Luis Vitale. Historia Social comparada de los pueblos de América Latina. Independencia y formación social republicana. Siglo XIX. Tomo II. I Parte.

Capítulo VI

Bolívar de Saul Garcia. Museos Nacionales Caracas. Venezuela

LA GESTA DE BOLIVAR (191 )

Para destacar el papel relevante cumplido por Bolívar, no es necesario convertirlo en héroe más allá del bien y del mal ni endiosarlo o petrificarlo en estatua, colocándolo por encima de su tiempo y de su clase, como ha hecho la mayoría de los escritores.

Nacido el 24 de julio de 1783 en el seno de una familia esclavócrataterrateniente, cuya cabeza era Juan Vicente Bolívar y Ponte, casado con la mantuana(192). María Palacios y Blanco, las haciendas de los Bolívar fueron uno de los soportes de la cacaocracia caraqueña.

El mérito de Bolívar fue haberse elevado por encima del estrecho círculo clasista provinciano hasta convertirse en el demócrata liberal más progresista de la fase independentista, en el más lúcido representante de los intereses históricos de la burguesía criolla, adoptando medidas que se adelantaron a su época, como la abolición de la esclavitud negra y la supresión de la servidumbre indígena.

Bolívar pudo ir más allá -hacia la revolución democrático-burguesa-, porque la clase que representaba no fue capaz de plantearse cambios profundos de estructura. No obstante, dentro de los estrechos límites configurados por su clase, Bolívar sin romper con su medio pudo desbordarlos al combatir de manera consecuente por la unidad latinoamericana, que constituye sin duda el proyecto más audaz del pensamiento político del siglo pasado.


LA LUCHA POR LA UNIDAD DE AMÉRICA LATINA

La genialidad de Bolívar fue haber llevado a la práctica con tenacidad y consecuencia la idea de la unidad latinoamericana. Otros, como Miranda y Picornell, habían originalmente planteado el proyecto continental, pero no pudieron articular los primeros pasos. Bolívar, en la misma senda precursora, logró realizarlo en parte, a través de la Gran Colombia, que alcanzó a abrazar cinco países liberados. Llegó a proponer una fórmula concreta para lograr la factibilidad del proyecto unitario: una Confederación de Estados del continente, proposición sin precedentes en la historia universal, ya que los anteriores intentos de unificar naciones fueron sobre la base de la conquista y el sometimiento, como los imperios egipcio, asirio, persa, griego, romano, carolingio, musulmán, otomano, español, inglés, francés, holandés u otras variantes de imperios en Africa y Asia. Tampoco en Europa hubo un intento de unidad; el de Napoleón estuvo basado, como los anteriores, en la expansión, conquista y dominación de pueblos.
En contraste con esas experiencias, Bolívar proyectó confederar naciones de pueblos del mismo origen, lengua, costumbre y tradición histórica comunes, sobre la base de acuerdos voluntarios y autónomos y sin que desaparecieran los Estados Nacionales. Mistifican aquellos, como Jorge Abelardo Ramos,(193) que presentan un Simón Bolívar partidario de la eliminación de los Estados existentes en el momento de la independencia y su reemplazo por un solo Estado-Nación latinoamericano. Eso, además de ser un mito fabricado para reforzar una ideología’, significa un menosprecio al realismo político de Bolívar, respetuoso de la especificidad de cada región del continente y del derecho de autodeterminación de las nacionalidades.

El proyecto de Bolívar.era construir una Confederación de Repúblicas, que respetara la igual y autonomía de los Estados y el “utis possidetis juris”, es decir, garantizar a las nuevas naciones los límites de los antiguos virreynatos, capitanías generales y gobernaciones.(194) Bolívar era tan cuidadoso y respetuoso de la autodeterminación de las naciones que cuando Sucre liberó al Ecuador aconsejaba insistir en “que no es una sujeción lo que se intenta, sino la formación de un gran todo, compuesto por partes completamente iguales”.(195)

Su plan de crear una Confederación de Repúblicas está diáfanamente expresado en sus proclamas y cartas preparatorias del Congreso de Panamá, de 1822 a 1826. Si en algún momento habló de una sola nación fue en un párrafo de la Carta de Jamaica, pero a renglón seguido planteó la imposibilidad práctica de configurar un solo Estado-Nación. La prueba es que en la misma carta piensa en una asociación de naciones para Centro América.
Otros autores, como Torcuato Di Tella,(196) sólo han visto en Bolívar el político pragmático que buscaba pactos y alianzas para la defensa territorial. En su afán de minimizar el papel de Bolívar, para realzar el de San Martín, Halperín Dongui (197) y otros historiadores argentinos no destacan como corresponde la trascendencia del proyecto bolivariano. Pareciera que todavía perdurara en la historiografía argentina la influencia de Bartolomé Mitre, quien al referirse al Congreso de Panamá escribió en 1864: “Bolívar lo inventó para dominar a la América”.

No se trata de una disputa pueril entre quien fue más héroe que otro, sino de comprender que en este combate continental muchos patriotas y, sobre todo, el pueblo anónimo indígena, negro y mestizo contribuyeron a la expulsión de los colonialistas e hicieron posible el proyecto formulado por Bolívar. Por eso, la gesta de Bolívar no fue la gesta de un solo hombre, sino de todo un pueblo.

Los primeros pensamientos de Bolívar acerca de la necesidad de luchar por la unidad de América Latina tuvieron como fuente de inspiración a Miranda y a Picornell, Gual y España. Los expresó por primera vez por escrito en el “Moming Chronicle”, el 15 de septiembre de 1810: Los venezolanos no “descuidarán de invitar
a todos los pueblos de América a que se unan en Confederación”. De regreso a su tierra, en momentos en que la cacaocracia criolla vacilaba, Bolívar, junto a Miranda, Ribas y otros, lograron radicalizar el proceso a través de la Sociedad Patriótica:
‘Unirnos -dijo Bolívar el 3 de julio de 1811- para reposar, para dormir en los brazos de la apatía, ayer fue una mengua, hoy es una traición (…) Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana. ¡Vacilar es perdernos!”
El infatigable luchador venezolano volvió a replantear la unidad en el manifiesto de Cartagena de 1812: “soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas”.(198) En noviembre de 1814, arengaba a los soldados de Urdaneta: “para nosotros la patria es América”.
Obligado a salir al exilio, luego del triunfo de Boves y la contrarrevolución en Venezuela, Bolívar pudo reflexionar con un poco más de tiempo en su Carta de Jamaica (1815): “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y – su gloria”.(199) Sin embargo, percibía inconvenientes para lograrlo: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo (…) mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América”.(200)

El planteamiento bolivariano de unidad no era una mera aspiración de deseos o una fantasía genial, sino que tenía sólidas y consistentes razones. Se fundamentaba en la tradición, lengua, origen y costumbres comunes. La unidad de América Latina para Bolívar no era una unidad artificial ni impuesta, sino basada en la historia común de sus pueblos, unidos por un “pacto implícito” -como solía decir- de todos los pueblos que habían luchado y estaban contra el colonialismo español. Era una unidad, un “pacto americano”, por encima de los gobernantes de turno y de las coyunturas políticas. Era un proyecto histórico estratégico.

