Breve Historia del Brasil

Alberto Prieto y  Sergio Guerra

La Habana, 1991

Expansión cafetalera y sus consecuencias

Ilustración: Cándido Portinari (1903-1962)

A mediados del siglo XIX tuvieron lugar importantes transformaciones en Brasil. De una u otra manera estos cambios estuvieron relacionados con la expansión de la producción cafetalera en zonas meridionales. Desde 1840 el café se había convertido en el principal producto de exportación –Estados Unidos era el comprador más importante-, con centro en Río de Janeiro y después en Sao Paulo. En sus inicios la producción cafetalera tuvo dos bases fundamentales: la gran propiedad y el trabajo esclavo, que generaron un tipo de sociedad rural casi autosuficiente, muy parecida a la azucarera del noreste. Más adelante ese panorama variaría sustancialmente, extendiéndose la pequeña propiedad y el trabajo libre. Pero la expansión cafetalera comenzó utilizando mano de obra esclava, ya que  era barata  y de fácil adquisición, no solo por el constante suministro de la trata, sino también porque el 31% de la población brasileña –esto es, 2,5 millones de personas- estaba  formada por esclavos. Ello explica que el tráfico negrero se mantuviera con la tolerancia y la complicidad gubernamental, a contrapelo de lo estipulado por los tratados de 1815, 1817 y 1826.

Con el paso de los años la posición de Inglaterra frente al problema se había hecho intransigente en la misma medida que el comercio de seres humanos dejaba de constituir un negocio lucrativo para los capitalistas británicos. Así los ingleses pasaron de promotores de la trata a paladines de su abolición en el mundo. Esta nueva política pretendía no solo ampliar los mercados para sus manufacturas y arruinar a los negreros portugueses que merodeaban por el litoral africano, sino también evitar la desigual competencia Brasil, Cuba y otros productores a las plantaciones inglesas de las Indias Occidentales que no utilizaban esclavo desde fines de la década del 30. la incesante persecución británica al tráfico negrero hizo cada vez más difícil y costoso el empleo de estos trabajadores en la agricultura, sobre todo desde que el Hill Aberdeen (1845) autorizaba a los cruceros ingleses a atrapar contrabandistas hasta dentro de las propias aguas y puertos brasileños. Quizás por eso algunos hacendados, como el senador Campos Vergueiro, experimentaron con peones libres –en este caso inmigrantes suizos y alemanes- en la producción de café, a los cuales se les reconocía la mitad de la cosecha.

Un elemento adicional fue introducido por muchos plantadores azucareros del noreste que, afectados por una profunda crisis económica, encontraron un paliativo al vender parte de sus dotaciones a las haciendas cafetaleras del sur. Esto los hizo partidarios de la suspensión de la trata.

En septiembre de 1850, el gobierno de Río de Janeiro aprobó una ley que extinguió el tráfico negrero, prohibición ratificada en 1854 con mayor rigor en la fiscalización. Los responsables directos de esta legislación fueron los conservadores, elevados al poder central a raíz del fracaso de la rebelión praieira. Durante el período que estuvieron al frente del Estado, entre 1848 y 1853, los conservadores no solo se vieron compelidos a liquidar la trata –para mejorar las relaciones con Gran Bretaña-, sino que iniciaron una política de inmigración con trabajadores libres de Europa y promovieron además una serie de reformas financieras. La eliminación del tráfico negrero, a pesar del consenso a favor que suscitó entre la ciudadanía, creó un cisma en el Partido Conservador. La división interna debilitó a esta agrupación casi tanto como a sus rivales liberales, lo que propició que en 1853 llegara al poder un ministerio de compromiso entre ambos partidos. Ese fue el Gabinete de Conciliación, presidido por el marqués de Paraná.

El fin de la trata fue un acontecimiento que dejó sus huellas en la vida económica brasileña, aun con todas las limitaciones e inevitables, violaciones de funcionarios inescrupulosos. Entre sus repercusiones se pueden mencionar la tendencia a la disminución de la población esclava, el crecimiento del comercio interior y la liberación de capitales. Una prueba de esto último fue el aumento vertiginoso de las emisiones bancarias (1 000 contos en 1850, 20 000 cuatro años después) y la fundación del Banco de Brasil –tercero de este nombre-, en el cual se fusionaron las antiguas 6 casa emisoras de moneda.

