Carta dirigida por José Ignacio Rezábal a Don Julián S. de Agüero

Buenos Aires, 21 de mayo de 1810

Mi respetable señor cura: Me encuentro en muchas ansiedades y me he decidido a pedirle un consejo que me ilumine. Hoy he recibido una esquela del Cabildo convocándome “sin etiqueta y en clase de vecino para un Cabildo Abierto que con avenencia del señor virrey debe celebrarse mañana 22 del corriente, debiendo manifestar esta esquela a las tropas que guarnezcan las avenidas de la plaza para que se me permita pasar libremente”. Usted comprenderá bien los temores que me asaltan desde que, por el suceso del 1° del año pasado, quedé sindicado y perseguido por el partido de Liniers, que a las claras es el que se ha declarado ahora contra el señor virrey y contra nosotros los europeos. A usted, señor cura, persona tan respetable de tanta doctrina y tan retirada de estos malditos alborotos 17 y de sus instigadores, voy a hablarle con toda confianza y como en el santo tribunal de la penitencia. El servicio del rey nuestro amo siempre me ha sido de fácil y decidido corazón, y nada omitiría yo, ni el sacrificio de mi vida, por desempeñarlo según sus reales órdenes y derechos. Pero en este caso supongo que todo sea inútil. Estaba, sin embargo, resuelto a obedecer al llamado que se me hace, cuando ha venido a las 5 de la tarde su respetable vecino de usted y amigo común don José Calazeite, y me ha dicho que en su casa de usted ha sabido cosas muy extrañas por el señor A.(¿Arroyo?) que lo han desanimado de concurrir al mismo llamado.

Según él, los facciosos y alborotadores del día estaban resueltos a no permitir el Cabildo Abierto en la forma en que se ha citado, limitándolo a la parte sana y principal del pueblo, sino que exigían que se admitiese en él a la tropa y a los hijos de familia que andan todos rebelados contra sus padres, siguiendo el funesto ejemplo que se les dio el año seis contra el Excmo. señor Sobremonte de donde viene toda la corrupción y desquicio en que hoy nos hallamos envueltos. Como los corifeos amenazaban hacer armas y trastornar las leyes del virreinato si no se hacía así, me dice el señor Calazeite que no faltó en el Cabildo quien doblara la dificultad facilitándoles medios de que ellos por su parte citaran a sus sectarios con esquelas robadas o extraídas de la imprenta, y que como se les ha concedido que las guardias las den los patricios, y que las mande el joven Díaz Vélez, quedan habilitados para hacer entrar a la plaza las turbas que los siguen, y rechazar a la parte sana del vecindario; de modo que aquella será una batahola, y saldrá lo que ellos quieren y vociferan, que es la destitución del señor virrey.

Se acusa al señor Leiva de haber tranquilizado a Saavedra y a Belgrano, con esta manera de convertir la asamblea en cosa propia, para que, accediendo a la forma de buena fe con que la había consentido el señor Cisneros, se burlen de ella, y la trastornen en su propio sentido. Por otros conductos hemos sabido también que en efecto, los corifeos de la sedición entran y salen de las casas de sus jefes con paquetes de invitaciones usurpadas, cuya dirección ponen a su antojo, seguros de tener así una inmensa mayoría de votos; al mismo tiempo que nos arrojan pasquines, diciéndonos que cuidado con que votemos contra ellos, porque allí estará el pueblo para vigilarnos. Todo esto, señor cura, me tiene en grandes tribulaciones. Creo de mi conciencia no desertar del servicio del rey nuestro amo y señor, y no quisiera quedarme con escrúpulos de habérselo negado en un momento supremo. Mas, como una gran parte de nuestros amigos han resuelto no asistir al llamado del Cabildo por parecerles inútil, y por estar ya meditado y preparado el golpe por los enemigos de la monarquía y del altar, ruego a usted se sirva decirme o mandarme decir lo que a su entender debo hacer. Soy su obsecuente y sumiso feligrés.

J.I.R.

Vicente Fidel López:  Crónica de la Revolución de Mayo. Buenos Aires. Editorial El Quijote. 1945.

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