Breve Historia del Brasil

Alberto Prieto y Sergio Guerra
La Habana, 1991

El movimiento del padre Cicero en Ceará

Antonio das mortes. Deus e o diabo na terra do sol (1964). Film de Glauber Rocha (1938-1981)

El movimiento campesino que tuvo por centro a Juazeiro –del norte-, se distingue del Canudos porque los anhelos de rendición social de los desesperados sertanejos fueron desviados de su curso natural por el padre Cicero, en provecho de los intereses de los grandes hacendados y “coroneles” de Ceará.

Casi en la misma época en que Canudos era destruido sin compasión por la cólera gubernamental, florecía en Ceará otro movimiento religioso, aunque sin la independencia y el contenido social de aquel. Era dirigido por un sacerdote católico, Romao Batista, el padre Cicero, aliado de los “coroneles” de la localidad y venerado por miles de infelices  campesinos pobres.

A fines de la década del 90 la popularidad del padre Cicero crecía sin parar desde que se radicó en Juazeiro, donde prestaba a los sertanejos, servicios religiosos gratuitos y brindaba otros favores a la población. No tardó en propagarse la noticia de que el padre Cicero realizaba milagros, lo que atrajo a más feligreses fanáticos. Los supuestos milagros enfrentaron al padre Cicero con la jerarquía de la Iglesia, por lo que viajó a Roma y se entrevistó con el Papa (1898).

De regreso al Vaticano, su influencia sobre las masas campesinas creció, al extremo que el padre Cicero fue electo prefecto de Juazeiro y pudo actuar de mediador (octubre de 1911) en el tradicional conflicto de los “coroneles” de la zona. Su labor comprometió a los acaudalados hacendados a ofrecerse mutua protección y a garantizar la permanencia en el poder estadual del jefe liberal Antonio Nogueira Accioly. El servicio prestado a la oligarquía de Ceará le abrió al padre Cicero las puertas de la posesión de apreciados bienes terrenales.

Por eso cuando en 1913 la política de “Salvación” del presidente Rodrigues da Fonseca provocó la caída del gobierno de Accioly, sustituido por el coronel Franco Rabelo, el padre Cicero reaccionó violentamente. Con su apoyo y el de los “coroneles” de Ceará, apareció un “gobernador” rebelde, Floro Bartolomeu da Costa, que estableció su sede en Juazeiro. Cuando en diciembre de 1913 Rabelo intentó liquidar esa dualidad de poderes, miles de campesinos y cangaceiros, siguiendo órdenes del padre Cicero, ocupación Crato (24 de enero de 1914) y después pusieron sitio a Fortaleza, capital oficial del estado. La rebelión campesina alentada por el padre Cicero y los fazendeiros obligó a una transacción entre las partes que consolidó el dominio de los “coroneles” en Ceará. Se cuenta que al morir en 1934 el padre Cicero era el hacendado más rico de Camiri.

Insurrección de los marinos en la bahía de Guanabara

El sertao y los centros fabriles no fueron los únicos lugares donde se manifestó la efervescencia social durante la República Velha, pues esta también repercutió en el seno de las fuerzas armadas. Quizás el ejemplo más ilustrativo fue el levantamiento de los marinos en la bahía de Guanabara.

Todo comenzó con el descontento creado entre los alistados por los castigos corporales que desde la época imperial se aplicaban en la armada. Como sus reclamos no fueron escuchados por la oficialidad, los marinos pasaron a conspirar. La noche del 22 de noviembre de 1910 la revuelta estalló en los barcos de guerra surtos en la bahía de Guanabara. Uno de los rebeldes, Joao Candido, el almirante negro, asumió el mando del acorazado Minas Geraes, tras dar muerte a su capitán y varios oficiales. En otros tres buques la insurrección también tuvo éxito. Con estos recursos, los marinos amenazaron con bombardear la capital si no eran aceptadas sus modestas demandas: abolición de los castigos corporales, aumento de sueldo y creación de un sistema educacional en la armada.

Sin fuerzas suficientes para contener la rebelión –vitoreada desde el litoral por la población humilde de Río de Janeiro-, el gobierno del general Rodrigues da Fonseca tuvo que ceder. Los castigos corporales fueron suprimidos y amnistiados los participantes en la ocupación de los acorazados. Sin embargo, las autoridades se valieron de diferentes subterfugios legales  para cumplir sus promesas, y arrestaron después a 22 marinos.

Los rumores sobre más detenciones despertaron de nuevo la intranquilidad en la armada. El 9 de diciembre los marinos se volvieron a insurreccionar. Pero en esta oportunidad el movimiento tuvo un completo fracaso, y los rebeldes se rindieron bajo el fuego del ejército y una parte de la propia escuadra. En los combates murieron decenas de marinos, y fueron arrestados los sobrevivientes. A algunos de los prisioneros los fusilaron, acusados de insubordinación, mientras otros eran confinados al Amazonas. El virtual líder del levantamiento, Joao Candido, fue encerrado en una mazmorra de la IIha das Cabras, donde permaneció hasta noviembre de 1912.

Luchas por la tierra en el Contestado

Sin duda la más importante rebelión campesina de la República Velha fue la que tuvo por teatro al Contestado, en el extremo sur del país, entre 1912 y 1915. Esta lucha por la tierra llegó a involucrar a unos 50 000 campesinos. Al igual que sucedió en Canudos, en el levantamiento de los trabajadores rurales del Contestado se mezclaban las reivindicaciones sociales con el fanatismo religioso, aunque era un movimiento mucho más generalizado que aquel, pues los campesinos llegaron a dominar una extensa zona de miles de kilómetros cuadrados y amenazaron incluso con invadir Río de Janeiro.

El problema comenzó a gestarse con el traslado hacia los estados meridionales de miles de campesinos y trabajadores, atraídos por las oportunidades de empleo creadas con la expansión del cultivo de la yerba mate y la construcción del ferrocarril de Sao Paulo a Río Grande do Sul. La inesperada valoración de la tierra provocó que los “coroneles” y las compañías colonizadoras que operaban en la región comenzaron a expulsar a los campesinos de sus tierras o de aquellas que libremente habían ocupado. Los desalojos se multiplicaron por el Contestado pues no existía una definida jurisdicción estatal, ya que era una zona fronteriza reclamada por los gobiernos de Santa Catarina y Paraná.

