuesto por los españoles en la colonia, promoviendo la instrucción de la mujer. En un decreto del 21 de agosto de 1812 establecía la necesidad de fundar escuelas para mujeres, “quedando los conventos de monjas obligados a suministrar una sala para la escuela donde aprendieran las primeras letras las mujeres de origen modesto. Las monjas se resistieron a cumplir esta medida, pero Carrera impuso finalmente su criterio en favor de la mujer”.(157)

La Extensión de la Revolución al Campo

La revolución de 1810 fue, en sus inicios, un movimiento urbano, encabezado por la clase dominante criolla, que gobernó a espalda de los pueblos del interior, mirando solamente los puertos de exportación y las metrópolis europeas.

La crisis política se agudizó cuando la burguesía criolla se vio obligada a apelar al pueblo del interior para enfrentar los nuevos ejércitos españoles enviados por Fernando VII en su cruzada de reconquista. Con las armas en la mano, las masas rurales hicieron sentir su presencia, reclamando sus derechos. La entrada de las huestes de López en Buenos Aires, atando sus caballos a los pies de los monumentos de la ciudad, o a la de un Campino entrando con su corcel al parlamento chileno, y la del montonero negro, León Escobar, sentándose en el sillón presidencial de Lima, son imágenes elocuentes del peso específico que fueron adquiriendo las masas rurales del interior.

Estos sectores populares, aparentemente anónimos durante la colonia, comenzaron a jugar un papel protagónico, mostrando que un país no es la capital y que los más decididos luchadores por la independencia no eran los señoritos de la urbe sino los hombres que sabían manejar lanzas.

La clase privilegiada soportó esta situación hasta el momento de la victoria sobre los españoles. Luego integró hábilmente a los caudillos más destacados del interior, como el venezolano Páez, para asegurar la paz social y mediatizar las reivindicaciones de las provincias. Esta táctica sólo duró un tiempo; pronto estallaron las guerras civiles, producto de la contradicción irresuelta entre campo y ciudad.


LUCHA DE TENDENCIAS EN EL PROCESO INDEPENDENTISTA DE CADA PAÍS

El movimiento separatista de 1810 abrió paso a una lucha entre la revolución y la contrarrevolución, en un proceso ininterrumpido que abarcó de 1810 a 1820. Los fenómenos de acción y reacción provocados por este choque frontal, especialmente durante el período de la reconquista española, obligaron a polarizarse a los sectores indecisos de la burguesía criolla y determinaron una relativa participación popular.

En el campo de los partidarios del gobierno autónomo se produjo una lucha de tendencias entre los que aspiraban a una separación paulatina de España y los que planteaban una ruptura violenta e inmediata del nexo colonial. Así se fueron configurando alas derechistas, centristas e izquierdistas, clasificación que obedece únicamente al criterio de considerar la posición de las tendencias ante el problema central de esta fase histórica: la lucha por la independencia política; clasificación que no tiene relación alguna con el criterio historiográfico liberal ni con posteriores corrientes izquierdistas que se dieron por otros motivos y en otros contextos, a lo largo de los siglos XIX y XX.

En Ecuador, una de las primeras colonias en revelarse el 10 de agosto de 1809, se formó una Junta de gobierno integrada por cuatro marqueses: Solanda, Maenza, Miraflores y Selva Negra, partidarios de gobernar en nombre de Fernando VII. No por azar el pueblo quiteño expresaba su protesta: la independencia no fue más que “el último día del despotismo y el primero de lo mismo”. El 10 de agosto de 1810 se produjo un vigoroso movimiento popular, que fue violentamente reprimido. Los quechuas avanzaron hacia Quito para combatir a los españoles. Entre 1810 y 1812 se configuraron nuevas tendencias, encabezadas por Morales, Quiroga y Río Frío, exigiendo un gobierno autónomo y libre posición que se radicalizó a raíz de la arremetida militar de los peninsulares y de la posterior intervención del ejército libertador de Bolívar.

