Homenaje al filósofo argentino Arturo Roig

Carlos Paladines Escudero

Uno o de los más significativos aportes en favor de la constitución de un pensamiento filosófico en el Ecuador y, por cierto, en América Latina, en las últimas décadas, lo constituye el libro de Arturo Andrés Roig: Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano (1981), fruto principalmente de su docencia y más actividades académicas llevadas a cabo en Quito a lo largo de diez años de fecunda labor. Además, con esta obra se vio coronada una intensa labor de institucionalización y difusión de los estudios latinoamericanos en Ecuador.

Imposible resultaría, dadas las limitaciones, comentar la ingente tarea a la que hemos hecho mención. Nos reduciremos a señalar lo que consideramos como uno de los aportes teóricos fundamentales que se desprende de aquel libro. Concretamente deseamos ocuparnos de la cuestión del sujeto y, en particular, de la constitución de un sujeto latinoamericano del filosofar.

De acuerdo con lo que nos dice nuestro filósofo, se engañaría quien redujese lo crítico de la filosofía a la mera investigación de los límites y posibilidades de la razón, a una dimensión exclusivamente epistemológica. En definitiva, se trata de superar la tradicional crítica que caracterizó a la filosofía moderna, la que nos resulta insuficiente en cuanto que no logró incluir cuestiones relativas al sujeto filosofante cuya tarea se ejerce de cara a su realidad humana y por eso mismo histórica, y que se vive, a la vez, tanto en la dimensión teorética como en la práctica.

Los problemas que implica tal averiguación no son pocos, pues, detrás de ella se revela toda una nueva forma de considerar la historia de la filosofía y el desarrollo de nuestras sociedades. El punto de partida desde el cual se inicia el despliegue del pensamiento y a partir de cuya “posición” la filosofía en su totalidad cambia de sentido, no obliga a realizar un giro copernicano respecto de métodos, autores, corrientes, temáticas y objetivos finales.

Por otro lado, con la problemática del “sujeto” no enfrentamos a uno de los debates contemporáneos de mayor resonancia. Sea suficiente recordar las críticas formuladas a la “filosofía del sujeto” por parte de las “filosofías de la sospecha” originadas en el pensamiento fundador de Marx, de Nietzsche y de Freud, al igual que las últimas arremetidas provenientes de la filosofía analítica y de los estructuralismos. Tanto para las antiguas como nuevas críticas, la crisis de la filosofía moderna y del idealismo en su conjunto sería básicamente una crisis del sujeto, de ese sujeto que nos venía dado desde Platón.

El rechazo de Roig de la “filosofía del sujeto y de la conciencia”, que por otro lado se encuentra en nuestros días como un punto de partida necesario, diríamos inevitable de la crítica filosófica contemporánea, se ha de asumir, a su vez, como un intento de superación radical de todos los supuestos del pensamiento moderno, a través de un riguroso análisis de todas las trampas y salidas de tal filosofía, condición sine qua non para poder pasar al otro lado de todas sus limitaciones. En otros términos, Roig propondría escapar de la “cárcel” de la filosofía moderna, apreciando justamente lo que cuesta separarse de ella, especialmente en lo que se relaciona con la temática del “sujeto” y demás aspectos que se derivan de su tronco: el humanismo”, el “historicismo” la “alienación” y tantos otros. Pero ese ataque en contra del “sujeto” no implica la destrucción del principio mismo de sujetividad y si Roig se enfrenta con lo moderno, otro tanto hace con aquellos que han proclamado la “muerte del sujeto”. Someter a dura crítica a la modernidad, no supone pasarse al bando de la post-modernidad. El sujeto no es un simple “invento” destinado a desaparecer junto con las “ciencias del hombre”, su “correlato histórico”, aun cuando sea fruto de una construcción. La lucha de los pueblos por la liberación – uno de los temas centrales de este filosofar comprometido – nos pone frente a la validez de ese acto constructivo.

