Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata

Félix de Azara*
Fragmento
Izquierda Félix de Azara por Francisco de Goya y Lucientes

Prólogo

La noche que llegué a Buenos Aires del Río Grande de San Pedro, donde el señor virrey me envió para tratar con los portugueses algunos puntos relativos a la demarcación de límites entre ambas coronas, se me entregó el nombramiento de primer comisario y jefe de la tercera división que debe demarcar los linderos desde la confluencia de los ríos Igurey y Paraná hasta el del Paraguay, según el último tratado de paz. Al mismo tiempo se me mandó que en posta pasase al Paraguay, y que aprontase lo necesario a efectuar dicha obra para que cuando llegasen mi división y la cuarta, que venían embarcadas, no hubiese detención en su salida, ni los portugueses pudiesen quejarse con nuestra demora. Dio motivo a esta prisa el creer Su Excelencia que los portugueses, que debían concurrir conmigo, me estaban esperando en el río Ygatimy.

Llegué a la Asunción, capital del Paraguay, donde supe que no había tales portugueses esperando ni noticia de ellos, por cuyo motivo no quise aprontar cosa alguna ni hacer el menor costo, porque además yo sospechaba, con bastante fundamento, que dichos portugueses tardarían en llegar y que por consecuencia mi demora en el Paraguay sería dilatada. No se me había dado instrucción para este caso, y me vi precisado a meditar sobre la elección de algún objeto que ocupase mi detención con utilidad. Desde luego vi que lo que convenía a mi profesión y circunstancias era acopiar elementos para hacer una buena carta o mapa, sin omitir lo que pudiera ilustrar la geografía física, la historia natural de las aves y cuadrúpedos, y finalmente lo que pudiera conducir al perfecto conocimiento del país y sus habitantes.

No se me ocultaba que mi idea era buena pero para verificarla hallaba muchas dificultades, porque, además de que el conocimiento de mí mismo me hacía ver que no podía hacer cosa buena en materias de historia natural, consideraba que no se me abonarían los costos, que tendría que viajar a caballo y deprisa por países de pocos o ningunos auxilios con instrumentos astronómicos delicados, pertenecientes a Su Majestad, destinados únicamente a lo que es demarcación de límites, y cuya falta y descalabro no tiene aquí reemplazo ni compostura. Por otro lado, me persuadí que, aunque el señor Virrey desease ver efectuadas mis ideas, no me permitiría la separación de la división de mi mando porque podrían llegar los portugueses en mi ausencia, y que a lo sumo me daría permiso para comisionar a mis subalternos, cuya capacidad me era desconocida, y creo yo que jamás se hacen las cosas bien sino por el que las concibe.

Todas estas dificultades, y otras no menos embarazosas, se vencieron resolviendo costear todos los gastos y llevar aquellos instrumentos que no se consideraban precisos para la demarcación; y para que el señor Virrey no llevase a mal mis dilatadas ausencias, callé mis designios y dividí mi obra en trozos de modo que los correos me hallasen en la capital, donde se miraban mis salidas como paseos de diversión.

Así, insensiblemente, acopié las noticias que pude, y son suficientes para dar alguna idea de este país, aunque poco apreciable para los que sólo buscan las de metales que no hay aquí. Para dar alguna forma a mis apuntamientos escribiré primero mis derrotas particulares, y después todo lo que es general al país y habitantes. Las apuntaciones de aves y cuadrúpedos irán aparte, porque son tantos que componen una obra separada y no pequeña.

Careciendo de libros, no he podido escribir cosa que valga de lo pasado y me he ceñido al estado natural. Sin embargo, no he omitido el origen y transmigraciones de los pueblos que intenté averiguar en los papeles del Archivo de la capital, que, aunque está en el mayor desorden, con todo pude utilizar algo hasta que se llegaron a conocer mis ideas y se desbarataron con frívolos pretextos, quitando la llave del Archivo a don José Antonio Zabala, sujeto honrado y capaz, que voluntariamente entendía, y sin estipendio, en coordinar dichos papeles, y al mismo tiempo me daba las noticias que yo apetecía.

Con esto se cortaron las noticias que podían servir a aclarar la historia antigua del país, en cuyo obsequio he señalado con exactitud la situación de algunos pueblos destruidos o abandonados, pero todavía faltan bastantes cuyas ruinas e historia no he podido investigar.

Para entender mis viajes basta saber que los rumbos son corregidos y demarcados con una buena agujita de pínulas que marcaba los medios grados. Las leguas y millas son del país o de cinco mil varas por legua, y no son medidas sino computadas por el andar del caballo y del reloj, de forma que sólo sirven para dar idea de la longitud de los caminos. El que quiera reducirlas a leguas contadas sobre el círculo máximo, o, como suelen decir, por el aire, podía deducirlas del cálculo que ofrecen las longitudes y latitudes, o de la carta o mapa adjunto, cuya formación no se funda en otras leguas o distancias, sino en observaciones astronómicas y buenas demarcaciones, calculadas con prolijidad y con el cuidado de despreciar las que pudieran influir yerro considerable en caso que ellas lo tuviesen pequeño.

He observado con instrumentos marítimos de reflexión, buscando el horizonte en una vasija de agua, que son preferibles a todos los instrumentos y modos de observar en tierra, porque, sobre la comodidad en el transporte, tiene la ventaja de que cualquier error en la observación sólo influye su mitad en el resultado. Mr. Magallanes dice en su libro que cuando se practiquen observaciones del modo que yo lo he hecho, que se aumente o disminuya la altura del contacto de los limbos con un diámetro del astro. No merece la pena que yo me detenga con hacer ver su error tan manifiesto, y sólo sirve esta advertencia para que se sepa que he corregido las alturas con un semidiámetro, como se debe, y que he evitado su equivocación.

He elegido por primer meridiano el que pasa por la ciudad de la Asunción, capital del país, el cual con facilidad puede reducirse a cualquier otro sabiendo que por muchas observaciones he deducido que cae 54º 40′ 0″ al oeste de Greenwich. En cada pueblo y punto notable se expresa su longitud y latitud, aunque una u otra, o ambas, dependan de datos posteriores. He sido tan prolijo en los cálculos de esto, y persuadido que ningún punto sustancial tiene una milla de error, y como mis observaciones y cálculos abrazan todos los cerros y alturas notables, con sólo dos demarcaciones, o una y una distancia, o con dos distancias, podrá situarse en la carta cualquiera pueblo nuevo o punto que se quiera, sin necesidad de recurrir a la astronomía; y del mismo modo se sabrá siempre la situación del pueblo que desapareciese.

Imagen del río Paraná de Adolfo Methfessel

Por lo tocante a los ríos, he aquí cómo los he puesto en mi carta. El río Paraguay, y parte de sus vertientes que no he cortado, se ha dirigido por el mapa que de él hicieron los demarcadores de los límites del año de 1754. Lo mismo he practicado con el río Paraná desde el pueblo de Corpus para el norte, y para el sur lo he dirigido hasta Corrientes por la derrota que de mi orden hicieron don Pedro Cerviño y don Ignacio Pazos, aquél ingeniero y éste piloto de mi división. De Corrientes para el sur he puesto el Paraná por la navegación que de él hizo don Juan Francisco Aguirre, teniente de navío y comandante de la cuarta división de demarcadores. Él mismo me ha facilitado el plano del río Paraguay desde su unión con el de Paraná hasta la Asunción. De aquí para el norte se ha situado por el mapa de dichos señores demarcadores del citado año, menos el Xexury que ha sido dirigido por la derrota de dicho ingeniero Cerviño, quien, juntamente con el teniente de navío don Martín Boneo, hizo la carta del río Tebicuary por mi mandato. Los demás ríos, de menos nota, se han puesto por los cortes que se le han dado en los viajes y por las mejores noticias que he podido adquirir, y no es fuera de caso advertir aquí que anteriormente hice otra carta en la que no están bien situados los ríos Uruguay y Paraná de Corpus para el norte, porque me valí entonces de las observaciones de longitudes hechas por dichos señores demarcadores, las cuales he despreciado en la carta presente, ateniéndome con exactitud a su derrota, porque he sabido después que llegaron a mi mano erradas; cosa que antes me pareció imposible porque eran cinco conformes. Así, mi carta anterior a esta fecha debe despreciarse y atenerse con toda seguridad a la presente, porque además de ser conforme, en cuanto a dichos ríos, a la derrota de dichos señores, tiene la confirmación de seis observaciones de longitudes hechas el año pasado en la boca del Yguazú, las cuales ajustan pasmosamente con la derrota de dichos señores.

He conservado los nombres guaraní, escribiéndolos como ellos lo hacen, cuya pronunciación es la siguiente: toda y pronunciada guturalmente suena casi como yg. Toda vocal o semi-vocal con el acento O como y se pronuncia narigalmente, y toda by, py, my suenan buyg, puyg, muyg; y esto basta para mis ideas.

Descripción general del Paraguay

  • “Habitantes”

Los hombres que voy a describir son los que habitan en lo que comprende mi carta y en sus inmediaciones, entre los cuales, aunque originariamente vengan de tres castas, a saber, españolas, india y africana, es preciso hacer varias subdivisiones porque así lo requiere su estado físico, moral y político. No hablaré de ellos sino de su estado actual, sin entrar en más discusiones antiguas que en la de la población de estas tierras cuando llegaron a ellas los primeros españoles.

Refiere la historia que los conquistadores repartieron todos los indios de la dependencia de la Asunción y que eran 57.000. Éstos se comprendían en los trece pueblos de misiones jesuíticas agregados a la provincia del Paraguay, en las tierras que hay desde ellos hasta el río Mbotetey y entre los ríos Paraná y Paraguay. Según el padrón actual hoy subsisten 27.647 de sus descendientes en los pueblos existentes, como también 2.596 que llaman criollos y 753 que dicen originarios, que sumados todos hacen 31.000 almas. Agréguense los que había en los pueblos de Candelaria, Terecañí, Ybyrápariyá, Maracayú, Perico, Xejuí, que fueron asolados por los portugueses, con otros muchos millares que los mismos paulistas han llevado en sus continuas molocas, y también las naciones que hoy existen bárbaras con los nombres de guayanas y caaguas, que ocupan la costa occidental del río Paraná y las tierras del norte del Paraguay, y se hallará que todas estas sumas, y otras que omito, ascienden a lo menos a los 57.000 indios que hallaron aquí los conquistadores. De lo poco que he hablado del origen de los pueblos de indios paraguayos se deduce que su número total no ha disminuido. ¡Qué nación europea de las que han pisado la América podrá decir que conserva los mismos y más indios que halló en ella! Favorece este cálculo el que muchos indios han pasado a ser españoles y otros están confundidos con las castas mestizas.

Sin embargo, de estos hechos constantes no faltan escritores ignorantes y maliciosos que, por sus fines particulares, tratan a los viejos honrados y valerosos conquistadores como pudieran a una tropa de tigres, dando motivo a los extranjeros a que desenfrenen sus lenguas y hablen de nuestros abuelos como pudieran de una legión de demonios. Ruy Díaz de Guzmán en su Argentina manuscrita dice que en el distrito de la Ciudad Real, situada junto al salto grande del Paraná, se empadronaron cuarenta mil familias de indios, y que floreció dicha ciudad hasta que con insoportables trabajos perecieron dichos indios. El padre Manuel de Lorenzana, jesuita que estuvo en la Villarica del Guayrá en 1577, dice, según refiere una historia manuscrita, que en sus vecindades había trescientos mil indios y que el año de 1622 ya no existía la sexta parte. Si creemos a estos maldicientes, cada español de dichos dos pueblos aniquiló en poco tiempo con insoportables trabajos 1.500 indios, que es lo que tocaría a cada uno partiendo el número de indios por el de los conquistadores. Yo quisiera preguntar ahora cuáles fueron los insoportables trabajos, porque los conquistadores no tuvieron manufacturas, fábricas, oficios, comercio, ganados, minas ni plata. Pero prescindiendo de esto y de que no citan padrones ni instrumentos, ni los hay que acrediten sus dichos, los indios apenas conocían la agricultura, no sabían conservar los frutos de un año para otro, la caza, sobre no abundar, no había medios de tenerla en abundancia, las frutas silvestres no son muchas y sólo dan en determinada estación. Todo esto arguye infaliblemente poca población indiana, la cual, cuando mucho, sería la que hoy existe.

  • Indios payaguás

Habitaban estos indios en el río Paraguay donde desde la conquista han ejecutado las mayores crueldades, estrenándose con el infeliz Juan Ayolas y toda su gente. No han cesado después de asaltar y matar cuantos españoles y guaranís han podido, no sólo en los ríos sino también en tierra, atacando las casas, estancias, y caminos, y pasando del Chaco en sus canoas a los bravos guaycurú. No ha tenido esta provincia enemigos más continuos y perjudiciales, cuyas fechorías no podrían contarse en resmas de papel. Jamás han dejado de hacer cuanto mal han podido a todos los hombres sin distinción de castas, y cuando han hecho paz con algunos es para destruir a otros.

Todavía conservan los payaguá este carácter para con los demás indios, pero viven en grande paz con nosotros desde el año 1740 y tantos, en que el famoso gobernador don Rafael de la Moneda los sujetó y domó en términos que no han hecho después daños de consideración. Desde dicho tiempo están los payaguá divididos en dos parcialidades, la primera, y principal, se halla establecida en el río Paraguay en la latitud 22º 8′ y se llama de los sarigués, componiéndose como de doscientas almas. La segunda, llamada de los tacumbú, tendrá como ciento cincuenta. Ésta vive en esta capital a la orilla del río, sin que por ello pague tributo ni se considere vasalla del rey. Aunque las referidas sean sus habitaciones ordinarias no dejan de mudarse cuando se les antoja, viviendo los sarigués en la capital y los tacumbú donde quieren, pero vuelven luego a los establecimientos mencionados. Son los únicos bárbaros que habitan en estos ríos.

Ambas parcialidades hablan el mismo idioma, que parece muy gutural y tan inconexo con el guaraní que hasta ahora nadie lo ha entendido, pero la mayor parte de ellos hablan el guaraní y algunos entienden un poco de castellano. Los sarigués tienen por cacique al famoso Quaty, hombre de más de cien años y ya ciego; ha sido esforzado y en sus días se han consumado muchas maldades, entre ellas la de haber destrozado una flota portuguesa que, cargada de oro, iba de Cuyabá a San Pablo por el río Tacuarí. Las distinciones que este cacique recibe de su parcialidad se reducen a que le dan de comer si lo pide, y esto no siempre, y en todo lo demás es como el último. Los tacumbú no tienen cacique a no ser que quiera llamarse tal a Asencio Flecha, pardo, muy hombre de bien, que vive en la Asunción, el cual compone sus diferencias domésticas, y cuyo consejo suelen seguir. A él tratan estos bárbaros de ambas parcialidades con entera confianza, por él reprende el gobierno las raterías y se recobra lo robado. Se tiene en Europa ideas falsas de los caciques, creyendo que son indios de distinción y soberanos que dictan leyes, pero nada de esto hay porque el cacique nada manda, ni es obedecido, ni obsequiado, ni servido, ni considerado para más que para permitirle que tome algún pescado o comida, y esto no siempre. Es un bruto hediondo como todos, y si no es valiente o anciano ninguna cuenta tienen con él. La paz, la guerra, la mudanza de sitio y todo lo que toca al común se decide en una asamblea donde los ancianos y el pay tienen toda la influencia. Cuando salen del toldo a pescar, o a otra cosa, dejan advertido lo que van a hacer y en qué paraje, con el fin de que se sepa el lugar de la desgracia, si sobreviene, y de aquí inferir quién pudo causarla.