En Colombia se constituyó una Junta patriota en Cali el 3 de julio de 1810, y en los días subsiguientes en Pamplona y Socorro; adquirieron un carácter más popular en Santa Fe de Bogotá donde se congregaron unas 10.000 personas. Los sectores moderados lograron canalizar el movimiento, aunque se mantuvo un ala plebeya, dirigida por José Félix de Restrepo, que planteaba la abolición de la esclavitud. Se agudizaron los roces entre federalistas y centralistas, lo que favoreció los planes de la contrarrevolución español en  1816. Los criollos organizaron guerrillas en los llanos orientales, logrando triunfar en Boyacá en 1819, echando las bases de la Gran Colombia.

En Perú, la lucha iniciada en 1809 por Hipólito Unanue y los hermanos Mateo y Remigio Silva desembocó en la rebelión de 1911, encabezada por Francisco Antonio de Zela, quien se levantó en Tacna en favor de la independencia, pero fue traicionado y encarcelado. La actitud timorata de la clase dominante criolla hizo fracasar otro movimiento dirigido en 1812 por Juan José Crespo y Castilla en la zona de Huánuco. En 1814-1815 la insurrección de Mateo García Pumacahua fue aplastada por los realistas(158), hasta que el ejército de San Martín logró la independencia en 1821.

En el Alto Perú, actual Bolivia, estalló tempranamente la revolución el 25 de mayo de 1809, como producto de una alianza entre los doctores de la Universidad y los oidores de Charcas, quienes junto a Pedro Domingo Murillo depusieron a García Pizarro, presidente de la Audiencia. Pizarro había sido influenciado por la infanta Carlota Joaquina, hermana del rey cautivo en España, que aspiraba a ser reconocida soberana interina, hecho que precipitó la acción de los criollos. El Cabildo Abierto nombró, en julio de 1809, la llamada Junta Tuitiva, consolidando el autogobierno de los criollos, el primero de Sudamérica, antecedido en el Caribe por el de Haití. Este movimiento, a pesar de haber proclamado su adhesión a Fernando VII, fue rápidamente reprimido por el ejército enviado desde Lima por el virrey Abascal.

Los españoles intervinieron prestamente al ver que el proceso se radicalizaba y adquiría un carácter social. Su líder, Pedro Domingo Murillo (1757-1810), había hecho quemar los archivos donde estaban las deudas contraídas por los criollos con la corona española. Llamó a incorporarse a las filas de la revolución a los indígenas. En su principal proclama dijo: “Hasta aquí hemos visto con indiferencia por más de tres siglos, sometida nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto, que degradándonos de la especie humana, nos ha reputado por salvajes y mirado como esclavos (…) ya es tiempo de organizar un sistema nuevo de gobierno (…) ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título (…) valerosos habitantes de La Paz y de todo el imperio del Perú, no perdáis de vista la unión que debe reinar entre todos, para ser en adelante tan felices, como desgraciados hasta el presente”. Murillo fue decapitado junto con varios de sus compañeros de lucha, después de haber tratado de concretar una alianza con los indígenas y los mestizos.

La guerra contra los realistas duró cerca de quince años, período en el cual se integraron al combate importantes sectores populares, como el mestizo Manuel Asencio Padilla y su compañera Juana Azurduy, la “teniente coronela de la independencia”. También tuvieron destacada actuación los indígenas liberados por Carlos Collque, Manco Capac, Santo Choque. El poeta quechua Juan Huallparimachi Mayta, se convirtió en talentoso jefe militar, llegando a comandar 2.000 aborígenes en la batalla de Las Carretas, donde murió el 17 de agosto de 1814. Poco antes, el cacique Pumacahua había encabezado una insurrección desde El Cuzco hasta La Paz. De este modo la guerra anticolonial se fue transformando en guerra social y étnica.

En Chile, la Primera Junta de Gobierno, encabezada por Mateo de Toro y Zambrano, Conde de la Conquista, tuvo una posición conservadora. Pronto fue desplazada centrista por el ala centrista de Juan Martínez de Rozas, que decretó el libre comercio y la “libertad de vientre”, una forma de supresión de la esclavitud a medias, ya que sólo eran esclavos libres los que nacieran a partir de la promulgación de la ley.

