Luis Vitale. Historia Social comparada de los pueblos de América Latina. Independencia y formación social republicana. Siglo XIX. Tomo II. I Parte.

Capítulo VII

LA POSICIÓN DE LAS POTENCIAS EUROPEAS Y DE ESTADOS UNIDOS ANTE LA INDEPENDENCIA LATINOAMERICANA

En junio de 1815 la batalla de Waterloo Napoleon es derrotado, dando lugar a la ultraconservadora Santa Alianza con Austria, Prusia y Rusia.

Numerosos investigadores han manifestado el apoyo de los Estados Unidos e Inglaterra a la independencia política de América Latina, basándose más en la posición adoptada por esas metrópolis antes de 1810 que en los hechos concretos que se produjeron durante el proceso independentista, es decir, en los años decisivos de la revolución anticolonial.

Al capitalismo inglés y francés no le interesaba tanto la independencia política formal de América Latina, sino fundamentalmente la quiebra del monopolio comercial español. Una forma de autonomía comercial latinoamericana,- regida por formas monárquicas constitucionales dependientes de la corona española y portuguesa, era la apuesta que jugaban las potencias europeas.

 

La forma política de gobierno en la Europa de principios del siglo XIX era la monarquía. Luego del embate republicano democrático-burgués, motorizado por la Revolución de 1789, se había producido una reacción conservadora, inclusive en la propia Francia napoleónica, que en 1815 se formalizó con la creación de la Santa Alianza, promovida por Rusia, España, Francia, Austria y Prusia. Si bien es cierto que Inglaterra no compartía todos sus puntos de vista respaldaba en relación a la cuestión ‘sudamericana” la solución monárquica, aunque reiterando sus exigencias de una mayor libertad de comercio.

 

El papel jugado por la Santa Alianza respecto de la independencia latinoamericana fue clave en el apuntalamiento de la política colonialista de España. Esta política consistió básicamente en oponerse cerradamente a todo proceso radical de cambio que cuestionara el orden conservador del período denominado Restauración, tanto dentro como fuera de Europa.(252) Uno de los principales fundamentos de la Santa Alianza fue no legitimar ningún gobierno surgido de revoluciones, como era el caso de los movimientos por la independencia de Hispanoamérica. En última instancia se llegó a tolerar una variante independentista, como la de Brasil, que mantuvo el sistema monárquico y el orden conservador, siempre que siguiera el consejo del canciller austríaco Metternich: “Ne jacobinisez pas”.

 

Gracias a esta política, el régimen absolutista español logró el apoyo de las potencias europeas para su plan de Reconquista colonial. Existen indicios sobre armas entregadas por Rusia y Francia, sobre todo de esta última luego de su intervención armada en España para aplastar el levantamiento de Riego y restaurar el poder del rey Fernando VII. De ahí el alerta lanzado por Bolívar: “temía que Francia, vanguardia de la Santa Alianza, atacase a las nuevas repúblicas independientes del Nuevo Mundo. Es necesario -decía en carta a Santander- prepararse para una lucha muy prolongada y muy ardua”.(253)

 

Sin embargo, estos planes militares fueron contrapesados por las contradicciones entre Inglaterra y la Santa Alianza. En el Congreso de Aquisgrán de 1818, Inglaterra, apoyada coyunturalmente por Austria y Prusia, rechazó la posición rusa de respaldar militarmente la intervención española en las colonias hispanoamericanas.

 

 

En la base de estos roces estaba la rivalidad por conquistar los mercados de América Latina: “a comienzos del siglo XIX -sostiene Kossok- los extensos territorios de Centro y Suramérica constituían el mayor mercado vendedor de ultramar y de materias primas de Europa”.(254)

 

Aumentar esta corriente comercial con Hispanoamérica fue el objetivo central de la corona británica, para lo cual tenía que implementar una política pragmática respecto de la independencia latinoamericana y de la propia España. Resultado: las exportaciones inglesas a Centro y Suramérica aumentaron de 2,9 millones de libras esterlinas en 1821 a 6,4 millones en 1825.

 

El estudio de las guerras de la Independencia demuestra que Inglaterra y Estados Unidos, que habían alentado durante el siglo XVIII la rebelión de las colonias hispanoamericanas, no prestaron ayuda efectiva en los precisos momentos en que los criollos iniciaron el proceso revolucionario. No entregaron armas ni apoyo diplomático. Ambos países, comprometidos circunstancialmente con España, sabotearon hasta donde les convenía el reconocimiento de la Independencia latinoamericana, hecho que recién en 1822 vino a formalizar Estados Unidos cuando España estaba definitivamente derrotada. Bolívar dijo oportunamente en 1815: “no sólo los europeos sino hasta nuestros hermanos del norte se han mantenido inmóviles espectadores de esta contienda”.(255)

 

Inglaterra, aliada coyuntural de España en 1810 para combatir la expansión napoleónica, se negó a suministrar armamento a los revolucionarios latinoamericanos y a reconocer su Independencia.