Por supuesto que estos indios no tienen ley ni costumbre que los sujete en lo más mínimo. Todo les es permitido, no ejercen el castigo ni el premio, y sólo cuando el gobernador se queja de alguno y les parece que los compromete en algunas discordias con nosotros, suelen darle alguna paliza o más frecuentemente lo hacen marchar a la otra parcialidad. Sus asuntos se deciden por las partes a cachetes y quedan muy amigos concluida la pendencia, en la cual nadie se entromete. Cuando los sarigués vienen en cuerpo a la capital acostumbran dar batalla a los tacumbú, reduciéndose a embestirse en cuerpo a cachetes, y cuando se han cansado quedan amigos. Todos tienen dos nombres, uno en su idioma y otro de algún santo o español conocido, y como no hay diferencias entre las dos parcialidades cuanto diga debe entenderse de ambas.

Tienen un empleo de alguna consideración que llaman pay y médico, son dos o más en cada parcialidad, su destino es curar dolencias que lo hace de este modo. Se pone enteramente desnudo, muy pintado con un angosto cíngulo y una corbata de estopa que flota sobre el estómago, se ata la muñeca izquierda con una cuerda de muchas vueltas, se pone una pluma larga vertical sobre el cogote, toma una calabaza, larga dos pies, que tiene un agujero en cada extremo, el mayor de tres pulgadas de diámetro, la baña dos o tres veces, chupa de su pipa dos bocanadas de tabaco soplando el humo por el agujero menor, aplica después la borda del agujero mayor entre la nariz y el labio superior, de modo que la boca queda expedita en medio del agujero, y habla fuerte como cantando de forma que las voces suenan de un modo extraño y vario. Continúa así un rato golpeando el suelo con el pie derecho, contoneándose con el cuerpo encorvado sobre el enfermo. Con la mano derecha sostiene la calabaza y en la izquierda tiene la pipa con el brazo tendido. La pipa es un cilindro largo catorce pulgadas y dos de diámetro, barrenado por el eje, y en una de sus bases tiene un cañoncito largo dos pulgadas que sirve de boquilla. Cuando el pay se ha cansado de sonar la calabaza se sienta y soba ásperamente con la mano la inmediación del ombligo, y luego chupa con vehemencia cuatro o seis veces lo que sobó, y se acabó la curación. Si el enfermo es muchacho suele omitir muchas de dichas preparaciones contentándose con chupar. Creen los payaguá que cuantos curan o mueren es por voluntad del pay, que éste tiene en su mano la muerte y la vida. Este concepto suele perjudicarle porque si mueren muchos enfermos seguidamente suelen matar al médico.

Es voz común entre los españoles que el pay logra las primicias de todas las mujeres, pero no creo que esto sea absolutamente cierto y ellos lo niegan, no obstante el pay no suele ser casado y no creo que guarde castidad. Este empleo no es hereditario como el de cacique, lo sirve el que se amaña a hacer creer que posee esta habilidad. Aunque es por lo común el más borracho, tienen por él algunas consideraciones que se reducen a alimentarlo y a atender su voto en los consejos. Dicen de él que con la calabaza espanta los males y al diablo, y que chupando los extrae del cuerpo. Esto hace sospechar que tienen alguna idea de religión; también alude a lo mismo el tener cementerios. El de los tacumbú está dentro de un bosque pegado a la orilla oriental del río Paraguay, poco más arriba del presidio de Arecutaguá. Allí enterraban antes a sus difuntos de pie dejando fuera la cabeza cubierta con una olla de barro, pero como los tigres se los comiesen hoy los entierran enteramente con sus flechas y pequeñas alhajas. Tienen mucho cuidado de barrer el cementerio, asearlo y arrancar las yerbas, cubriendo los sepulcros con toldo de esteras y poniendo encima multitud de campanas de barro, unas dentro de otras. En las tempestades de mucho viento, que desbaratan sus toldos, practican conjuros que se reducen a tomar tizones y hacer ademanes como de embestir a las nubes.

No obstante todo esto, los payaguá no adoran a Dios ni a alguna de sus criaturas, ni se les conoce súplica, palabra, ni obra que signifique política, atención, obsequio, ni culto. Los que se figuran que no puede haber ateístas, creen que estos bárbaros adoran la luna nueva porque sus grandes fiestas se verifican en los novilunios, pero éstos no se hacen cargo de que como los payaguá no tienen cuenta alguna en la sucesión de los años, meses ni días, siéndoles preciso señalar anticipadamente día para la fiesta, no lo pueden hacer con certeza sino por la luna nueva, de modo que ésta es la convocadora y no el objeto de la festividad. Muchas veces les he hablado de su origen y destino, pero no gustan de esta conversación. Algunos me han dicho que su primer padre fue un pacú, el de los españoles un dorado y el de los guaraní un sapo. Otros añaden que el payaguá desciende de un lugar donde hay calderas y fuego, pero esto es aprendido de nosotros y en mi juicio no lo creen.

La talla del payaguá es en mi juicio de seis pies y media pulgada españoles, y yo dudo que haya en Europa pueblo alguno en que tantos a tantos pueda compararse con estos bárbaros. Jamás he visto uno que tenga más ni menos carnes que las precisas para ser ágiles, robustos y vigorosos. En nada se parecen a las ridículas pinturas que muchos hacen de los indios, sino en tener un poco plana la cara y el color amulatado. Sus días son prolongadísimos. Su dentadura no les falta aun en la edad decrépita. No hay un calvo y, cuando mucho, a los setenta años se ven algunas canas en su cabellera abundante, lacia y gruesa. Tampoco se nota en ellos enfermedad alguna particular, ni el mal venéreo. Su semblante es despejado, alegre y risueño, diferente del guaraní, que es triste en términos que parece que no tiene músculos para explicar la alegría.

Los varones en el toldo están en pelota, pero cuando han de entrar en la ciudad se ciñen a los riñones algún trapillo, o se echan al hombro una manta de algodón, o se ponen una estrecha camiseta sin mangas que por lo común no pasa a las ingles. Jamás usan sombrero, ni gorro, y sus principales adornos son los siguientes. En los pechos de la madre usan ya el barbote, que es un palito largo cuatro o cinco pulgadas y de línea y media de diámetro, afianzan uno de sus extremos, a frotación, en el agujero de otro palo más grueso que les atraviesa el labio inferior en la raíz de los dientes, quedando el otro extremo flotante. Tienen las orejas agujereadas y adornadas con aros, botones, plumas, palitos o pendientes de abalorios y planchuelas de plata. Desde que nacen no cesan las madres, de arrancarles el pelo de las cejas y pestañas, y en lo restante de la vida hacen lo mismo con todo el pelo del cuerpo que no les crece con la abundancia que a los españoles. Esta práctica hace ver que los climas no influyen lo que se cree en las costumbres, pues aquí debieran alargarse si se pudiese las pestañas, cejas y sombreros, para resguardar los ojos a la vehemencia del sol. Por esta causa los niños tienen los ojos muy abiertos pero los grandes al contrario, jamás descubren enteramente la pupila. Cuando se les antoja se ponen brazaletes de plumas o de cuero en lo grueso del brazo, en las muñecas cuelgan las pezuñas de venado y en los tobillos cascabeles. Algunos llevan un tahalí de lentejuelas de concha o canutillos de plata, o un simple cordoncito del que cuelga una bolsita en la que apenas puede entrar una peseta, y tal cual vez se ponen un copete de plumas sobre la cabeza. Además de todo lo dicho pintan su cuerpo enteramente de rojo, negro y amarillo, con dibujos inexplicables y cada uno según su antojo. Dividen el pelo, desde la frente a la sutura coronal, en tres partes. La del medio la cortan rasa, y las laterales caen sobre las sienes cortándolas horizontalmente a la mayor altura de la oreja. Lo restante del pelo lo dejan caer sobre la espalda y, a veces, lo atan con una tira de cuero de mono caay sin hacer trenza.

Las mujeres son de inferior talla, no son a nuestra vista lindas porque su color, pinturas, el carecer de cejas y pestañas, y el ser muy puercas, nos previene sin dejarnos conocer sus buenas proporciones. Las manos y pies son menores que las españolas y sus pechos los mejores que he visto. Son alegres, vivas y halagüeñas, y sus palabras dulces. Su vestido consta de sólo dos piezas. La una es un trapo, largo un pie, ancho un palmo, que flota sobre el pubis y está afianzado con una cuerdecita a los riñones; la otra es una manta de algodón pintada de rojizo, con la que se envuelven por debajo del pecho y las llega casi a los tobillos. Esta envoltura se hace sin nudo ni ligadura que la sujete, poniendo el doblez superior bajo del inferior, por cuyo motivo tienen que componerla cada momento. Cuando hace frío, o entran en la ciudad o se halla presente algún sujeto que les da sujeción, ponen la manta sobre los hombros. Usan sortijas si las pueden haber, se cortan el pelo de delante como los varones pero no el que cae sobre las sienes, el cual, como el restante, flota libremente sobre los hombros y espaldas. Desenredan el pelo con peines y comen la basura viva, y también cuantas pulgas pueden haber, pero no usan barbote. Los varones no usan pintura durable, pero las mujeres tienen de esta especie las siguientes. De la raíz del pelo a la punta de la nariz llevan una tira recta y morada, ancha tres líneas, y desde el labio inferior a la barba otra igual. Así mismo, desde el pelo caen verticalmente siete, ocho o nueve rayas o líneas paralelas atravesando la frente, cejas y párpado superior, en donde, como ni en lo restante del cuerpo, sufren bello. De cada ángulo de la boca salen dos cadenitas paralelas a la mandíbula inferior que terminan a los dos tercios de la distancia a la oreja. De cada ángulo exterior del ojo cae una cadena de dos eslabones en dirección perpendicular a las que salen de la boca, y terminan sobre lo que sobresale más en la mejilla. Además de estas pinturas moradas y estables, las más presumidas se pintan una cadena de grandes eslabones desde el hombro a la muñeca. Sin perjuicio de estas pinturas, que son características a las mujeres, se pintan todo el cuerpo con varios colores y dibujos, lo mismo que los varones. Como éstos todos los indios viven en pequeñas sociedades que no comunican con otras, y donde todos se conocen y ven continuamente, no hay motivo para que tengan vergüenza unos de otros, y por consiguiente, no hay entre ellos vanidad, ni lujo, ni los demás afectos vivos que produce la vergüenza.

Para construir sus habitaciones clavan tres o cinco horquillas paralelas, la más alta, para el caballete, de dos y media varas y las demás en disminución. Enfrente de éstas clavan otras tantas iguales y paralelas. De cada una a su correspondiente tienden una caña gruesa y sobre éstas esteras de juncos, no tejidos sino unidos por su longitud, y he aquí un toldo donde se acomodan de quince a veinte personas. Pegado a él por su longitud ponen otros y queda hecha la toldería abierta por los costados. Cuando hace frío ponen otras esteras verticales en el lado que conviene. El suelo dentro está cubierto de cueros y éstos son sus sillas, mesas, y camas, porque no tienen hamacas. Sus demás muebles se reducen a algunas calabazas y vasijas de barro.

Jamás riñen, ni enseñan a los hijos, ni les prohíben cosa alguna, sin embargo los aman y tienen grande cuidado de pintarlos y de cargarlos de abalorios, planchuelas, etc. Los varoncitos están siempre desnudos, pero las hembras, casi desde que nacen, van envueltas de medio cuerpo abajo, de modo que hay más recato en las niñas que en las mozas, en éstas más que en las casadas, y ninguno en las viejas. Comúnmente no se separan las mujeres del toldo sin la compañía de algún hombre, y pocas veces se ve que hablen unos con otros, lo que quiere decir que no son tan habladores como yo.

Hasta casarse el payaguá no pesca ni trabaja, nadie tiene más de una mujer, que toma cuando quiere pidiéndola al padre y parentela, quienes se la dan sin más ceremonia que una media fiesta. No casan entre los hermanos. El divorcio es libre al hombre y mujer con motivo o sin él, pero sucede raras veces siendo admirable ver contentos a los hombres con las viejas. En caso de separación queda la madre con todos los hijos, con la cama, pala o remo y con el toldo, y todo lo que hay menos con la manta o camiseta del marido. Si no hay hijos, cada uno lleva lo suyo, esto es la canoa, pala, anzuelos y flechas el marido, y todo lo demás la mujer. En más de cinco años que diariamente visito sus toldos no he visto que los sexos se hagan la menor demostración que manifieste celo o apetito, aunque estén borrachos.

Las mujeres hilan rara vez algodón para alguna manta que tejen a pala y les dura toda la vida. Ellas hacen las esteras, las vasijas de barro, arman y deshacen los toldos, y guisan las legumbres porque el varón guisa la carne y pescado. Son glotones, pero no tienen hora fija para comer. Todo lo que hay se pone al fuego en olla, o asador, y el que tiene gana saca su tajada sin esperar ni avisar a los demás de su familia, y si sucede que los padres y hermanos coman a un tiempo todos lo hacen con alguna separación, y jamás hablan en la comida ni la interrumpen para beber, cosa que hacen después.

Aunque los muchachos son enredadores, los hombres y mujeres no tienen baile ni juego alguno. Todas sus diversiones se reducen a emborracharse con aguardiente y lo hacen con mucha frecuencia. El que se determina a esto ocupa todo el día en beber sin comer cosa alguna, y suelen responder, cuando se les pregunta ¿por qué no comen?, que no comen por beber, y añaden: «no somos como los cristianos, que se meten a beber teniendo las tripas todas llenas de comida que no les cabe sino un poquito de aguardiente». Todo borracho es acompañado por otro que no lo está o por su mujer, quienes lo conducen al toldo y lo sientan. Entonces canta en tono bajo, con algún compás, cierta canción que en todos es la misma, y según la traducción de uno de ellos dice: «¿quién se me opondrá que no le haga pedazos? Vengan uno, dos o muchos, yo soy bravo». Otros dan cachetes al aire como si riñeran y así pasan el día sin hacer daño, ni enfadarse, ni meterse nadie con él. En estas circunstancias en nada difiere uno de otro haciéndose increíble la uniformidad y sosiego. La debilidad por no haber comido les quita el vigor, el humor pendenciero, y el vomitar tan comunes en nuestros borrachos.