Pues bien, ese sujeto no puede ser “demostrado”, aunque sí puede ser señalado o mostrado. A nivel del discurso se expresa mediante un deíctico, que como todos los nombres y los pronombres solo alcanza su plenitud semántica para y por los hablantes. Por otra parte, no puede ser entendido nunca como un ser individual, al modo como nos lo pintó la ideología del liberalismo, más bien se revela como plural solidario, no como un “yo” sino como un “nosotros”, como una totalidad abierta y compleja, si cabe el término, de relaciones personales y por eso mismo sociales, en las que el sujeto, eminentemente empírico, se inserta en el amplio horizonte de la totalidad histórica, en donde ocupa, dentro de la heterogeneidad y conflictividad del sistema un “lugar”, con los matices propios que se hace necesario reconocer a propósito de las categorías y realidades sociales.

Ofelia Schutte ha sabido ponderar el énfasis que confiere Roig, en contraposición a Hegel, a la historicidad y al elemento antropológico del sujeto, a lo que no escapa por cierto el sujeto filosofante, en contraste con la tendencia hegeliana a dar prioridad a la ontología sobre la historia, a lo general sobre lo específico y, en esta forma, desconocer las diferencias.

Por otra parte, el reclamo por el reconocimiento del sujeto, no se ha de entender como un pedido o ruego, ni como una revelación interior o evidencia inmediata de la conciencia, ni como la pretensión de demostrar lo que de por sí es indemostrable y menos aún como una súplica mendicante. Para Roig, el “Sujeto” está allí, en cuanto históricamente concreto, bajo el peso de su empiricidad, entendida ésta como la manifestación de una alteridad cuya corporeidad no puede ser reducida, ni puesta entre paréntesis al modo cartesiano y husserliano, ni agotada por el discurso, aunque éste pretenda validez absoluta al estilo de la propuesta hegeliana.

Ahora bien, aceptada una cierta realidad sustante identificable como sujeto y de cara a las múltiples formas de su concreción, con poder de interpretación y que nos asalta en cuanto a alteridad, cabría aún preguntarse a quién nos referimos cuando hablamos de este sujeto, dado que para acceder a él no es suficiente el acto primario mediante el que nos referimos a “éste” o “aquel” o a “nosotros los latinoamericanos”, por cuanto dicha respuesta no superaría un horizonte señalativo, muy propio de los deícticos. Si bien la cualificación de “latinoamericanos” parece sugerir algo más, resulta imprescindible, a su vez, preguntarnos qué es eso de “latinoamericanos” y, por tanto, de “América Latina”.

En primer lugar, a la facticidad del sujeto acompaña de modo ineludible un a priori que a su vez es fundamento de posibilidad y entorno del sujeto y que por tanto lo constituye como tal. En otros términos, el sujeto exige necesariamente esta instancia o mediación intrínseca y no extraña a él, como su estructura profunda o telón de fondo que viene a quedar por “detrás” y por “dentro” del mismo sujeto. Parafraseando a nuestro autor, podríamos afirmar que el sujeto está dado por una facticidad (es un “sujeto empírico”), pero siempre y cuando no entendamos por tal un hecho bruto, una pretendida empiria o facticidad pura, pues no hay facticidad sino en la medida en que ella se inscribe en una horizonte mayor de comprensión y de valoración, en un “mundo humano relacional”, en un contexto más amplio y de múltiples componentes, del cual deriva la propia posibilidad del sujeto, al igual que sus limitaciones y riesgos. Tal vez haya que hablar de una síntesis o Aufhebung, en la rica gama de acepciones que implica este término al interior del pensamiento moderno, dentro de la cual estaría dados a la vez lo singular y lo plural, un “yo” y un “nosotros”, lo “subjetivo” y lo “objetivo”, el “ser” y su correspondiente “debe ser” o proyecto.

Se trataría, en definitiva, de una situación existencial captada desde lo que Roig considera como un a-priori a pesar de los riesgos a que puede conducirnos tal afirmación, dada la asociación de este término con el clásico a-priori lógico-formal de tipo kantiano, en sus más diversas variantes. Para mayor claridad y en palabras del mismo autor, se trata de un a-priori histórico, que no determina por eso mismo a lo temporal desde afuera. Es una estructura epocal determinada y determinante en la que la conciencia social juega una causalidad preponderante y cuya a-prioridad es puesta necesariamente a partir de la experiencia -aunque esto resulte paradójico para una mentalidad de tipo kantiano- y es, por eso mismo también una a- posteriordad en cuanto a su origen en los momentos de formación de una época o de una generación.