Este proyecto comenzó a revestir un carácter social, luego de su visita a la primera república de esclavos del mundo, que de hecho se había convertido en la primera república de esclavos independiente de América Latina. Bolívar platicó en Haití, observó y se decidió. No podría conquistarse la independencia y la unidad del continente si no se luchaba por la libertad de los esclavos negros. Sus primeras derrotas y las de otros líderes fueron el resultado de la ausencia de participación popular y, en numerosos casos, del apoyo de esclavos e indígenas a los españoles que aparecían como contrarios a sus patrones. Petion, el presidente haitiano, no sólo le sugirió la idea de liberar a los esclavos, sino que le brindó, sin condiciones, ayuda militar, armas, buques y también hombres para reiniciar la campaña que terminó con la dominación goda en Venezuela. En su momento, Bolívar dijo sin ambages: “Petion es el autor de nuestra independencia”, destacando que ninguna nación europea y menos Estados Unidos prestó ayuda efectiva a la independencia latinoamericana, y que el triunfo fue logrado en gran medida por la ayuda de Haití, “la República más democrática del mundo”.(201)

En suelo patrio, Bolívar no olvidó sus promesas a Petion, declarando en 1816 y 1817 la liberación de los esclavos, en un país abrumadoramente dominado por los esclavócratas “gran cacao”.(202) De este modo, comenzó a ensamblarse el combate por la liberación nacional con la lucha por la igualdad social. La guerra de la independencia empezó a adquirir un carácter popular y la estructura clasista del ejército entró en crisis con el ascenso de los pardos. Uno de los más destacados fue Manuel Piar, hijo natural de una mulata, María Isabel Gómez. Nacido en Curazao en 1774, Piar emigró pronto a Haití, convirtiéndose en uno de los latinoamericanos en vivir de cerca la experiencia revolucionaria más importante de ese momento. Retornó a Venezuela para incorporarse al proceso independentista. Derrotado transitoriamente, regresó a Haití en 1816, donde se integró a la expedición de Bolívar, financiada por Petion. Invadió Venezuela por el este, avanzando sobre Maturín y triunfando en El Juncal. Piar, junto a Mariño, liberó la zona oriental y posteriormente la Guayana con una división de 800 negros, en su mayoría haitianos.(203)

Con estas medidas igualitarias, Piar logró incorporar al ejército patriota a vastos sectores de indígenas y negros, hecho reconocido por el general español Morillo.(204) Pero Piar cometió el error de provocar una crisis de mando en plena guerra contra el enemigo español, al iniciar una campaña de desprestigio contra Mariño y Bolívar.

Bolívar vio un peligro en Piar y lo acusó de desobediencia. Es cierto que Piar había cometido algunos actos de indisciplina, especialmente en Margarita, pero no era motivo para su encarcelamiento y posterior fusilamiento.
En los últimos años de su vida, Bolívar se dio cuenta que había cometido un grave error al ordenar el fusilamiento de Piar. En cartas a Páez y Pedro Briceño Méndez, el Libertador decía: “Estoy arrepentido de la muerte de Piar, de Padilla y de los demás que han perecido por la misma causa (…) lo que más me atormenta es el justo clamor con que se quejarán los de la clase de Piar”.(205) Esta reivindicación tardía, aunque no recrea la realidad anterior, hace honor a la recta conciencia de Bolívar.

Bolívar esbozó en 1817 los primeros diseños de su campaña continental, libertadora de los Andes. En carta a Pedro Briceño y, por su intermedio a sus soldados, manifestaba: una vez lograda la independencia de Venezuela “¿no volarán ustedes a romper los grillos de los otros hermanos que sufren la tiranía enemiga?. Sí, sí, ustedes volarán conmigo hasta el río Perú. Nuestros destinos nos llaman a las extremidades del mundo americano”.(206)
Desde Angostura, dirigió en 1818 una proclama a los habitantes de las Provincias Unidas del Plata, en la que manifestaba que Venezuela “os convidará a una sola sociedad para que nuestra divisa sea Unidad de América Meridional”.(207)

Y comenzó su larga marcha hacia los Andes, derrotando a los realistas en Boyacá (7-8-1819). Allí, se aprobó una República federativa entre Venezuela y Colombia, como el primer paso trascendental hacia la unidad de América Latina.

Sin dar tregua a su caballo blanco, volvió a repasar los Andes, y una vez más venció al poderoso ejército de Morillo en Carabobo (24-6-1821). Rumbo a Quito, se detuvo ante el majestuoso Chimborazo, inspirador de su famoso “Delirio”: “Yo venía envuelto con el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco, el Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo (…) Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes (…) Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por el fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía. De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo (…) Observa -me dijo-aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres. El fantasma desapareció. Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio”.(208)

Sus referencias a Colombia no están relacionadas con el actual país que lleva ese nombre, sino con la vieja “Colombeia”, que fue la palabra usada por Miranda para referirse al continente conquistado por Colón. “Colombeia” se transformó así en el símbolo de la unidad del continente. Por eso, cuando Bolívar en su “delirio” habla del “Dios de Colombia que me poseía”, quería decir que la causa de la unidad latinoamericana lo había poseído íntegramente.
Y siguió su marcha triunfal hasta derrotar a los españoles en Pichincha (24-5-1822), liberando a Quito y Guayaquil e incorporando un nuevo país a la Gran Colombia. En esa región de la América india -que recién conocía- se dio rápidamente cuenta de la necesidad histórica de terminar con las relaciones serviles de producción e implantar el régimen del salario. El 5 de julio de 1820, dispuso que se abolieran todas las formas de servidumbre, y que se pagara íntegramente en dinero el salario de los obreros. Asimismo, procuraba aplicar su concepción de justicia social disponiendo que se devolvieran “a los naturales, como propietarios legítimos, todas las tierras que formaban los resguardos, según sus títulos, cualesquiera que sea el que aleguen para poseerla los actuales tenedores”.(209)

Entonces, se produjo la histórica entrevista de Guayaquil entre Bolívar y San Martín, los dos grandes libertadores. Uno, de la zona norte, presidente de la Gran Colombia, integrada por Venezuela, Colombia (incluida Panamá) y Ecuador. El otro venía liberando pueblos desde el sur, sin cuya eficiencia hubiera sido muy difícil para Bolívar el planteo concreto de una Confederación de Repúblicas latinoamericanas. La convocatoria al Congreso de Panamá y la posibilidad de lograr de manera factible la unidad de América Latina fue facilitada en gran medida por la campaña libertadora llevada a cabo por San Martín desde el Cono Sur.

LA CONTRIBUCIÓN DE SAN MARTÍN

José de San Martín (1778-1850), nacido en Yapeyú (Corrientes), hijo de español y de criolla, había regresado en 1812 de España, donde cursó la carrera de las armas. Adscrito a la Logia Lautaro, creada por Miranda, organizó un cuerpo de Granaderos a Caballo, con el cual triunfó en el combate de San Lorenzo (1813). No quiso aceptar ningún cargo político en Argentina para no verse envuelto en rencillas que pudieran obstaculizar su proyecto central: la expulsión de los españoles.

Su designación como Intendente de Cuyo, le sirvió para estructurar pacientemente el Ejército de los Andes, demostrando sus extraordinarias condiciones de organizador y su sensibilidad social al incorporar a los negros, indígenas y mestizos al Ejército Libertador.