Tienen con frecuencia sus fiestas que se reducen a emborracharse casi todos y rarísima vez alguna mujer, porque ellas no tienen parte en ninguna diversión, ni los varones les dan lo que a ellas les gusta, ni hacen caso de ellas. Los motivos de estas fiestas son el nacimiento de algún hijo, el agujerearle las orejas o labio inferior, el casarse, o aparecer el menstruo la primera vez a una mozuela, la cual entonces empieza a ponerse las mencionadas pinturas permanentes, y finalmente cualquiera cosa o nada es motivo de fiesta. No se baila, ni juega, ni canta, ni hay más diversión que las que sugieren las fantasmadas de Baco. Además de estas fiestas menores, en las inmediaciones de San Juan, hacen una mucho más solemne, cuyas vísperas se anuncian con tamborcitos hechos con vasijas de barro y con pintarse todo lo mejor que saben. El día siguiente, borrachos todos los varones, se presentan unos a otros, cogen cuanta carne pueden con un pellizco y la atraviesan muchas veces con un punzón o espina de raya. Estos pellizcos y pinchazos se dan en los brazos, muslos y piernas, y en la lengua, dependiendo la elección del lugar de quien los da y no de quien los recibe. Con la sangre se bañan la cara y de rato en rato repiten lo mismo, de modo que no queda uno sin sufrir muchas veces las referidas punzaduras de espina sin que se oiga queja ni se vea el menor indicio de sentimiento. Esta función es pública y no participan de ella las mujeres y menos lo muchachos, a quienes no se les permite la bebida o por lo menos no se emborrachan. Al anochecer acaba la fiesta dejando muchos días que padecer, porque se entumecen y llenan de materia las heridas, a quienes no ponen abrigo ni remedio, y las cicatrices duran toda la vida. El adorno y pinturas que usan estos bárbaros en esta festividad son absolutamente extravagantes e inexplicables.

Viven los payaguá en el río, que navegan con canoas que ellos mismos fabrican. Son de cuatro a ocho varas de longitud y uno y medio a dos y medio pies de mayor anchura, que está a los dos tercios contados de la proa, que es puntiaguda y casi lo mismo la popa. Constan de tres planos, dos verticales y el tercero corvo de popa a proa. El remo es una pala flexible larga tres varas, las dos son de asta muy delgada y la tercera es la pala que tiene figura de lanza. Cuando pesca el payaguá se mantiene sentado en la canoa dejándose llevar por la corriente, pero cuando boga se pone en pie sobre la extremidad de la popa. Sucede algunas veces que al meter el pescado en la canoa se vuelca ésta porque son muy angostas y mal hechas, y se ve siempre con admiración que en un minuto o dos, sacudiendo su canoa como el tejedor su lanzadera, echa fuera el agua, salta dentro de ella sin haber perdido la pala, la caña con que pesca, ni el pescado, sin que para todo esto obste cualquier profundidad de agua. Viven de lo que pescan y de los yacaré y capiybaras que cogen a flechazos. Para esto tienen flechas a propósito que clavadas se separa la lengüeta del asta quedando amarradas por una cuerda. Si el herido se sumerge, como sucede siempre, flota el asta o caña y por ella tiran hasta ponerse sobre el herido y le dan lanzadas con la pala. No sólo hallan en el río y sus orillas los animales referidos, sino también leña, paja, cañas, sauces y pasto, que venden a los españoles para cubrir sus ranchos y alimentar sus caballos. También venden ollas de barro, esteras y alguna manta. Algunas veces se alquilan para cortar la caña dulce y para trajinar la carga de las embarcaciones; son amiguísimos de hacer pequeños cambios y tratos que siempre han de ser de presente, porque son muy desconfiados y mentirosos y engañan siempre que pueden. Son muy pedigüeños y si pueden robar alguna cosa no dejan de hacerlo, pero no atesoran. La plata que adquieren la ponen por lo común en la boca y luego la gastan en sal, frutas, legumbres, tabaco, miel y, principalmente, en aguardiente.

Las armas del payaguá son flechas sin aljaba, macana, o garrote, y sobre todo el remo o pala que por ambos costados sirve de lanza. Sus expediciones guerreras se hacen siempre con secreto o con engaño, con la idea de sorprender, y si no lo consiguen se escapan porque no hallan deshonor en la fuga ni en la traición. Siempre matan a todos los varones adultos y se llevan a las mujeres y muchachos. No comen a los vencidos ni usan de instrumentos bélicos. Tampoco llevan las mujeres a la guerra, sino que las ocultan primero. Tampoco acopian provisiones porque van comiendo lo que pescan en la marcha.

Los payaguá se hallan como en tiempo de la conquista porque no han recibido de los españoles armas, cuadrúpedos, ni costumbres que hayan alterado su constitución. Lo único que se ha adelantado con ellos es fijarlos bastante, que es el primer paso de la civilización, y enseñarles las delicias de la paz y a que tengan confianza de nosotros. Cuando alguna vez resuelven transferirse a otros parajes, las mujeres y niños hacen sus esfuerzos para oponerse y consiguen lo que desean, de modo que puede esperarse en breve la reducción completa de estos bárbaros. Ya en el día son muy útiles porque sobre que ponen temor a los bárbaros del Chaco, ellos pescan y trabajan con utilidad de esta ciudad y, aunque no sean católicos, pueden llamarse socios útiles. No falta más que hallar los medios de introducir entre ellos el lujo y el conocimiento de las comodidades, para que se aumente el fondo del comercio y se dediquen más a los trabajos. Estos indios serán antes vasallos útiles y civiles que católicos, cosa que hasta aquí ha parecido imposible porque ha prevalecido la opinión de que no puede ser útil vasallo y hombre sociable el que no empieza por ser católico. Así se ha procurado catequizar a costa de grandísimas sumas, descuidando la civilización, suponiendo ésta resulta de aquélla, y yo creo lo contrario.

La reducción de las naciones bárbaras sólo puede verificarse por tres medios: el primero es por el comercio y trato, el segundo por la fuerza, y el tercero por la persuasión. El primero jamás se ha intentado, es el más largo y difícil con algunas naciones pero muy fácil con los bárbaros caayá y guayaná y con los guaná. Aquéllos continuamente se presentan a nuestros beneficiadores de yerba solicitando que los ocupen y que les den en cambio de su trabajo herramientas y géneros, pero por lo común no se hace caso de ellos porque dicen que no saben dar a la yerba el beneficio que requiere; pero si se les diese un capataz que los instruyese, la maniobra es muy simple y con un poco de probidad se lograrían muchos trabajadores que en breve no sabrían vivir sin nosotros. Los guaná, que son tan numerosos como todas las naciones bárbaras juntas, vienen en tropas y viven entre nosotros a expensas de su trabajo, y después vuelven pero vienen otros, de modo que siempre tenemos muchos. Como jamás han hallado buena acogida en el gobierno, ni se ha dado una orden en su favor, no se determinan a traer sus mujeres, ni familias, por cuyo amor regresan a su patria casi todos. Si abiertamente se les protegiese y se regalase algunas frioleras a sus mujeres y niños, veríamos en breve veinte mil guaná entre nosotros, todos chacareros y medio civilizados según diré luego. Pero no se conseguirá el fin si se tratase de reducirlos en pueblos para hacerlos vivir en comunidad, como a los guaraní, cosa que luego pretenderían hacer los gobernadores y los eclesiásticos por sus fines particulares. Debíamos contentarnos con aprovecharnos de su trabajo y con aumentar nuestra población, las producciones y consumos, sin querer esclavizar sin motivo ni utilidad a unos hombres que voluntariamente se ofrecen a ser nuestros conciudadanos, amigos y parientes, quienes, sin trabajo, serían luego católicos porque ya está averiguado que todos los vasallos, tarde o temprano, abrazan la religión dominante sin que en ello se ponga cuidado y aun cuando se tomen medidas para lo contrario.

El usar de la fuerza, o del respeto que infunde, para hacer reducciones es el medio más expedito. Todas las subsistentes en esta provincia se deben a las armas de la conquista, según consta de los años de su origen. Pasados aquellos tiempos primeros tomó el gobierno, para hacer reducciones, el tercer camino, que es el de la persuasión, fiándola a los eclesiásticos, y así ha salido ello. Después de la conquista, aunque se han gastado ingentes sumas, ninguna reducción ha subsistido fuera de sus límites. Hoy tiene esta provincia cuatro y cada gobernador funda cuantas quiere, de modo que no tienen número las que se han entablado y no hay una existente, y ninguna ni todas juntas han producido un solo católico, y si alguna vez se han bautizado algunos todos han apostatado. Subsisten los indios en la reducción porque se les da de comer con lo que el rey franquea, y cuando se acaba el fomento (porque no puede ser eterno), y tal vez antes, se empieza a quitar el crédito al gobierno diciendo que no dio bastante, y se van los bárbaros como vinieron sin haber oído el nombre de su redentor. ¿Quién es capaz de persuadirse que subsista una reducción nueva encargada totalmente a un clérigo o religioso que ignora el idioma y que su vida es breve para aprenderlo? A esto responden que Dios obra y que cualquiera cosa que diga el cura lo entienden todos. Esto sucedió a los apóstoles y no en nuestros días, pero cuando esto fuese así, y que el cura les enseñe los sagrados misterios, nada había adelantado porque para que prevalezcan estas ideas abstractas, que serán las primeras que han oído y formado, es necesario hacer civiles a unos bárbaros fijándoles y enseñándoles a vivir del sudor de su rostro, sujetando a las leyes sociales a unos hombres que no tienen idea de ellas ni de los derechos de gentes y natural. Finalmente, para convencerse de que las persuasiones eclesiásticas no tendrán buen éxito sobre el particular, basta saber que desde la conquista aquí no lo han tenido en poco ni en mucho.

Si los gobernadores reflexionasen el ningún fruto que han sacado sus antecesores en la reducción de los bárbaros, desde luego depondrían el afán que todos tienen de formar reducciones, nacido de un celo mal fundado o del deseo de inmortalizar su memoria, y buscarían otros caminos de sacar utilidad de los bárbaros que debe ser su principal atención; como que los progresos de la religión seguirían aún sin buscarlos, a la civilización. Mis ideas, aunque claras y fáciles, no son adoptadas aquí, y cuando he querido persuadirlas me han respondido que los jesuitas hicieron muchos progresos en sus misiones del Paraná y Uruguay, y en nuestros días en los pueblos de San Joaquín, San Estanislao y Belén. Estos hechos, que sólo pueden oponerse por los ignorantes a mis proposiciones absolutas, las comprueban y hacen ver que los padres jesuitas pensaban como yo y en su consecuencia usaron en sus reducciones no de la persuasión sino de otros medios más adecuados, bien imaginados, dirigidos, suaves, eficaces e infalibles, aunque los ocultaron siempre en sus escritos dando a entender que todo se debía a su predicación. Yo, que he procurado investigar las cosas originalmente, voy a explicar los progresos jesuíticos, y, sin pensar disminuir su mérito, haré ver que publicaban una cosa y hacían otra, la cual no les hace menor honor que la que querían publicar.

Las misiones del Paraná y Uruguay, según consta de su origen que brevemente he contado, son del tiempo de la conquista y por consiguiente fruto del temor de nuestras armas y de las de los mamelucos, quienes con la destrucción de muchos pueblos y naciones fueron causa principal de la humillación guaraní a los jesuitas, los cuales no tuvieran hoy un pueblo si no hubiese habido mamelucos. Así no deben tomarse en boca estas misiones para apoyar la eficacia de la predicación. Con que sólo nos resta hablar de los pueblos de San Joaquín, San Estanislao y Belén.

El modo y cómo se fundaron son bien conocidos porque existen los fundadores, y otros instrumentos originales, y es el siguiente: teniéndose noticia de que el paraje donde están los pueblos había bárbaros de buenas inclinaciones, enviaron los jesuitas algunos guaraní de sus pueblos viejos a explorar la voluntad y proporciones del país, llevando algunos regalitos que les aseguren la buena acogida. Regresaron los emisarios con buenas noticias, y pasados algunos meses fueron otros en los mismos términos que volvieron igualmente. Poco después fue un jesuita con iguales embajadas y regresó corriendo a dar buenas nuevas, que fueron las decisivas. Se eligió un padre que fue con algunos guaranís a vivir con los bárbaros y cuando halló disposición les propuso si querían tener y comer vacas, aceptaron y en distintas remesas las llevaron los guaraní escogidos que quedaron con el padre; poco después les propuso si querían que los guaraní, sus hermanos, viniesen a hacerles casas, iglesia y chácaras, y como estuviesen familiarizados con los que fueron con el padre y con las vacas, aceptaron y vinieron todos o más guaranís cuantos eran los bárbaros. Hasta aquí no se había predicado, ni tratado a trabajar, ni de con qué pudiese disgustar, sino de todo lo contrario. Pero a poco tiempo del arribo de los reclutas se alzó un poco la voz y todos juntos trabajaban lo que se ofrecía, ya no hubo más que hacer sino cuidar de que no se escapasen, lo que se evitó con un poco de vigilancia. El ejemplo, el respeto y cuando más setenta y cinco azotes, allanaron todo lo que faltaba.

Sin saber cómo me he dilatado en probar, con razones y con la experiencia jamás desmentida, que el gobierno es quien debe civilizar a estos bárbaros y no los eclesiásticos, siéndome muy sensible el ver las crecidas sumas que se han expedido y expiden sin fruto y con descrédito. Y para concluir la materia digo que el método con que se fomentaron las reducciones de San Joaquín y San Estanislao es excelente y fácil para civilizar los guayaná y caaguá, en caso de que no parezca mejor lo que insinué anteriormente, pero de ningún modo sirve para con las demás naciones porque todos los guaraní juntos no son capaces de dar sujeción a cincuenta mbayá, enimagá o lengua, y ésta es la causa porque los jesuitas jamás hicieron progresos en la reducción del Chaco. Así apuntaré lo que conviene hacer con las naciones del Chaco, porque son de otra casta, muy diversa de la guaraní, según se verá en sus breves descripciones particulares.

Para civilizar los sumisos, laboriosos y pacíficos guaná, podría intentarse el expediente practicado por los jesuitas en San Joaquín, pero será mil veces mejor, y más útil, lo que apunté, y para mayor abundamiento envíese frailes escogidos a sus tierras porque los guaná jamás han puesto embarazo a que entremos en sus pueblos, ni han dejado de alimentar, cortejar, y solicitar a los eclesiásticos para que se queden a catequizarlos. Estos curas han de procurar darles buenas ideas de nosotros y excitarlos a que vengan sus tropas con las familias hasta la Concepción, donde el gobierno tendrá alguna embarcación que los traiga. Las guerras continuas que tienen entre sí y con los mbayá y las vejaciones que éstos les causan, darían frecuentes motivos para que salgan de su país dándoles algún auxilio, y aun sin él no han bastado para echarlos las órdenes que he visto dar al gobierno. Trátese bien a los que vengan sin prohibir absolutamente el que regresen algunos a su patria, que distando ciento cincuenta leguas no las andarían fácilmente a pie y con su familia. Cogió la expulsión jesuita al padre Manuel Durán en Belén, que con cinco familias de Santa María de Fe iba a formar una reducción en los guaná, y es probable que a esta hora, por el modo dicho, ya habría otras reducciones y que veríamos abierta la comunicación entre Belén y los chiquitos, que solo distan ochenta leguas y los guaná están en la medianía.

La reducción de los mbayá, lengua, y demás naciones del Chaco, no puede racionalmente intentarse por ninguno de los medios insinuados. Su talla y vigor excede a lo que se ve aquí y en Europa. Los bravos conquistadores no los sujetaron no obstante de que los hallaron a pie y estacionarios. Hoy tienen excelentes caballos y son errantes, y esto basta para comprender que su reducción es una cosa dificultosísima, que no puede lograrse sino del modo siguiente: se reduce a ir estrechando insensiblemente sus correrías formando poblaciones de mulatos y españoles que al mismo tiempo corten el Chaco y abran comunicación directa con el Perú; con lo que lograría esta provincia los crecidos aumentos que necesita más que otras, porque ella es la que, tarde o temprano, ha de destruir o cuando menos participar de los famosos minerales que hoy poseen los portugueses en Matogroso, Cuyabá y en las cabeceras del río Paraguay. Verdad es que, según se verá luego, hablando de los lengua no puede el gobierno, por mucha prisa que se dé, embarazar la total extinción de estos bárbaros, porque según mis cálculos no subsistirá uno de ellos en cien años contados desde hoy.

