Breve Historia del Brasil

Alberto Prieto y  Sergio Guerra
La Habana, 1991

Campañas  por la república, reformas electorales y abolición de la esclavitud

En 1868 la situación política se tornó insostenible para el gabinete formado por la llamada Liga Progresista. Los ministros renunciaron y el Emperador disolvió la Cámara, dominada por los liberales.

El 16 de julio se formó un gobierno conservador. En reacción violenta a esta decisión de Pedro II, un grupo de disidentes liberales –desde 1862 existía el Club Radical que los agrupaba- formó el Partido Liberal Radical. La nueva organización adoptó un programa –divulgado por su vocero Opinao Liberal- basado en la lucha contra las instituciones reaccionarias. (Poder Moderador, Senado Vitalicio, Consejo de Estado y Guardia Nacional), a favor de la extensión del trabajo libre, la descentralización administrativa y reformas electorales.

Más tarde algunos de sus integrantes evolucionaron hacia una postura más beligerante, lo que expresó el 3 de noviembre de 1870 con la fundación del Partido Republicano. Esta agrupación tendría una significativa importancia en el avance de las reformas electorales, la divulgación de las ideas republicanas y en el fin del sistema monárquico. Con estas metas el partido fue ganando adeptos, en particular en Río de Janeiro, Sao Paulo y Río Grande do Sul.

Desde el punto de vista de su composición social, el PartidoRepublicano núcleo un conjunto heterogéneo de sectores que iban desde las capas medias urbanas y la naciente burguesía industrial hasta los hacendados cafetaleros. Su común denominador era la modernización del país y el completoestablecimiento del Estado burgués. La dirección del partido estaba en manos d elos plantadores de café, como se reveló en la Convención de Itu (1873), en la cual, de los 133 delegados presentes, 76 eran grandes hacendados. Eso explica las posiciones moderadas de los republicanos ante determinadas cuestiones, como el problema de la esclavitud, para evitar la pérdida de su clientela política, o sea, los cafetaleros que todavía empleaban trabajo esclavo. En algunos otros lugares las bases de partido adoptaron posiciones más avanzadas, pues no tenían tantos compromisos con los ricos hacendados. De ahí la existencia de un ala radical, que preconizaba la vía revolucionaria para alcanzar el poder –lidereada por Arístides Lobo y Antonio da Silva Jardim- y de otra moderada, guiada por Quintito Bocayuva, que confiaba en los métodos electorales para establecer la república.

La Guerra del Paraguay no solo tuvo por consecuencia el impulso de las fuerzas republicanas, sino que también creó condiciones favorables para las reformas electorales y la extinción de la esclavitud. El aumento del número de adversarios del trabajo servil, fue en parte resultado de la incansable actividad de los abolicionistas, junto a la existencia de un clima internacional contrario a ese género de explotación y a la inexorable crisis de las relaciones de producción esclavistas. Ante esa presión el gobierno imperial se vio compulsado a tomar cartas en el asunto. El 28 de septiembre de 1871 el premier conservador José María da Silva Paranhos, vizconde de Río Branco, hizo aprobar –tras una encarnizada lucha parlamentaria de cinco meses y de enconados debates públicos la Ley de Vientres Libres, firmada por la princesa Isabel en lugar de su padre, quien se hallaba de viaje por Europa. La disposición real liberó a todos los hijos de esclavos que nacieran a partir de esa fecha y creó además un fondo especial para la emancipación anual de un número adicional de esclavos. La Ley permitió mantener la explotación de los antiguos esclavos hasta los 20 años de edad, con el pretexto de sufragar los gastos de manutención. La escasa efectividad de la reglamentación hizo exclamar al conocido líder abolicionista Rui Barbosa que si se esperaba solo por sus resultados, la esclavitud no desaparecería en Brasil hasta mediados del siglo XX.