Contó, asimismo, con la inestimable colaboración de Bernardo O’Higgins, quien había dejado de lado las posturas ambivalentes de los primeros años de la revolución chilena, convirtiéndose en el abanderado de la independencia política.
San Martín tuvo asimismo la colaboración estrecha de Manuel Rodríguez en la llamada “Guerra de Zapa”, tendiente a minar la moral del ejército español en Chile. Disconforme con el curso moderado de la burguesía criolla, Manuel Rodríguez se había enrolado en el ala izquierdista del movimiento carrerino, llegando a formar parte de la Junta de Gobierno de 1814. Al igual que José Miguel Carrera, se mofaba de la pacatería burguesa y de los títulos nobiliarios, como lo demuestra una de sus cartas a San Martín: “Es muy despreciable el primer rango (la aristocracia). Mas la plebe es de obra y está por la libertad (…) la nobleza en Chile no es necesaria por el gran Crédito que arrastran en este reino infeliz las cartas y las barrigas (…) los artesanos son la gente de mejor razón y de más esperanzas”.(210)
La relación con el movimiento popular le permitió a Manuel Rodríguez llevar adelante una lucha coordinada con los objetivos que perseguía San Martín. La zona central fue el principal campo de operaciones de las guerrillas, desde Melipilla hasta Talca. La táctica era ocupar ciudades medianas y pueblos, requisar armas y dinero de los españoles y criollos colaboracionistas y luego retirarse. El objetivo de la guerra de guerrillas -distraer las fuerzas españolas para facilitar el ataque del Ejército Libertador de los Andes- fue cumplido con creces: marcó del Pont tuvo que descentralizar su ejército y enviar cerca de 1.500 hombres a la zona central para hacer frente a las guerrillas. Así surgieron numerosos jefes montoneros, como Neira, Salas, Ramírez y Pedro Regalado Hernández. Arrieros y huasos baqueanos, entre los cuales se destacó el campesino Justo Estay, contribuyeron a la guerra de zapa, orientada por San Martín, desinformando a los enemigos y recogiendo datos sobre las fuerzas realistas.

El respaldo de los campesinos fue la clave del éxito del legendario guerrillero Manuel Rodríguez. Sus disfraces, su ocultamiento en los ranchos, sus increíbles fugas y su movilidad permanente eran, en cierta medida, fruto de su genio guerrillero, pero su labor fue indiscutiblemente facilitada por el decidido apoyo del movimiento campesino. Las capas populares y el artesanado santiaguino contribuyeron también al éxito del guerrillero, suministrándole casas para ocultarse y ayuda material para su lucha clandestina. De este modo, Manuel Rodríguez pasó a convertirse en un de los personajes más queridos de la tradición popular por su lucha junto a los pobres del campo y la ciudad. Su burlona astucia y desafiante ingenio que desconcertaba y ridiculizaba a las autoridades españolas, así como su intrepidez y coraje, lo convirtieron en personaje de leyenda, creador de los “Húsares de la Muerte” al servicio de la causa de la independencia.

Una vez que el terreno de la resistencia chilena estuvo abonado, San Martín dio orden de marchar a sus huestes. En 1817, realizó una de las proezas más grandes de la historia militar al cruzar con 3.000 hombres la cordillera de los Andes en las proximidades de uno de los picos más altos del mundo: el Aconcagua. El 12 de febrero vencía en Chacabuco y entraba a Santiago. Fue luego sorprendido en Cancha Rayada, pero volvió a triunfar en Maipú, acelerando la declaración formal de la independencia de Chile, el 18 de septiembre de 1818.

Para financiar el Ejército Libertador de San Martín, que se preparaba para continuar su campaña al Perú, el Director Supremo de Chile, Bernardo O’Higgins, impuso contribuciones forzosas a los españoles y a los terratenientes criollos que habían traicionado la causa libertaria.

En 1820, San Martín pudo zarpar en las naves comandadas por Lord Cochrane, quien hizo una eficaz labor de destrucción de la flota española, de despeje del litoral y bloqueo de los puertos del sur y del Callao. San Martín partió con sólo 4.000 hombres dispuesto a enfrentarse con un enemigo cinco veces más fuerte. Su táctica de atacar por mar y desembarcar en puntos claves fue decisiva para el éxito. Sus acciones provocaron el levantamiento criollo de Guayaquil y del norte peruano en Trujillo. El frente español se hizo trizas al ser derrotado el virrey Pezuela por el general español La Serna, quien solicitó conversaciones a San Martín, basado en el cambio ocurrido en España a raíz del levantamiento de Riego (1820). En esas conversaciones, San Martín fue afinando su proyecto de una monarquía constitucional para América latina. En julio de 1821, entraba triunfante en Lima. En calidad de Protector del Perú decreté la abolición de los tributos indígenas, el trabajo forzoso y la liberación de los esclavos, con una clara visión democrático-burguesa para liberar mano de obra en favor del desarrollo capitalista. Obviamente, estas medidas le ganaron el odio de la oligarquía peruana, una de las más conservadoras y reaccionarias del continente.
Meses después, se celebraba la entrevista de Guayaquil. Mucho se ha elucubrado en torno a esta célebre reunión a puertas cerradas de los forjadores de la libertad de un continente. Quizá tengan razón los que opinan que allí triunfó la idea republicana de Bolívar sobre la variante de monarquía constitucional propuesta por San Martín. Lo objetivo fue que este último decidió retirarse de la acción militar y política. autoexiliándose en Inglaterra. Sin embargo, no se olvidó de su tierra; cuando fue necesario ofreció su espada para enfrentar el bloqueo extranjero anglo-francés del Río de la Plata.

En marzo de 1831 escribía a O’Higgins desde Bruselas: “Si lo que no es probable, vence el absolutismo, no dude usted que la vieja España será ayudada por la Santa Alianza a reconquistar sus antiguas colonias; yo nada temo del poder de este continente siempre que estemos unidos; de lo contrario, nuestra cara patria sufrirá males incalculables”.(211)

LA PRAXIS REPUBLICANA DE BOLIVAR

Bolívar prosiguió la campaña del Perú y Bolivia, derrotando a los españoles en Junín (6-8-1824), liquidando definitivamente el dominio colonial del continente, con excepción de Cuba y Puerto Rico.
Bolívar se encontraba en Bolivia cuando la noticia del arribo de una delegación argentina, aprestándose a recibirla cordialmente con el fin de desvirtuar los corrilos que lo hacían aparecer como anti-argentino, luego de la entrevista con San Martín en Guayaquil. La delegación de las Provincias Unidas del Río de la Plata, encabezada por Carlos María de Alvear, llegó a Potosí el 7 de octubre de 1825. Su misión central, además de agradecer al Libertador por los servicios de Colombia y Perú para luchar, junto a la Argentina, contra las pretensiones expansionistas del Emperador Pedro I de Brasil.