Como estas medidas reformistas no significaban un real avance hacia la independencia, José Miguel Carrera tomó—el poder en noviembre de 1811. luego de haber manifestado a su padre: “Ha llegado la hora de la independencia americana; nadie puede evitarla. La España esta perdida”.(159) Esta tendencia de izquierda canceló el período de vacilaciones, promulgando el Reglamento Constitucional de 1812, que en su acápite V establecía que ninguna disposición emanada de un gobierno “fuera del territorio de Chile, tendrá efecto alguno”, con lo cual terminaba con la tutela de España. Carrera simbolizó este paso hacia la soberanía nacional, creando la bandera tricolor, la escarpela y el escudo con el lema “por la razón o la fuerza”. Para dar este giro a la izquierda, los hermanos Carrera tuvieron un importante respaldo popular y el apoyo de Manuel Rodríguez y Camilo Henríquez, director del periódico “La Aurora de Chile”.

En el seno del movimiento carrerino se fue gestando una corriente plebeya y jacobina, que no se conformaba con la lucha por la independencia política sino que aspiraba también a la igualdad social. Su líder fue el franciscano Antonio Orihuela, que encabezó un movimiento popular en Concepción, lanzando una proclama en la que denunciaba a los que oprimían a los artesanos, labradores y peones mineros: “Mientras vosotros sudáis en vuestros talleres, mientras gastáis vuestro sudor y fuerza sobre el arado, esos señores condes, marqueses y cruzados duermen entre limpias sábanas y en mullidos colchones, que les proporciona vuestro trabajo (…) Despertad, pues, y reclamad vuestros derechos usurpados. Borrad, si es posible, del número de los vivientes a esos seres malvados que se oponen a vuestra dicha, y levantad sobre sus ruinas un monumento eterno a la igualdad”.(160)

Los abusos cometidos por los españoles durante la reconquista obligaron a radicalizarse al sector criollo moderado, provocando una mayor participación popular, base del éxito de la guerrilla de Manuel Rodríguez. Sus disfraces, su ocultamiento en los ranchos, sus increíbles fugas y su movilidad permanentes fueron posibles no solamente por la genialidad del guerrillero sino por el apoyo efectivo que le brindó el campesinado y el artesanado.

Las capas pobres de la población soportaron el peso de la resistencia contra los españoles. Mientras los criollos acomodados capitulaban ante los jefes de la Reconquista, llegando algunos a renegar de la independencia en el Acta firmada en víspera de la batalla de Chacabuco, mientras los campesinos y artesanos ingresaban a las filas de la resistencia activa, en las ciudades, en las guerrillas rurales y luego en el Ejército Libertador de Los Andes. Los triunfos de Chacabuco y Maipú, junto con la declaración formal de la Independencia el 12 de febrero de 1818, significaron para Chile la ruptura definitiva del nexo colonial.

Argentina, Uruguay y Paraguay formaron parte de un mismo proceso independentista. Buenos Aires, como cabeza del Virreynato, quiso imponer su autoridad sobre las otras regiones, provocando violentas reacciones.
Paraguay, dirigido por Fulgencio Yedros, Pedro Caballero y Manuel Cabañas. resistió al ejército bonaerense comandado por Manuel Belgrano, proclamándose independiente de España en 1813, con lo cual se constituyó en el segundo país Sudaméricano en formalizar la independencia definitiva. En esa oportunidad, el Dr. José Gáspar Francia sostuvo enfáticamente: “Mis argumentos en favor de mis ideas son éstos depositando dos pistolas sobre la mesa presidencial del Congreso: una está destinada contra Fernando VII y la otra contra Buenos Aires”.

En Uruguay, el proceso independentista se había iniciado en septiembre de 1808 al formarse una Junta que se declaró autónoma, argumentando que la monarquía española había quedado acéfala a raíz de la invasión napoleónica. En 1810 el movimiento cobró nuevos bríos bajo la conducción de José Gervasio Artigas, vencedor de los españoles en Las Piedras (1811). Muy pronto comenzaron las divergencias con Buenos Aires, que pretendía mantener la tradicional tuición sobre Montevideo.