La abolición de la trata y el boom cafetalero permitieron al país salir de sus ya endémicas crisis económicas y financieras –aunque continuaron concertándose onerosos empréstitos con Inglaterra- y se abrió una etapa de relativa estabilidad política. Así café contribuyó a la unidad de Brasil, pues integró a la economía nacional zonas hasta entonces abandonadas o aisladas, lo que redundó en beneficio del proceso de expansión capitalista.

El florecimiento económico estimuló las iniciativas particulares, el crecimiento de nuevas actividades productivas y la instalación de una moderna infraestructura. Varios factores sirvieron de catalizador al desarrollo industrial. En primer lugar, las necesidades de consumo insatisfechas, creadas por el auge de las exportaciones cafetaleras. En segundo término, los capitales liberados por la extinción del tráfico negrero podían destinarse ahora al fomento de otras actividades. Y, en tercer lugar, los efectos de la aplicación de la tarifa proteccionista Alves Branco, vigente desde 1844.

Esta ley, patrocinada por el ministro Alves Branco, fue promulgada para aumentar las recaudaciones fiscales y determinó que cerca de 3 000 artículos importados, que antes solo pagaban una tasa de 15% ad valorem, pasaran a sufragar un arancel que fluctuaba entre el 30 y 60 %.

En consecuencia, durante el decenio 1850-1860 el avance capitalista fue espectacular: surgieron 62 empresas industriales que fabricaban zapatos, tejidos y otros artículos; 14 bancos, 3 cajas de ahorro; 20 compañías de navegación a vapor, 23 de seguros y 4 de gas y 8 de ferrocarriles. En forma paralela se iniciaba un proceso de urbanización y desarrollo portuario. Desde 1852 funcionaba el telégrafo. Con estos y otros negocios se hacían fortunas en un abrir y cerrar de ojos.

Exponentes de la naciente burguesía industrial fueron los empresarios Cristian y Teófilo Otoni, mariano Procopio Texeira de Freitas e Irineo Evangelista de Souza, barón de Mauá. Sin duda fue este último el representante por excelencia del grupo de inquietos capitalistas nacionales. Ya en 1845 Mauá había adquirido una fundación de hierro en Niteroi (Río de Janeiro), que pronto se convirtió en la primera gran fábrica de Brasil. Nos referimos a la siderurgia y astillero de Ponta D´Areia, que daba empleo a un millar de obreros y construía desde 1864 decenas de barcos, muchos de ellos de hierro y movidos a vapor por cuenta del Estado. El éxito demostrado por las empresas de Mauá le granjearon el favor gubernamental en créditos y encargos, así como la participación del capital extranjero. En 1854 puso en funcionamiento la primera locomotora de Brasil, la Baronesa, con un recorrido de 18 kilómetros entre Porto da Estrela y Raiz da Serra (Petrópolis), en la provincia de Río de Janeiro. Detrás vendrían otras líneas, como la de Puerto Mauá a Fragoso, tramo inicial de la futura Leopoldina Railway, o la Dom Pedro (Central del Brasil). El barón también fundó la Compañía Fluminense de transporte, la empresa de navegación por el Amazonas, la Compañía de iluminación o Gas de Río de Janeiro, el Banco Mauá, etc. Incluso el emprendedor barón de Mauá llegó a irradiar su actividad a los estados limítrofes, sobre todo Argentina y Uruguay. Era la época de los tratados de 1851, cuando Brasil le arrebató a la Banda Oriental decenas de Kilómetros cuadrados y el momento en que penetraban al vecino país los tentáculos de sus negociantes, estancieros y usureros.