Desesperados, ávidos de tierra y hambrientos, los campesinos y obreros sin trabajo encontraron consuelo a sus penalidades en las prédicas religiosas –mezcla de catolicismo y creencias sertanejas- que desde 1882 vertía un anciano curandero llamado Joao María, el monje. Su desinteresada labor lo convirtió a los ojos de los infelices campesinos, en un ser mítico, por lo que el morir se esparció la leyenda de su resurrección.

Hacia 1911 apareció por el sertao sureño a otro personaje que se decía hermano del desaparecido Joao María, el cual heredó la fama y los métodos de su antecesor, valiéndose la reputación de Santo. El nuevo monje se dedicó a recorrer los estados de Paraná y Santa Catarina, prometiendo a sus seguidores bienes materiales y salvación eterna. Como preámbulo de su bíblico reino milenario, este Joao María organizaba por el sertao campamentos o villas santas, para esperar pacientemente el regreso al trono del rey portugués Sebastiao.

En octubre de 1912 el centro de la actividad de Joao María se encontraba en el municipio de Curitibanes, en Santa Catarina. Asustado por la cantidad de prosélitos que se acercaban al territorio, el perfecto solicitó tropas al gobierno estadual, que expulsaron a Joao María y sus seguidores a Campo de Iraní en Paraná. Para sacarlos de este sitio las autoridades del estado movilizaron unos 500 hombres, que nada pudieron contra la tenaz resistencia de miles de sertanejos que se negaban a ser desalojados otra vez.

Para evitar la repetición de los trágicos sucesos de Canudos, el gobierno federal no vaciló en descargar toda su fuerza sobre las villas santas del Contestado. Por entonces el movimiento tenía su sede en Taquaracu, ahora bajo la dirección de un tercer Joao María, Euzebio Ferreira dos Santos, que aseguraba recibir revelaciones de Dios. El ataque de los efectivos gubernamentales, el 20 de diciembre de 1913, obligó a los sertanejos a huir más al interior y establecer la villa santa en Caragoatá. Una acción punitiva del ejército, el 9 de mayo de 1914, los hizo trasladarse a Tamanduá.

Para aplastar al movimiento campesino del Contestado, el gobierno presidido por Rodríguez da Fonseca envió entonces al general Frederico de Mesquita –distinguido en la represión de Canudos- junto con 1 500 soldados. Su fracaso provocó que fuera despachado el general Setembrino de Carvalho con unos 6 000 hombres. Este gigantesco despliegue militar, más el empleo de aviones –por primera vez se utilizaban en Brasil para apoyar operaciones terrestres-, permitió a las fuerzas gubernamentales quebrar las defensas organizadas del Contestado –encabezadas por Aleixo Goncalves y Antonio Tavares- entre fines de 1914 y 1915.

Avances en la sustitución de importaciones


Desde 1880 la  industria brasileña  crecía  en forma lenta pero constante  impulsada por la existencia de un mercado  interno en expansión. A partir del 1907, cuando el café generaba  ganancias que no podían ser  utilizadas  en las plantaciones –por  las restricciones  contempladas  en el Convenio  de Taubate-,  algunos sectores de la burguesía  exportadora invirtieron  en la  industria. Se calcula  que a principios de siglo  la mitad  de los obreros laboraban en fábricas  que pertenecían a cafetaleros. También en los períodos  de crisis de los comerciantes  importadores-como Matarzzo, Nami  Jafet y Klabin -  se aventuraban  a producir en el país determinados artículos.  La creación  de cierto capital “excedente “, unido a una abundante  mano de obra  calificda- compuesta en gran parte  por inmigrantes -, permitió  un sostenido avance  industrial. La  política  crediticia  del Estado   y los aranceles  proteccionistas también  contribuyeron  a ese resultado. Vale la pena recordar que ya en 1980 el  ministro  Rui Barbosa  había hecho aprobar una tarifa  aduanera que gravó entre un 45 y un 60 %  sobre su valor  a unos 300  artículos  de importación. En consecuencia  se fundaron unas 450 fábricas entre ese año y 1895.

Antes de la caída del imperio ya operaba  un dinámico grupo de industriales  en Río de Janeiro  encabezados  por  Amaro  Cavalcanti,  Alcindo  Guanabara  Serdedelo  Correia. Perjudicados por la competencia  de las manufacturas  extranjera, los industriales cariocas atacaban el liberalismo económico que solo  favorecía  a la agricultura  de exportación. En 1882  fundaron  la Asociación  Industrial,  que dio a conocer  un  manifiesto  en donde afirmaban  que la industria era  el único renglón  de la economía capacitado para hacer verdaderamente  independiente  al país.

A pesar de todas las dificultades, la industria  creció  entre los intersticios  dejados por las mercancías  importadas.  Se estima  que hacia 1907  ya existían 3 258  establecimientos  fabriles.  El 33%  ubicado en Río de Janeiro, 16%  en Sao Paulo, 14%  en Río Grande Do  Sul  y el resto en otras zonas.

La Primera Guerra Mundial,  y la consecuente desorganización  del comercio a escala  Internacional,  actuó  a favor  del  desarrollo  industrial. La guerra submarina  decretada por  Alemania  y la orientación bélica  de la economía  europea  y norteamericana, tuvo por resultado  separar transitoriamente  a Brasil  de sus  suministradores  internacionales. La coyuntura  estimuló  la  ampliación  de la  industria ligera, sobre todo de textiles,  con la consiguiente proliferación  de grupos burgueses  y pequeño-burgueses. Era la conocida política  de sustitución de importaciones.  Ya  en 1920 había unas 13 569 fábricas  funcionando,  de las  cuales 5 940 fueron instaladas en el período  de 1915 a 1919. En esta época –el país tenía unos 30 millones  de habitantes-,  la industria brasileña  encabezada  ya por Sao Paulo, ocupaba  a más de 300 000 obreros.

Concluido el conflicto mundial, la industria  europea se fue  reponiendo y  ya  1925  había alcanzado los niveles de  producción  de  1914, mientras la norteamericana  no cesaba de  ampliarse. La terminación de un clima internacional  favorable al  desarrollo de la producción  fabril vino aparejado  con el aumento de la inversión extranjera –sobre todo yanqui- en la esfera  de los servicios y en determinadas actividades industriales. Entre 1919   y 1930 se establecieron en el país  unas 16 empresas  norteamericanas,  como la Electric Bond  Share.  Atención  especial  puso el capital extranjero en la congelación  de carnes. Grades frigoríficos  fueron construidos  en Sao Paulo y Río  Grande do Sul, pertenecientes  a consorcios imperialistas  como la Wilson, Swift y  Armour.