A pesar de sus limitaciones, la ley provocó acaloradas polémicas y dividió al Partido Conservador, pues un sector continuó combatiéndola. La reunificación conservadora se logró en 1875, cuando el marqués de Caxias sustituyó al vizconde de Río Branco al frente del gobierno. Esto le permitió al partido contar con la potencia suficiente para resistir lapresión de la oposición, la cual exigía la modificación del sufragio de dos grados, vigente desde la independencia, y que en las elecciones de 1876 solo admitió –junto a los mecanismos censatarios- el voto del 0,25% de la población. Pero cada vez existía mayor interés por la elección directa, incluso entre gran número de conservadores como Joao Mauricio Wanderley, barón de Cotegipe, y Paulino de Sousa.

Del 5 de enero de 1878 al 20 de agosto de 1885 estuvieron otra vez en el poder los liberales. Su primer gabinete, presidido por Cansancio de Sinimbú, intentó realizar la reforma electoral, pero fue derrotado por una tenaz resistencia conservadora en el Senado. Ello motivó la aparición, en 1879, de la izquierda liberal que, a través de su vocero A Constituinte, abogó por la descentralización administrativa, la liquidación del Senado Vitalicio y la separación de la Iglesia del Estado.

A Sinimbú le sucedió el también liberal José Antonio Saraiva a partir del 28 de marzo de 1880. Gracias al apoyo del jefe del Partido Conservador, el barón de Cotegipe, Saraiva logró la aprobación de una nueva ley electoral.  Desde ese momento el sufragio sería directo e incluso los no católicos tendrían derecho al voto, aún cuando se mantenían las restricciones de una alta renta anual. Por estas reformas, en los comicios de 1884 el Partido Republicano logró elegir a sus tres primeros diputados: Manuel Ferraz de Campos Sales, Prudente J. de Morais Barros y Alvaro Botelho.
Por entonces estaba en toda su virulencia la campaña para terminar con la esclavitud, en lo que participaban políticos de todas las tendencias. Ya en 1880 se habían estructurado dos agrupaciones abolicionistas que editaban la Gazeta da tarde. La proliferación de organizaciones emancipadoras permitió la fundación de una Confederación de asociaciones antiesclavistas. Pero la fuerza de esta corriente en el Parlamento era todavía muy limitada, aunque entre sus miembros sobresalía el diputado Joaquim Tabuco. Otros abolicionistas destacados eran los periodistas mulatos José de Patrocinio y André Reboucas.

La agitación popular contra la esclavitud siguió en ascenso durante los gobiernos liberales de Martinho de Campos, del marqués de Paranaguá y Lafayette Pereira, en el período comprendido entre 1882 y 1883. Un ejemplo fue la liquidación de la oprobiosa esclavitud en Amazonas y Ceará (1884).

Tras la elecciones de 1884, Pedro II nombró como jefe del gabinete al liberal Manuel de Sousa Dantas, quien tenía un programa ambiguo en relación con la esclavitud y la compensación pecuniaria a los plantadores. Vale la pena aclarar, que un problema no menos importante lo constituía la indemnización a los propietarios de esclavos, para lo cual las exhaustas finanzas estatales no estaban capacitadas. Descontentos con la indefinición gunbernamental, los dueños de esclavos se opusieron al gobierno de Dantas y organizaron el Club de Lavóura e Commercio, responsable directo de la caída del premier liberal. Para sustituirlo ocupó otra vez la presidencia del gobierno imperial José A. Saraiva, quien concibió un proyecto que establecía una especie de abolicionismo gradual y que abría aún más las puertas del país a la inmigración europea. Tras conseguir el respaldo de los conservadores –una parte del partido lo abandonó y se pasó al republicano- lidereado por el barón de Cotegipe, Saraiva hizo firmar la nueva reglamentación al emperador el 28 de septiembre de 1885. la Ley Saraiva-Cotegipe, o de los “sexagenarios”, concedió  la libertad a los esclavos de más de 70 años sin indemnizar a sus propietarios y aumentó los fondos especiales para emancipar anualmente cierto número adicional. La disposición no satisfizo a los abolicionistas –la lucha se reanudó por Antonio da Silva Prado y Antonio Bneto-, mientras el gobierno volvía, desde agosto de 1885, a los conservadores en la persona del barón de Cotegipe.