  • Indios mbayá

Si creemos la tradición de los bárbaros enimagá, los mbayá fueron en la antigüedad sus esclavos en las tierras del norte del río Confuso, que emboca en el del Paraguay por el oeste en 25º 8′ 10″ de latitud. Para sacudir el yugo hicieron fuga secretamente dirigiéndose al norte por los años en que vinieron aquí los españoles o poco después, y como hallasen los países de su tránsito poblados de guaná los dominaron y aun pasaron más al norte, de donde, atravesando el río Paraguay, arrojaron de sus costas del este a los pueblos que los españoles habían formado de indios itatines y ñuara, cuyas reliquias existen hoy en Santa María de la Fe, en Santiago y en sus colonias, como también en el de San Francisco Xavier de los Chiquitos. No pararon aquí sus conquistas sino que sin apartarse mucho de la costa oriental del río Paraguay se establecieron y, a fuerza de armas, ganaron todo lo que hay desde el río Mandubirá para el norte matando muchos guaraní y españoles, los cuales no estaban seguros de sus incursiones ni en los campos de Tapúa ni en las chácaras de la capital. Don Rafael de la Moneda fue el primero que, fundando el pueblo de la Emboscada, se atrevió a atajar sus conquistas, y después don Agustín Fernando de Pinedo, con el establecimiento de la Concepción, los redujo a las tierras que hay al norte del río Ypané, donde hoy existen. No sólo han hecho guerra a los españoles y guaraní sino también a los chiquitos, de los cuales hoy tienen más de ciento cincuenta cautivos, y hace como quince años que con apariencias pacíficas se llegaron a los pueblos que los portugueses han fundado uno en cada banda del río Paraguay, hacia la latitud de 19º 30′, y en ellos mataron ciento veinticinco personas. Desde el año de 1756, en que hicieron la paz con nosotros, no la han quebrantado y sólo hacen la guerra a los pusilánimes caaguá o monteses, que habitan los bosques vecinos al río Xexuy, y alguna vez a los lengua en el Chaco. Cautivan en sus hostilidades a las mujeres y niños tratándolos bien, pero matan a todos los adultos sin comer su carne.

Hoy están los mbayá divididos por el río Paraguay en dos trozos. Los que habitan el occidente, que llaman comúnmente guazús, se extienden desde la latitud de 21º 35′ para el norte y a veces bajan hasta la latitud de 22º 6′ introduciéndose e incorporándose con los guaná. Los mismos pasan algunas veces a cazar y comer algarrobas a la costa oriental. Estos mbayá tienen varios caciques pero los principales son cuatro llamados Codaaloteguí, Natogotaladí, Navidrigí y Nalepenegrá, que en todos compondrán un número como de tres mil doscientas almas. Los que habitan al este del río Paraguay se prolongan desde el río Ypané al Mbotetey o entre las latitudes de 23º 28′ a la 19º 30′. De este a oeste ocupan el espacio que hay entre el río Paraguay y la tierra alta y montuosa que media entre dicho río y el Paraná, cuyo espacio encierra los mejores yerbales y tierras que hay desde aquí a Buenos Aires, en las cuales hubo en otro tiempo los pueblos de indios nombrados Ipané, Guarambaré, Perico, Atyra, Caaguazú, Agraranamby, y también Xerez. El total de estos bárbaros orientales será, cuando más, de tres mil almas divididos en cuatro parcialidades principales y subdivididos en varias por los caciques Lorenzo, Ignacio, Antonio, Josef, Joaquín, Miguel, Laadeniguagui, Eguagabique, Maqueda, Quiniguigueguí y Ichipilgiguí, etc. Del total de mbayá, que he dicho compondrán como seis mil doscientas almas, deben rebajarse los dos tercios que son guaná y cautivos de chiquitos y caaguá o monteses, de modo que los mbayá netos no pasan de dos mil ni aun llegan.

La talla media del mbayá es elegante cuanto cabe y a lo regular de seis pies y una y media pulgadas españolas, y la europea de cinco pies, once pulgadas. Sus movimientos son libres y despejados. Hacen vanidad de ser hombres de palabra y los más nobles de toda la América. Tienen más condescendencias con sus caciques que los payaguá, pero se reducen éstas a poca cosa. Dicen que subsiste el alma después de la muerte vagando por el mundo sin pena ni gloria. Que Dios (a quien no adoran, ni algunas de sus criaturas) crió a todas las naciones y les repartió las tierras del mundo, y que después crió a sólo dos mbayá a quienes envió a decir por un caracará que por olvido los había criado cuando ya no tenía tierras que repartir y que para que subsistiesen anduviesen vagos, y que respecto a que sólo eran dos y las demás naciones eran numerosas que hiciesen la guerra continua a todas y adoptasen los cautivos para aumentarse con ellos. Uno y otro practican y a esto se reducen sus ideas morales.

Llevan el pelo cortado raso cuanto se puede con tijeras o navaja, lo mismo las mujeres, pero éstas dejan una tirita, ancha una pulgada, alta media, que empieza en la frente y acaba en la sutura coronal o alto de la cabeza. Estas no comen carne ni cosa de grasa cuando se hallan con la evacuación periódica porque no las nazcan cuernos, como suponen que sucedió a una que la comió. Son las más prostitutas que se conocen, de modo que cada una tiene un par de guaná que la divierten además de su marido, y éste mira con absoluta indiferencia estas cosas. Observan hoy la bárbara costumbre de no criar sino el último hijo o hija, abortando a todos los que nacen antes y muchas veces también al último porque esperan que no lo ha de ser. Yo pregunté a ocho mbayá que tenía en mi cuarto el motivo de esta práctica, y me dijeron que el parir los hijos grandes las estropeaba y envejecía, que después era mucho trabajo e incomodidad el criarlos en la vida errante y el darles que comer, cosa que muchas veces les faltaba a ellas, y queriéndome informar de los medios que practicaban para abortarlos me manifestaron el vientre y se lo estrujaron violentamente con los dedos sobre el pubis diciéndome: he aquí cómo hacemos en los primeros días de nuestro embarazo. Esta barbaridad, sin duda, tuvo su origen en las solteras y después el libertinaje la extendió a todas las casadas sin exceptuar una. Yo quise reprender a algunos mbayá sobre esta costumbre y me oyeron con risa diciéndome unos que el hombre no debía entrometerse en las cosas de las mujeres, y otros me dijeron que habiendo Dios mandado a sus primeros padres que viviesen errantes no podían verificarlo con el embarazo de sus hijos. Lo extraño está en que apetecen y crían con esmero a todos los niños cautivos que toman en la guerra aunque sean de pecho. Esta costumbre debe ser moderna, pues creo que nadie ha hecho mención de ella.

Las mujeres son más alegres que las payaguá y toman parte en las fiestas y las hacen, reduciéndose a hacer como procesión cantando las hazañas de los mbayá y llevando las cabelleras, armas y huesos de los vencidos, acabando con una pelea de moquetes en la que se pierden algunos dientes y se llenan de sangre, cosa que en seguida celebran los varones con la borrachera causada por la chicha hecha de miel o de algarroba o de maíz.

Los payaguá no lloran los difuntos sino cuando son muertos por sus enemigos, pero los mbayá lloran mucho a sus parientes y a los caciques y los llevan a enterrar al cementerio que tienen junto al cerro Itapucú-guazú, que está muy distante, y entierran al mismo tiempo sus alhajas y matan cuatro o seis caballos, los mejores que tiene el difunto. A los enfermos nos les dan carne sino cocos y legumbres, si las hay, pero si se dilata la enfermedad los abandonan, y si hay fiesta grande suelen perecer de necesidad porque en estos días no se hace comida para nadie. Los cura el pay como a los payaguá, a quienes se parecen en el vestido, en no sufrir cejas, pestañas, ni pelos, en las pinturas y en todo lo que no expreso, pero difieren en que sus toldos son doblemente altos, espaciosos y aseados.

En el tiempo de la conquista, todas las naciones, sin excepción, eran estacionarias y vivían como hoy los guaraní no reducidos. Entonces no les era dable coger los venados, avestruces, etc., que abundaban, pero habiéndose proveído de caballos todas las castas del Chaco, menos los guaná, caayá y minoquigla, tuvieron facilidad de cazar dichas bestias con lo que dejaron su poco cultivo, se hicieron errantes, salteadores e irreducibles, y vivieron con la caza. Ésta escasea hoy mucho, ya no les basta y suplen con la miel, frutas y palmas, pero ni esto es suficiente, por cuyo motivo, no habiéndose dedicado a criar vacas, padecen necesidades extremas que los obligan con frecuencia a pedirnos reducción y comida, y esto sólo bastaría para acabar con todos cuando no los condujese a su total exterminio la barbarie del aborto.

Los primeros caballos que tuvieron los mbayá fueron pocos y muy malos, y robados una noche en las inmediaciones del pueblo de Ypané, en 1672, y habiéndoles gustado volvieron al mismo pueblo seis meses después y robaron mayor porción con algunas yeguas. Todavía no son buenos jinetes y aunque muchos se han procurado frenos de hierro los más lo usan de palo. Sin aparejo ni lazo manejan sus caballos que son muy mansos porque los montan desde que maman.

Su idioma es diferentísimo de los que hay por aquí, y los muchachos y mujeres usan frases distintas de las que hablan los varones. Viven errantes bajo ciertos límites asignados a cada parcialidad.

  • Indios guaná

Habitan estos bárbaros al occidente del río Paraguay, desde la latitud austral de 22º 6′ hasta la de 21º 35′. Esta es la nación más numerosa del Chaco y hoy está dividida en cinco parcialidades. La primera es la layana, que dista dos leguas y media del río Paraguay y se cree de tres mil almas. La segunda se reputa de seis mil y se nombra de los echoaladis o chabaranás, que dista de la anterior trece leguas. La tercera se llama equiniquinau, dista de la segunda jornada y media y se compone de dos mil almas que estando en paz con la segunda hacen ambas la guerra a la layana. La cuarta y más occidental o hacia los chiquitos es la ethelena, que dista veinticinco leguas de la tercera, pasa por la más numerosa y se cree de siete mil. La quinta es la negüicactem, que dista dos leguas del río Paraguay y es la más meridional y diminuta.

Tienen estos indios los primeros principios de civilización, en lo que difieren de todos los del Chaco. Viven en pueblos estables formados a la manera que los indios del Paraguay, pero difieren las casas o ranchos en que los de los guaná son una bóveda cilíndrica que empieza en el suelo, es larga veinte varas de ancha, diez cerrando los costados con bóvedas, cuya base es un semicírculo. Esto basta para diez a doce familias. Las puertas se reducen a un agujero muy reducido, tienen bastante cuidado de barrerlo y no duermen en el suelo ni en hamacas, sino en catres hechos con cuatro esteras y palos atravesados, sobre los cuales ponen paja o esteras. Son muy hospitalarios y no sólo alimentan y regalan a los pasajeros, sino que los conducen de unos a otros pueblos. Sus tierras son bellísimas, altas y muy embarazadas de bosques, en las que rozan para sembrar tabaco, algodón, mandioca, batatas y más cosas que en el Paraguay, de que viven y no de la caza ni pesca. No habrá contribuido poco a fijarlos y a hacerlos agricultores al carecer de animales domésticos, de forma que su constitución física y civil no ha mudado con la venida de los europeos.

Su talla es idéntica a la mbayá, como también el vestido y el no sufrir cejas, etc., pero son amiguísimos de pintarse y ponen en ello más estudio que los demás bárbaros. Cortan el pelo horizontalmente a media frente, se afeitan una grande media luna o semicírculo sobre cada oreja y el pelo de atrás cae flotante. Algunos se rapan toda la cabeza menos un mechón a la mahometana, y otros afeitan todo lo que está delante de la sutura coronal o la mitad anterior de la cabeza. Visten como los demás. Antes de casarse ajustan con la mujer y sus parientes el modo con que han de vivir y tratarse, y haciendo algún regalito a la novia queda concluido el matrimonio que lo verifican las mujeres a los ocho o nueve años y los varones a los veinte. Aunque comúnmente sólo tienen una mujer, los caciques y acomodados toman las que quieren. El repudio es libre a ambos sexos, como en los anteriores. Al adúltero matan los parientes y el marido, pero no castigan a la mujer. Dicen muchas que las mujeres son poquísimo fecundas y atribuyen la esterilidad a ciertos artificios que ellas saben practicar en el momento en que debían concebir, pero yo me atengo a lo que aseguran otros y es que algunas madres entierran vivos a los hijos, menos uno o dos, en el momento que nacen. Algunos me han asegurado que habiéndolos querido comprar no los han vendido las madres por precio alguno, prefiriendo enterrarlos. Esta práctica parece posterior al año de 1772, y es creíble que luego será general como lo es entre los mbayá el abortarlos. Suelen castigar las demasías de los hijos, cosa que aquí no hace ningún bárbaro. El empleo del pay o médico es ejercido por mujeres en los términos que los anteriores. Tienen las mismas consideraciones para con sus caciques que los mbayá, y disponen que todos los que nacen cuando uno de sus hijos sean vasallos de éste. Entierran sus difuntos después de haberlos llorado bien a la puerta de casa, para tenerlos más presentes según dicen. Son un poco menos borrachos que los payaguá y mbayá, a quienes en lo demás se parecen, pero las mujeres son las menos feas, más aseadas, fáciles, cariñosas, y de buen cuerpo y agilidad.

Por lo demás, no hay ley alguna. Los pleitos se deciden entre partes. No tienen culto ni adoración. Si se les pregunta dicen que hay un Dios que tiene cuerpo y que castiga a los malos y premia a los buenos, pero que no hay acción mala y que todos los guaná se salvan. Uno que entiende su idioma me asegura que es diferentísimo de todos y que no hay voz que signifique cosa de culto, adoración, cortesía, ni atención. Sin embargo, se advierte que al ver la luna nueva dan alaridos alegres y cachetes al aire para que les dé buenas venturas en su duración. Lo mismo hacen cuando aparecen las pléyadas, porque les anuncian que sus chácaras empezarán a dar en breve. En cierto tiempo del año salen los muchachos al campo y vuelven en ayunas al anochecer, en procesión silenciosa, al pueblo, donde hay pronta una fogata en que se calientan un poco las espaldas y luego les punzan los brazos con un hueso y les dan porotos y maíz hervido, y cada uno va a su casa.

Son los guaná pacíficos y dóciles, sufren con paciencia que los mbayá del oeste o guazú se introduzcan temporadas en sus países y que les roben lo mejor que hallan en sus labranzas y casas. No sólo esto, sino que voluntariamente dejan su patria abandonada y van a mezclarse con los mbayá en todas partes, y allí chacarean sin más estipendio que los favores que reciben de las mujeres y el gusto de montar caballos que no tienen en su patria. Los vanos y fieros mbayá, en vista de estas cosas, se creen señores de los guaná, y dicen siempre que éstos son sus esclavos. Esta supuesta esclavitud se reduce a nada, porque ni el mbayá tiene que mandar y el guaná se va cuando se cansó de disfrutar a su señora o se le antoja. En lo poco que cultivan tienen ellos la misma parte que los que se figuran dueños. Sin embargo, es admirable la conducta del guaná en estas cosas, mucho más siendo diez veces más numerosos que los mbayá y de la misma talla, armados de las mismas lanzas, macanas o garrotes, flechas y de igual espíritu, y sin más diferencia que la de no tener caballos.