Por añadidura, desde 1924 la elevación  excesiva de la deuda  externa, motivada por el financiamiento  del café, condujo al gobierno a  adoptar  una política  deflacionaria  y de valorización  de mil  reis,  lo cual afectó sensiblemente  el ritmo de crecimiento industrial. Era paradójico  que esa misma industria  dependiera  para su desarrollo  de la expansión  de la agricultura  de exportación,  pues por esa vía se obtenían  las divisas necesarias  para la compra de equipos  y materias primas. Estas condiciones  creaban un círculo vicioso  del que la industria brasileña  no podía escapar.

La estructura fabril, por otro lado,  contribuía a acentuar  la dependencia  externa. El grueso  de la producción industrial (85,% )  correspondía  a artículos  de uso y consumo –textiles,  alimentos, ropa, bebidas y calzado– frente  a un 14, 6% que representaba  el denominado por Marx,  Sector I,  o sea los bienes de producción. Tal composición estaba  determinada,  en gran medida , porque la industria ligera requería  de una  tecnología mucha más simple y menores  volúmenes  de capital  que la pesada, lo que también imposibilitaba  la ruptura  de la  dependencia  al condicionar la producción nacional  a materias primas importadas.

LAS GRANDES HUELGAS OBRERAS DE 1917-1920

A partir  de la Primera. Guerra Mundial  las condiciones  de vida  de los obreros empeoraron considerablemente. A pesar  de la significativa  expansión  industrial,  el costo de la vida  se elevó  de 1914 a 1916  en un 16% mientras en el mismo  lapso  los salarios  solo aumentaron  en un ridículo 1%. La inflación  galopante y el crecimiento  de las exportaciones  agropecuarias –arroz, frijoles, carnes  y azúcar –hacia  el mercado europeo, desorganizado  por la conflagración, disminuyó la oferta  interna de alimentos encareció los precios  y agravó la situación  económica  de los trabajadores.

La falta  de reglamentación laboral y el desempleo otorgaban  una absoluta inmunidad a los patrones,  que pagaban salarios  de miseria. Estimulados  por la triunfante Revolución  de Octubre,  los trabajadores brasileños impulsaron una gran  oleada  huelguista que conmovió  hasta los cimientos  al Estado oligárquico. Solo entre 1917 y 1920 ocurrieron  150 huelgas en Sao Paulo, 84 en Río de Janeiro  y 46 en el resto del país. De  todas ellas  la  más importante fue la huelga general de Sao Paulo en 1917 -la mayor de todo el período  de  la República Velha que abarcó  a más  de 50 000 obreros.

En junio de 1917 un grupo de trabajadores  de la fábrica  textil  de Rodolfo Crespí, en el barrio de Mooca (Sao Paulo),  presentó  a la administración  un pliego de demandas  a nombre  de los  2 000 sindicalizados, donde exigían  un aumento salarial –hacía  mas de 10 años  que estos no eran reajustados entre  un 20% y un 25%  y la suspensión del plan para prolongar  la jornada nocturna  de trabajo. El rechazo patronal determinó el  paro de la  industria. Entre  los días 10 y 15  de junio  se  realizaron huelgas  de solidaridad  en otros establecimientos  de Sao  Paulo, las cuales fueron combatidas por las fuerzas  gubernamentales.

En respuesta a la terquedad  de la burguesía  y a las detenciones  y violencias perpetradas  por la policía,  la huelga se  extendió  a las empresas  de Nami  Jafet,  José Haider,  J. Schneider. Mauricio  Scheman , G Bom Retiro  y otras. El número  de huelguistas  pasó de 5 000  mientras  el sindicato de los textileros  llamaba  a boicotear  la empresa Crespi.

Aunque el 6 de julio la fábrica de Jafet  cedió a las demandas  obreras,  los sucesos de los días siguientes  renovaron el espíritus  de lucha de los días 8 y 9 se produjeron choques  callejeros  entre los huelguistas y la policía. En uso de esos encuentros  perdió la vida el zapatero  Antonio Martines. Su sepelio se convirtió  en una nueva protesta  proletaria,  se sumaron al movimiento  tipógrafos, obreros  metalúrgicos, de la construcción  y otros. El 10  los sindicatos  agrupados en la Comisión  de Defensa  Proletaria –creada en agosto de 1914  y dirigida por los anarcosindicalistas  Edgar Laurenothp, Antonio  Duarte  Candeias, Gigi Damianin, Antón Malipiniski y José Sermento  Marqués– dieron a  conocer un manifiesto, redactado  por Everardo Días, en el cual hacían un llamado a la solidaridad de los soldados, que encontró eco en algunos batallones.

A la gran movilización de efectivos de la policía, el ejército y la marina, los obreros replicaron con la ocupación de las calles, barricadas y el paro total en la ciudad entre los días 12 y 15 de julio. La huelga, entre tanto, se había extendido al interior del estado, así como hacia Río de Janeiro, Minas Geraes, Pernambuco y Paraná.

La fuerza del movimiento obrero obligó a los patrones a aceptar las exigencias proletarias. El 18 de julio la huelga general de Sao Paulo terminó con la promesa de aumentos salariales, reglamentación del trabajo femenino e infantil, reducción de la jornada laboral y liberación de los huelguistas presos. A pesar de ello, la acción represiva estatal se descargó más tarde a través de la expulsión de los dirigentes extranjeros y el asesinato de los nacionales.

El éxito obtenido en Sao Paulo alentó los sueños de los anarcosindicalistas para derrumbar al Estado opresor. El 15 de noviembre de 1918, más de 40 líderes sindicales de izquierda concibieron un proyecto de insurrección armada, para lo cual se constituyó un comité revolucionario en Río de Janeiro. Aunque  el complot fue descubierto por agentes policiales y arrestados sus promotores, el movimiento estalló de todos modos el día 18. los trabajadores asaltaron depósitos de armas y cuarteles de policía y levantaron barricadas en el distrito obrero de San Cristóbal. A pesar de que los trabajadores de Niteroi, Petrópolis y la capital abandonaron las labores, la rebelión fue aplastada. Los sindicatos quedaron prohibidos y 58 personas procesadas. Entre ellos figuraban los sindicalistas revolucionarios Astrojildo Pereira, Agripino Nazaré, Alvaro Palmeira, José da Costa Pimienta y Manuel de Castro.