Bolívar los escuchó atentamente, porque ya había experimentado el expansionismo agresivo del Emperador cuando las tropas brasileras ocuparon la provincia altoperuana de Chiquitos. Mientras consultaba a Perú, Bolívar escribía al colombiano Santander: “Los señores Alvear y Díaz Vélez me han dicho terminantemente que yo debo ejercer el protectorado de la América (…) Les he dicho que haré por el Río de la Plata cuanto me es permitido y que tomaré el mayor empeño en recomendar con todo influjo y con toda mi alma los auxilios y aún sacrificios que ellos crean necesarios pedir a Colombia y al Perú para asegurar la libertad de su patria.

Las proposiciones de las Provincias Unidas llegaron más allá de una simple alianza, por lo que puede colegirse de otra carta de Bolívar a Santander, del 11 de noviembre de 1825: “El general Alvear desea ponerse de acuerdo conmigo en todo, y por todo: ha llegado a proponerme la reunión de la República Argentina y Bolivia’.

En definitiva, Bolívar no pudo realizar sus aspiraciones, porque ni Colombia ni Perú le dieron el visto bueno para marchar hacia el Cono Sur, pero lo fundamental para llegar hasta Argentina para colaborar en una lucha contra el Emperador Pedro I, hecho que pudo haber permitido incorporar a Brasil al proyecto de unidad latinoamericana.
En el momento cumbre de su vida, en medio de la guerra, Bolívar seguía reflexionando sobre la mejor forma de concretar la unidad latinoamericana. En 1822 invitaba, en nombre de la Gran Colombia, a los gobiernos de México. Perú, Chile y Buenos Aires a formar junto con Ecuador, Bolivia, Colombia y Venezuela, una Confederación y a congregarse en una gran asamblea a realizarse en Panamá, propuesta que reitera en 1824, incluyendo además a Guatemala. En 1825, insistía en que para asegurar la independencia efectiva de América Latina era fundamental reunirse en un Congreso de todos los Estados, formar un ejército continental y tener una política exterior firme y unívoca respecto de Estados Unidos e Inglaterra. En 1822, Perú había firmado una alianza con Colombia y en 1823 siguieron el ejemplo México y Colombia.

Sin embargo, “el alfarero de repúblicas” -como Bolívar gustaba decir de sí mismo- no estaba tranquilo, porque consideraba que su obra no estaría terminado si no contribuía también a liberar a Cuba y Puerto Rico.
Algunos autores dominicanos opinan que Bolívar no acudió en 1821 al pedido de ayuda de Núñez de Cáceres para acelerar la independencia de Santo Domingo, porque tenía compromisos con el líder haitiano Petion, que aspiraba a ocupar la zona oriental de la isla. Otros sostienen que Bolívar no quiso tomar posición, basándose en una carta que dirigiera a Santander, en la que manifestaba que el problema haitiano es complejo en relación al proyecto de unidad con Santo Domingo.

Cualquiera que fuese la posición de Bolívar, el hecho objetivo es que Núñez de Cáceres solicitó la incorporación de Santo Domingo a la Gran Colombia y que, posteriormente, cuando Boyer ocupó esa zona, se planteé en 1824 una aproximación de toda la isla a la Gran Colombia.

En relación a Cuba y Puerto Rico, Bolívar tuvo contactos con los líderes del movimiento clandestino libertario. En 1826 recordaba a sus agentes diplomáticos en Panamá, Pedro Gual y Briceño Méndez, que era necesario actuar junto a México y Guatemala para “expedicionar contra La Habana y Puerto Rico”.(212)

El 14 de noviembre de 1823 había llegado a la Guaira una delegación “cubana integrada por José Aniceto Iznaga, Gaspar Betancourt Cisneros, Fructuoso del Castillo, el licenciado José Agustín Arango y el refugiado argentino José Antonio Miralla. Todos se hospedaron en el mismo sitio donde estaba alojado el general Antonio Valero, natural de Puerto Rico. Valero se había dirigido por escrito al gobierno de Colombia para ofrecer el concurso de su brazo armado y, además, para solicitar de dicho gobierno la ayuda material necesaria para la liberación de Cuba y Puerto Rico”.(213) Luego, se presentaron en Bogotá ante el general Santander, en momentos en que Páez había ofrecido sus servicios para luchar por la independencia de Cuba y Puerto Rico. Santander contestó en carta del 22 de febrero de 1824: “Sobre expedición a Cuba y Puerto Rico no hay que hablar ahora”.(214)

Detrás de estas indecisiones estaba la presión de Estados Unidos, que había hecho manifestaciones ostensibles de oposición a la independencia de Cuba y Puerto Rico, como rezaban las instrucciones a los delegados norteamericanos al Congreso de Panamá: “Y si las nuevas repúblicas o algunas de ellas intentasen conquistarlas (Cuba y Puerto Rico), Estados Unidos consideraría tal empresa opuesta a su política de intereses (…) la fuerza marítima de los Estados Unidos, tal cual se halla o pueda hallarse en adelante, estaría constantemente a la mira para salvarlas”.(215)
Bolívar insistió en sus instrucciones secretas del 15 de mayo de 1825 a los plenipotenciarios del Perú para ayudar a liberar a Cuba y Puerto Rico: “adoptar medidas respecto a las islas de Cuba y  Puerto Rico, y en caso de que se resolviese emanciparías, atender a su destino futuro: si deberían agregarse a algunas de las nuevas repúblicas o dejar que se constituyan independientes”.(216)

Estos documentos prueban que Bolívar tuvo una política definida en torno a la liberación de las islas caribeñas, que eran las únicas colonias que restaban en manos del otrora imperio donde un día no se puso el sol.

LA ECONOMÍA POLÍTICA EN LA ÉPOCA DE BOLÍVAR

Simón Bolívar nació con la Revolución Industrial, en la fase de desarrollo de la manufactura y la máquina a vapor. En su viaje de estudios por Europa, Bolívar fue testigo del proceso ascendente del capitalismo; junto a su maestro Simón Rodríguez presencié la agonía de las relaciones de servidumbre, que se resistían a desaparecer en el país donde hizo el juramento al pie del Monte Sacro.

Bolívar conoció el difundido “cuadro económico” de Quesnay, que pone de relieve la renta territorial, como también el pensamiento de Turgot, que abogaba por la supresión de todas las relaciones serviles de producción y la implantación de la libre competencia. Para Turgot, la propiedad no era de orden natural, sino el resultado de un proceso histórico-social, concepción que Bolívar trató de aplicar en nuestra América, como base teórica para su planteamiento sobre el carácter social de la propiedad. Del mismo modo, Bolívar tomó de los fisiócratas la idea del impuesto sobre la propiedad territorial, imponiéndosela a los latifundistas de la Gran Colombia.

Similar influencia recibió de Adam Smith, en especial su concepción del trabajo como generador de riqueza y de la división del trabajo como base de la productividad, aunque no comprendiera a cabalidad la relación entre salario y fuerza de trabajo, identificando al salario con el producto del trabajo y al beneficio y la renta como parte del precio de la mercancía. No obstante ser fervoroso partidario del “laissez faire, laissez passer”, Smith reconocía que el estado debía intervenir para garantizar la propiedad, la defensa exterior, la justicia, la educación, las obras públicas y el régimen impositivo. Bolívar tomó de Smith los criterios para fijar impuestos: pago proporcional a los ingresos, puntualidad y tributación sobre la tierra.