Artigas apeló al movimiento popular en su lucha contra el centralismo bonaerense y los criollos orientales más conservadores. Se rodeó de capataces y peones de estancia, como Encarnación Benítez a quienes convirtió en oficiales de su ejército libertador. También incorporó a sectores indígenas, provenientes de las antiguas Misiones Jesuitas, entre ellos al cacique Andrés Guacurarí, que más tarde tomó el nombre de Andrés Artigas en homenaje al jefe oriental. Sus fuerzas eran mayoritariamente “paisanos pobres, gauchos montaraces, indios” y esclavos que ganaban su libertad incorporándose a la lucha independentista.(161) 161 Bartolomé Hidalgo (1788-1872) fue un poeta artiguista que cantó en el lenguaje de sus paisanos: “cielito cielo que sí/ americanos uníos/ y díganle al rey Fernando/ que mande otra expedición (…) ¿quién nos mojara la oreja/ si uniéramos nuestros brazos?”:

Se propuso una constitución en 1813. cuyo artículo 80 establecía: “El Gobierno constituido para el bien común, para la protección, seguridad, prosperidad y felicidad del pueblo, y no para el provecho o interés de algún hombre, familia o clase de hombres”. En relación a la cuestión agraria, planteaba: “el Alcalde Provincial y demás subalternos se dedicarán a fomentar con brazos útiles la población de la campaña. Para ello revisará cada uno (…) los terrenos disponibles: y los sujetos dignos de esta gracia con prevención que los más infelices serán los más privilegiados”. En este “Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y seguridad de las haciendas”, criticaba la “maldita costumbre que los engrandecimientos vienen de la cuna”, estableciendo que “la pobreza no es un delito” -Combatía la burocracia funcionaria para ‘que no se multipliquen ni las autoridades ni los administradores”. Artigas gravó con un fuerte impuesto las manufacturas extranjeras que competían con las nacionales.(162)

Artigas fue el primero en plantear una Federación de Repúblicas del Plata, como un paso hacia la unidad de América Latina libre e independiente. Creó la Liga Federal y se hizo nombrar “Protector”. Con el fin de ganarse el apoyo de los sectores campesinos, planteó un esbozo de reforma agraria en el Código Agrario de 1815 .que decretaba la expropiación y reparto de las tierras de los “malos europeos y peores americanos” En el fondo, esta ley fue una transacción entre los hacendados y los comandantes del ejército de Artigas.(163)

El caudillo oriental trató de formar una organización política federalista con los jefes de las montoneras del litoral argentino. López y Ramírez, pero sus esfuerzos se vieron frustrados por las vacilaciones de éstos ante la presión de Buenos Aires. La derrota de Artigas en 1815 ante las tropas portuguesas significó una dependencia extranjera. que recién se quebró en 1825 con la expedición de los 33 orientales. encabezados por Juan Antonio Lavalleja.

Mientras tanto, Argentina continuaba sacudida por fuertes pugnas. Desplazada el ala izquierda, liderada por Mariano Moreno, que aspiraba a radicalizar el proceso mediante un “Plan Secreto de Operaciones” que abarcaba a un vasto sector latinoamericano, se hizo cargo de la conducción política el sector conservador de Cornelio Saavedra. Buenos Aires trató de propagar la revolución independentista al Alto Perú, con la expedición de Manuel Belgrano, quien amplió la base social liberando a los indígenas del tributo, decreto refrendado al pie del Tiahuanaco. Con la derrota de Belgrano en Huaqui, se perdió la mina del Potosí y el Alto Perú. La resistencia fue entonces asumida por las guerrillas de Juana Azurduy y Martín Güemes.

La Asamblea de 1813 aprobó aspectos sociales progresivos, como la supresión de los mayorázgos y títulos nobiliarios y la libertad para los hijos de esclavos nacidos a partir de la fecha del decreto. En ese mismo año se creó la bandera nacional y se aprobó un himno patrio, como prueba de la decisión de declararse país independiente, hecho que se consumó el 9 de julio de 1816 en el Congreso de Tucumán.