También es admirable que pidan licencia a los mbayá para venir en tropas a pie a esta provincia y capital con el fin de alquilar su trabajo para cosas de agricultura y de marina, en lo cual no se ajustan a jornal sino por un tanto la obra que se les pide, acreditando en ello su genio laborioso. Muchos de éstos se bautizan voluntariamente, otros se quedan toda la vida, pero la mayor parte vuelve a su patria con las alhajuelas o prendas que ha adquirido, que por lo común les quitan los mbayá al paso si no les hurtan en el camino, en cuyo caso se las roban los mbayá del oeste. Por lo común vienen de la nación Echoaladí y no traen sino rarísima mujer, y ésta es la causa principal de su regreso y de que se les atribuya alguna propensión al pecado nefando. Jamás estamos aquí, y en toda la provincia son muchas tropas o tolderías de estos guaná, y no faltan gentes de poder que, con fines particulares, solicitan de tanto en tanto que se arrojen de la provincia alegando que son ladrones de chácaras, y yo he visto mandar que no vengan y que se echen fuera y también que no se les admita si no traen permiso de los mbayá, que son todas cosas indecorosas, contrarias a la humanidad, a la política, y felicidad de esta provincia y del estado, a la religión y a la civilización de estos bárbaros. Los pequeños robos que se les imputan jamás se les han justificado y, cuando fuesen ciertos, en el mismo caso están los guaraní reducidos y los mbayá negros y mulatos. Además de que los guaná, que por lo común vienen con sus armas, las entregan y depositan en cualquiera justicia que se las pide, jamás han usado de ellas contra nosotros y se sujetan al castigo con mayor resignación que los de esta provincia. Por fortuna estas órdenes de expulsión no han sido suficientes para que nos abandonen los laboriosos guaná, cuyas peregrinaciones debía fomentar el gobierno declarándose su protector y auxiliando con embarcaciones y otros medios a todos los que se presentasen en la Concepción, añadiendo algunos regalitos a los que trajesen mujeres y familias para que no tuviesen motivo de regresar.

Son muchas las reducciones que en estos últimos tiempos se han fundado de estos bárbaros, ya en su país propio y ya en la banda oriental del río Paraguay. Cualquier fraile que ha ido a su tierra ha sacado de sus pueblos, voluntariamente, cuantas familias ha querido. Actualmente, en veintisiete de febrero de 1788, el padre lector fray Pedro Bartolomé, franciscano, fundó una en Tacuatí en la latitud de 23º 26′ 16″ y 1º 1′ 35 de longitud, como seiscientas varas al sur del río Ipané, en cuyas inmediaciones creo que estuvo fundado el pueblo de Atyrá. Consta de cerca de quinientas almas, las cuales, con su cacique Suyca, solicitaron ser transferidos e incorporados al diminuto pueblo de Itapé, y habiéndoseles concedido el permiso no han verificado su proposición porque el cura de Belén y el cacique de los mayabá, junto con éstos, han puesto mil cosas en la cabeza a los guaná y los han determinado a quedar en dicho Tacuatí, donde no pueden subsistir porque los mbayá se mezclan con ellos y les roban y comen cuanto tienen, que es la causa porque no han subsistido las anteriores ni subsistirán jamás en dichos parajes.

  • Indios lenguas y otros

 

Bajando la miel de Florián Pauke

Viven los bárbaros lenguas al oeste del río Paraguay y al sur de los guaná. Son indios de a caballo y, por consiguiente, es difícil su reducción y el contener sus piraterías. Nada cultivan y viven de lo que cazan y roban, y de las palmas y frutas silvestres. Usan lanzas, macanas y flechas que son comunes a todo indio. Hacen siempre la guerra como los anteriores, esto es por sorpresa y jamás de otro modo, matando los adultos y adoptando las mujeres y muchachos. No tienen domicilio fijo y bajan más al sur de la Asunción. Son crueles enemigos de los mbayá, payaguá y españoles. Viven debajo de esteras como los mbayá, a quienes se parecen en el color, traje, tallas, en arrancarse las cejas, etc., en no usar la poligamia, en no tener culto ni ley civil, pero su idioma es diferente y sin conexión con los de por acá. El pelo de delante lo cortan horizontalmente a media frente, y todo el restante flota libremente y lo cortan de modo que pasa poco de los hombros y espalda. Sus orejas son tan largas que casi tocan los hombros, a causa de un agujero que hacen en cada una, tan grande que, sin tener cosa alguna que lo dilate, es larga dieciocho líneas y ancho tres. Meten por él un palo de más de dos pulgadas de diámetro, una roldana o garrucha que algunas veces se quitan y hacen rodar para entretener a los muchachos. Pudiera sospecharse que descienden de los antiguos orejones que habitaban la isla del Paraíso situada en el río Paraguay. Cuando son muchachos dicho agujero no es muy grande, pero lo van toda la vida agrandando poniendo dentro cosas que lo dilaten. El barbote es también muy particular y diverso a los precedentes. Se reduce a un perfecto semicírculo de dieciocho líneas de diámetro hecho de una tabla delgada, cuyo diámetro introducen en una cortadura horizontal que tiene el labio inferior atravesándolo hasta la base de los dientes, el cual lo van agrandando desde la niñez como el agujero de las orejas. Como dicho barbote tiene alguna semejanza con la lengua que asoma por la boca, es creíble que de aquí han tomado el nombre de lenguas. Su total de almas es veintiuno, según consta de su padrón.

También practicaban la barbaridad de no criar sino el último hijo o hija, abortando los restantes según dije de los mbayá. Sucede algunas veces que las mujeres crían un hijo que creyera el último y no lo es, pero nada se adelanta en ello porque abortan el concebido después. Estos casos son raros porque no dan vida a ningún hijo hasta que se conocen viejas, y además le dan mama hasta los doce años si hay leche. Esta práctica, que es hoy inviolablemente observada por todos los bárbaros que hay en el Chaco al norte del río Pilcomayo, menos por los guaná y papaguá, es muy moderna, según infiero de que nadie ha hablado de ella, y acabará con todas estas gentes en poco tiempo, que podremos fijar por el cálculo siguiente: supongamos que cada mujer conciba y para el último hijo a los cuarenta y siete años de edad, por cada ocho matrimonios de los actuales sólo resultarían ocho hijos. De éstos habrán muerto cuatro sin cumplir los ocho años y de los cuatro restantes sólo dos llegarán a los cuarenta y uno de edad, que es cuando han de procrear el último hijo o hija. Estas aserciones se fundan en la tabla de la probabilidad de la vida calculada por el conde de Buffon. Dichos dos individuos que llegaron a los cuarenta y un años de edad sólo procrea uno, que es la segunda generación, y siendo la primera de ocho se ve que las generaciones forman una serie tal que cada término o generación es la octava parte de la que la precedió. Esto es, que si las actuales naciones que siguen dicha bárbara práctica componen hoy doce mil almas o seis mil matrimonios, su primera generación será de seis mil, la siguiente de setecientos cincuenta, la tercera de noventa y cuatro, que puede reputarse por nada, de modo que a los ochenta y dos años contados desde hoy el número de estas gentes habrá casi completamente desaparecido. Lo único que puede oponerse a esta cuenta es que las mujeres aquí dejan de parir, y por consiguiente paren y crían el último hijo, a los treinta y dos años de edad, pero en compensación puede tenerse presente que hay bastantes infecundas, que muchas abortan el último figurándose que no lo será, y que entre bárbaros mueren muchos por falta de alimento, auxilios y cuidado, con todos los imperfectos; de modo que la probabilidad de la vida entre ellos es menor que entre nosotros y de lo que supone mi cálculo, sin embargo es preciso confesar que son gente robustísima.

Es la cosa más lastimosa que por esta diabólica práctica perezcan estas gentes tan bizarras y elegantes, que en mi juicio son la mejor casta de los descendientes de Adán, y no es menos sensible el que no haya medio de embarazarlo porque el de la fuerza abierta es insuficiente para con unos bárbaros errantes en dilatadísimos y desconocidos países, que corren con facilidad como que están más bien montados que nosotros; el de formar poblaciones para limitar sus correrías y estrechándolos obligarles a recibir la ley, éste es más largo de lo que es menester y sólo surtiría efecto cuando ya no existiesen. El medio de la persuasión es absolutamente inútil.

Sería muy del caso que llegasen a saber los extranjeros la noticia de esta barbaridad, para que de aquí a pocos años, cuando nos vean pacíficos poseedores del Chaco y a éste desierto, no se deleiten en acriminar, como suelen, sin fundamento diciendo que los bárbaros que hasta ahora nos han disputado su posesión han desaparecido a esfuerzos de nuestras atrocidades. Yo no sé cómo acomodar dicha práctica con lo que se dice, comúnmente, de que el amor a los hijos está impreso en el corazón del hombre y de las fieras, lo que estos bárbaros nos dan a entender es que dicho amor es ficticio. Pero dejando las reflexiones que este hecho sugiere, me contento con advertir a los españoles que se preparen para reedificar sus antiguas poblaciones destruidas en el Chaco, y para tomar posesión tranquila y perpetuamente de este dilatadísimo país tan disputado hasta aquí por multitud de hombres, los bravos guerreros y aventajados de toda la América. De aquí a pocos años ganados sin cuenta, domésticos y silvestres, poblarán, estos inmensos campos donde veremos innumerables pilas de cueros, y la comunicación directa de esta provincia y el Perú, tan solicitada de los antiguos como olvidada de los modernos, estará franca y abierta para todos.

La descripción de los lenguas debe servir, sin quitar ni poner, para los guaycurú, enimagá y machicuy. Así sólo añadiré de ellos pocas palabras.

Aunque por ignorancia se ha dado generalmente, en esta provincia, el nombre de guaycurú a todos los bárbaros del Chaco hubo una nación con dicho nombre e idioma particular, en la cual la mencionada bárbara práctica ha hecho tal estrago que hoy sólo existe un varón de talla agigantada agregado a los enimagá.

La nación enimagá, numerosa y guerrera, que dominó gran parte del Chaco y tuvo mucho tiempo en esclavitud a la mbayá, según consta de su tradición, hoy se halla reducida a treinta y siete varones de diez años arriba, según consta del padrón que acaba de hacer don Francisco Amancio González, su domicilio se extiende desde el río Confuso para el norte.

La nación machicuy tiene hoy ciento cincuenta soldados en cuatro tolderías o parcialidades que a veces se juntan con los enimagá y a veces se separan.

La nación caayé, según cuentan los machicuy, tiene igual número de gentes que la machicuy, habita las cabeceras del río Confuso, es pacífica, no hace jamás la guerra ni se la hacen, habita en cuevas que excava bajo la tierra, es estacionaria y va completamente desnuda, su nombre significa habitador de cuevas y quizás serán restos de los comechingones que se hallaron en Córdoba del Tucumán. No he podido averiguar sus restantes costumbres. Los enimagá y machicuy me han dado las referidas noticias y añaden que sus prácticas y usos son las mismas que ellos practican, pero esto no puede ser respecto a quien siendo estacionario y de a pie no pueden vivir de la caza, y precisamente han de conocer alguna agricultura. Su corto número hace sospechar que sus mujeres también abortan los hijos.

Las noticias mencionadas hasta aquí son muy positivas, pues que en estos últimos años hemos tenido ocasión de tratar a satisfacción y de empadronar a casi todas las naciones, pero las que voy a mencionar no son tan fijas y son únicamente deducidas de las mejores combinaciones que he podido hacer de las relaciones que he adquirido.

Al occidente de los mbayá occidentales o guazú se halla una nación llamada por los mbayá «ninoquigla». Los mismos dicen que habitan los bosques en pequeñas tropillas como las fieras errantes, sin toldos ni cabalgaduras. Alguna vez se acercan furtivamente a los mbayá y les roban lo que pueden. Todo lo demás se ignora. Me persuado que son de casta guaraní o de la de los chiquitos, esto es, cuatro pulgadas y media inferior a la de los mbayá, enimagá, etc. Lo poco que he hablado de los ninoquigla manifiesta que se parecen a los tupy que describiré luego. He aquí toda la población del Chaco desde el Pilcomayo para el norte, por lo menos aquí no vemos, ni los bárbaros que todo lo corren nos dan noticia de otras naciones, sino de la chiriguana que es guaraní, de quien no hablo porque hallándose muy al occidente y retirados carezco de buenas noticias.

Al sur del Pilcomayo viven los tobas, mbocoví, pitalacá y abipones. De todos hay reducciones principiadas en esta provincia, en Corrientes y Santa Fe, pero gran parte de ellos subsiste errantes como los lenguas, viviendo de lo que da el campo y de las mulas que roban en Santa-Fe para venderlas en el Paraguay. Su talla y vigor es algo inferior a la de los mbayá y lenguas, a quienes se parecen en lo sustancial, pero difieren en los idiomas y en que todavía no han adoptado la barbaridad de abortar los hijos. Sin embargo, son poco fecundas sus mujeres, como las de todos los indios, y como jamás desmaman los muchachos esto también embaraza la concepción. No falta quien diga que algunas mujeres han empezado a abortar como las lenguas. No tengo noticias ciertas del número de estos indios pero estoy persuadido que todos los bárbaros del sur del Pilcomayo no componen mil trescientas almas, no incluyendo en este número los que existen en las reducciones.

La siguiente tabla explica los bárbaros que hoy pueblan el famoso Chaco, pero es preciso advertir que quizás habrá en él alguna otra nación muy occidental de quien no he tenido noticia.

  • Tabla de la actual población del Chaco

 

Naciones Talla media Almas
Payaguás seis pies, media pulgada 350
Mbayás 1.800
Guanás seis pies, una pulgada y media 19.000
Lenguas 21
Guaycurus 1
Enimagas 80
Machicuys 450
Caayes 450
Ninoquiglas
Chiriguanas
Tobas, mbocobis, pitilacás, y avipones seis pies, media pulgada 1.300

Acabé la descripción de las naciones del Chaco que quizás será increíble a los que hayan leído u oído lo que de ellas se ha ponderado por los gobernadores y jesuitas. Yo puedo asegurar que nadie ha investigado más sobre el particular y que creo que hablo con más fundamento que el, que han tenido otros, quienes podrían contener sus ponderaciones con sólo reflexionar que es imposible haber multitud donde no hay agricultura, comercio, ni ganados ni otro alimento que la caza y frutas. Además de que el ejército más numeroso que los bárbaros han pasado al este del río Paraguay, de muchos años a esta parte, se componía de sólo treinta y dos guerreros, los cuales fueron destruidos en el Tiviquary. El actual gobernador se propuso castigar a los lenguas y me preguntó qué soldados necesitaba para ello y le dije que treinta, le parecieron pocos y los aumentó hasta sesenta poco más o menos. Los pasó al Chaco y toda la provincia declamó contra esta temeraria disposición, maldiciendo mi dictamen, que publicó el gobernador para disculparse, lloraba la muerte de la expedición; pero sucedió que cogieron a toda la nación lengua de sorpresa sin tirar un tiro y la hallaron de veintiún almas. Del mismo modo se lamentaban de mí cuando entré en el Chaco por el Pilcomayo con tan poca gente como queda dicho. El abultar tanto el número de indios siempre ha tenido por fundamento la ignorancia y poca reflexión, y más que todo los intereses particulares. También ha contribuido el que, siendo errantes, se dejan ver en todas partes y se cuenta arbitrariamente más naciones de las que pueden anotarse en las cartas, dando a cada una el número de indios que tienen todas juntas.