Tras la renuncia del premier en marzo de 1888 –debido a la creciente intranquilidad del ejercito-, la princesa Isabel nombró en su lugar al senador conservador Joao Alfredo Correa de Oliveira. Fue a su gabinete al que correspondió sancionar jurídicamente algo que era una realidad tangible: el fin de la esclavitud. El problema estaba por sí solo en proceso de solución en virtud de la manumisión particular y por la imposibilidad de retener a los esclavos –no existían medios de coerción desde que el ejército se negara a perseguir cimarrones-, que abandonaban en masa las dotaciones. En tales circunstancias, el premier Correa de Oliveira sometió al Parlamento la Ley Aurea –abolición inmediata sin indemnización-, a la que solo se opusieron nueve diputados. Así, el 13 de mayo de 1888, la princesa Isabel firmó el decreto que abolía la esclavitud en Brasil, último Estado del continente americano en hacerlo. Se calcula que 723 419 personas fueron beneficiadas por la disposición, el 5% de los 14 millones de habitantes que por entonces contaba el país.

Crisis de la monarquía y proclamación de la república

Para la mayoría de los historiadores la crisis de la monarquía está relacionada con cuatro cuestiones: la electoral, la esclavista, la religiosa y la militar. Las dos primeras ya han sido explicadas y dieron como resultado una merma sustancial del prestigio de Pedro II, por su manifiesta incapacidad para solucionar los dramáticos problemas del Imperio. Una conclusión parecida se derivó del conflicto con la Iglesia y del diferendo con los militares.

La cuestión religiosa surgió a principios de la década del 70 debido a la identidad Iglesia-Estado, que databa de los inicios de la colonia. El monarca estaba facultado para determinar candidatos al obispado y para decidir sobre el cumplimiento de las disposiciones papales. El uso de ese derecho por parte del Emperador  perjudicó sus relaciones con la alta jerarquía eclesiástica, pues algunos abispos deseaban aplicar las bulas de Roma sin esperar por el consentimiento de Pedro II. Muy pronto el clero comenzó a realizar, desde los púlpitos, una campaña contra el monarca. En 1864 el papa Pío IX había emitido la bula Syllabus, que prohibía los vínculos de los católicos con la masonería. En virtud de esa disposición, los obispos de Recife y Belem prohibieron la participación de los religiosos  en las ceremonias masónicas. Ante este desacato a sus prerrogativas, el Emperador ordenó una acción judicial contra los dos obispos, que fueron condenados a cuatro años de trabajos forzados. El incidente afectó las relaciones entre Pedro II  y la Iglesia, al extremo que el Papa lo excomulgó. La situación fue aprovechada por los sectores anticlericales para hacer proselitismo a favor de la separación de la Iglesia y el Estado. Preocupado por las proporciones que adquiría el conflicto, el monarca decidió conciliar con el clero, amnistiando a los prelados y ofreciendo una satisfacción oficial. La derrota sufrida por el Emperador en la cuestión religiosa contribuyó a debilitar su ya precaria autoridad y a reducir su prestigio como gobernante, precisamente en el momento en que más necesitaba ambas cosas.

Pero la verdadera causa del derrumbe del Imperio fue el enfrentamiento con el ejército. Hacia 1883 el gobierno propuso una ley de retiro que fue mal recibida por la oficialidad. Incluso algunos militares de cierta graduación utilizaron la prensa para manifestar su inconformidad. Las declaraciones en los períodicos fueron censuradas por el ministro de la guerra y marina, Cándido de Oliveira, lo que levantó la solidaridad del resto de la oficialidad. Los dos casos relevantes fueron los del teniente coronel Sena Madureira –destacado abolicionista- y ante esta cuestión, contribuyó a resquebrajar la disciplina en las filas del ejército y su tradicional fidelidad al Emperador.

El visible enfrentamiento: entre el ejecutivo y los militares se agudizó con la negativa del ejército a perseguir cimarrones y cuando unos meses después se manifestaron a favor de la emancipación de los esclavos. En 1887 el general Manuel Deodoro da Fonseca, comandante de armas en Río Grande do Sul, apoyó a sus subordinados tanto en la cuestión de la prensa como en el asunto de la esclavitud, lo que puso en tela de juicio la gestión del ministro de guerra y marina, quien fue destituido.