Otros síntomas del auge de las luchas obreras bajo orientación anarquista fueron las grandes huelgas que se organizaron en junio de 1919 en porto Alegre, Recife, Niteroi y Sao Paulo. Cuatro meses después estalló, en esta última ciudad, otro paro iniciado por los trabajadores de la compañía eléctrica, que reclamaban aumento de salario. A la huelga se adhirieron los obreros metalúrgicos, textiles y de la construcción de Sao Paulo y del puerto de Santos. Movimientos semejantes se registraron en Bahía, entre los trabajadores ferroviarios en 1920.

Las grandes huelgas del período 1917-1920 resquebrajaron el prestigio anarquista en el movimiento obrero organizado. En estas contiendas clasistas se reveló en toda su magnitud la incapacidad teórica, política y práctica de los líderes sindicalistas para dirigir el proceso revolucionario y derrocar el sistema capitalista.

Por su parte, las clases dominantes trataron de contrarrestar el avance del movimiento obrero no sólo con la represión. En los años siguientes el gobierno hizo ciertas concesiones. Formalmente se declaró la jornada de ocho horas, se elevó el salario para una serie de oficios y se dictaron leyes de fiscalización sobre el trabajo femenino e infantil y otras de seguridad social. Además, en marzo de 1921, se integró la llamada Confederación Sindical Cooperativa del Brasil, la cual encuadró en una sola organización a patrones y obreros como fórmula de conciliación de clases.

Primeros pasos del Partido Comunista

La Revolución Socialista de Octubre estremeció a la clase trabajadora brasileña. Las organizaciones y sindicatos anarquistas no fueron ajenos al entusiasmo despertado entre los obreros y otras capas sociales por el triunfo de los bolcheviques. Muchos anarquistas interpretaron aquellos sucesos como inicio de la revolución libertaria mundial. En enero de 1918 varios grupos ácratas y sindicalistas dieron a la publicidad un folleto en defensa de la revolución soviética. El 1ro de mayo de ese año, se celebró un mitin obrero en Río de Janeiro –organizado por la unión de trabajadores de esa ciudad-, en saludo a la Rusia de Lenin. Por su parte, el semanario Spartacus de Río de Janeiro publicó en agosto de 1919 el mensaje de Lenin a los trabajadores norteamericanos mientras La Hora Social de Pernambuco reproducía el texto de la primera constitución soviética. Alba Rosa, semanario en lengua italiana editado en Sao Paulo, publicó el 1ro de marzo de 1919 un artículo de Lenin. Otros muchos ejemplos podrían ser mencionados. Paralelamente se organizaban mítines, debates, actos públicos y conferencias que, de una u otra manera, encomiaban los trascendentales acontecimientos de Rusia.

El movimiento en apoyo de la revolución bolchevique contribuyó directamente al desarrollo ideológico del proletariado brasileño. A la luz de Octubre se produjo un proceso de esclarecimiento que sirvió para delimitar el campo entre los anarquistas recalcitrantes y los sindicalistas revolucionarios. Algunos grupos ácratas dejaron de expresar su apoyo a la Rusia soviética tan pronto comprendieron su verdadero significado. Pero un sector importante de sindicalistas de izquierda, defensores de posiciones clasistas, radicales y antiimperialistas, que evolucionaban al socialismo científico, comenzaron a ser denominados anarco-bolcheviques. Entre ellos se destacaban Astrojildo Pereira, Everardo Días, Edgar Laurenothp, José da Costa Pimienta tuvo lugar durante el III Congreso Obrero en 1920.

Fue en el clima, creado por la profunda crisis ideológica del anarquismo y el sindicalismo y del auge experimentado por el movimiento obrero, que se inició el trabajo de un sector radical de los sindicalistas revolucionarios y de algunos intelectuales progresistas, encaminado a la creación de un partido marxista-leninista en Brasil. El primer trecho en esa dirección se recorrió entre 1918 y 1921 con la formación en varias  ciudades de agrupaciones y centros comunistas.

Todo parece indicar que la primera organización de este tipo apareció en 1918 en la ciudad de Porto Alegre (Río Grande do Sul) con el nombre de Liga Comunista de la Liberación. Encabezada por Isaac Alexlord, el grupo llegó a editar un periódico que divulgaba obras de los clásicos del marxismo, entre ellas el Manifiesto Comunista de Marx y Engels. En la misma ciudad se creó en 1919 la Unión Marxista, lidereada por Abilio de Nequete y José Lima, antecesora de la futura Agrupación Comunista de Porto Alegre (1921). En Recife actuaba un círculo de estudios marxistas, dirigido por Cristiano Cordero y Rudolfo Coutinho y en Cruzeiro el que dirigía Hermageneo Silva.

Para conseguir su ingreso en la internacional de Moscú, un pequeño grupo de sindicalistas de izquierda, encabezado por Antonio Canelas, se plateó en 1919 la creación de un “Partido Comunista”. Una declaración análoga hicieron los comités libertarios de Sao Paulo y otras regiones. En definitiva se celebró en la capital, en junio de 1919, una reunión a la que acudieron 22 delegados de 6 estados. Así nació el Partido Comunista de 1919, organización típicamente ácrata, cuyo nombre reflejaba, sin embargo, el poderoso impacto que la Revolución de Octubre había tenido entre los anarquistas brasileños. Con un carácter parecido funcionaban los grupos Zumbi, Spartacus, la Liga Comunista de Mujeres y otros.

Los que más cerca se hallaban del marxismo eran los integrantes de la Agrupación Comunista de Río de Janeiro, muchos de los cuales procedían de las filas del sindicalismo revolucionario. La célula, compuesta por 12 personas, se había formado el 7 de noviembre de 1921 y entre sus miembros se encontraban Astrojildo Pereira, Octavio Ganado, Manuel Cenden y Joaquim Barbosa, los que se habían dado a la tarea de crear un auténtico Partido Comunista, conforme a las normas y principios de la III Internacional. Con ese fin establecieron contacto con los grupos de Sao Paulo, Santos, Recife y otras ciudades. Un importante lugar ocupó en ese proceso unionista la revista Movimiento Comunista, editada desde enero de 1922 por los marxistas de Río de Janeiro.

A mediados de febrero de ese año, por iniciativa de las organizaciones de Porto Alegre y Río de Janeiro, se convocó a un congreso de las agrupaciones comunistas del Brasil. La reunión se efectuó los días 25, 26 y 27 de marzo en las ciudades de Río de Janeiro y Niteroi. En ella  participaron Abilio de Nequete, Astrojildo Pereira, Cristiano Cordeiro, Hermogeneo Silva, José da Costa Pimienta, Joaquim Barbosa, José Elías da Silva, Luis Peres y Manuel Cenden. En esa ocasión se constituyó el Partido Comunista del Brasil (PCB), más adelante denominado Partido Comunista Brasileño. Astrojildo Pereira fue elegido secretario general y Antonio Canelas representante del partido ante el IV Congreso de la III Internacional.