Después de escribir lo que precede me envió las siguientes noticias don Francisco Amancio González, único sujeto instruido en estas cosas e inteligente en las lenguas enimagá, machicuy y lengua, el cual ha formado de estos bárbaros una reducción en el Chaco a sus expensas y movido de celo apostólico:

Después de todo, debe tenerse entendido que no hay en el Chaco ni la centésima parte de las naciones que se describen en los mapas e historias, ni tampoco es cierta la casi infinita numerosidad que aseveran sin fundamento, pues el día de hoy no hay noticia ni aun memoria de los infinitos nombres y naciones fingidas o pintadas, creyendo firmemente que los mapistas y relacionarios numeran diez o doce por cada una, conforme a las diferentes lenguas en que los hablaron; como yo pudiera hacerlo ahora hablando de los lenguas a quienes los payaguá llaman cadulú. Los mismos lenguas se nombran jugadfechy. Los tobas los llaman cocoloth. Los machicuy, etaboslé y los enimagá, cochabot, que parecen seis naciones siendo una sola y tan diminuta que no tiene dieciséis varones.

Por segundo ejemplo, vaya la nación machicuy, la más numerosa en el día, repartida en cuatro tolderías. A éstos llaman los lenguas «mascoy», en su idioma propio se dicen «cabanatayth». El primer toldo se llama jugtgé, el segundo cabaytiget, el tercero heynchaget y el cuarto yuanabayé, que parecen siete naciones no siendo más que una en sus cuatro divisiones, cuyo número total no llega a doscientos soldados.

La pluralidad de tolderías es otro engaño aún mayor, porque pintan por toldos todos aquellos parajes en que suelen habitar por tiempos en el distrito que cada uno tiene asignado; y teniendo cada toldo o parcialidad más de doce sitios, se cuentan más de cuarenta y ocho a sólo la nación machicuy que sólo tiene cuatro.

Yo confieso que antes serían más numerosas las naciones, que ahora están menoscabadas con la abortación de todas las preñadas, costumbre ya introducida en todas. Esta noticia sirve para desechar el terror que ha causado la multitud fabulosa, y como verdad lo firmo. Francisco Amancio González.

  • Indios tupys

Después de haber hablado de los más sanos, robustos, vigorosos, bizarros y elegantes hijos de Adán, es preciso tratar de otras castas de talla cuatro pulgadas y media más baja, ridícula, cuadrada y pusilánime, que son los tupy y guarany.

Llaman tupys y también caribes o comedores de carne humana a una nación que parece aislada y sin conexión con las otras, de la cual no tengo más noticias que las siguientes. Habita los espesos y casi impenetrables bosques que hay entre los pueblos de San Xavier y Santo Ángel. Ignoro hasta dónde extienden por el este y norte, pero se sabe que los hay en la costa oriental del Uruguay desde San Xavier hasta los 27º 23′ de latitud, y que no los hay al occidente de dicho río Uruguay. Su número no puede ser considerable si atendemos a sus medios de subsistir. Sin embargo, los guaraní les tienen tal temor que han despoblado la estancia llamada del Gasto, situada en la banda opuesta del río, inmediata al pueblo de San Xavier, y han abandonado el camino que antes comunicaba directamente dicho pueblo y el de Santo Ángel. No hay cosa que infunda más miedo que la voz de que el enemigo come los muertos, como si al difunto le doliese la masticación.

Cuentan de estos indios, los que los han visto, que el color es de indio. Su figura baja y fea, que traen el labio inferior dividido verticalmente en dos, lo que les dificulta toda la pronunciación, y algunos añaden que no tienen idioma, infiriéndolo de que habiendo cogido dos en diversas ocasiones fueron llevados a los pueblos donde no se consiguió oírles hablar ni hacerles comer hasta que murieron de hambre. Algunas veces se han dejado ver, en corto número, en la orilla del Uruguay frente de San Xavier, y se ha notado que daban muchos alaridos por el término que los dan los lobos, sin que se conociese que articulaban palabras, pero jamás han atacado a los pueblos ni aun a los indios, y es cosa precisa que sean cobardes como todos los hombres que siempre están ocultos. La opinión de que son antropófagos creo que no está bien fundada.

No siembran ni cultivan, se duda que usen toldos o tiendas de esteras, viven de la miel, frutas silvestres y caza. Van a pie, son errantes, no pescadores, y no salen de las mayores espesuras. Van completamente desnudos, llevando siempre un cesto amarrado con una cuerda a la cabeza, que descarga en la espalda donde ponen su cosas y lo que encuentran. Sus armas son flechas cortas y cachiporras cortas y gruesas. Yo he visto estas armas y el cesto, que era muy aseado y bien tejido de una cañita llamada tacuarembó, que se enreda y abunda mucho en los bosques. También he visto una de sus hachas que se reducía a un guijarro largo y no grueso metido en la hendidura de un mango, pero su filo era tan grueso y sin afilar que parecía imposible poder contar con ella.

  • Indios guayanás

Las noticias que he adquirido me precisan a hacer de ellos dos clases. La primera habita los bosques occidentales del río Uruguay desde el río Guayray para el norte, sin que yo sepa sus restantes linderos ni su número. Dicen los que los han visto y tratado que su semblante es alegre, que crían barbas, siendo en esto únicos entre estos bárbaros, que son flacos, de bella estatura y proporciones, que algunos tienen ojos azules, los restantes negros, que aunque su color no pueda decirse blanco lo es respecto a los demás indios, que son de a pie, que su vestido se reduce a una venda que ciñe la frente y es hecha de plumas tejidas con hilo, que aprecian mucho las plumas rojas, que son pacíficos y afables, que siembran maíz, calabazas y otras legumbres, aunque su alimento principal es la caza, miel y frutas, que no son pescadores, que temen mucho al agua, que dan buena acogida a los guaranís, que van a beneficiar la yerba, que usan arcos de once palmos de longitud con flechas de ocho hechas con puntas de madera y lengüetas en ambos costados o en uno solamente, que no hablan ni entienden el guaraní, que su idioma se parece a los gritos de perro.

Estas noticias las apuntó el jefe portugués que trató a estos bárbaros en 1759 cuando iba demarcando los límites, y añade que usan la sangría en sus dolencias infiriéndolo de la multitud de cicatrices que advirtió repartidas en todo el cuerpo. En esto padeció equivocación pues dichas cicatrices son comunes a otros bárbaros que se las hacen en sus fiestas según queda dicho.

Suponiendo cierta esta relación, podremos sospechar en vista de su talla, idioma y cicatrices, que tienen el mismo origen que los del Chaco. La venda los aproxima a los minuanes y charrúas, pero el color y los ojos los separan de unos y otros. Las armas y bella índole son las mismas que las de los monteses o caaguás, de quienes hablaré luego, pero la talla, color, semblante e idioma los apartan mucho. Como quiera, no habiéndolos visto ni hallándome en el estado de determinar la carta a que pertenecen, concluiré la conversación con la conjetura del mencionado portugués de que estos bárbaros son mestizos de paulistas y guayaná, corroborándola con la noticia de que la nación guayaná fue muy perseguida de los paulistas y la que les mereció particular aprecio entre todas; quizás en esta mezcla entrarían algunos charrúas, porque los portugueses han encastado con todos.

La segunda clase de guayaná es indubitablemente guaraní, porque así lo justifican plenamente su idioma, su baja, triste cuadrada y fea figura, que regulo de cinco pies y nueve pulgadas españolas. Habitan los bosques de ambas costas del Paraná, empezando sobre el río Caraguarapé y dilatándose por el río Monday hasta unir con los caaguás, y por la banda del este desde poco más arriba del pueblo de Corpus hasta el río Yguazú o Curitiba, ignorando los demás linderos. Sus cacicazgos se componen de cuatro a seis familias. Usan barbote como los antiguos guaraní, aunque ignoro su forma. Algunos usan canoas y pescan. Siembran maíz, calabazas, etc., pero la principal comida es la miel, frutas y caza. Son tan dóciles y de bella índole que regalan y ayudan a los guaraní reducidos que van a beneficiar la yerba, recibiendo en pago cualesquiera andrajos y herramientas, de modo que no tienen más vestido que el adquirido por este medio. Son pusilánimes, llevan en la cabeza una corona como nuestros clérigos, de quienes habrán tomado la moda. Son pacíficos, sin embargo tienen lanzas y flechas. Son de a pie y carecen de religión y de leyes. Los jesuitas atrajeron algunos a sus pueblos donde hoy subsisten. Hoy hay una reducción principiada de que hablé, pero no subsistirá si no se toma el expediente jesuítico con que se fundó San Joaquín; y aun esto tiene el inconveniente de que en sus tierras no hay campos para ganados, pero en cambio hay muchos yerbales.

  • Indios monteses o caaguás

Hacia las cabeceras del río Ygatimí hay veintidós tolderías pequeñas de esta nación que se extiende por los montes que median entre los ríos Paraná y Paraguay hasta cerca de los campos de Xerez, como también por toda la, impropiamente, llamada cordillera de Maracayú y por la costa oriental del río Paraná y orilla de los ríos Xexuy y Aguaray, y hasta los pueblos de Curuguaty, San Joaquín, y San Estanislao están rodeados de ellos. Ignoro el número de estas gentes pero ocupan mucho país, todo montuoso y lleno de árboles de yerba paraguaya. Cuanto acabo de referir de la segunda clase de guayaná debe tenerse aquí por repetido, pues que son la misma nación aunque tienen diverso nombre; aunque carecen de religión y leyes tienen alguna noticia del cristianismo adquirida por los indios desertores de San Joaquín y San Estanislao, y quizás más antiguas porque hay entre ellos descendientes de los que fueron cristianos en los pueblos de Xexuy, Perico, Maracayá, Terecañí, Ybyrapariyá y Candelaria, que fueron asolados y muchos de sus indios huyeron a los bosques. La mitad de los pueblos de San Joaquín y San Estanislao son de estos indios, cuya casta se ha conservado porque lo fragoso de sus habitaciones no ha permitido la entrada a los paulistas y guaycurú o Chaqueños. Son tan pusilánimes que jamás hacen la guerra. Sus mayores hostilidades se reducen a quemar furtivamente la yerba que han hecho los españoles cuando la hallan abandonada y beneficiada en parajes que a ellos les incomoda. Por lo común insinúan este disgusto atravesando de noche ramas en las sendas. En muchas ocasiones salen a ofrecerse a los españoles para que los ocupen en sus beneficios, pidiendo por su trabajo abalorios y herramientas, pero antes suelen explorar la voluntad de los españoles, porque muchas veces los han engañado en los tratos y otras los han traído por fuerza a la provincia, donde al momento piden el bautismo y no quieren volver a su patria. Su barbote es una muletilla de goma muy transparente larga seis pulgadas y cuatro líneas de diámetro. Se pintan mucho y las mujeres llevan muchas líneas moradas verticales y paralelas que caen desde el pelo hasta el plano horizontal que pasa por las ventanas del olfato. Sus armas son idénticas a las de los guayaná de primera clase.

  • Comparación de los indios del Chaco con los guaraní

Aunque todavía no he tratado de los guaraní y tapés reducidos o vasallos de S. M., como no difieren en lo físico de los caaguás y guayaná de segunda clase debe saberse que entran en la parte física de esta comparación. Después hablaré de su estado actual, civil y político.

Parece que unas naciones bárbaras, sin instituciones de ninguna especie y reducidas al estado natural, deben parecerse mucho, particularmente las de que trato, que habitan en la misma latitud, los mismos campos horizontales, donde se producen los mismos vegetales, animales e insectos, y finalmente que pueblan las riberas de los mismos ríos y que todas son ateístas. Sin embargo, las semejanzas de estas naciones no son más admirables que sus diferencias.

Estas se reducen a la lengua, que en todas es diferente, a la agilidad, alegría de semblante, vigor, bizarría y talla, en que exceden con notabilísima diferencia los mbayá, guaná y demás habitantes del Chaco, con los charrúa, minuanes y payaguá, a los guaraní y tapés. Tan grande es el desprecio que aquéllos hacen de los últimos, que si alguno de ellos mata en la guerra a un tapé le ponen los de su nación un apodo equivalente a matasapo; y es cosa sabida y mil veces experimentada que una docena de los primeros ataca sin recelo a un pueblo o a cualquiera número de guaraní, sin que éstos se hayan jamás atrevido a combatir ni aun a mirar a los otros, no obstante de que tienen más caballos, cañones y armas de fuego. De las historias todas favorables a los guaraní consta que éstos siempre fueron lo que son, que jamás hicieron esfuerzo considerable contra los españoles, que los que formaban los pueblos de Caaguazú, Taré, Bomboy, Perico, Ypané, Guarambaré, Ayrá, Sexuy, Arecayá y otros en los mismos tiempos de la conquista, no esperaron jamás ser atacados por los del Chaco y huyeron enormes distancias. Por el contrario, las naciones chaqueñas destrozaron muchas armadas, pueblos, villas y ciudades españolas en todos tiempos, de modo que antes de llegar aquí los conquistadores eran pusilánimes como hoy los guaraní, y bizarros guerreros los otros.

No quiera atribuirse tan visibles diferencias al dominio español en que viven los guaraní y a la plena libertad de los otros, porque ya queda dicho que unos y otros fueron lo que son; y además los guayaná de segunda clase y los monteses son guaraní netos que están y han estado en libertad absoluta, y sin embargo hoy son de talla más baja, cuadrada y fea, y de espíritu más pusilánime que los guaraní de nuestras viejas reducciones. Hagan reflexión a esto los que sin más fundamento que su capricho dicen que la talla, elegancia, espíritu y todos los bienes son resultas de la que llaman libertad y los males de la sujeción, y adviertan que los negros y mulatos que son esclavos, como suena en la América, son los más activos, vigorosos, sagaces, y los que han de poseer todos estos vastos continentes, sin que jamás se verifique que haya una corona en cabeza de indio, mucho menos en las de los del Chaco que en breve van a desaparecer por la costumbre de abortar que no han adoptado los tapé.

Si estuviésemos asegurados que los elegantes chaqueños fuesen oriundos de las partes meridionales y los guaraní de la zona tórrida, podríamos atribuir sus diferencias a influencias del clima; pero como estos bárbaros no conservan memorias tan remotas tampoco podremos admitir lo dicho sino como mera conjetura, de la que se seguiría tener que confesar que las tierras australes tienen más antigüedad de población de la que se cree, pues sus influencias más perezosas en el hombre que la formación de los montes, son en el día tan sensibles.

He dicho que los del Chaco tienen mayor viveza y alegría en el semblante que los guaraní, pero no se crea por esto que aquéllos estén siempre risueños pues su semblante es triste y muy grave pero más alegre que el guaraní, el cual parece que carece de músculos para expresar los afectos del alma.