 

En reiteradas ocasiones Inglaterra colaboró abiertamente con el imperio español para aplastar la rebelión de nuestros pueblos. En otras, intervino como mediadora, procurando sacar ventajas comerciales de cada situación. Un especialista del tema, apunta: “Después de 1808, los estadistas británicos vieron con malos ojos los movimientos de rebelión en la América hispana”.(256)

Cuando la revolución latinoamericana entró en curso irreversible, Inglaterra comenzó a abandonar a España y a insinuar la posibilidad de reconocer la independencia. Este plan, adelantado por el ministro británico Lord Castlereagh a Francisco Zea, agente de Colombia, obedecía al temor de que Estados Unidos desplazara a los ingleses del mercado latinoamericano. Jorge Canning -autor de la frase “la acción está realizada, la garra está dispuesta. América española es libre, y si no manejamos mal nuestros asuntos, ella es inglesa”- fue uno de los estrategas de la política británica para América Latina, ya independiente: “en el presente estado de España, de Inglaterra y del mundo -escribía a Wellington en 1822- las cuestiones americanas son más importantes, fuera de toda proporción, que las europeas.(257)

Desde 1810 hasta 1822, la actitud de Estados Unidos fue vacilante y calculadora, a fin de evitar roces con España y la Santa Alianza.(258)Ante una gestión de apoyo, hecha por Manuel Fajardo Palacios en nombre de Venezuela, James Monroe contestó el 29 de octubre de 1812 que “los Estados Unidos se encuentran en paz con España y no pueden, con ocasión de la lucha que ésta mantiene con sus diferentes posesiones, dar ningún paso que comprometa su neutralidad”. Sin embargo, esta neutralidad se violaba a menudo, cuando se trataba de ayudar al imperio español. El acta del 20 de abril de 1818 “prohibía a los suramericanos realizar en el territorio de los Estados Unidos todos aquellos actos tendientes a prestarle auxilios materiales”.(259)

Estas acciones motivaron la protesta de Bolívar por la parcialidad de Estados Unidos a favor de España. En carta del 20 de agosto de 1818 a Bautista Irvine, diplomático norteamericano ante el gobierno de Venezuela, Bolívar manifestaba: “Estados Unidos olvidando lo que se debe a la fraternidad, la amistad y a los principios liberales que seguimos, ha intentado y ejecutado burlar el bloqueo y el sitio de las plazas de Guayana y Angostura, para dar armas a unos verdugos y para alimentar a unos tigres que por tres siglos han derramado la mayor parte de la sangre americana (…) Mr. Cobbet ha demostrado plenamente en su semanario la parcialidad de los Estados Unidos a favor de la España en nuestra contienda”.(260)

Bolívar dispuso el apresamiento de las goletas “Tigre” y “Libertad”, de propiedad norteamericana, que habían colaborado con las tropas españolas de Guayana. “La Tigre -decía Bolívar en carta del 6-8-1818- trayendo armas contra Venezuela fue nuestra enemiga y no puede de ninguna manera acogerse a las leyes de neutralidad”.(261)
Una vez que los latinoamericanos lograron derrotar al imperio español, Estados Unidos canceló su dudosa neutralidad y se presentó al mundo como protectora de los intereses de la América toda. Sin embargo, detrás de las altisonantes palabras de la doctrina Monroe en torno a la autodeterminación de los pueblos y a la consigna “América para los americanos”, estaba un plan de expansión y una alerta al capitalismo europeo para que no se inmiscuyera en los asuntos del continente.

NOTAS
252 J.H. PIRENNE: La Sainte  Alliance,  Neuchâtel, 1946.

253 Archivo Santander, cartas de marzo de 1825, Bogotá, 1913, 25 vol.

254 MANFRED KOSSOK: Historia de la Santa Alianza y la emancipación de América Latina,  Ed. Cartago, México, 1983, P. 32.

255 SIMON BOLIVAR: Escritos…,  Op. Cit., p. 67.

256 J. FRED RIPPY: La rivalidad entre Estados Unidos y Gran Bretaña por América Latina (1808-1830), P. 3, Eudeba, Buenos Aires, 1967.

257 Citado por HERNAN RAMIREZ N:  Historia del Imperialismo en Chile,  P. 29, Ed. Austral, Santiago , 1960.

258 SAMUEL FIGG B.:La diplomacia de Estados Unidos en América Latina Ed. FCE, México, WILLIAM MANNING R: Diplomatic Correspondence of the U.S. Concerning to the Independence of Latin America Nations, New York, 1925. Asimismo, ver DEXTER PERKINS: Historia de la Doctrina Monroe

259 F. PIVIAL: Op. Cit., p. 60.

260 Citado por MANUEL MEDINA CASTRO: Estados Unidos y América Latina…, Op. Cit., p. 33.

261 SIMON BOLIVAR: Obras Completas…,  Op. Cit.

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