En México, los movimientos autonomistas del sindico Francisco Primo de Verdad y del padre Talamantes en 1808, se profundizaron con los levantamientos de Querétaro y San Miguel. El 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo lanzó la primera proclama por la independencia, conocida como el “Grito de Dolores”, centro minero del norte. Buen conocedor de las creencias de su pueblo, levantó como estandarte de lucha la virgen “India” de Guadalupe. Las huestes de Hidalgo y de su compañero José Antonio Torres no estaban compuestas sólo por indígenas, como se ha supuesto, sino fundamentalmente por mestizos, por peones rurales y de las minas de plata, además de los aparceros que sufrían similares formas de explotación.

El ejército popular de Hidalgo, a quien se llamó “el Generalísimo de las Américas” llegó a contar con más de 80.000 hombres, obteniendo notables triunfos en Celaya, Guanajuato, Guadalajara, Vallalodid y Monte de las Cruces, pero no pudo apoderarse de la capital. Fue derrotado en Puente Calderón en enero de 1811 por Calleja, quien ordenó su fusilamiento.

José María Morelos tomó entonces la conducción política; organizó una nueva junta y avanzó hacia Chiapa, Orizaba y Acapulco, convocando el Congreso de Chilpancingo en 1813, que redactó el Acta Primaria de la Independencia. Morelos planteaba no sólo la independencia política sino también la supresi6n de la diferencia de “casta” y la división de la gran propiedad territorial, combinando la guerra social con la lucha por la independencia. En su afán de dividir la propiedad a través de la reforma agraria, Morelos. al igual que Hidalgo. tuvo una posición ambigua y, a veces, de ataque a la propiedad comunal indígena. Quizás ésa haya sido la causa del escaso apoyo de pueblos originarios que tuvieron tanto Hidalgo como Morelos.

Morelos tenía una clara posición antioligárquica. En una de sus proclamas dirigidas a los explotados, manifestaba: “se trata en la presente guerra de haceros dueño y señores libre del país abundante y delicioso en que habéis nacido”. Condenaba la esclavitud y luchaba por la supresión de los tributos, en el punto 15 de su histórico Manifiesto. Logró formar un ejército popular, que ocupó Oaxaca y Acapulco. En su intento de capturar Valladolid fue derrotado y luego fusilado por el General Concha, en medio del regocijo de los criollos acomodados. Fue uno de los grandes estrategas populares de la historia latinoamericana. El Congreso le había dado el título de Generalísimo, pero prefirió seguir llamándose “sirviente del pueblo”.

Las guerrillas patrióticas prosiguieron la lucha bajo la conducción de Mina y Guerrero en la zona suroeste, que había sido el epicentro de operaciones de Morelos. La burguesía criolla levantó, entonces, la figura de Augusto Iturbide, ex oficial realista, autor del Plan de Iguala o Pacto Trigarante (24-2-1821), que en el fondo significaba una transacción con los terratenientes españoles. En mayo de 1822, Iturbide era proclamado emperador de esta sui-géneris república independiente. Dos años más tarde, fue destituido por el general Antonio López de Santa Ana que estableció la República Federal.

En Centroamérica, uno de los próceres más destacados fue el hondureño José Cecilio del Valle, crítico acerado de España, por las trabas que el Imperio le ponía a la formación de un mercado interno centroamericano. Participó en las rebeliones populares de los artesanos, indígenas y curas mestizos en 1811. Mientras tanto, había estallado la rebelión en El Salvador. Los criollos destituyeron al corregidor el 11 de noviembre de 1911, apoderándose de 3.000 fusiles y 200.000 pesos. Al no contar con el apoyo de otros pueblos, el movimiento encabezado por el Dr. José Matías Delgado y los presbíteros Nicolás, Vicente y Manuel Aguilar, fue derrotado por las tropas españolas. Posteriormente, Mateo Antonio Marure intentó sublevar El Salvador y el oriente de Guatemala, pero fue capturado y deportado a España. En Nicaragua el fraile guatemalteco Felipe Michelena inició la insurrección en León y Granada en diciembre de 1811, logrando resistir al ejército español durante cuatro meses. En diciembre de 1813 hubo nuevos levantamientos en Belén (Guatemala) y en San Salvador. Finalmente, se logra la independencia el 15 de septiembre de 1821, donde juega un papel importante Lola Bedoya.(164)