Las principales semejanzas se reducen a vivir bajo esteras o malas chozas, a no sufrir más pelo que en la cabeza, a tener el mismo vestido o, por mejor decir, a ir casi desnudos, sin sombrero ni gorro, a pintarse, emborracharse, tener las mismas armas y modo de hacer la guerra furtiva matando a los varones adultos y cautivando y adoptando los demás, a traer barbote, a vivir reunidos a caciques o jefes, que en realidad no lo son, en pequeñas partidas, a no ser polígamos, ni muy carnosos, ni flacos ni enfermizos, a tener el mismo color, la cara algo plana, y las mujeres el pecho abultado, el pie y manos pequeños, escasa menstruación y rayas verticales moradas de firme en la frente; a tener todas pays o médicos y el mismo modo de curar sus dolencias, a no conocer juego de ninguna especie, a hablar poco y sólo preciso, y jamás conversaciones ni juntas ociosas ni familiares, a cantar poco o nada, a ser inconstantes, falsas y pedigüeñas, desconfiadas, desagradecidas, ladronas y prontas para efectuar cualquiera maldad sin que se les eche de ver en el semblante, y a no conocer la vergüenza ni el honor, ni cuidar de otra cosa que de lo presente.

Además, todas producen más hembras que varones, aunque esto es general en todas las castas, y no sólo en las de aquí sino también a todo este virreinato, y también al ganado vacuno, a los monos carayá, y aun creo que a las aves annos, piráriguas, viudas, etc. También se parecen en las débiles influencias del amor, que no tienen la actividad española, jamás se mueve por su estímulo la menor pendencia, ni las mujeres son premio del valor. Este es un asunto tan frío como el paseo. Los pocos años, la perfección del cuerpo, la viveza y obsequios con otras calidades tan apetecidas de nuestras mujeres andan a la par entre los indios con las canas y jorobas. Cualquiera hombre es lo mismo para las mujeres, cuyos negocios nunca prolongan un minuto la conversación. Verdad es que esto no es tan absolutamente cierto de los hombres para con las mujeres pues, aunque no riñen por ellas ni las galantean, acostumbran dar alguna preferencia, no muy buscada, a las más lindas. Los guaná son los únicos que tienen algunos celos y en quienes se advierte un poco de mayor estímulo vivo, también son los menos bárbaros y más numerosos y los que atienden más a sus mujeres e hijos.

La mencionada frialdad puede venir en parte de la superabundancia de mujeres, pero yo me inclino a creer que depende de un principio físico y desconocido que debilita las facultades venéreas. Indicios de él son el tener los indios la voz baja, jamás gruesa, en no gritar jamás aun para quejarse o llamar a otro, el convertirse sus huesos en tierra en poco tiempo en un país donde no existen materias calcinables, la escasez de bello y alguno en las partes, la poca fecundidad de las mujeres, que me consta porque habiendo escudriñado muchísimos padrones de pueblos en todos he visto más hembras que machos y sólo un indio con diez hijos; de forma que partiendo el número de individuos por el de familias cuando más ha venido al cociente cuatro y por lo común tres individuos y medio en cada familia, no obstante de que todos se casan. También confirma lo mismo lo que digo en mi discurso general sobre las aves paraguayas, y se reduce a que habiendo tenido multitud de nidos de aves chicas los más sólo tenían dos huevos sin que haya visto uno con cinco, cuando sus representantes en Europa ponen a lo menos cinco y algunas hasta veinte. La misma frialdad en las aves y cuadrúpedos corresponde siempre a sus pocas facultades venéreas, y el prevalecer las hembras también arguye lo mismo. Además de que hay muchas castas de cuadrúpedos que producen uno o dos y sus iguales, y quizás los mismos, en Europa cuatro o seis. Los que no tienen testículos aparentes son muchos, como también los que carecen de pene visible o lo tienen casi inusable. La pequeñez de las aves y cuadrúpedos tampoco arguye otra cosa. La abundancia de la casta débil e infecunda llamada albina está aquí mucho más extendida pues no he visto pago ni pueblo donde no haya alguno, y también los he hallado entre los venados, tigres, zorros, monos, y aun entre las aves, pero no en los negros y mulatos.

No se opone a esto el que parece, y es opinión común, que los europeos y africanos con sus hijos son tan fecundos aquí como en su patria, porque aunque concedamos esto, que no está bien determinado, digo que su generación es incompleta porque los cinco novenos son hembras; además de que toda semilla, planta o animal transplantado se hace más fecundo y sus productos o generaciones van disminuyendo a proporción que toman las cualidades del nuevo país. Así creo que luego que los africanos, indios y europeos, en América se hallen bien confundidos se reducirá su fecundidad a la que vemos en los indios netos, que es bien poca cosa, a no ser que entonces, con los trabajos del hombre y con los nuevos alimentos vegetales que introducirá su industria, se mude el principio que hoy embaraza en su contrario.

Sería a mi ver muy del caso repetir mis observaciones en distintos parajes y provincias por sujetos de mayor instrucción que la mía, y que tengan menos embarazos y más auxilios, para venir en conocimiento de los hechos, y quizás hallaríamos en esta investigación conocimientos útiles. Los sabios naturalistas no deben omitir estas indagaciones que no son tan dificultosas como parece, pues basta proporcionarse buenas noticias de las aves y cuadrúpedos, ir a las estancias cuando yerran los ganados y contar los machos y hembras, haciendo lo mismo, y los cotejos convenientes, con las capitaciones o padrones de los pueblos.

Si saliese generalmente cierta la existencia de dicho principio anti-prolífico podríamos intentar corregirlo, y entretanto vendríamos a conocer que la América no puede tener las felicidades que muchos le pronostican, y que esta cuarta parte del mundo ha de estar siempre subordinada y jamás poblada con proporción a su superficie.

  • Indios guaraní y tapés reducidos

Llamaron los antiguos provincia del Guayrá, de donde viene el nombre guaraní, a las tierras que caen al este del río Paraná desde los veinticuatro grados y medio de latitud austral para el norte. La provincia del Tapé, que dio nombre a los tapés, cae al sur de la anterior. En una y otra fundaron los conquistadores muchos pueblos de indios y de españoles, que fueron todos asolados o abandonados por las malocas o incursiones de los mamelucos. Gran parte de los indios que las habitaban han sido exterminados por las crueldades portuguesas, y los restantes se hallan reducidos en nuestras reducciones del Paraná y Uruguay, cuyo origen nos hace conocer que sólo seis de las treinta son originarias de donde están y todas las demás son reclutas del Guayrá y Tapé: y aun dichas seis tienen parte de dichas reclutas. Los guaraní y tapés tienen el mismo idioma, talla y costumbres, por cuyo motivo hoy son llamados indiferentemente con uno y otro nombre, y yo los reputo en la siguiente descripción por una sola nación a quien igualmente pertenecen los de las reducciones antiguas del Paraguay. Sus costumbres antiguas y todo lo que pertenece a los tiempos pasados puede verse en las historias, porque careciendo de libros me limitaré a lo presente.

No existe vestigio alguno en estos países que dé indicios de que los guaraní conociesen alguna ciencia ni arte en la antigüedad, ni después de reducidos han hecho cosa que merezca atención; y no es extraño porque su civilización siempre ha sido y es muy imperfecta ni han visto cosa buena que imitar. Los que ponderan sus obras arquitectónicas y demás artefactos del tiempo jesuítico, son gentes preocupadas y absolutamente ignorantes de lo que es bueno y de lo mediano, pues no vemos otras cosas que unos grandes templos de madera desproporcionados, mal ensamblados, y sin regla ni concierto; y en cuanto a lo demás, no han sabido ni saben más que tejer los lienzos de algodón más ordinarios y despreciables del mundo. Lo mismo digo de los demás oficios.

Su religión es católica si atendemos a que están bautizados, pero si miramos a sus prácticas parecen cosa muy diferente, porque los preceptos eclesiásticos son ningunos para ellos. A pronunciar el bendito u otra exterioridad a que se les obliga se reduce todo su culto, que mezclan con supersticiones e ignorancias. La embriaguez, inconstancia, mentira, desagradecimiento y el robo ratero no les causan rubor, y todo lo hacen cuando hay ocasión, recibiendo con igual semblante una recompensa y una reprehensión. Fácilmente se dejan seducir para lo malo. Los excesos contra el sexto precepto son la medida exacta de sus facultades físicas, haciéndose muy reparable que el mal gálico apenas se manifiesta entre ellos no obstante de ser cosa sabida que el español que se entrega a las indias queda por lo común desconocido, sin que baste muchas veces la medicina a socorrerlos. Una extrañeza de este mal es que aquí ataca por lo común las narices y jamás las glándulas del cuello. Para hacer cualquiera cosa necesitan mucho tiempo porque son espaciosísimos. No reparan en casarse con esclavas. El honor y la vergüenza son poco conocidos, sin embargo no dejan de intrigar los empleos de corregidor o alcalde, etc. Tratan malísimamente a los caballos y los descuidan, y jamás matan cuantos perros nacen de sus perras pero no los atienden. Aborrecen tanto las lavativas cuando están enfermos que no hay ejemplar de haberse verificado una, y prefieren el morir. Al oír tratar de ellas se levantan si tienen fuerzas. Por lo demás son dóciles, miran con mucho respeto a todo español, particularmente a los superiores, sufren con indecible constancia los azotes, los trabajos y el hambre, pero cuando tienen que comer no cesan, ni sabe uno dónde acomodan la cantidad. Jamás se irritan ni los domina la ira, y ejecutan todas sus acciones con igual frialdad y semblante. Su vestido se reduce a sombrero o montera, calzones, camisa y poncho en los hombres, y en las hembras a un tipóy o camisón sin mangas que llega a los tobillos, ceñido con una cinta de algodón. Son amigos de fiestas.

Todos los indios reducidos trabajan bajo la dirección de un administrador español para el común del pueblo. Este método fue bueno y adaptable en los principios, pero hoy tiene los gravísimos inconvenientes que luego insinuaré de parte de los que gobiernan y dirigen, y además otros no menores de parte de los indios porque éstos no tienen interés en que su pueblo esté rico o pobre, pues en ambos casos su asistencia, condición y comodidades, son las mismas. Todo hombre tiene su ambición chica o grande, y si se le quita el tiempo o los medios de adquirir se disgusta, abandona y deserta. Jamás habrá civilización, ciencias, ni artes mientras exista el gobierno de comunidad, porque de nada sirven las disposiciones físicas ni espirituales en los que viven en ella respecto a que lo mismo ha de comer y vestir un pintor excelente que el pastor de las vacas. Pero escusado es detenerme en este punto.

Hasta aquí he hablado en este capítulo de todos los guaraní reducidos o cristianos, y ahora es preciso dividirlos en dos clases que han tenido y tienen diferente gobierno. La primera será de los indios comprendidos en la provincia del Paraguay, que siempre han sido tratados espiritualmente por clérigos seculares y religiosos franciscanos, y la segunda por los jesuitas en el Paraná y Uruguay. La primera comprende los pueblos de Ypané, Guarambaré, Altos, Atyrá, Tobatí, Ytapé, Caazapá y Yutí. Todos están exentos de pagar diezmos y tributo pero, menos el de Ytapé, están sujetos a encomiendas en esta forma. Cada pueblo está dividido en cacicazgos, y cada uno de éstos es una encomienda que confiere el gobernador por una o dos vidas a los vecinos. Estos toman la lista de indios que la componen desde dieciocho años a cincuenta, que llaman mitayos, y lleva a su casa la sexta parte de ellos para que les sirvan dos meses. Luego los vuelve al pueblo de donde lleva otra sexta parte por otros dos meses, y así turna siempre. Las mujeres, niños, viejos, caciques, sus primogénitos y los empleados en el Ayuntamiento, no dan servicio al encomendero, quien está obligado a alimentar a los que le trabajan y a pagar al cura dos reales al año por cada indio mitayo. Además paga a S. M. doce reales por cada mitayo cuando le dan la encomienda por razón de media anata, e igual cantidad por el año que llaman de demora, pues S. M. se ha reservado un año de cada vacante que cede al encomendero por dicha cantidad.

Además de estas encomiendas hay otras que llaman de originarios. Los indios de éstos no pertenecen a pueblo alguno y todas las edades y sexos permanecen siempre en casa del encomendero, y muerto éste pasan a la de otro. La obligación de éste es pagar a S. M. a su entrada lo que queda dicho, y vestir, alimentar, y enseñar la doctrina a los encomendados. Escusado es tratar los inconvenientes que ha hallado el gobierno en la subsistencia de las encomiendas, son muy visibles y se han quitado en toda la América, pero subsisten aquí.

Los pueblos de esta clase han estado siempre bajo del cuidado inmediato de los gobernadores del Paraguay, los cuales, a su arbitrio, ponen y quitan los administradores. Estos dirigen las faenas y a todo el pueblo. Los indios trabajan para la comunidad cuatro días a la semana, y los restantes en las chácaras que cada familia tiene en particular. Cuando la comunidad no emplea las mujeres en chacarear las hace hilar una onza de algodón bruta cada día, y los lienzos que esto produce, y tejen los indios, sirven para vestuario, que se reduce a seis varas anuales para cada hombre y cinco para cada mujer. Los días que se trabaja en común, éste da la comida y los restantes nada. A esto se reduce el reglamento por mayor pero nada se verifica como suena, porque todo lo altera el administrador según las exigencias. El salario de éste es el 6 por 100 de lo que maneja y además el alimento.

Para precaver que los administradores defrauden al pueblo han de intervenir en las entradas y salidas los del ayuntamiento que tiene cada pueblo, pero es cosa reservada al gobernador la licencia de hacer compras, ventas o permutas, en las cuales debe, además, intervenir el protector, de forma que parece que todo está tan bien dispuesto que no hay lugar para monopolios. Sin embargo, los hay frecuentemente porque no hay barrera que pueda contener la ambición de los hombres. Cuanto más circunstancias se introducen en las administraciones y cuanto más son los interventores peor van las cosas, son más los que chupan y nada basta para contener a los jefes. Si éstos son moderados se conservan los pueblos, porque distribuyen sus usurpaciones con proporción a lo que pueden sufrir las comunidades. Si el gobernador es justo adelantan los pueblos, pero si es ambicioso los reduce a la última miseria. El medio de que se valen para esto es hablar al administrador para que solicite comprar alguna factura o partida de géneros que le ofrece el comerciante favorito, y se le da el permiso. No es menester detallar más materia. También se considera que atrasa a los pueblos las pólizas que exigen del gobernador los dependientes de tabacos para servir de balde su factoría, y otras que el gobernador da para que saquen de los pueblos algunos indios los que los necesitan para servirse de ellos, pagando dos pesos y medio al mes para cada uno, cuya cantidad se parte entre la comunidad y los indios que trabajaron pero si es obra pública o de iglesia no se les paga cosa alguna.

Los indios que por este camino se hallan fuera de su pueblo no bajan comúnmente de la quinta parte, y ellos lo solicitan porque esto es el medio de adquirir algo en particular, y de que les sea más soportable la esclavitud en que los constituye la comunidad. Así estas pólizas o extracción de indios no son tan malas como parece. Lo que por su parte pueden hacer los malos administradores es fácil de concebirse.