A pesar del desarrollo industrial que se advierte en Brasil al despuntar la segunda mitad del siglo XIX, el sistema económico continuó organizado en función de la producción agrícola para el mercado exterior. Ello generaba contradicciones entre los representantes de los sectores agrarios decadentes –como el del nordeste- y el grupo caficultor emergente –que en cierto modo promovía el desarrollo industrial-, al margen de las propias pugnas –pese a cierto entrelazamiento en sus negocios-, entre los dos grupos agrario-exportadores y lo que pudiera considerarse el embrión de la burguesía nacional. Hostilizada por los grandes productores agrícolas y constreñida por los intereses extranjeros, las posibilidades de desarrollo independiente de esta clase social estaban limitadas. Un ejemplo elocuente lo proporcionó el barón de Mauá, que al arruinarse (1878) tuvo que entregar todas sus propiedades a los voraces capitalistas ingleses y norteamericanos. A ese trágico final contribuyó la aprobación de la tarifa Silva Feraz en 1860  -que cedía a la presión británica, con la reducción de los aranceles de aduana establecidos por la Alves Branco-; la nueva política deflacionaria gubernamental y el abandono del apoyo oficial a los proyectos industriales.

Desde el punto de vista político, esta evolución se comprende dentro del marco creado por la crisis financiera de 1858, que golpeó el aparato económico central y provocó la caída del Gabinete de Conciliación, en el poder desde 1853. En tales circunstancias una nueva componenda liberal-conservadora sacó a flote otro ministerio –denominado Liga Progresista-, que se mantuvo al frente del país de 1862 a 1868.

A fines de la década del 70 la conciliación entre los dos partidos tradicionales agotó sus posibilidades de pervivir. La creciente oposición liberal a la política de cuño conservador –fortalecida la primera por los cambios estructurales acaecidos en los últimos 20 años-, sacó a relucir una serie de cuestiones no resueltas. La discusión sobre más amplias libertades económicas y políticas, el destino de la esclavitud, así como los problemas financieros creados por la guerra contra el Paraguay, formaron una tensa atmósfera que presagiaba profundas reformas.

Conflictos internacionales

Solucionados en gran medida los problemas creados por los movimientos revolucionarios y secesionistas de la primera mitad del siglo XIX, el Imperio de Brasil se desenvuelve, a partir de 1850, en medio de una serie de conflictos internacionales provocados por la política expansionista de Pedro II o por las pretensiones y abusos del naciente imperialismo inglés.

Tal fue la llamada cuestión Christie, que situó las relaciones entre Brasil e Inglaterra al borde de la guerra, a pesar de que las tensiones entre ambos países habían disminuido a raíz de la terminación del tráfico negrero. La causa inmediata de este incidente fue el robo de la carga del navío inglés Príncipe de Gales, que naufragó en las costas de Río Grande do Sul en 1862; y el encarcelamiento de dos oficiales británicos que habían causado reyertas en la capital fulmínense en estado de embriaguez. Estos hechos sirvieron de argumento al gobierno británico para exigir reparaciones financieras y disculpas oficiales a Brasil. El abanderado de esta política hostil era el ministro inglés en Río de Janeiro sir William D. Christie. Como el Emperador no cedió ante estas reclamaciones –amparado en un fallo neutral a su favor-, el embajador Christie ordenó la captura de cinco barcos brasileños. La acción motivó el rompimiento de relaciones diplomáticas entre los dos estados, situación que perduró hasta 1865, cuando –en los umbrales de la guerra contra el Paraguay- se llegó a un arreglo gracias a la habilidad del ministro inglés en Buenos Aires Edward Thorton.

Una evolución muy distinta siguió el conflicto de Brasil con sus vecinos del Río de la Plata. Por esa época gobernaba en Buenos Aires el caudillo federalista Juan Manuel de Rosas, quien tenía bajo su influencia no solo a los ganaderos y comerciantes de esa provincia, sino también a los estancieros de Uruguay encabezados por el líder del partido blanco, ManuelOribe. La política de Rosas, en especial su negativa a permitir la libre navegación por los ríos, obstaculizaba las comunicaciones y el comercio de Brasil con sus zonas interiores (Matto Grosso) y con los estados limítrofes. Por otra parte, los ricos ganaderos de Río Grande do Sul seguían afectados por la competencia de los estancieros rioplatenses, lo que el gobierno imperial trataba de solucionar –desde el fin de la guerra farroupilha- mediante la conquista de las fértiles praderas del norte uruguayo.