En Venezuela, el movimiento del 19 de abril de 1811, triunfante luego de dos conatos de rebelión en 1808, fue encabezado por los “mantuanos”, por la misma cacaocracia que había repudiado la acción precursora de Chimo, Picornelí, Gual, España y Miranda. Destituido el Capitán General, Esparán, se formó una Junta Suprema Conservadora de los derechos de Fernando VII cuya primera medida fue decretar la libertad de comercio. Coro. Maracaibo y Guayana se negaron a seguir el ejemplo de Caracas. No obstante, la Junta hizo uno de los primeros llamados a la unidad del continente, dirigiéndose el 27 de abril de 1810 a los Cabildos americanos para invitarlos a la constitución de la “Confederación americano-española”.

A fines de 1810 llegó Francisco de Miranda, quien fue trabado en su acción por el sector conservador criollo. Se le criticaba por sus relaciones y “comunicación democrática con los pardos y demás gente de color”.(165) Así se configuro un ala izquierdista encabezada por Miranda, los jóvenes Simón Bolívar, José Félix Ribas. el primer tribuno popular que había asumido la presentación de los pardos, y un grupo denominado “Los Descamisados”, que preconizaba la declaración inmediata de la independencia. Por otra parte, estaba el ala derecha, integrada por los acólitos del conde de Tovar, que aspiraba a un cambio pacífico, persistiendo en gobernar en nombre del “bienamado Fernando VII”.

El Primer Congreso Nacional de 1811 expresó claramente la pugna de las tendencias, triunfando en definitiva el sector más decidido por la ruptura del nexo colonial. El 5 de julio de 1811 fue declarada la Independencia, convirtiéndose Venezuela en el primer país Sudamericano en dar ese paso trascendental. El 21 de diciembre de ese año se promulgó la Constitución Federal, la segunda de nuestra América después de la haitiana. Para resguardar los intereses de las provincias, se resolvió que la capital fuera Valencia.

Sin embargo la contrarrevolución estaba en acecho. En julio de 1811 hubo una serie de conatos reaccionarios en Caracas. Miranda se puso al frente, proponiendo el exterminio de los españoles, pero sectores de la cacaocracia se opusieron. Por su lado, los curas y los godos comenzaron a estimular rebeliones de esclavos. En abril de 1912, el Congreso concedió facultades a Miranda para enfrentar la contrarrevolución, pero el apoyo fue retaceado. Mientras menos respaldo tenía de los “gran cacao”, Miranda más buscaba el apoyo de los pardos. Finalmente fue vencido por el general español Monteverde. Expulsado del país, en medio de un episodio muy oscuro de delaciones e intrigas, murió en una prisión de Cádiz en 1814 el más insigne de los precursores de la independencia latinoamericana.

LA BASE POPULAR DE LA CONTRARREVOLUCIÓN


Vastos sectores de explotados se plegaron a las filas realistas, como reacción frente a sus patrones criollos, con el fin de luchar por sus propias reivindicaciones: tierras y abolición de la esclavitud. Algunos autores han interpretado las rebeliones indígenas y negras contra las primeras juntas criollas como si los explotados hubiesen sido partidarios decididos de la monarquía española. Al parecer no han tomado en cuenta la verdadera táctica de los indígenas y negros, que combatieron por sus propias demandas, no importándoles estar provisoriamente en un bando u otro con tal de conseguir más pronto sus seculares aspiraciones.

En Colombia, los indígenas de la zona de Popayán se alzaron en contra de la Junta Criolla, al igual que otros lugares de la región andina. Los negros de Curiepe (Venezuela) aprovecharon los choques entre blancos criollos y españoles para rebelarse, como lo demuestran las medidas punitivas publicadas por La Gaceta de 1812 y 1813. (…) Uno de los criollos más populares, pasado al bando realista, fue José Tomás Boyes, un blanco de los llanos, resentido por haber perdido sus bienes y haber sido calificado de bárbaro asesino. En rigor, puso su indudable base de apoyo popular al servicio de la monarquía colonialista, jugando objetivamente un papel contrarrevolucionario. Demagógicamente, prometió a las masas rurales lo que la burguesía criolla negaba: tierra y liberación de los esclavos. En el Manifiesto de Guayabal del 10 de noviembre de 1813, respaldado por un ejército de 7.000 llaneros, puso énfasis en la distribución de la tierra: “en los llanos -decía- no debe quedar un sólo blanco”. La guerra se hizo social y racial, aunque es necesario aclarar que los jefes del ejército de Boyes siempre fueron blancos. La demagogia de Boyes se puso también de manifiesto en 1814 al tomar Caracas pues colocó al frente del gobierno al “blanquisimo” Marqués de Casa León, y no a los pardos y negros como había prometido.