Los primeros pasos del partido fueron difíciles, ilegalizado por el gobierno cuando estalló la rebelión militar de Sao Paulo en ese mismo 1922. En mayo de 1925 se reunió el II Congreso del PCB y comenzó la publicación de su órgano A Clase Operaria. Casi dos años después, la propaganda comunista se amplía con la edición en Río de Janerio del vespertino A Naçao, que circuló legalmente entre el 3 de enero y el 11 de agosto de 1927. Su propietario era el periodista Leonidas Resende, un intelectual positivista, ganado por el marxismo cuando estaba preso por su oposición al gobierno de Artur da Silva Bernardes. A fines de 1926 Resende puso su diario a disposición de la dirección nacional del PCB. Fue en sus páginas donde se dio a conocer, el 5 de enero de 1927, una Carta Abierta del Partido Comunista dirigida a varias organizaciones políticas y a dos intelectuales progresistas – Mauricio de Lacerda y Azevedo Lima – proponiéndoles la formación de un Bloque Obrero – con una plataforma democrática y antiimperialista – para las elecciones estaduales del 24 de febrero. Era el germen del futuro Bloque Obrero Campesino, que alcanzaría proyección nacional poco más de un año después. Por su parte el Bloque Obrero, guiado pr Pereira, Resende, Cordeiro y Azevedo Lima, se anotó su primer triunfo, en octubre de 1928, con la elección de dos representantes al Consejo Municipal del Distrito Federal. La no aceptación por el gobierno de esos delegados, vencedores por la votación popular, ocasionó airadas protestas de las masas.

El avance de la influencia del PCB donde más se reflejó fue en los medios obreros. En abril de 1927 se efectuó un Congreso Obrero Sindical, que bajo la dirección de los comunistas, organizó federaciones regionales de trabajadores en todos los estados, como base de la Confederación General del Trabajo (CGT) con sede en Río de Janeiro.

A fines de 1928 y principios de 1929 el Partido Comunista realizó su III Congreso, en el cual se reafirmó la línea de continuar el trabajo político en los sindicatos obreros y de utilizar también el parlamento burgués como tribuna para el quehacer revolucionario. Por esa razón, en los comicios de marzo de 1930, el Bloque Obrero Campesino postuló sus candidatos al Congreso Federal y a la primera magistratura – inicialmente la nominación se le ofreció al líder tenentista Luiz Carlos Prestes – a sabiendas de que en el sistema electoral oligárquico del “café con leche” no había cabida para los representantes del proletariado.

Orígenes del tenentismo

Casi simultáneamente el proceso de fundación del Partido Comunista, la República Velha entraba en un agudo período de inestabilidad que se unió a las graves consecuencias de la depresión de postguerra. La desastrosa situación económica y social del país, la corrupción del gobierno y el auge revolucionario mundial hincado en 1917 con la crisis general del capitalismo, despertaron e impulsaron el descontento no solo de las masas trabajadoras, sino también de sectores no proletarios entre los que sobresalían estudiantes, intelectuales y jóvenes oficiales del ejército. Fueron estos últimos, representando los intereses de al emergente pequeña burguesía y de la burguesía nacional, los que hincaron el levantamiento revolucionario contra la vieja República que dio origen al tenentismo, movimiento militar que dejó una profunda huella en la historia contemporánea de Brasil.

La formación ideológica de esos jóvenes oficiales –en su mayoría de extracción pequeñoburguesa– se había efectuado en la Escuela del Realengo, situada en Río de Janiero. En ese centro se le inculcaba a los cadetes la idea de que la misión del ejército era servir a la nación mediante un alto grado de profesionalismo, a diferencia de las antiguas teorías positivistas de la Escuela de la Praia Vermelha, que estimulaban la politización de los militares. Los egresados de la Escuela del Realengo se encontraban en estrecho contacto con los alistados, y sufrían, al igual que los trabajadores y campesinos, los efectos de la difícil situación económica y de los turbios manejos de la oligarquía. Por esa razón, el sentimiento “apolítico” de los tenientes y capitanes poco a poco fue reemplazado por una furiosa oposición al gobierno, ansias de cambios en la vida del país y el progreso de la nación. Entre las primeras demandas valorizadas por los tenientes estaba la lucha contra la corrupción gubernamental y la no utilización del ejército en querellas interoligárquicas.

En 1918 Rodrigues Alves fue electo presidente por segunda vez. Al morir unos meses después –y tras el breve interinato del vice Delfín Moreira-, el régimen de “café con leche” impuso en el poder (julio de 1919) al paraibano Epitacio Pessoa con la sola oposición del eterno contrincante Rui Barbosa. El gobierno de Pessoa se distinguió por su política conservadora y tuvo que enfrentar las repercusiones de la depresión capitalista de postguerra. Durante su mandato Pessoa se ganó la enemistad del ejército –entre otras cosas porque desde la caída del Imperio se constituyó, por primera vez, un gabinete solo con civiles – y de diversos sectores de la burguesía, contrariados por su negativa a continuar los subsidios al café y favorecer el desarrollo industrial.

En medio de una fuerte crisis política, la disputa por la sucesión de Pessoa devino el principio del fin de la vieja república. Las oligarquías de Sao Paulo y Minas Geraes, indicaron en este ocasión como candidato al mineiro Artur do Silva Bernardes. Contra esa postulación se irguió un amplio frente opositor denominado Reacción Republicana, que presentó como aspirante a la presidencia al político carioca Nilo Pecanha. La coalición estaba compuesta por el Partido Republicano de Río Grande do Sul –encabezado por Borges de Medeiros– los seguidores del mariscal Rodrigues da Fonseca y los grupos dominantes en los estados de Bahía, Pernambuco y Río de Janeiro. La Reacción Republicana realizó una campaña “a la americana”, con derroche de propaganda, desfiles, carteles, mítines y giras electorales. A pesar de esgrimir una plataforma liberaloide y moralizante, enfilada contra la corrupción gubernamental, la coalición fue derrotada por la maquinaria de votos del “café con leche”. Para desprestigiar al presidente electo, sus adversarios publicaron en el periódico Correio da Manha una carta apócrifa en la que Bernardes injuriaba al ejército y ponía en duda sus aptitudes militares. La misiva produjo un verdadero escándalo en las filas castrenses, incluso algunas unidades se sublevaron y creó una atmósfera insurreccional entre la joven oficialidad.