Estas eran las ideas fundamentales de Economía Política que se difundían en los círculos políticos frecuentados pór Bolívar. No es posible decir cuáles de ellas fueron más estudiadas por él o más discutidas entre los latinoamericanos en Europa, especialmente en la logia masónica de Miranda, que era el más entendido en la materia. En todo caso, a través de los escritos y decretos del Libertador se puede comprobar su conocimiento de los clásicos de la Economía Política.
A nuestro modo de entender, la Carta de Jamaica constituye uno de los primeros análisis económico-sociales relevantes de Bolívar.

Allí expresaba con fluidez los conocimientos que había adquirido en el área de la economía, de la historia y de la sociedad.
Comenzaba su carta de Jamaica reconociendo la denuncia hecha por el padre Bartolomé de Las Casas en relación a los abusos y arbitrariedades cometidas por los conquistadores. Luego, analizaba las principales causas de la independencia: “Se nos vejaba con una conducta que, además de privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especie de infancia permanente con respecto a las transacciones públicas. Si hubiésemos siquiera manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración anterior, conoceríamos el curso de los negocios públicos y su mecanismo”.(217)

Bolívar aplicó sus lecturas de los clásicos europeos al señalar que el trabajo de los esclavos e indígenas constituía la base de la riqueza del imperio español: “los tributos que pagan los indígenas; las penalidades de los esclavos; las primacías, diezmos y derechos que pesan sobre los labradores”. No sólo esbozó un análisis de clase, sino también de etnia al sostener que “no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles”.(218)

A diferencia del criterio parroquial de muchos de sus compatriotas. Bolívar tuvo una visión mundial de la política. Sus primeras aprehensiones respecto de los Estados Unidos y las metrópolis europeas se asomaron ya en la Carta de Jamaica: “y la Europa civilizada, consciente y amante de la libertad, permite que una vieja serpiente, por sólo satisfacer su saña envenenada, devora la más bella parte de nuestro globo (…) no sólo los europeos, sino hasta nuestros hermanos del norte se han mantenido inmóviles espectadores de esta contienda”.(219)

A Bolívar no se le escapaba que esta falta de preparación en los asuntos económicos estaba relacionada con el problema del poder: estábamos “ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores, sino por causas muy extraordinarias; obispos, pocas veces; diplomáticos nunca; militares, sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aún comerciantes.”(220) Era casi un programa de gobierno anticolonial, que demuestra que no bastaba analizar las causas económicas de la independencia, sino que era necesario tener una estrategia de poder, porque la burguesía criolla estaba consciente de que si no tomaba el aparato del Estado sus peticiones iban a ser nuevamente postergadas.

Los españoles se habían llevado nuestros metales preciosos y materias primas sin dejar siquiera un embrión industrial. “Todo es extranjero en este suelo, decía Bolívar en 1815, religión, leyes, costumbres, alimentos, vestidos, eran Europa, y nada debíamos ni aún imitar Bolívar también se basé en otro aspecto de esta realidad: las relaciones de producción serviles y esclavistas, especialmente en el área del Caribe. Varios de sus escritos, proclamas y cartas estuvieron dirigidos precisamente contra el esclavismo y el servilismo, porque, como burgués-liberal, avanzado de su tiempo, comprendió que estas relaciones de producción constituían una traba para el desarrollo capitalista de nuestra América. Por eso, una de sus primeras medidas de carácter social fue la abolición de la esclavitud (1816), la supresión de las relaciones serviles indígenas (1821) y la implantación del salario.

En la Carta de Jamaica (1815), Bolívar definió las características esenciales de nuestra condición colonial: relaciones serviles de producción, monopolio comercial, estanco del tabaco, trabas e impedimentos para desarrollar la industria y obstáculos para el comercio regional entre colonias. Conclusión, decía Bolívar, nos obligaron a dedicarnos a la crianza de ganado, a la extracción de oro y a la agricultura y plantaciones, es decir, nos impusieron una economía primaria de exportación. Se aferré a la especificidad de América Latina, expresada en la siguiente frase: “¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de Washington!”.(221)

Estaba convencido de que la única manera de contrarrestar la influencia de las potencias europeas y norteamericana y de no caer en una nueva dependencia era a través de una América Latina unida, unificada federativamente y capaz de industrializarse con su propio esfuerzo. Por eso, fue uno de los primeros políticos latinoamericanos en promover el desarrollo de una industria nacional. El 21 de mayo de 1820, desde la villa del Rosario, expedía el siguiente decreto: “Y no habiendo corporaciones que promuevan, animen y fomenten” la actividad productiva, se ordena crear una Junta en cada provincia para “fomentar la industria proponiendo y concediendo premios a los que inventen, perfeccionen e introduzcan cualquier arte o género de industria útil, y muy especialmente a los que establezcan las fábricas de papel, paño u otras, a los que mejoren y faciliten la navegación de los dos”.(222)

En decreto de 1820 planteaba “promover la agricultura en todos sus ramos y procurar el aumento y mejoras de las crías de ganado caballar, vacuno y lanar”. Para Bolívar era fundamental que esta agricultura y ganadería se modernizase, rompiendo con los moldes tradicionales y anticuados, pera lo cual proponía la intensificación de los conocimientos “de los principios científicos de estas artes y facilitando la adquisición de libros y manuscritos que ilustren al pueblo en esta parte”.(223)

Con un visionario criterio ecologístico acerca de la importancia de los recursos naturales, reglamentaba la explotación de los bosques en 1829: Los prefectos de los departamentos marítimos cuidarán muy particularmente de que se conserven las maderas, principalmente todas aquellas que puedan servir para la marina nacional, quinas, palos de tintas”.(224)

Este decreto, expedido en Guayaquil, muestra que Bolívar estaba en conocimiento de la importancia que había tenido Guayaquil, uno de los principales astilleros de la colonia. Postergado por las autoridades españolas, Bolívar queda transformarlo de nuevo en el gran astillero del Pacífico, para lo cual era necesario conservar las maderas de los bosques ecuatorianos. Este proyecto estaba íntimamente ligado al plan de Bolívar de crear una poderosa marina mercante nacional en las repúblicas federadas de América Latina, única manera de terminar con la dependencia respecto de los buques extranjeros que transportaban nuestra materia prima.

Tanta importancia daba Bolívar al desarrollo de la industria forestal, que en 1825 había propuesto que el Estado corriera con los gastos de las plantaciones: “que se emprenda una plantación reglada a costa del Estado, hasta el número de un millón de árboles, prefiriendo los lugares donde haya más necesidad de ellos”.(225)

El ideario nacionalista de Bolívar también se expresó en la necesidad de resguardar para nuestros países las riquezas minerales. En el decreto del 24 de octubre de 1829, suscrito en Quito, estableció taxativamente que “las minas de cualquier clase pertenecen a la nación”.(226)De este modo, Bolívar intentó que nuestras riquezas nacionales no fueran enajenadas por cualquier gobierno de turno, medida que fue violada por quienes entregaron las minas al capital extranjero. Entendía que la propiedad minera de la que anteriormente se había adueñado España, pasaba incólume a las nuevas naciones.