A principios de 1888 salieron a flote nuevos motivos de conflictos al chocar la policía con soldados –muchos de estos habían sido esclavos y alcanzado su libertad por méritos obtenidos en la Guerra del Paraguay- que públicamente criticaban al gobierno. La animosidad del ejército estaba también avalada por la práctica oficial de conceder privilegios a la guardia nacional, en detrimento de las fuerzas armadas permanentes.

Paralelamente crecía la divulgación de la filosofía de Augusto Comte entre la joven oficialidad. Sus ideas –sintetizadas en el lema de Orden y Progreso- se inculcaban en la Escuela Militar y enlazaban a los militares con civiles positivistas como Miguel Lemos y Teixeira Mendes. Un papel sobresaliente le correspondió desempeñar al teniente coronel Benjamín Constant Botelho de Magalhaes, quien no se limitaba a adoctrinar a los cadetes de la Escuela Militar, sino que también predicaba sobre la necesidad de implantar en Brasil una dictadura militar republicana.

Con el ánimo de calmar a la oposición, el Emperador recurrió a un último recurso. Nombró jefe del gabinete al liberal Alfredo Celso Assis Fiueiredo, vizconde de Ouro Preto. El premier llegó al gobierno con un ambicioso programa de reformas –que debía ser presentado al Parlamento el 20 de noviembre de 1889-; entre las reformas estaban: elecciones a la Cámara; nombramiento de un militar para la cartera de guerra y marina; autonomía provincial y municipal; libertad de cultos; incentivos a la inmigración; reducción de las atribuciones del Consejo de Estado y aplicación de una política emisionista. Pero las promesas contenidas en los planes de Ouro Preto llegaban demasiado tarde. Además, existía el propósito gubernamental de debilitar las fuerzas armadas, lo que explica la rebeldía de los mandos castrenses encabezados por el general  Da Fonseca y el mariscal Floriano Peixoto.

En la noche del 11 de noviembre de 1889, mientras el monarca participaba en una fastuosa fiesta en Río de Janeiro, los oficiales del club militar escuchaban la encendida arenga de Benjamín Constant que los incitaba a la rebelión. Por entonces corrían rumores de que algunos oficiales serían arrestados. Cuatro días después, las tropas del general Da Fonseca salían de los cuarteles, ocupaban posiciones en la capital y exigían la dimisión de Ouro Preto. Ese mismo día, un grupo de exaltados republicanos al frente del cual figuraban Silva Jardim, José da Patrocinio y Lopes Trovao, proclamó en el ayuntamiento de Río de Janeiro el fin de la monarquía y el advenimiento de la república.

En realidad lo que forzó al general Da Fonseca a derribar al Emperador fue el esfuerzo desesperado de este por constituir otro gobierno con Gaspar Silveira Martins, viejo enemigo del jefe de la asonada. En la mañana del 16 se consumaba el golpe militar al ser publicado un decreto, firmado por el general Da Fonseca, en el que se proclamaba la república. Resta solo agregar que el movimiento triunfante se había producido a espaldas del pueblo, como augurio de que los principales beneficiarios del nuevo régimen serían los grandes cafetaleros y el ejército.

Inicios de la penetración imperialista: la República Velha

La República Velha nació en un contexto histórico mundial signado por el fin del capitalismo de libre concurrencia y el comienzo de la fase imperialista. A partir de ese cambio las potencias industriales, en respuesta a las necesidades de sus monopolios, se convirtieron no solo ya en exportadoras de mercancías sino también de capitales, lo que dio origen a una agresiva política recolonizadota. Paralelamente cobraba auge la lucha interimperialista por la posesión de fuentes de materias primas y un nuevo reparto del mundo.