Alentando por la política expansionista de Pedro II en la Banda Oriental, un rico ganadero de Río Grande do Sul, Francisco Pedro de Abreu, barón de Jacuí, lanzó desde 1850 varias incursiones sobre tierras orientales, métodos que, por su semejanza a los utilizados por Estados Unidos en su guerra de rapiña contra México (1845-1848), recibieron el nombre de las californias. Las desembozadas agresiones brasileñas contra Uruguay provocaron no solo el rechazo del gobierno blanco de Oribe, sino también la ruptura de relaciones entre Buenos Aires y Río de Janeiro. Ello precipitó alianza del Imperio con el líder del partido colorado uruguayo Fructuoso Rivera, quien estaba respaldada por los acaudalados comerciantes de Montevideo y sus socios europeos, así como por el banquero Mauá. El barón de Mauá financiaba a los colorados a cambio de concesiones y del control de las rentas de aduana del estratégico puerto oriental. Por fin la gran cruzada contra Rosas, organizada por el gobierno imperial, se completó en 1851 con la incorporación de los gobernadores unitarios de Corrientes y Entre Ríos, encabezados por Justo José de Urquiza.

Con el propósito de abatir la administración de Oribe, invadió la Banda Oriental un numeroso contingente militar comandado por Luis Alves de Lima e Silva, marqués de Caxias, auxiliado desde el mar por la flota del admirante inglés John P. Greenfell, quien llevaba varios años al servicio del Imperio.  Entre la oficialidad brasileña que participó en estas operaciones se destacaban Bento Manuel, Manuel Luis Osorio, Manuel de Souza y Daví Canabarro. Aplastadas las fuerzas  de Oribe, Brasil impuso a Uruguay los 5 leoninos tratados de 1851 y el acuerdo de límites de 1852, mediante los cuales la Banda Oriental perdía 43 000 kilómetros cuadrados entre los ríos Arapei y Guarai, concedía el libre tránsito a los buques brasileños por el río Uruguay y aceptaba la tutela imperial en sus asuntos financieros y en la política interna.

Un mes después la ofensiva de estas fuerzas se volcó contra Rosas. En esta ocasión las tropas brasileñas tuvieron un papel menos activo, pues el grueso de la campaña quedó en manos de Urquiza, al frente del denominado Gran Ejército de la América del Sur, que derrotó a Rosas en la batalla de Monte Caseros el L de febrero de 1852. Esta victoria representó para Brasil la apertura del río Paraná a sus buques, debido la Confederación Argentina no tardó en decretar la libre navegación por esa arteria.

Los éxitos obtenidos por la política injerencista de Pedro II en el Río de la Plata se vieron empañados sorpresivamente en1852, al subir al poder en Uruguay un dirigente del partido blanco: Juan Francisco Giró. El nuevo presidente oriental intentó romper los lazos de dependencia que habían sido cuidadosamente tejidos por el gobierno fulmínense.

Para evitarlo se produjo un golpe de estado del partido colorado en julio de 1853, en el que estaban involucrados Rivera, Juan A. Lavalleja –ambos morirían poco después- y Venancio Flores. Para consolidar la asonada, los colorados solicitaron la intervención militar brasileña, amparados por lo estipulado en los tratados de 1851. Así 4 000 soldados del Imperio, al mando de Francisco Félix da Fonseca, ocuparon la Banda Oriental, en donde permanecerían hasta fines de 1855.