Boves formó un movimiento contrarrevolucionario policlasista, donde no sólo había explotados sino también connotados terratenientes y ganaderos, como los dueños de hatos del Guárico y Calabozo. Después de dos años de sucesivas victorias fue derrotado por Mariño a principios de 1814. pero logró reponerse con tropas frescas llaneras venciendo a Bolívar en la batalla de La Puerta. Luego de lancear a los “mantuanos” que le salieron al paso, Boves entró a Caracas en julio de 1814. Seis meses después, cayó muerto en la batalla de Urica. En Chile también hubo un caudillo popular resentido, al servicio de la contrarrevolución española, de 1818 a 1824. Fue Vicente Benavidez, chileno, desertor del ejército criollo, quien junto a curas reaccionarios (Antonio Ferrebó), comerciantes (Juan Manuel Pico) y terratenientes, se puso a la cabeza de los realistas, siendo nombrado oficial por el Virrey del Perú, Joaquín Pezuela. Al comienzo fue apoyado por un sector de mapuches, para quienes la independencia política no tenía ninguna significación en cuanto a la recuperación de sus tierras y al respeto a su libre autodeterminación.

LA POSICIÓN DE LA IGLESIA Y EL PAPEL DE LOS CURAS DE AVANZADA

La Iglesia Católica, como Institución, fue uno de los baluartes de la contrarrevolución, tratando en todo momento de anatemizar a los patriotas con el fin de restaurar el dominio de la monarquía española. Salvo excepciones, los sacerdotes participaron activamente en los ejércitos españoles.

El Papa León XII expidió el 24 de septiembre de 1824 una Encíclica condenando la Independencia y exhortando a los obispos de nuestro continente mantener la fidelidad a su “muy amado hijo Fernando, rey católico de España”.(166) La Iglesia de las colonias hispanoamericanas -dice Barros Arana- puso “más obstáculos al triunfo de la revolución que todo el poder de Fernando VII”.(167)

Bolívar manifestó el 10 de diciembre de 1812 que “el partido cícrical siempre fue aliado del despotismo (…) estos curas traidores pudieron cumplir sus repugnantes crímenes, de los que justamente se les acusa, solamente porque ellos utilizan plenamente la impunidad”. Tan eficaz era el papel colonialista de la jerarquía eclesiástica que el 20 de septiembre de 1818 el general realista Morillo escribía al ministro de Guerra de España:” Yo no vacilo en confirmar a V.E. que 40 o 50 frailes o igual número de sacerdotes para el servicio parroquial influyen más sobre la opinión pública, contribuyen más a la pacificación de estos países, que toda una división de tropas selectas”.

No obstante el papel contrarrevolucionario de los altos dignatarios de la Iglesia Católica, hubo un importante sector de curas que se pasaron a las filas del pueblo y a la causa anticolonial, llegando a ser connotados dirigentes políticos, como Miguel Hidalgo y José María Morelos en México; Camilo Henríquez y Antonio Orihuela en Chile; Ignacio Mariño, Pablo Lobatón, José Joaquín Escobar y Andrés Rosillo en Colombia; José Antonio Medina e Ildefonso de las Muñecas en Bolivia; Sulpica, Haya Y Phillipe en Haití; Francisco Javier Luna Pizarro en Perú; José Pérez Castellanos, Juan José Ortiz y Benito Lamas en Uruguay, cuyas actuaciones liemos puesto de manifiesto en páginas anteriores. En Argentina, de 24 dirigentes anticolonialistas 16 eran sacerdotes; en Colombia, de 53 firmantes del Acta de la Independencia, 16 fueron eclesiásticos. Uno de ellos Juan Fernández de Sotomayor llegó a considerar la guerra de la Independencia “como la más justa y santa que se ha visto”.(168)

NOTAS
146 ROBERT SEMPLE: “ El bosquejo  del Estado actual en Caracas, incluyendo un viaje por la Victoria y Valencia hasta Puerto Cabello, 1810-1811, Caracas, 1964, p. 124.