Para la América Latina los efectos de ese proceso fueron múltiples. La penetración imperialista impuso a nuestro continente una estructura socioeconómica dependiente, en un esquema de división internacional del trabajo, en el cual se nos asignó la simple condición de exportadores de materias primas y alimentos, e importadores de mercancías elaboradas. Las bases de esa desigual relación fueron creadas mediante el dominio por parte del capital extranjero de la producción, el transporte y la comercialización de los artículos latinoamericanos, lo que liquidaba cualquier posibilidad de desarrollo independiente. Así a unos países se les obligó a especializarse en la producción de azúcar, bananas, guano o petróleo, mientras a otros le correspondía suministrar carnes, cereales, salitre o estaño. El Brasil semicolonial ocuparía su lugar con el café.

Pese a las similitudes que puedan establecerse entre los países de América latina exportadores de productos primarios –y en particular con los cultivos agrícolas tropicales-, Brasil logró distinguirse de casi todos ellos en virtud de un relativamente temprano crecimiento de su industria. En gran medida ese fue el resultado del papel dinamizador que le cupo al café, en las condiciones de la economía brasileña, pues en su expansión generó una eficaz infraestructura, favoreció un flujo migratorio de grandes proporciones –cuya casi totalidad se estableció en Brasil central e impuso la relaciones capitalistas- y permitió la aparición de un mercado interno. La combinación de estos elementos posibilitó que al lado de una economía agrario-exportadora dependiente surgiera una industria de consideración, con la consiguiente formación de una numerosa clase obrera y el ascenso de grupos burgueses y pequeñoburgueses.

En otro orden de cosas la evolución brasileña no fue muy diferente a la del resto del continente. Como sucedió en toda América Latina, Brasil no fue ajeno a las profundas conmociones políticas y sociales que se produjeron en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando el triunfo de la Revolución Socialista de Octubre indicaba el inicio de la crisis general del sistema capitalista. Aquí esa crisis no solo se expresó en la eclosión de las luchas obreras –grandes huelgas de los años 1917-1920 y fundación del Partido Comunista- o en el estallido de violentas revueltas campesinas, como las del Contestado, sino también a través de la radicalización de sectores de las capas medias –movimiento tenentista- que pretendían superar el absoleto régimen de la oligarquía cafetalera con ciertas reformas nacionalistas. A fines de la década del 20 el resquebramiento estructural de la vieja república seconjugó con la gran crisis económica capitalista de 1929, premisa de una imprevista situación revolucionaria. La solución de las clases dominantes fue un modelo de Estado burgués-reformista –más tarde semifascista-, auspiciado por la alianza de un sector marginado de la propia oligarquía y la emergente burguesía industrial, encabezada por un caudillo pragmático que dejaría su impronta en la vida del país: Getulio D. Vargas.

Formación de los Estados Unidos de Brasil

La estapa que se inicia con el establecimiento de la república fue turbulenta en más de un sentido. El panorama político estuvo ensombrecido por las pugnas entre la reacción monárquica, los jefes militares artífices de la caída de pedro II y las distintas tendencias republicanas. Al margen de los conflictos de las clases dominantes se desarrollaban los movimientos campesinos y las luchas obreras por alcanzar mejores condiciones de vida y trabajo, como expresión de las reivindicaciones insatisfechas del pueblo brasileño.

El derrumbe del Imperio y la consolidación en el poder del mariscal Deodoro da Fonseca, vino acompañado de varios decretos destinados a legitimar el nuevo régimen. Nos referimos a las leyes que crearon los Estados Unidos de Brasil, la reforma de la enseñanza, separaron la Iglesia del Estado, suprimieron el Consejo de Estado y el Senado Vitalicio, y establecieron la ley de naturalización que facilitaba a los extranjeros el cambio de nacionalidad.

La imposición a las provincias de juntas interventoras, en cambio, fomentó los primeros problemas en la gestión del gobierno provisional y provocó airadas protestas de la oligarquías locales contra la excesiva centralización de los “repúblicanos históricos”. Otros motivos de tensión surgieron más adelante debido a las divergencias entre el presidente y algunos de sus ministros, en particular con Arístides Lobo y Benjamín Constant. Para tratar de zanjar estos tropiezos, Da Fonseca sustituyó a Constant en el ministerio de la guerra por un hombre que estaba llamado a desempeñar un papel protagónico en futuros acontecimientos: el mariscal Floriano Peixoto.