Con el establecimiento del a priori histórico, que integraría a su vez al antropológico” y al “lógico-formal” y ejercería además de telón de fondo del proceso de elucidación del sujeto, nuestro autor inicia la conquista de una galaxia de sorprendentes perspectivas para el quehacer filosófico latinoamericano. Recordando a Hegel podría afirmarse que con el descubrimiento del sujeto y su particular dimensión a-priorística, entramos en rigor en una filosofía peculiar e independiente, erigida sobre bases propias y alejadas totalmente del terreno de una filosofía entendida como tarea “especulativa” y ajena a toda normatividad. Con palabras de Hegel tomadas de sus Lecciones de Historia de la Filosofía, podemos decir: “Aquí ya podemos sentirnos en nuestra casa y gritar, al fin, como el navegante después de muy larga y azarosa travesía por turbulentos mares: ¡tierra!”

Importa además señalar, en segundo lugar, que el a-priori histórico, al que el filósofo llama básicamente a-priori antropológico, ejerce a su vez de “punto de partida” o posición desde la cual se ha de levantar el quehacer filosófico en general y el latinoamericano en particular. Para el efecto Roig advierte que la filosofía tuvo y tiene siempre su comienzo concreto, es decir, histórico, en el momento en el que un sujeto “se considere como valioso” sin más. Rescatando y reinterpretando los textos en que Hegel se plantea el comienzo de la filosofía y de su historia -en una polémica respecto de las lecturas de Hegel, la que ha sido agudamente señalada por Gregor Sauerwald y por Ofelia Schutte- nuestro autor subraya que el inicio de la filosofía dependería de tal tipo de afirmación, a la que considera en sentido normativo, en cuanto “pauta” y, por eso mismo a-priori.

Dejaremos para otra ocasión el fecundo tema de las “pautas” del filosofar latinoamericano que vertebra todo el libro de Roig y digamos que, ya para terminar, la elucidación del sujeto abre las puertas, en forma indeclinable, al estudio de los entes histórico-culturales, en nuestro caso a la investigación de América Latina y sus múltiples manifestaciones y mediaciones a través y en medio de las cuales se juega nuestro destino y entre las cuales cabe destacar la “vida cotidiana”, el “sistema productivo”, la “educación”, la cuestión del “discurso”, temáticas todas ellas, particularmente la última, a las cuales Roig ha prestado especial atención a tal grado que alguno de sus críticos, Ofelia Schutte, mira su obra como “una filosofía de lenguaje, desde una perspectiva continental neo-kantiana”.

Retornando al tema de los “entes histórico-culturales” y en el afán de rescatar al menos una de sus facetas, a saber, los diversos modos de su comprensión a lo largo de su devenir, cabe resaltar que la creación y desarrollo de la conciencia histórica de nuestro pueblos, tanto sobre su “unidad” como sobre su “identidad”, ha de ser comprendida desde la perspectiva inevitable a partir de la cual las personas y sus respectivos grupos sociales eligieron en cada época su “discurso” sobre América Latina. “Todo se aclara -afirma Roig- si la pregunta por el `nosotros’ no se la da por respondida con el agregado de nosotros los latinoamericanos’ sino cuando se averigua qué latinoamericano es el que habla en nombre de ‘nosotros’ (…) cada uno de nosotros lo hace desde su parcialidad, sea ella su nacionalidad, el grupo social al que pertenece, las tradiciones dentro de las cuales se encuentra, etc”. Así surgiría una “lectura crítica” del discurso, apoyada en una revaloración y rescate de la “teoría de las ideologías” y una ruptura con el “legado” de desigualdad y dominio que las prácticas discursivas han expresado a lo largo de nuestro Continente.

Al inicio de esta ponencia explicitamos nuestro propósito que no era otro que el de acercarnos, en forma parcial y limitada, a uno de los momentos sobresalientes y a uno de los principales gestores del diálogo filosófico argentino-ecuatoriano de los últimos tiempos, como forma de recuperación del “sueño” de Bolívar: la unidad latinoamericana.

Sin lugar a dudas, esa unidad se ha logrado expresar, en el campo de la filosofía, a través de -según palabras de la ya citada Dra. Schutte- ” uno de los mejores estudios filosóficos que se ha producido en América Latina en años recientes: Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano“, obra por medio de la cual se nos introduce en un territorio o universo discursivos sorprendente no solo por su fecundidad, sino también por representar un camino distinto de construcción filosófica del que habitualmente ha recorrido el academicismo imperante.