147 ALBERTO EDWARDS: La Fronda Aristocrática, Ed. Del Pacífico, Santiago, 1952, p. 25.

148 ALBERTO EDWARDS: La Organización Política de Chile,  Ed. Del Pacífico, Santiago, 1943, P. 26 y 27.

149 Proclamación de Pío Tristán y Moscoso, citada por JOHN LYNCH:  Las revoluciones Hispanoamericanas: 1808-1826,  Ed. Ariel, Barcelona, 1983, P. 191 y 192.

150 Revista “Bohemia”, Nº 10, La Habana, 8 de marzo de 1974, p. 56.

151 MARIQUITA SÁNCHEZ:  Recuerdos del Buenos Aires Virreinal,  Bs. As. 1953.

152 MERCEDES JIMENEZ DE VEGA: La mujer ecuatoriana, frustraciones y esperanzas,  Ed. Banco Central del Ecuador, Quito, P. 22.

153 MELCHOR MARTINEZ: “ Memoria histórica sobre la Revolución de Chile, desde el cautiverio de Fernando VII hasta 1814”, Valparaíso, 1848, p. 151.

154 ALFONSO RUMAZO GONZALEZ: Manuela Sáez, la libertadora del libertador, Ed. Almendros y Nieto, Buenos Aires, 1945.

155 MERCEDES JIMENEZ: Op, Cit, p. 24.

156 J. A. COVA: Don Simón Bolívar, 2ª Edición, Venezuela, Buenos Aires, 1974, P. 127.

157 LUIS VITALE: Historia y Sociología de la mujer Latinoamericana,  Ed. Fontamara, Barcelona, 1984, P. 23.

158 JORGE CORNEJO: Pumancahua: La revolución del Cuzco de 1814,  Re. Del Archivo Histórico del Cuzco, 1955.

159 EULOGIO ROJAS MERY:  El General Carrera en Chile,  Santiago, 1951, p. 18.

160 Sesiones  de los Cuerpos Legislativos de la República de Chile, 1811-1845, Tomo I. P. 357 a 359, editado por V. Letelier, Santiago.

161 EDUARDO  GALEANO: Las Venas Abiertas de América Latina,  Ed. Siglo XX, Buenos Aires, 5º Edición, 1973, p. 170.

162 W. ABADIE, O. BRUSCHERA  y  T. MELONGO: El Ciclo Artiguista, IV, Montevideo, 1968.

163 CARLOS MACHADO: Historia de los Orientales, Montevideo, 1972, además  J.P. BARRAN Y B. NAHUM: Bases Económicas de la Revolución de la Revolución Artiguista, Montevideo, 1972.

164 PEDRO J. CHAMORRO: Historia de la Federación de la América Central, Inst. De la Cultura Hispánica, Madrid, 1951, y M. SOTO: Independencia  del Reino de Guatemala, en Historia de América, dirigida  por RICARDO LEVENE, Ed. Jackson, T. VII, P. 133.

165 AUGUSTO MIJARES: “La evolución política”, en  Venezuela Independiente,  Caracas, 1961, p. 27.
166 M. L. AMUNATEGUI: “Encíclica  de los Papas Pío VII y León XII contra la Independencia de la  América Española”, en  La Iglesia  Frente a la Emancipación Americana, Ed. Austral, Santiago, 1960, P. 19.

167 D. BARROS ARANA:  La Acción en la Revolución de la Independencia  Americana,  en Ibid, p. 108.

168 JUAN FERNANDEZ De SOTOMAYOR: “Catesismo e Instrucción Popular”, Cartagena, 1814, citado por FERNAN GONZALEZ: Partidos Polítícos y Poder Eclesiástico, CONEP, Bogotá, 1977, P. 42.

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