Advirtió que para lograr un desarrollo agrícola no sólo bastaba conceder créditos a través de un Banco especialmente destinado para tal efecto, sino que era fundamental la redistribución de la tierra. En el decreto de 1825, emitido en el Cuzco, estableció: “Cada individuo, de cualquier sexo o edad que sea, recibirá una fanegada de tierra en los lugares pingues y regados; y en los lugares privados de riego y estériles recibirá dos (…) los terrenos destinados a pacer los ganados serán comunes a todos los individuos”.(227)

En este decreto se declaraba a los indios propietarios de los terrenos que trabajaban. A los que no tenían tierras se les prometían parcelas que se subdividirían de las tierras comunales. Lo novedoso es que a cada indígena, independientemente de su sexo, se le entregaba una parcela, con lo cual se ponía de relieve y se reconocía el papel de la mujer en la producción.

Este embrión de reforma agraria, planteado por Bolívar, derivaba de su pionera concepción sobre la propiedad. Anticipándose a los tiempos, llegó a la conclusión de que la propiedad era “social” y de que la confiscación de bienes era procedente por “necesidad pública” o “utilidad general”. En tal caso, el Estado no estaba obligado a pagar de inmediato la indemnización, fijándola para “cuando las circunstancias lo permitan”.

Bolívar sabía que América Latina necesitaba cambios profundos de estructura:
“no es sólo Colombia la que desea reformas, son todas las repúblicas de América del Sur que cada día sienten más debilidad de su estructura”.(228) Por eso proponía la reforma agraria, la industrialización y la unidad del continente.
Como parte de su plan de saneamiento de la Hacienda, Bolívar se resistió a contraer empréstitos extranjeros, que era la forma de penetración del capitalismo europeo en el siglo pasado, advirtiendo los peligros de la deuda externa, como enajenante de la soberanía nacional.

La única manera de enfrentar a potencias para no caer en nuevas formas de dependencia era conquistando la unidad de América Latina. Bolívar concedía este gran proyecto no sólo como una unificación política, sino también como una integración étnica, cultural y económica.

La integración económica de los países latinoamericanos, a través de la Confederación, iba a permitir, según el Libertador, “la mutua cooperación de todos ellos, y nos elevarán a la cumbre del Poder y la prosperidad”.(229) Esta idea de la unidad política, estrechamente vinculada con la integración económica, sería la clave para presentar la América al mundo con su aspecto de majestad y grandeza sin ejemplo en las naciones antiguas”.(230)
Bolívar se anticipó en un siglo y medio al proyecto de integración económica de Centroamérica, con la ventaja de que su plan era nacionalista y autónomo. En su célebre Carta de Jamaica planteaba ya en 1815 un esbozo de integración centroamericana: ‘Los Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizá una asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes mares podrá ser con el tiempo el emporio del universo, sus canales acortarán las distancias del mundo, estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia”.(231)

Bolívar daba un papel relevante a la Educación en el proceso del desarrollo industrial y agrícola, como asimismo para generar personeros eficientes del Estado. Sus ideas acerca de la educación eran revolucionarias para su tiempo, en que se daba prioridad a la teología y la abogacía. Para Bolívar, la educación debía ser funcional y capaz de dar respuesta a las necesidades concretas del país. Por ello, insistía en una enseñanza acorde con la época, formadora de hombres capacitados para la industria y la agricultura moderna.

Esta educación estaba también destinada a forjar ciudadanos capaces de administrar el Estado y, al mismo tiempo, de controlar el desempeño de sus funcionarios. El Poder Electoral que propuso para la Constitución boliviana de 1825 -considerado utópico por algunos- tenía un profundo sentido popular, de ancha democratización, ya que de cada diez ciudadanos existiría un Elector, para lo cual “no se exigen sino capacidades, ni se necesita poseer bienes (…) mas debe saber escribir sus votaciones, firmar su nombre y leer las leyes. Ha de profesar una ciencia o un arte que le asegure un alimento honesto. No se le ponen otras exclusiones que las del crimen, de la ociosidad y de la ignorancia absoluta. Saber y honradez, no dinero, es lo que requiere el ejército del Poder Público”.(232)

Este precursor de la enseñanza laica en América Latina señalaba claramente que el nombramiento de los maestros debía estar a cargo del Estado, como acotaba en su escrito de 1825 sobre la Instrucción Pública: “El Gobierno debe proceder como hasta aquí: elegir entre la multitud, no un sabio, pero sí un hombre distinguido por su educación, por la pureza de sus costumbres, por la naturalidad de sus modales, jovial, accesible, dócil. franco, en fin en quien se encuentre mucho que imitar y poco que corregir”.(233)

El Libertador opinaba que en América Latina había que implementar gobiernos liberales y democráticos, pero no federalistas. Era un liberal centralista, pero opuesto a la dictadura. Su ideal era un régimen centralista, civil y democrático, fundamentado en un Estado fuerte. “El drama -decía Bolívar- es que siempre los tiranos se han ligado y los libres jamás”.(234) Como manifestación concreta de su rechazo a toda dictadura, escribía a Páez: “No soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco soy Iturbide”. Respetuoso del juego democrático-burgués, afirmaba rotundamente: “Sólo la democracia es susceptible de una absoluta libertad”.(235) “Nadie sino la mayoría es soberana”.(236) En el discurso de Angostura reafirmaba de manera taxativa su oposición a las tiranías: “el imperio de las Leyes es más poderoso que el de los tiranos”.(237) “Por lo mismo que ninguna forma de gobierno es tan débil como la democrática, su estructura debe ser de la mayor solidez; y sus instituciones consultarse para la estabilidad”.(238)

Partidario de un Estado democrático-burgués, dirigido por civiles, Bolívar tuvo una posición inequívoca respecto del papel de los militares: “Un militar -afirmaba- no tiene virtualmente que meterse sino en el ministerio de sus armas”(239),  ya que “el sistema militar es de la fuerza, y la fuerza no es gobernar”.(240) En carta de 1829 a O’Leary, fechada en Guayaquil, manifestaba: “No puedo dejar de convenir que es imposible el espíritu militar en el mando civil”.(241)
El Estado republicano debía, según Bolívar, garantizar la libertad de cultos y la enseñanza laica, además crear la infraestructura de caminos y puertos y promover la marina mercante nacional. El Estado burgués, concebido por Bolívar, no era de aquellos clásicos del “dejar hacer, dejar pasar”, sino un Estado Fomentista y con cierta intervención en la economía y en la reproducción de la fuerza de trabajo. “Moral y luces” fueron las premisas del Estado que postulaba Bolívar, capaz de estimular la producción agropecuaria y minera, de fomentar el desarrollo de la industria nacional y de preparar, a través del impulso a la educación, mano de obra calificada, libre del esclavismo y la servidumbre, para abrir paso a las relaciones de producción capitalistas.

En la búsqueda de una fórmula institucional que conservara la centralización, la estabilidad y la permanencia del Estado, al mismo tiempo que la democracia y la igualdad, Bolívar propuso soluciones discutibles en Bolivia (1825), como la Presidencia Vitalicia y el Senado hereditario, que en ningún caso significaban una monarquía disfrazada, como han sostenido con ligereza sus críticos.