Más sería incompleta una visión de la obra de Arturo Roig si esta se redujese al análisis de sus principales aportes dentro del campo de los planteamientos filosóficos y “olvidase” la labor institucional de quien supo suscitar, animar, conformar y establecer las mediaciones necesarias para el desarrollo de la filosofía latinoamericana en el Ecuador. Junto a uno de los niveles más altos de desarrollo teórico de la filosofía latinoamericana hay que ubicar las conquistas institucionales, que junto a Rodolfo Agoglia, Ricardo Gómez, Enzo Mella, Hernán Malo, Enrique Ayala, Samuel Guerra, Carlos Freile, Carlos Paladines, Luis Mora, Irvin Zapater, por citar algunos nombres, supo animar nuestro autor, en esa primavera de los años ochenta en que el país vio florecer múltiples iniciativas, en todas las cuales él jugó un rol protagónico. Solo a partir de ese apoyo recobran los estudios de filosofía, de historia de las ideas y de la cultura en general una mayor importancia, logrando establecer una infraestructura o institucionalización mínima capaz de superar las acciones de carácter aislado que caracterizaron al quehacer filosófico de las décadas pasadas.

Cabe destacar, por ejemplo, su especial apoyo a la conformación de un Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Ecuador, único en su género, pues el país no contaba con ningún otro Centro dedicado en forma especializada al cultivo de la filosofía y a la formación de profesionales en el campo del estudio e investigación de la filosofía universal, como también del pensamiento latinoamericano y ecuatoriano. El resto de facultades de Filosofía y Letras, al menos diez no disponían de la especialización a que hacer mención su nombre y han preferido dirigir sus intereses a otras áreas como la historia y geografía, sicología, letras, idiomas, físico-matemáticas, etc.

También su presencia fue decisiva para la conformación de un Equipo de Investigación del Pensamiento Ecuatoriano llamado a reconstruir un rico pasado intelectual, tanto en su nivel filosófico como en la relación de éste con otras ramas del saber: política, economía, sociología, etc.

Ecuador es de los pocos países latinoamericanos que aún no ha escrito la historia de sus corrientes filosóficas o de pensamiento social o político más notables, o de sus representantes más significativos en estas ramas del saber. Fruto de estos primeros esfuerzos de investigación han sido las obras: Esquemas para una historia de la filosofía ecuatoriana, del Profesor Arturo Roig, y Espejo: Conciencia Crítica de su época, obra conjunta, resultado de un Seminario realizado sobre el más sobresaliente representante del movimiento Ilustrado ecuatoriano: Eugenio de Santa Cruz y Espejo. Actualmente el Equipo inició su segunda investigación, esta vez sobre el más conspicuo representante del Espiritualismo o Romanticismo ecuatoriano, Don Juan Montalvo, figura de renombre latinoamericano.

Bajo la animación de Arturo Roig, el Equipo de Investigación del Pensamiento Ecuatoriano también trabajó en la conformación de un “Centro de Documentación Múltiple”, tendiente a la recolección de todo género de publicaciones que guarden relación con la filosofía o el quehacer filosófico en Ecuador y América Latina, especialmente de la etapa ilustrada y Romántica. Se ha logrado elaborar ya una “Bibliografía Básica de Filosofía Ecuatoriana”, tanto de libros como de artículos editados en las principales revistas de los siglos XIX y XX. El relevamiento y la recolección bibliográfica es parte de la infraestructura que se juzga necesario ir conformando para futuros planes de creación de un Centro de Estudios Latinoamericanos.