El detonante definitivo fue el cierre del club militar y el arresto por 24 horas de su director, el mariscal Hermes Rodrigues da Fonseca, acusado de intervenir indebidamente en la política pernambucana, con la intención de impedir el triunfo en ese estado de familiares y amigos del presidente Pessoa. En la madrugada del 5 de julio de 1922 un grupo de jóvenes oficiales que deseaban impedir el acceso al poder de Bernardes, bajo el mando del capitán Hermes Rodrigues da Fonseca, hijo del Mariscal, tomó el fuerte de Copacabana y la Escuela Militar del Realengo. La rebelión pronto se extendió a otras unidades de Río de Janeiro y sus arrabales y repercutió incluso en Minar Geraes.

Al día siguiente el gobierno, apoyado con fuerzas de la marina y la aviación y respaldado por todos los grupos oligárquicos –entre ellos la derrotada Reacción Republicana-, inició el contrataque. La última resistencia la hizo un decidido grupo de 17 oficiales, dirigidos por el teniente Antonio Siquiera Campos –el capitán Da Fonseca había sido hecho prisionero al intentar parlamentar-, dispuestos a combatir hasta la muerte. Esos hombres dejaron el fuerte y con la adhesión de un civil marcharon por las calles de la playa de Copacabana en busca de las tropas del gobierno, levaban jirones de la bandera nacional prendidos en sus uniformes. En la lucha todos murieron, excepto dos tenientes que resultaron heridos: Siquiera Campos y Eduardo Gomes.

Entretanto las tropas sublevadas en Minas Geraes, guiadas por el coronel Clodoaldo da Fonseca, que avanzaban sobre la capital en apoyo de la rebelión carioca, se rindieron el 13 de julio al enterarse del fracaso de la sublevación. Entre sus oficiales se encontraba Joaquim Távara, futuro líder de la segunda insurrección tenentista.

Como consecuencia de la derrota, muchos jóvenes oficiales fueron detenidos y procesados. Casi 1 000 cadetes fueron expulsados de la Escuela Militar y decenas de tenientes fueron trasladados como castigo a guarniciones lejanas.

La rebelión militar de Sao Paulo y la marcha de la columna Prestes

El  gobierno  de Bernardes (1922-1926) se inició con represalias  a sus opositores  civiles y militares.  Se vengó  del candidato  de la Reacción  Republicana,  Pecanha,  mediante  la intervención federal  en el estado de Río de Janeiro.  Aunque no pudo  hacer lo  mismo  en Río Grande do Sul, allí  alentó el levantamiento de 1923  encabezado por la Alianza  para la Liberación,  de Joaquím  Francisco de Assis Brasil, en contra del prolongado “reinado”-más  de 20 años-  de Borges de Medeiros. Bajo los auspicios  del general Setembrino  de Carvalho se llevaron a  cabo negociaciones  de paz que culminaron  en el tratado  de  Piedras Altas, el cual permitía  la continuación  del gobierno  de Borges  de Medeiros a cambio de prohibir la reelección  presidencial en el estado.

Para completar la obra  reaccionaria  de su predecesor –quien había  dictado leyes anticomunistas-,  Bernardes  realizó una  forma constitucional  que restringió  aún  más  las garantías  individuales  y aumentó las facultades  del gobierno  federal  y el  rigor de las penas  dictadas por el poder judicial. Por otro lado,  la tercer valorización  del café  agravó  la penosa situación  de los trabajadores;  al duplicarse  entre 1921 y 1923 el costo  de  la vida.

En ese cargado ambiente estalló la otra rebelión tenentista. Al  conmemorarse el II Aniversario  de la sublevación  de  Copacabana, el 5 de julio de 1924, los oficiales jóvenes  volvieron a sublevarse,  pero esta vez en las guarniciones  de Sao Paulo. El movimiento  era encabezado  por los hermanos  Joaquim  Juares  Távora. Eduardo  Gómez,  Octavio Guimaraes, César  de Cuna Cruz,  Enrique  R. Hall may y otros oficiales. En el  complot  también estaban involucrados el comandante  caballería  Miguel Costa y el general retirado Isidoro Días Lopes.

El 10 de julio los rebeldes dieron a conocer un  Manifiesto  Revolucionario, en el cual  abogaban por la formación  de un  gobierno provisional,  la elección  de una constituyente  y la  realización  de una serie de reformas  políticas  y jurídicas como el voto secreto  y la prohibición  de la reelección  presidencial. El programa tenentista  revelaba  las insuficiencias ideológicas  y las limitaciones  de clases de los jóvenes oficiales, que daban  la espalda  a los dramáticos  problemas sociales  del país, pues  concebían  la lucha exclusivamente  en términos  de simples cambios  superestructurales.  Estaban convencidos  de que la fuente  de los males  no era el injusto sistema  económico  social, sino  la perversión  del mecanismo  estatal  por un gobierno  corrupto.

Pero el movimiento  tenentista no era homogéneo  como se demostró  por la acción  de  algunos oficiales  del Amazonas,  precursores  de la corriente  radical que cobraría  fuerzas después  de 1927. En ese estado  un grupo  de tenientes,  encabezados  por  Alfredo A. Ribeiro Junior, tomó el poder  y constituyó  un  Consejo  Gubernativo  que duró  30 días.   Durante ese lapso,  confiscaron  los bienes  de comerciantes  especuladores,  expropiaron  un matadero inglés, obligaron  a los ricos  a pagar impuestos  y adoptaron  otras medidas  de contenido  popular.

Entretanto  en Sao Paulo  los combates  se generalizaban  por  toda la ciudad,  lo que obligó al general  Abilio  de Noronha  a rendirse  mientras el presidente  estadual,  Carlos de Campos,  huía.  Durante más de 20 días  Sao  Paulo  estuvo en poder  de los 6 000  soldados  sublevados,  a pesar de la pérdida  de su jefe  el capitán Joaquim  Távora.  Cuando 30 000 efectivos  gubernamentales  con el apoyo de tanques,  intentaron cerrar  el cerco  a la ciudad,  el general Lopes  decidió (27 de julio) retirarse  por tren  a las  zonas  boscosas  del occidente de Paraná,  en espera  de que se repitieran  los alzamientos  militares en otras  partes  de  Brasil.  En ese lugar  se sostuvieron  peleando  durante  siete  meses, rodeados  por fuerzas varias veces  superiores. Aunque la rebelión  de la armada fracasó –solo un barco  fue ocupado  por los rebeldes (7 de noviembre) y llevado  a Uruguay  por su capitán  Hercolino  Cascardo-, en Paraná  se le unieron  las tropas  sublevadas  el 29 de octubre  en Río Grande  do Sul, a  las órdenes  de un desconocido capitán  de 26  años :   Luiz  Carlos  Prestes.