En su afán de buscar un consenso, Bolívar trataba de conciliar lo inconciliable: un Ejecutivo fuerte con los poderes regionales de las provincias, contradicción puesta al rojo vivo por las guerras civiles que sacudían el continente. Bolívar llegó a proponer una medida altamente democrática para las provincias: uno de cada diez ciudadanos podía ser miembro del Poder Electoral: “Y así se encuentra la nación representada por el décimo de sus ciudadanos”.(242)Se atrevió a cuestionar también el tradicional sistema censitario, que ponía como condición para votar la posesión de bienes o rentas: “No se exigen sino capacidades -decía Bolívar- ni se necesita poseer bienes”.(243) De todos modos, establecía como condición el saber leer y escribir, además de una profesión, requisitos que en aquella época eran imposibles de cumplir por la mayoría de la población.


EL CONGRESO DE PANAMÁ

El proyecto latinoamericanista de Bolívar, impulsado desde 1822, se concretó a medias en el Congreso de Panamá (1826); ya que solamente alcanzó a congregar a los representantes de la Gran Colombia, México y Centroamérica. El delegado de Estados Unidos no alcanzó a llegar; había sido invitado por Santander, en contra de la opinión de Bolívar, quien manifestaba en carta del 27 de octubre de 1825, fechada en Potosí: “Me alegro también mucho de que los Estados Unidos no entren en la federación”.

El Libertador aspiraba a que el Congreso de Panamá diera nacimiento a una de las Ligas más importantes del mundo, estableciendo “la reforma social”, bajo los auspicios de la libertad, y terminando con la “diferencia de origen y de colores”. Bolívar quería también que el Congreso se pronunciase a favor del reconocimiento de Haití y Santo Domingo y que se tomaran medidas drásticas contra la corona española y contra toda intervención extranjera. Veía problemas para la incorporación de Haití y Buenos Aires por sus luchas intestinas, por lo que se pronunciaba a favor de una Federación integrada por la Gran Colombia, México, Guatemala, Perú, Chile y Bolivia.

Haití, la nación que tanto había ayudado a Bolívar, no fue aceptada por la Gran Colombia, que no quería enemistarse con Francia. El general Francisco de Paula Santander llegó a decir que “siendo una república de color, traería perjuicios a la causa americana ante opinión de las potencias europeas”. El ministro peruano, Hipólito Unanue, alegaba que la presencia de los delegados haitianos “daría margen a que por el contacto de ese pueblo, los esclavos del continente concibieran darse la independencia, lo cual provocaría una revolución de razas desastrosas”.

Brasil fue invitado y designó delegado al Vizconde Salvador do Campo, pero no alcanzó a llegar, lo mismo que el representante argentino, José M. Díaz Vélez. los bolivianos José María Mendizábal y Mariano Serrano y los chilenos Joaquín Campillo y José Miguel Infante, que de haber podido asistir al Congreso hubieran respaldado, sin duda, acuerdos de mayor trascendencia. Paraguay no fue invitado, aduciéndose que estaba dirigido por un gobierno dictatorial.

La posición norteamericana comenzó a insinuarse unos meses antes, por intermedio de H. Alíen, diplomático en Chile, quien en carta del 20 de marzo de I 826 a Washington, manifestaba: “Uniformemente he sostenido que semejante asamblea sería prematura y no produciría ningún bien”.(244) Los delegados norteamericanos no alcanzaron a llegar, pero como lo admite Lester Langley “se les había dado instrucciones a asistir a la conferencia no con el objeto de promover a algún tipo de federación panamericana, sino más bien de impedir un ataque contra Cuba y Puerto Rico”.(245)

El delegado observador de Inglaterra tenía instrucciones de Canning para recoger información y disuadir a los Estados latinoamericanos de la idea de liberar a Cuba y Puerto Rico, tratando al mismo tiempo de que los acuerdos que se lograran en Panamá fueran anodinos”.(246)

El Congreso se inauguró el 22 de junio en el Convento de San Francisco de la ciudad de Panamá con la asistencia de dos delegados de Perú, dos de la Gran Colombia, dos de Centroamérica, dos de México, un observador de Inglaterra y otro de Holanda. El cubano José Agustín Arango hizo de secretario.(247) Los dos puntos claves del temario habían sido adelantados por Bolívar: Reforma Social y Estatuto de Relaciones entre las Naciones mediante un Congreso Plenipotenciario general y permanente.

También fue discutida la proposición de Bolívar sobre la libertad de los esclavos negros y la necesidad de una expedición conjunta de Colombia y México para liberar a Cuba.(248) Pero no hubo un acuerdo concreto para implementar la idea, sobre todo por la presión de las potencias extranjeras.

La delegación de Bogotá llevaba instrucciones para concretar una Confederación, fijar las fuerzas terrestres y marítimas de esa futura confederación, acordar tratados de comercio y navegación entre los aliados y abolición del tráfico de esclavos, además de la determinación de límites territoriales de los nuevos Estados, según el “uti possidetis juris” de 1810. Bolívar propuso, además, un plan coordinado contra España: suspensión del comercio, confiscación de los productos de la tierra y la manufactura, secuestro de los bienes españoles en América Latina, reconocimiento de los gobiernos de Santo Domingo y Haití y, sobre todo, rechazo a cualquier intervención en los asuntos de América Latina.

El Congreso sesionó del 22 de junio al 15 de julio de 1826. La delegación peruana planteó la alianza defensiva y la negociación de sus limites por separado con Colombia. Los mexicanos objetaron la libertad de comercio entre los futuros miembros de la Confederación. De todos modos, se aprobó un Tratado de Unión, Liga y Confederación entre las repúblicas de Colombia, Centroamérica, México y Perú. En su preámbulo reforzaba la idea de unidad latinoamericana, “cual conviene a naciones de un origen común, que han combatido simultáneamente por asegurarse los bienes de libertad e Independencia”.(249)
El Congreso acordó continuar sus sesiones en Tacubaya (México) un año y medio después, reunión que fracasó por la escasa concurrencia de delegados. Por lo demás, ningún gobierno, excepto Colombia, había aprobado los acuerdos de Panamá.
Estados Unidos fue el primero en regocijarse por el fracaso del Congreso de Panamá. William Tudor, cónsul norteamericano en Lima, informaba al Departamento de Estado el 3 de febrero de 1827: “la esperanza de que los proyectos de Bolívar están ahora efectivamente destruidos es una de las más consoladoras”.(250) Odiado por los norteamericanos, Bolívar jamás cedió a sus presiones. No por azar lo calumniaron y calificaron de loco, usurpador y dictador por haber agitado las banderas del antiesclavismo, tan peligrosas para los esclavistas norteamericanos del sur. Así se expresaba, en 1827, W. Tudor, diplomático estadounidense en Lima: Bolívar ha estimulado el odio de los esclavistas, “leed su incendiaria diatriba contra ella en la introducción a su indescriptible constitución (…) partidos muy opuestos en Europa mirarían con regocijo que esta cuestión se pusiera a prueba en nuestro país; y, luego, sin aducir motivos ulteriores, júzguese y dígase si el ‘loco’ de Colombia podría habernos molestado”.(251) Mejor epitafio del enemigo secular no pudo haber tenido Bolívar.