En el campo de las publicaciones la presencia de Arturo Roig también fue importante y se concretó a través de dos proyectos fundamentales. En primer lugar, la “Biblioteca Básica de Pensamiento Ecuatoriano”, auspiciada por el Banco Central del Ecuador y la Corporación Editora Nacional, con un contenido de 40 volúmenes. La Colección ha sido proyectada con la intención de presentar el desarrollo, principalmente, del pensamiento filosófico y filosófico-social ecuatoriano. Dentro de sus series quedan incluidos la “filosofía política” y la “sociología” de las primeras décadas de ese siglo, en cuanto que ésta última fue formulada más bien como una “filosofía social”. En lo que respecta a lo que podría ser considerado como “filosofía”, se pretende mostrar aspectos del pensamiento relativos a sus diversos campos: estética (quedando excluida la “crítica literaria” que no incluye manifiestamente aspectos relativos a una teoría estética); pedagogía, teología, metafísica, cosmología, psicología (y dentro de ella “psicología de los pueblos” y “psicología social”),filosofía de la ciencia (en relación con la biología, psiquiatría, criminología etc.), filosofía de la historia, teoría de la historiografía, historia de las ideas, antropología, filosofía de la cultura, etc.

La selección de textos no excluirá, en la medida que se considere significativo u oportuno, la inclusión de algunos materiales relativos a economía, en cuanto que en muchos autores, en particular del siglo XIX, este campo del saber aparece íntimamente relacionado con una filosofía social y en algunos casos con una antropología filosófica.

La serie proyectada, agrupa en algunos casos escritores por corrientes (Los Ilustrados, vol. 1; Los Románticos vol. 2; Los Cientificistas, vol. 9; Los Idealistas, vol. 12, etc.) y en otros dedica un volumen especial para un solo autor José Peralta, Alfredo Espinosa Tamayo, Jacinto Jijón, Belisario Quevedo, Julio Moreno….

Coronó la Colección una investigación que ofreció una visión de conjunto sobre la “Historia del pensamiento filosófico-social ecuatoriano”.

La segunda iniciativa corresponde al proyecto de “Biblioteca San Gregorio”, cuya denominación hace honor al nombre de la primera Universidad que tuvo la Audiencia de Quito. Tuvo como objetivo dar a conocer una etapa fundamental dentro de la Historia del Pensamiento Filosófico Ecuatoriano correspondiente a la época colonial, mostrando a través de autores y textos significativos algunas de sus expresiones más valiosas. Se incorporará así al acervo cultural del Ecuador contemporáneo una producción intelectual de valor indiscutible para el desarrollo filosófico latinoamericano.

Esta Colección comprenderá las principales líneas de desarrollo del pensamiento filosófico de aquel entonces, sobre la base de alrededor de diez volúmenes en cuatro series: Tratados de Retórica y Lógica; Filosofía y Ciencia; Comentaristas y Estudios Contemporáneos sobre el Pensamiento Colonial Ecuatoriano.

En el contexto que venimos narrando cabe insertar el I y II Encuentro Nacional de Filosofía, 1976 y 1977, realizados en las ciudades de Quito y Cuenca, respectivamente, sobre “La Crisis de la Razón y el III Encuentro Nacional de Filosofía” y “Problemas actuales de la filosofía en al ámbito latinoamericano”, que además de contar con representantes de diferentes universidades del país, tuvo la presencia de invitados latinoamericanos: Miró Quesada, Roig, Zea, Agoglia, etc.

Se expandió aún más el radio de acción de la investigación y estudio del pensamiento ecuatoriano y latinoamericano gracias al Acuerdo Ministerial del 29 de marzo de 1979 por el cual se introdujo, por vez primera, en el Plan y Programas de Educación Superior, las cátedras de pensamiento latinoamericano y ecuatoriano. Para 1980 en que entrará en vigencia el decreto en referencia en todos los colegios del país que confieren el Bachillerato en Humanidades, el Ecuador requerirá de ingente trabajo en esta área para poder satisfacer su demanda. La Universidad Católica dispone ya del equipo de especialistas y de profesorado ecuatoriano para estos cursos.

A lo cual se podría aún añadir las cátedras de pensamiento social y político ecuatoriano y latinoamericano que han comenzado a dictarse en nuestras Universidades, particularmente en las Escuelas de Sociología, en una de las cuales participó Arturo Roig como docente y en otras como conferencista.

Saber captar ese doble esfuerzo: teórico y práctico ha sido nuestro intento y es nuestra obligación, y una forma de unirnos al homenaje a dos grandes pensadores rioplatenses: Arturo Ardao y Arturo Roig, en la Jornada internacional sobre Reforma Universitaria, a 82 años del Grito de Córdoba.

Carlos Paladines
Pontificia Universidad Católica del Ecuador

Referencias bibliográficas

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