Acosados  por las fuerzas gubernamentales, el  general.  Lopes  desistió de su plan  de continuar en Paraná   con una inútil  guerra de posiciones y prefirió marchar  al exilio  en busca de  recursos. A  partir  de ese momento  se impuso  la tesis de Prestes,    quien  sostenía  la táctica  de hacer una guerra  móvil.  Su objetivo era recorrer  y sublevar  el sertao,   atrayendo  la atención  del  ejército  para permitir  la insurrección de las restantes  guarniciones  comprometidas  y derrocar  al gobierno.

A fines  de abril  de 1925,  con poco más  de 1 000  hombres. Se puso en marcha  la legendaria  Columna Prestes. Tras  atravesar el territorio paraguayo –gracias  a una hábil maniobra  diversionista  del teniente  Desisdedit Liola- las rebeldes irrumpieron  en el Matto Grosso (3 de mayo). Fue en estos  intricados  parajes donde se produjo  la reorganización de las  fuerzas  paulistas  y gauchas en un solo contingente, dirigido  por Miguel  Costa  y  Prestes, la columna  se dividió en cuatro  destacamentos,  comandados  por Osvaldo Cordeiro  de Farias, Joao  Alberto Lins  de Barros, Djalma Soares Dutras y  Siquiera  Campos. Otros oficiales que también  formaban parte de la jefatura  eran Juares Távora, Paulo  Kruger,  Italo Landucci, Manuel  Alvos de  Lira, Ary  Salgado  Freire   y el civil Lourenco Moreira Lima.

Del Matto Grosso,  atravesando la parte meridional  de Goiás, los columnistas  pasaron al occidente  de Minas  Geraes. De nuevo  en Goiás (12 de septiembre), y perseguidos  de cerca por los  efectivos gubernamentales del mayor  Bertholdo Klinger, auxiliados por bandas  del  sertao  movilizados por los “coroneles” siguieron su ruta  a Maranhao Piaui. Durante  el recorrido  se apoderaron por varios días  del pueblo de Porto Nacional.

En Piaui permanecieron hasta el 22 de enero  de 1926, pues  allí encontraron  apoyo popular  gracias a que la columna  tenía  por práctica  quemar los libros  de deudas  de los campesinos  y liberar a los presos políticos. También  durante esa etapa  los rebeldes perdieron a dos de sus oficiales, Kruger,  y Távora,  capturados  por fuerzas del gobierno.

Después  de Piaui pasaron a  Ceará,  donde hallaron  una situación  diametralmente  opuesta  a la que habían  dejado  atrás. Azuzados  por el padre  Cicero y los “coroneles” miles de  sertanejos  fanáticos -encabezados  por Floro  Bartolomeu  de  Costa– cayeron  encima de la columna, la que logró escabullirse en virtud  de su gran movilidad  y al empleo de la táctica  guerrillera de presentar  solo pequeños  combates.

Procurando  acercarse  a las unidades acantonadas  en el litoral –tenían  noticias infundadas  sobre nuevas sublevaciones militares-, la columna  avanzó por Río Grande  do Norte  y se presentó  en  Paraiba, donde  tuvo que enfrentar  una obstinada oposición  por parte de las bandas  armadas por  los “coroneles”. En Pernambuco,  la inesperada muerte  del teniente  Cleto  Campelo- había  salido  en busca de contactos-   obligó a continuar  hacia Bahía  y Minas Geraes,  de donde  retornaron luego a Bahía   y Pernambuco.

El 30 de julio de 1926,  cuando la  columna  operaba  por el empobrecido  nordeste, se tomó la determinación  de abandonar  el país. Los tenentistas estaban  convencidos  de lo absurdo  de una lucha –terminaba  el período  presidencial  de Bernardes-  que no encontraba adeptos en la población sertao –la columna carecía de un programa de reivindicaciones sociales que ofrecer a los campesinos- ni en las guarniciones militares. Además entre los rebeldes comenzaban a notarse síntomas de agotamiento e indisciplina. Por eso el 3 de febrero de 1917, luego de atravesar nuevamente a Piaui, Bahía, Goiás y Matto Grosso, los 620 hombres de la columna Prestes se internaron en Bolivia. El destacamento de Siquiera Campos, separado desde octubre de 1926 para proteger la retirada, se adentró en Paraguay el 23 de marzo de 1927.

La marcha de la invicta columna Prestes terminó tras recorrer, a caballo o a pie, 13 estados –más de 26 000 kilómetros- y de celebrar decenas de combates victoriosos contra las fuerzas regulares y bandas de cangaceiros guiados por 18 generales. Incapacitados para incorporar a las masas populares a un movimiento que se mantenía en los estrechos límites castrenses, sin inscribir en su lucha las reivindicaciones económicas y sociales de las clases oprimidas, la columna estaba condenadla fracaso. Pero el recorrido sirvió para que muchos tenentistas, conmovidos por la terrible miseria del campo, se radicalizaran y adoptaran posteriormente un programa más avanzado. Con todas sus limitaciones, la columna Prestes fue la primera manifestación concreta de la lucha del pueblo brasileño por la libertad, la independencia nacional, el progreso social.

Ocaso de la república oligárquica

Las causas del movimiento de 1930 hay que buscarlas en la estancada estructura económica y social de la República Velha, controlada por la oligarquía cafetalera. Los últimos soportes de ese anticuado sistema de dominación fueron retirados por la gran crisis capitalista de 1929, combinada con la que ya afectaba al principal producto de exportación de Brasil: el café. Desde la terminación de la Primera Guerra Mundial era visible la progresiva crisis de la agricultura brasileña –una economía monoproductora, erosionada por la disminución constante del precio del café- que solo en parte era amortiguada en virtud del financiamiento externo obtenido en casas bancarias europeas y norteamericanas. Ese ajustado mecanismo se vino abajo de la noche a la mañana por la gran depresión capitalista mundial, cuyas repercusiones fueron muy graves en Brasil. La brutal contracción de los mercados cafetaleros hizo descender el precio del producto en un 57%. Las reservas monetarias se redujeron y con ellas el presupuesto estatal, lo que desequilibró la economía con la siguiente devalorización del mil reis. En los puertos se almacenaron los stocks de café sin salida, que obligaron a los arruinados cosecheros a hipotecar o vender sus propiedades. La crisis también afectaba a los demás productos de exportación, con lo cual disminuían las posibilidades de importar alimentos, manufacturas y equipos.