Unos meses después Peixoto desplazaría del puesto de premier a Rui Barbosa, diseñador de la política económica denominada O Encilhamento, que consistía en otorgar créditos e impulsar la inflación, al extremo que el dinero circulante pasó de 206 000  contos de rei en 1889 a 561 000, 3 años más tarde. Esa práctica no fue del agrado de los sectores oligárquicos, aunque benefició –mediante el aumento de las tarifas aduaneras- a la naciente industria nacional.

En enro de 1891 el gobierno –en el que ocupaban sitio Peixoto, Barbosa, Campos Sales, Bocayuva, Francisco Gliceiro, Cesario Alvim y el almirante Eduardo Wandenkolk- tuvo que renunciar. Por un lado influyeron los efectos de las quiebras de fines de 1890, provocadas por las desenfrenadas especulaciones financieras y operaciones bursátiles. Por otro, el problema creado con el negociado del puerto Torres en Río Grande do Sul, en el que participaba personalmente el mariscal Da Fonseca y al cual se oponía la mayoría de sus ministerios. Para sustituir a los dimitantes el presidente designó un nuevo gabinete con antiguos monárquicos encabezados por el barón de Lucena.

Fue en ese interin cuando se confeccionó la nueva carta fundamental. La discusión de sus artículos en la Convención –electa en unos comicios considerados fraudulentos y regidos por el restrictivo código electoral monárquico- contribuyó a ahondar la división en el campo republicano. De una parte se situaron los positivistas y un sector del ejército, partidarios de un sistema centralista y autoritario. Una segunda tendencia estaba integrada por los ganaderos de Río Grande do Sul, quienes proponían la adopción de una carta fundamental ultrafederalista. Un tercer grupo, en el que figuraban los representantes de la burguesía cafetalera paulista y las diferentes oligarquías locales fue, en definitiva, el que impuso su programa, basado en un tipo de Estado federal y presidencialista semejante al norteamericano.

El 24 de febrero de 1891, después de tres meses de agotadoras sesiones, se promulgó la Constitución de los Estados Unidos de Brasil. El país quedaba dividido en 20 estados –las antiguas provincias- con cierta autonomía: tendría sus propias leyes y cartas magnas, eligirían al presidente (gobernador) estaban capacitados para contraer empréstitos, recaudar impuestos y organizar fuerzas militares. Además se suprimía el régimen de manos muertas y se abolían los títulos nobiliarios Tanto el jefe de Estado como los presidentes estaduales y miembros de la legislaturas se elegían por un eufemístico sufragio universal, pues en realidad solo se otorgaba derecho al voto a un 3% de la población, dado que se excluían los analfabetos, mujeres, soldados y menores de edad.

Al día siguiente de entrar en vigor la constitución republicana la Convención eligió a los primeros mandatarios del país. Las oligarquías locales llevaban de candidato al presidente de la propia Asamblea Constituyente, Prudente de Morais y como vice al mariscal Peixoto. Los rumores de que el ejército no admitiría la elección de un civil, determinaron en gran medida el triunfo por un estrecho margen de votos, del mariscal Da Fonseca. En cambio, su candidato a la vicepresidencia, el almirante Wandenkolk, fue ampliamente derrotado por el mariscal Peixoto.

El gobierno constitucional de Da Fonseca se desenvolvió en un mar de dificultades, generadas por su torpe política autoritaria. Una prueba de ello fue la destitución de los gobernadores estaduales que habían respaldado la candidatura de Morais. Este tipo de arbitrariedad también lo condujo a un enfrentamiento con el Congreso, cuando el poder legislativo, a propuesta de Bocayuva, proclamó a Benjamín Constant, que acababa de morir, “fundador de la república”. Al pretender los congresistas juzgar al presidente por sus actos inconstitucionales, este disolvió la Asamblea el 3 de noviembre de 1891.

El golpe precipitó los acontecimientos. Una parte del ejército y la marina se sublevó por órdenes del admirante Custodio José de Melo y del vicepresidente, mariscal Peixoto. Cuando el día 23 la escuadra, surta en la bahía de Guanabara, amenazó con bombardear la capital, el presidente Da Fonseca renunció.

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