En 1860 la presidencia de Montevideo fue ocupada por otro líder blanco: Bernardo P. Berro, decidido partidario de poner coto a las imposiciones y arbitrariedades brasileñas. La política nacionalista del mandatario oriental creó cierta comunidad de intereses con el gobierno de Francisco Solano López, al frente de Paraguay desde 1862. El régimen del mariscal López era el heredero de un proceso revolucionario sui en América Latina, iniciado en 1813 por el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia y continuado por su padre Carlos Antonio López de 1841 a 1862, el cual había dado origen al desarrollo autónomo del país sin ninguna clase de dependencia externa. El estrechamiento de relaciones entre esos dos pequeños estados era un valladar a los proyectos expansionistas de Brasil –planes también acariciados por la Argentina de Bartolomé Mitre-, así como a la creciente penetración inglesa en América del Sur. De esta manera se formó un triángulo de fuerzas –con sus vértices en Londres, Buenos Aires y Río Janeiro-, enfilado contra las veleidades nacionalistas del partido blanco uruguayo y los regímenes independentistas del Paraguay.

El 16 de abril de 1863 las hostilidades se iniciaron con el desembarco en Uruguay del general Flores, destinado a derrocar al ahora presidente blanco Atanasio C. Aguirre, sucesor de Berro. La anulación de la influencia brasileña y el repudio a los tratados de 1851-1852 por el gobierno de Montevideo, aceleraron la invasión de la Bahía Oriental por las tropas de Pedro II. En octubre de 1864 un poderoso ejército guiado por el general Joao M. Menna Barreto irrumpió en tierras orientales en apoyo de Flores. En forma simultánea, el almirante Joaquim Márquez Lisboa, marqués de Tamandare, franqueaba con su escuadra el estuario del Plata para atacar Paysandú, plaza que capituló el 2 de enero de 1865. Unas semanas después Flores entraba en Montevideo y disponía la satisfacción de todas las reclamaciones brasileñas.

Las violaciones del Imperio a la soberanía oriental condujeron al gobierno de Solano López a declarar la guerra a Brasil, en solidaridad con sus hermanos uruguayos. Por ello el ejército paraguayo ocupó el Matto Gross y atravesó el territorio argentino –sin permiso del gobierno de Mitre-, para hacer llegar su ayuda a la resistencia patriótica en la Banda Oriental. Esta acción sirvió de pretexto a buenos Aires para entrar en la contienda que se gestaba contra Paraguay. Finalmente en mayo de 1865. Argentina, Brasil y el Uruguay de Flores firmaron en secreto –con el visto bueno del ministro inglés Thorton- el tratado de la Triple Alianza, el cual organizaba la guerra de exterminio contra los habitantes de la antigua tierra guaraní.

La guerra contra Paraguay fue una de las más sangrientas en la historia de América Latina y se extendió de 1865 a 1870. Durante casi toda la contienda –batallas de Yatay, Uruguayana, estero Bellaco, Tuyutí, Boquerón, Sauce, Itororó y Avahy las fuerzas brasileñas estuvieron al mando del marqués de Caxias, quien incluso desde 1866 pasó a dirigir todo el contingente aliado en virtud de que las tropas imperiales llevaban el peso de la guerra desde el inesperado revés de Curupaity. A principios de 1869, en la etapa final de la lucha –desde los combates de Peribebuy, hasta la muerte de mariscal López en Cerro Cará-, la jefatura de los agresores quedó en manos de un yerno del emperador Pedro II, el mariscal Luis Felipe Gastón, conde D´Eu.

La conflagración fratricida concluyó con la derrota de Paraguay y la apertura del país capital imperialista, la aniquilación de las dos terceras partes de su población, así como la desmembración del territorio nacional por Brasil y Argentina. A pesar de las grandes extensiones de tierra obtenidas por el Imperio al norte del río Apa, la guerra resultó contraproducente para el porvenir de la monarquía de Pedro II. Por un lado los enormes gastos del conflicto agravaron los problemas financieros de Brasil y aumentaron la dependencia de Inglaterra. Por el otro, el inevitable fortalecimiento del ejército –y el consiguiente ascenso de una oficialidad pequeñoburguesa de ideas abolicionistas y republicanas-, convertiría a las fuerzas armadas en el factótum de la política nacional.