NOTAS

191 Este capítulo está basado en nuestro trabajo La contribución de Bolívar a la Economía política Latinoamericana, premiado en el concurso del Consejo Nacional de Economía, presidido por el Dr. T. E. Carrillo Batalla, con ocasión del Bicentenario  del Libertador, UCV, Caracas, 1983..
NOTAS

192 Se denominaba “mantuanuas” a las familias de la oligarquía caraqueña.

193 JORGE ABELARDO RAMOS: América Latina, un país,  Ed. Octubre, Buenos Aires, 1949, e Historia de la Nación Latinoamericana,  Op. Cit.

194 SIMON BOLIVAR:  Obras Completas,  T. I, P. 1045, Ed.  Lex, La Habana, 1947.

195 ARTISTIDES  SILVA  OTERO: La diplomacia hispanoamericanista de la Gran Colombia, P. 30, UCV, Caracas, 1967

196 TORCUATO DI TELLA: Ponencia al Congreso  del Pensamiento Político Latinoamericano, Caracas, 1983.

197 TULIO   HALPERIN DONGHI:  Historia Contemporánea de América Latina, Op. Cit.

198 SIMON  BOLIVAR: Manifiesto de Cartagena (1812),  en Escritos Políticos,  P. 52, Alianza Editorial, Madrid, 1969.

199 SIMON BOLIVAR: Carta de Jamaica (1815), en  Escritos Políticos,  Op. Cit., P. 76.

200 Ibid., P. 81.

201 SIMON BOLIVAR: Discurso ante el Congreso Constituyente de Bolivia,  en Escritos…, Op. Cit, P. 131.

202 SIMON BOLIVAR: Discurso de Angostura, En Ibid, p. 122. Además PAUL VERNA: PETION Y BOLIVAR, en Caracas, 1969. Petión había escrito a Bolívar. “Debe compenetrarse de mi  ardiente deseo  de que sean emancipados todos los que sufren bajo el yugo de la esclavitud” (GERHARD MASUR: Simón Bolívar, Ed. Grijalbo, México, 1960, P. 232).

203 TOMAS SURROCA: La Guerra de la Independencia en Guayana,  P. 197, Archivo de la  Academia Nacional de Historia, Vitrina 1, Caracas.

204 ASDRUBAL GONZALEZ:   Manuel Piar, P. 125, Ed. Vadell Hermanos, Valencia, 1979.

205 SIMON BOLIVAR: Obras  Completas,  Op. Cit, III, P. 48.

206 VICENTE  LITUANIA: Cartas del Libertador,  Nota del 1/1/1817 a Pedro Briceño, T, III, Lit y Tip. Del Comercio, Caracas, 1942.

207 SIMON BOLIVAR: Obras Completas, Op. Cit, T. II, P. 1.122.

208 SIMON BOLIVAR:  Mi delirio sobre el Chimbonazo,  en Documentos del Libertador, Op. It, PP. 51 a 54.

209 GUILLERMO HERNANDEZ R.  De los Chibchas…., Op. Cit, P. 310.

210 Citado por RICARDO LATCHAM: Vida de Manuel Rodríguez,  pp. 150 y 152, Ed. Nascimiento, Santiago, 1932.

211 Cit. por MARIANO BATISTA GUMUCIO: Op. Cit., pág. 16.

212 SIMON BOLIVAR:  Obras  Completas,  T. I, p. 1421.

213 F. PIVIAL: Op. Cit., p. 212.

214 Archivo de Santander, Tomo XI, P. 314, Bogotá.

215 F. PIVIAL: Op. Cit., p. 221.

216 Ibid, P. 231.

217 SIMON BOLIVAR: Carta de Jamaica,  en  Escritos Políticos, P. 70, Alianza Editorial, Madrid, 1969.

218 Ibid.

219 Ibid.

220 Ibid.

221 SIMON BOLIVAR:  Discurso de Angostura, 1819,  en  Escritos…, Op. Cit.

222 SIMON BOLIVAR: Decreto del 21 de mayo de 1820, firmado en Bogotá, subrayado nuestro.

223 Ibid.

224 SIMON BOLIVAR: Decreto del 31 de julio de 1829, en Guayaquil.

225 SIMON BOLIVAR: Decreto del 19 de diciembre de 1825.

226 SIMON BOLIVAR: Decreto de 1829, dictado en Quito.

227 SIMON BOLIVAR: Decreto del 14 de diciembre de 1825.

228 SIMON BOLIVAR: Obras Completas,  Op. Cit,. T. II, P. 442, Ed de 1950.

229 Gaceta de Caracas, 6 de enero de 1814.

230 SIMON BOLIVAR: Carta a  Pueyrredón, 1818.

231 SIMON BOLIVAR: Carta de Jamaica, en  Escrito…., Op. Cit, P. 79.

232 SIMON BOLIVAR: Discurso  ante el Congreso Constituyente de Bolivia (1825), en  Escritos… Op. Cit., p. 128 y 129.

233 SIMON BOLIVAR:  La Instrucción Pública,  escrito en 1825, en  Documentos del Libertador,  `. 58, Ed. Culturales, INCE, Caracas, 1973.

234 SIMON BOLIVAR:  Obras Completas, Op. Cit., I, P. 1001.

235 SIMON BOLIVAR:  Escritos…, Op. Cit, p. 99.

236 SIMON BOLIVAR: Obras Completas, Op. Cit.,  II, p. 1236.

237 SIMON BOLIVAR:  Escritos…, Op. Cit., p. 97.

238 Ibid, p. 113.

239 SIMON BOLIVAR:  Obras Completas…, Op. Cit., I, P. 1085.

240 Ibid, p. P. 222.

241 SIMON BOLIVAR: Escritos…. Op. Cit., P. 165.

242 Ibid, p. 128.

243 Ibid, p. 129.

244 Citado por F. PIVIDAL; Op. Cit., P. 172.

245 LESTER LANGLEY:  The cuban policy of the United States,  P. 18, New York, 1968, en MARX Y ENGELS:  Materiales para la historia de
América Latina,  Cuadernos de Pasado y Presente, Nº30, P. 119, Buenos Aires.

246 CHARLES K. WEBSTER: Britain and  the independence  of Latin America. 1812-1830, T. I, PP. 403-409, Londres- New York – Toronto, 1938

247 ERNESTO CASTILLERO: Intimidades del Congreso de Panamá de 1826,  Panamá 1961: DANIEL FLORENCIO O’LEARY:  El Congreso Internacional de Panamá en 1826,  Ed. América, Madrid 1920; RAUL PORRAS  BARRENECHEA: El Congreso de Panamá,  Archivo Diplomático peruano, Lima 1926-7.

248 EMILIO ROIG DE LEUCHSEURING: Bolívar: El Congreso interamericano de Panamá en 1826 y la independencia de Cuba y Puerto Rico,  Of. Del Historiador de la Ciudad, La Habana, 1956.

249 Citado por MANUEL MEDINA CASTRO: Estados Unidos y América latina, Siglo XIX, Premio Casa de las Américas, P. 173, segunda edición, Guayaquil, 1980.

250 Ibid, p. 224.

251 FRANCISCO PIVIDAL: Bolívar,  Quito, 1981, P. 182.

252 J.H. PIRENNE: La Sainte  Alliance,  Neuchâtel, 1946.

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