Las empresas extranjeras –en 1929 tenían una inversión, sobre todo en valores cotizables, de más de 3 000 millones de dólares: 1 413 inglés  y 476 norteamericano- tuvieron que restringir sus créditos, con lo cual se derrumbó la tradicional política de valorización del café. La firma inglesa Lazard Brothers –que desde 1924 dominaba el Instituto del Café de Sao Paulo- trató de defender el precio por lo que ordenó la destrucción de 20 millones de libras del producto. Sin embargo, todo era inútil.

En estas condiciones la miseria de las masas se acrecentó. El salario de los trabajadores disminuyó entre un 50 y un 60 %. Miles de obreros quedaron sin empleo, lo cual creó una explosiva situación social. Fue en esa circunstancia que una importante figura surgida en el seno de las clases dominantes, como resultado de disensiones interoligárquicas, provocó el desplome de la vieja república.

La última componenda electoral del esquema del “café con leche” se había realizado en 1926, al ascender al gobierno el exgobernador de Sao Paulo, Washington Luiz Pereira de Souza. Al acercarse el término de su mandato, el presidente retiró su apoyo al sucesor lógico, el gobernador de Minas Geraes Antonio Carlos de Andrade, miembro de la prominente familia de los Andrade e Silva. Con la nominación del presidente paulista Julio Prestes, Washington Luiz rompía el tradicional reparto del poder entre los estados de Minas Geraes y Sao Paulo.

El primero en oponerse a la maniobra gubernamental fue el propio perjudicado, Antonio Carlos Andrade, quien entonces se dedicó a verterbrar un frente opositor. Así en junio de 1929 se organizó la Alianza Liberal, que postuló al próspero latifundista Getulio Dornelles Vargas –gobernador de Río Grande do Sul- como su candidato a la primera magistratura, acompañado en la boleta por el adecuado político paraibano Joao Pessoa. La fórmula electoral contaba con el apoyo de los mayores partidos del Río Grande do Sul –Alianza para la Liberación y el Republicano- y del viejo caudillo Borges de Medeiros. La Alianza Liberal agrupaba no solo a la oligarquía de Río Grande do Sul, sino también a las clases dominantes de Minas Geraes y Paraiba, así como al Partido Democrático, escindido del Partido Republicano paulista.

El programa de la Alianza Liberal –expuesto por Vargas el 2 de enero de 1930 en la Explanada do Castelo- contenía muchos postulados incluidos en anteriores plataformas electorales de los partidos oligárquicos, aunque también recogía otros bastante novedosos para la época. Entre estos últimos se destacaba su insistencia en determinadas reformas: reglamentaciones laborales, necesidad de determinadas leyes sociales, voto y amnistía a los participantes en las revueltas de 1922 y 1924. Planteaba además combatir la valorización del café –recuérdese que los productores de carnes y arroz de Río Grande do Sul, los de algodón y cacao del nordeste, así como la burguesía industrial, se quejaban del abandono gubernamental- y atentaba a otras ramas –carbón y hierro- mediante una mayor participación del Estado en la economía. Era evidente que estas promesas recogían, de una u otra forma, el sentir de la mayoría de los tenentistas y las aspiraciones de las capas medias y de sectores burgueses relegados, como el industrial.

La campaña electoral de la Alianza Liberal se desplegó por todo el país al grito de “¡Queremos Getulio!”, pero una vez más la maquinaria gubernamental se impuso en los comicios del 1ro de marzo de 1930 con el fraude y su control sobre 17 estados.

Aunque las clases dominantes, temerosas de un estallido revolucionario, terminaron poniéndose de acuerdo tras bambalinas, los miembros más jóvenes de la oligarquía: el mineiro Virgilio de Melo Franco y los gauchos Joao Neves da Fontoura, Osvaldo Arranha, Batista Luzardo y Lindolfo Collor, no estuvieron de acuerdo y decidieron impedir el acceso al poder de Julio Prestes. Para lograr sus propósitos, establecieron contactos con destacados miembros del tenentismo, entre ellos Juares Távora, Joao Alberto Lins, Siquiera Campos, Estilac Leal y otros jóvenes oficiales –como Juracy Magalhaes y Agildo Barata- en servicio activo. Invitado por Joao Alberto y Siqueira   Campos –que a ese fin viajaron a Buenos Aires, este último pereció en un accidente al regreso- a dirigir la sublevación armada, Luis Carlos Prestes se negó, argumentando que todo el complot no era más que una farsa urdida por la oligarquía y que esa no era revolución esperada por sus compañeros de armas de la columna. La evolución hacia la izquierda de Prestes se había iniciado poco antes, cuando a fines de diciembre de 1927 sostuvo en Puerto Suárez (Bolivia) una entrevista con el líder comunista Astrojildo Pereira, que lo inició entonces en el marxismo. En mayo de 1930 Prestes dio a conocer un manifiesto, considerado la ruptura pública con la proyectada revuelta armada burguesa y su abrazo al marxismo, donde propugnaba la necesidad de una verdadera y profunda revolución nacionalista y democrática. Dos meses después creaba la Liga de Acción Revolucionaria.

El asesinato de Joao Pessoa el 26 de julio de 1930, a consecuencia de las luchas intestinas entre los grupos dominantes de Paraiba, ocurrido en el momento en que estaban avanzados los preparativos insurreccionales y cuando el país era afectado por los efectos más agudos de la gran crisis económica capitalista, precipitó los acontecimientos.

El 3 de octubre tropas gauchas, a las órdenes del teniente coronel Pedro A. Goes Monteiro, iniciaron la sublevación de Río Grande do Sul. Mientras estas fuerzas avanzaban sobre la capital, la rebelión se extendía al resto de los estados, en los cuales, después de una desganada resistencia, caían uno tras otro los gobernadores. El día 24 una Junta Militar, dirigida por el general Augusto Tasso Fragoso, depuso al presidente Washington Luiz. Luego de prolongadas negociaciones, el 3 de noviembre Getulio de Río de Janeiro.

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