Prólogo de Vicente Fidel López

Buenos Aires, mayo de 1885

Publicamos con este título un legajo viejo de cartas que encontramos en el baúl de la parda Marcelina Orma. Las cartas no son evidentemente originales, sino copias de una misma letra, firmadas con simples iniciales, que llevan las fechas del 20 al 31 de mayo de 1810. Carecen por consiguiente de autenticidad, pero presentan un grande interés no sólo porque se puede conjeturar, por sus iniciales, que están escritas o atribuidas a personas muy conocidas de aquel tiempo, como B. V. A. (Buena Ventura Arzac); F. C. (Felipe Cardoso); M.O. (Mariano Orma); F. P. (Francisco Planes); J. S. A. (Julián Segundo Agüero) y otros así; sino porque nos presentan la Revolución de 1810, día por día, y a medida que se va haciendo; sin el enfático clasicismo que le han dado los panegíricos convencionales de los tiempos subsiguientes; que, sin ser falsos en la generalización de sus resultados sociales, carecen, sin embargo, del colorido que tuvieron los sucesos al tiempo que los iban produciendo la pasión y el interés de los agentes secundarios que constituían la fuerza vital del sacudimiento.

En estas copias, que pueden carecer de autenticidad, pero que no carecen de verdad, la Revolución de Mayo se nos presenta popular y callejera, al correr de la pluma ingenua de los que las escribieron dando cuenta de todo lo que hacían ellos o sus amigos, contra el gobierno colonial, en las calles, en las plazas y en los cuarteles, mientras que, sobre el tumulto popular, los políticos de uno y otro partido fabrican el gobierno nuevo, cada uno en su sentido.
Para que no se extrañe que nada digamos sobre cómo estaba este legajo en el baúl de Marcelina Orma, confesaremos francamente que no lo sabemos. Marcelina Orma murió hace algún tiempo a la edad de noventa y dos años. Había sido esclava del distinguido presbítero don Mariano Orma, que figura en estas cartas; era muy vieja cuando achacosa y tierna, venía siempre, a nuestra casa a visitar a nuestra madre; lo que hacía sin ninguna falta el 25 de Mayo de cada año. Para ella la Patria era una cierta persona de carne y hueso vestida de raso blanco y celeste, que había nacido por allí cerca de la casa de sus amos, y que había muerto también, muchos años hacía, desde que ella (Marcelina) estaba vieja, arrumbada; y desde que no veía andar por las calles a “los Hijos y los Padres de la Patria” que ya se habían ido muriendo también con la misma patria. Mis hermanos y yo le dábamos muchas bromas sobre esto, sosteniéndole que “la Patria vivía todavía, y que tenía hijos cada nueve meses”. “¡Qué esperanzas, niños! -nos decía-. ¡Cómo se conoce que ustedes son de ayer! Cuando tengan experiencia y razón verán que hace ya muchos años que la Patria se murió. ¡Si lo sabré yo, que la conocí desde que nací!…” ¿Si tendría razón la pobre vieja?

El último aniversario de Mayo que estuvo en nuestra casa, teníamos precisamente en la mano un diario del día.

-¡Viva la Patria! Marcelina -le gritamos así que la vimos; y ella… echando atrás el rebozo y levantando el brazo como si tuviera una espada.

-¡Viva! -gritó, pero sus años no le permitieron soportar el esfuerzo, y tuvo que plegarse en la primera silla que encontró. “He aquí una época”, nos dijimos para nosotros, y queriendo consolarla nos pusimos a leerle: “¡Hoy es el día de los grandes recuerdos! Trescientos años pasados en el oprobioso sueño de la esclavitud se desmoronaron en este memorable día ante el sol refulgente de la Libertad. El pueblo, el gran pueblo argentino, aquel pueblo robusto que se inspiraba en el rostro luminoso de nuestros abuelos, levantó su voz prepotente; y con el ademán heroico de su brazo invencible, adornado del bonete frigio, y armado con el puñal de la Libertad, dominó la furia de los leones que habían humillado la cerviz del gran Turco en las sangrientas aguas del Lepanto. La obra del pueblo y de la democracia…” Al llegar aquí, miramos a Marcelina y la encontramos embebido el espíritu en otra cosa muy distinta de nuestra declamación. -¡Qué! ¿no te gusta? -le dijimos.

-Pero ¿dónde está la patria? -nos dijo-. Ahí no hablan de ella. Cuando yo me muera, que ya ando de más en este mundo, le he de dejar, niño, unos papeles, mucho más lindos que ese.

-Dámelos ahora.

-¡No puedo! Un amigo que no puedo nombrar, y que Dios tenga en su gracia, me dijo que solamente muerta me separase de ellos. Y Marcelina se puso a llorar con un dolor profundo, el mismo día que había concentrado para ella en otro tiempo todas las grandes y nobles alegrías de su alma. “He ahí otra época”, nos dijimos contristados… y nos pareció que veíamos en aquella vieja a la Patria misma que lloraba sus viejos y fieles amantes.
He ahí la historia del manuscrito que ahora publicamos.

Vicente Fidel López

Vicente Fidel López:  Crónica de la Revolución de Mayo. Buenos Aires. Editorial El Quijote. 1945

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