AVANCES DE LA ECONOMIA AGRARIO-EXPORTADORA

Entre 1870 y 1885 se producen  cambios  trascendentes  en la estructura  de la economía  brasileña  que definieron  mejor su perfil  monoproductor  y agrario- exportador. El capital inglés  contribuyó  decisivamente  a otorgarles  ese carácter  en  la  naciente  división  internacional  imperialista del trabajo.  Desde la década de 70 este capital  se hacía sentir ya no solo en la forma tradicional  de empréstitos, sino  también a través de  inversiones  en bancos, compañías  de seguros, empresas mineras y  entidades  comerciales  y de transporte.

Hacía 1885,  cuando agonizaba la monarquía  de Pedro II,  el café  cubría  el 62,2%  de las exportaciones  del país, mientras  el azúcar –segundo renglón  de la economía– solo ocupaba el 11,3%. Por entonces el  área  cafetalera se extendía  por las  regiones  de Espíritu Sancto Sao  Paulo, Río de Janeiro  y Minas Geraes.  El algodón brasileño, otrora  un producto  con buenos mercados, prácticamente había desaparecido del  comercio exterior  y su lugar era ocupado  por otros cultivos.

Entre tanto, por el extremo  sur del  país (Río Grande  do Sul y Santa Catarina), surgían  pequeñas  propiedades  que se dedicaban  a  abastecer  el mercado interno  con diversos frutos  del agro. Estos  productores  campesinos,  muchos de ellos inmigrantes  europeos,  coexistían  con los  grandes  estancieros  de esas provincias  que exportaban   tasajos y  yerba mate. Desde 1880  en el valle del Amazona comenzó la extracción  del caucho,  artículo de creciente demanda internacional. Por otro lado, en  Bahía, prosperaba el cultivo  de cacao  mientras en parte de  Minas Geraes  y el sur  de Matto Grosso  se  desarrollaba  la ganadería.

A pesar del peso abrumador que  tenía  la agricultura  -en  particular el café– en la economía brasileña, desde  la década  del 70  se apareció  un segundo brote  industrial  que  conservó  su pujanza  hasta después de establecida  la república.  Por esa fecha  existían  cera de 600 industrias  ubicadas en Río de Janeiro, Minas Geraes y  Sao  Paulo. Ese  impulso  permitió  el desarrollo  de pequeñas  fábricas  de  hierro  aserraderos, industrias  de papel, manufacturas textiles y otras. La  Guerra  del Paraguay  estimuló estas producciones  por las necesidades  de la  conflagración  y obligó  al Estado a favorecer la industria  con una política  emisionista, así como la  adopción  de una  tarifa  proteccionista  (1874). Pero las condiciones  del Brasil  decimonónico conspiraban contra la producción autóctona. El mantenimiento de una estructura  económica basada  en el trabajo esclavo  y orientado hacia unos pocos productos agrícolas  de exportación,  impedía a la manufactura nacional pasar  más allá  de ciertos límites  y competir  con la moderna  industria  europea  y norteamericana.

Las transformaciones de la economía brasileña se  reflejaban  en el escenario  social y  en la vida política  y abrían  paso a una nueva  correlación  de fuerzas  clasistas.  Los arruinados  senhores  de engenho, atados a formas anticuadas de producción  y al trabajo servil, cedían su lugar  en la cúspide de la sociedad  a la burguesía  cafetalera, que utilizaba  técnicas  más  modernas  y tenía mejores  condiciones  -sobre todo en Sao  Paulo- para sustituir a los esclavos  por peones asalariados. Brasil central era favorecido por una corriente inmigratoria europea –sobre todo italianos- que proporcionaba a la agricultura y la industria trabajadores libres. Entre 1861 y 1870 ingresaron como promedio anual unos 10 000 inmigrantes, cifra que se dobló en la década siguiente. Ya en 1887 se registraron 54 000 entradas  y 200 000 al año siguiente.

Al sector emergente de los esclavos cafetaleros –como a los dueños de industrias y a la ya bastante numerosa pequeña burguesía urbana y rural- le era necesario encontrar un gobierno que se pusiera en función exclusiva de sus intereses, resolviera definitivamente el problema de la escasez de trabajo con una política inmigrante más dinámica y creara una eficiente infraestructura, así como un fuerte sector financiero.

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