Los treinta pueblos, reducciones, o doctrinas del Paraná y Uruguay con las de San Joaquín, San Estanislao y Belén, que están en esta provincia, son de tapés y guaninís, y eran dirigidos por los padres jesuitas del modo siguiente: en Candelaria había un padre llamado superior de misiones que por mayor daba sus órdenes. En cada pueblo su padre cura atendía las faenas y bienes de la comunidad en que vivían los indios, y un padre compañero, o sota-cura, lo espiritual. Los indios eran todos iguales, ninguno tenía propiedad de cosa alguna y por consiguiente no había pleitos ni más leyes que las disposiciones del padre cura. Los delitos eran poca cosa, y se purgaban con algunos azotes que ordenaba el padre y disponían el corregidor y alcaldes. La religión se reducía al bautismo y a algunas prácticas exteriores, y es creíble que los padres no insistiesen mucho en ello contentándose con irla adelantando a igual proporción que la civilización; y en verdad que sus esfuerzos en esta parte no podían tener el mejor éxito con unas gentes que diferían poco de las bestias, careciendo de toda instrucción y de los medios de adquirirla. Ninguno sabía leer y los músicos decían de memoria las misas que cantaban. Algunos habían aprendido a escribir o más bien a pintar las palabras, porque no las leían.

Las mujeres no sabían más que hilar y no se les permitía usar la aguja. El tipóy o camisa a que se reducía todo su vestuario era cosido por la tropa de sacristanes. A los indios no era permitido usar cabalgaduras porque conocían que con ellas serían menos dóciles y podrían escaparse, cosa que además evitaban cuidadosamente con los fosos o zanjas y guardias que tenían en todos los caminos, las cuales embarazaban el tránsito a todo español, y si alguno merecía introducirse por asuntos de comercio, que era el único motivo, era acompañado y guardado a la vista día y noche sin permitirle tratar con otro que el padre cura, quien procuraba despacharlo con brevedad. Justificaban los padres esta conducta desacreditando a los españoles y pintándolos con los colores más feos, que no convenían a los gobernadores y obispos ni a los demás, pues los malos influjos y vicios que les atribuían no podían tener mayor efecto en sus misiones que en las del Paraguay últimamente mencionadas; en las cuales no estaba la religión en peor estado que en los jesuíticos; ni los indios eran menos civiles. La única diferencia estaba en que en los pueblos paraguayos había más desertores; pero ni esto era un mal para el estado porque los prófugos eran tan vasallos en las casas españolas como en sus pueblos.

Tenían cuidado los padres de que no faltasen ganados para alimentar los indios, y lo conseguían sin costo porque abundaban las estancias o dehesas. Con esto casi todo el trabajo de los indios entraba sin costo en la comunidad, y ésta comerciaba con tabacos, yerba, algodón y lienzos, de todo lo cual no pagaban diezmos, ni derechos al soberano, y lo introducían en el Paraguay, Corrientes, Santa Fe, y Buenos Aires conduciéndolo en barcos propios por el Paraná y Uruguay. Un padre llamado procurador de misiones, que había en cada uno de dichos parajes, daba salida a estas cosas y enviaba los retornos. Para entretener a los indios hacían frecuentes fiestas y bailes, y aun para ir a los trabajos se llevaban música y muchas veces unas andas con algunas figurillas. Jamás hostigaban a los trabajadores y se contentaban con lo que hiciesen buenamente en poco mas del tercio del día, supliendo el poco trabajo de los indios con la multitud, con el tiempo y la inimitable economía. Para dar crédito a sus personas se mantenían encerrados en sus colegios, donde no se dejaban ver de las mujeres sino de los hombres precisos, y para dar elevación al culto tenían grandes templos llenos de ornatos, de sacristanes y músicos, y hacían las funciones y sacrificios religiosos con extraordinario apartado, de forma que no había pueblos más puercos y pobres en el vestido y lujo ni más ricos y ostentosos en las iglesias. Con esto miraban los indios con inexplicable respeto a los padres, y éstos tenían la ventaja de gobernar lo temporal y el espíritu. La mayor parte de estas cosas parece que son tomadas del gobierno de los incas. Estas reducciones, como no sujetas a encomiendas, pagaban y pagan un peso de tributo por cada indio de dieciocho a cincuenta años, pero esta cantidad apenas bastaba a satisfacer el sínodo o salario de los curas, de modo que S. M. por ningún camino ni título utilizaba de estos pueblos.

Se atribuyó la repugnancia de los jesuitas a que entrasen los gobernadores, obispos y todo español en sus pueblos a que había en ellos ricos minerales, pero ahora vemos que no hubo ni hay más metales que la economía e industria de los padres. También se dijo que extraían grandes sumas del comercio y manufacturas, lo que tampoco es creíble porque éstas se reducían a los peores lienzos del mundo, que sólo tenían salida en esta provincia despoblada y sin plata, lo mismo que la de Corrientes y Santa Fe, y en Buenos Aires tenían poco uso. Sólo la yerba y algún tabaco era lo que se desparramaba en este virreinato, Chile, y Perú, pero sabemos que no fueron estas partidas tan considerables como se suponía. Igualmente se dijo que los padres eran unos verdaderos y absolutos soberanos, que aspiraban al dominio de estos países. Lo primero es cierto, pero lo segundo muy falso. Los padres, aunque con varios pretextos o motivos armaron a sus guaraní, no ignoraban, ni era posible que se figurasen, que los tapé pudiesen jamás dar la menor sujeción a nadie, porque la continua experiencia les había hecho ver que sus indios, armados o desarmados, muchos o pocos, eran lo mismo y en realidad nada. Si alguna vez los trajeron a la Asunción armados, como en tiempo del señor Cárdenas, fue porque estando divididos los espíritus no se les hizo la menor oposición.

No ha faltado quien diga que los padres ponían en práctica medios ilícitos contra la propagación de los indios, trayendo a consideración lo poco que multiplicaban; pero sabemos que los padres amaban con extremo a sus neófitos, que los casaban sin dejar un celibato en la edad conveniente, que los atendían y alimentaban bien, tanto a los robustos como a los huérfanos e impedidos, que los conservaban sanos en un país que lo es mucho, y que no los hacían trabajar sino lo que humanamente podían sufrir sin apurarlos. Lo único que de este particular pudiera decirse es que no tenían médicos que los curasen, pero en aquel tiempo no los había por acá y les hubiera sido imposible hallarlos. Es cierto que la multiplicación de estos indios no correspondía a un país sano y a los cuidados y esmeros jesuíticos, pero esto no viene de otra causa que de la insinuada. Lo que se pudo reprender a los jesuitas es el no haber adelantado más la religión y civilización en sus neófitos, pero podrían disculparse diciendo que estas cosas necesitan muchos siglos, y en verdad que es así, pero debieran a lo menos haber puesto medios más eficaces para abreviar el tiempo; los cuales son incompatibles con el gobierno de comunidad, y quizás por no destruir ésta no se atrevieron a emprender eficazmente la grande obra de la civilización. También pudiera ser reprensible en los padres el que no contribuyesen al estado siquiera con mil pesos para cada pueblo, cuya cantidad no les hubiera sido gravosa siendo, como eran todos, tan ricos que desperdiciaban la plata en edificios, ornatos y alhajas inútiles, o cuando menos pudieran haberse sujetado a pagar los derechos comunes en sus comercios.

Cuando dejaron los jesuitas la dirección de estos pueblos se encargaron los de San Joaquín, de San Estanislao y Belén, al gobierno del Paraguay, quien los maneja como a los que antes le pertenecían. Para los demás se dispuso nombrar un gobernador, que equivaliese al superior de misiones, y un administrador secular para cada pueblo con dos curas, quedando todo lo demás lo mismo que en tiempo de los jesuitas. Dicho gobernador tiene dos mil quinientos pesos, cada administrador trescientos, y cada cura doscientos, y además la comida y servicio. El administrador general, que reside en Buenos Aires, para la venta y compra de los efectos de los pueblos tiene el 8 por 100 de las ventas y el 2 por las compras. Éste propone al señor virrey los empleados de administrador y con esto tiene en misiones más crédito que nadie, de cuyas resultas desde el principio movió mil pleitos contra el gobernador y consiguió que se hiciese de los pueblos cinco departamentos, poniendo en los cuatro un teniente-gobernador independiente, con quinientos pesos, dejando el quinto al gobernador. Esta providencia fue otro origen de enredos que redujeron los pueblos a la última miseria y a un desorden increíble, porque además los curas se enredaron con los administradores y todo era partidos y un caos de confusión. En menos de dieciocho años cayeron a fundamentos las dos terceras partes de los edificios, se desertaron la mitad de los indios y se agotaron los bienes comunes. El año de 1783 vino un nuevo reglamento inserto en la nueva ordenanza de intendentes, por el cual se agregaron a la intendencia del Paraguay los treinta pueblos del Paraná y los restantes a la de Buenos Aires. Sin embargo, de esta separación debe subsistir el gobierno de Misiones absoluto en los ramos de justicia y guerra, que en verdad son voces y no cosas, porque no hay guerra ni puede haber justicia donde no hay propiedad, pero en los ramos de policía y hacienda dicho gobernador es mero subdelegado de dichos intendentes; ni aun esto es, porque la referida ordenanza manda que los intendentes nombren subdelegados para estos ramos en los pueblos donde antes había tenientes-gobernadores. Este reglamento tiene las nulidades de conservar la anarquía, que es consiguiente a la multiplicidad de jefes, y la de sobrecargar los pueblos con sus sueldos, y ya se han empezado a ver que no se adelanta nada sino discordias y partidos. Mucho mejor sería quitar todos los tenientes-gobernadores y subdelegados dejando sólo al gobernador con los administradores, pero aun esto tiene gravísimos inconvenientes porque era exponer los pueblos a la ambición de los gobernadores, como sucede en los antiguos del Paraguay, y cuando escapasen de sus manos caerían en las del administrador general, el cual eternamente movería pleitos contra el gobernador, y éste contra aquél, porque el administrador tiene su interés en que todo vaya a venderse en Buenos Aires por su mano y el gobernador en que comercien los pueblos sin hacer remesas a dicho Buenos Aires. Además de que los indios ya no están en el estado de docilidad que cuando los dejaron los jesuitas y por consiguiente ya es preciso pensar en mudar de gobierno, esto es en dar plena libertad a los indios aboliendo las comunidades.

A esta idea se oponen principalmente las razones siguientes: que los indios no están en el estado de cuidar por sí de su subsistencia y la de sus familias, y mucho menos de dar educación a sus hijos; que no conservarán sus edificios públicos y particulares; que no contribuirán para alimentar a sus curas e iglesias ni pagarán el tributo; etc. Pero lo que vemos es que hoy son los indios próvidos padres de familia dos días a la semana y además las fiestas, en que nada les dan, y es creíble que del mismo modo comerían los restantes días. Los bárbaros netos cuidan de su subsistencia y los indios reducidos del Perú. Aunque se descuide plenamente la educación de los hijos no se perderá nada, pues en este caso están y han estado siempre. De los diezmos y primicias que hoy no pagan pueden alimentarse los curas y templos. Exíjase el tributo en frutos como algodón, tabaco, yerba, lienzo o plata, duplicando en los pueblos y cuadruplicándolo a los guaraní desertores que hay en el Paraguay, Corrientes, Santa Fe y Montevideo. De los bienes comunes pueden formarse propios, y repártanse los restantes. Este plan, que por mayor insinúo, acarrearía en los primeros años un desorden espantoso porque desaparecerían las dehesas, los ganados y cuanto tienen los pueblos. Veríamos muchísimos indios que se hallarían en la última miseria, que habría una deserción que reduciría los pueblos a la mitad o menos, etc., pero al mismo tiempo creo que algunos indios enriquecerían, como sucede en el Perú, que éstos darían que trabajar y alimentar a los pobres, que los desertores que inundarían estas provincias las harían florecer con su trabajo. En una palabra, quitando la comunidad podrían perecer los pueblos, pero subsistiendo los indios nada perdería el Estado. El tributo de que algunos hacen tanto caso es un nombre y no cosa en el día, porque no basta para pagar a los curas. Este trastorno, que espanta a los más, es un antecedente preciso para que los indios se civilicen, y si hoy no se hace, por las dificultades mencionadas, las mismas habrá siempre, porque el estado de pupilaje o comunidad en que viven no permite adelantamiento en la civilización. Hoy son cuanto pueden ser en la vida común.

  • Negros y mulatos

Diez mil tiene esta provincia, de los cuales más de la mitad son libres, cuyo destino se indicó. Los demás son esclavos, de donde se deja inferir la grande diferencia que hay del pueblo de esta provincia, que no tiene la undécima parte de esclavos, al de las demás colonias que en América tiene los extranjeros, en las que para cada blanco hay diez o más esclavos. La primera diferencia que esto produce es el que nuestras culturas y manufacturas, como hechas por gente libre, no salen tan baratas ni pueden competir con las extranjeras. Si hiciesen reflexión a esto los escritores no atribuirían la mencionada diferencia a nuestra desidia y pereza, y advertirían lo expuestas que están sus colonias a que un negro de espíritu alce la voz y el alfanje destruyendo a los tiranos que contra el derecho natural, y por los medios más inicuos del mundo, entretiene un lujo y vanidad a costa de la sangre y sudor de sus semejantes.

En estos seis años últimos no han encontrado en esta provincia sino cuatro esclavos, y suponiendo que en los años anteriores haya sucedido lo mismo, con mayor razón porque era sin comparación más pobre, vendremos a entender que todos los mulatos y negros son criollos o hijos del país, y que son muy fecundos pues han aumentado mucho. He aquí otra diferencia con las colonias extranjeras, donde las continuas reclutas de negros no bastan a conservarlos. Esto depende de que nosotros no tenemos aquellas leyes y castigos atroces, que quieren justificar algunos con la necesidad de contener a los esclavos. Aquí los tratan con tanta humanidad como a los hombres libres, no se les impide el casarse libremente y gran parte de ellos lo hacen con mujeres libres para que sus hijos lo sean. No se les hostiga al trabajo y puede decirse, con verdad, que cualquier muchacho recibe más azotes en la esquila de Europa que el esclavo de peor dueño aquí. No se les abandona en la vejez, se les permite elegir amo, y no hay un ejemplar de que se haya huido uno a los infieles, que los admiten gustosos, no obstante de que para conseguirlo les basta atravesar el río. En una palabra, la suerte del esclavo aquí difiere poco de la de un libre pobre. De la humanidad de estos españoles resulta el que hay muchos esclavos y libres de estas castas, honradísimos y fieles, que tienen más honor y vergüenza, sin comparación, que los indios civilizados. El ser más los negros y mulatos libres que los esclavos arguye la humanidad de estas gentes muy superior a la de los extranjeros.

El clima es tan adecuado para estas gentes que todas son vigorosas, bien formadas, de bella talla y agilidad, alegres, y viven mucho. Entre los animales las terceras especies o mulatas exceden en vigor, talento y agilidad a sus padres, y yo creo que esto mismo ha de suceder con los hombres, y me parece que lo advierto en los mulatos. Las mulatas corresponden en lo físico a los hombres, y los españoles hallan en ellas un atractivo inexplicable que se las hace preferir a las españolas. Las negras no tienen igual fortuna y son las últimas para materias de amor. Todas estas castas, principalmente la mulata, son astutas, advertidas, sagaces más que los españoles, y es probable que en lo sucesivo harán un papel más brillante que el que hoy representan. Sus costumbres no son muy católicas, por lo menos los preceptos eclesiásticos, y el sexto del Decálogo no se guarda mucho. También son bastante ladrones, pero jamás hacen esto con violencia ni en grandes cantidades, y son bastante borrachos y mentirosos. Se tienen por más desarreglados los de los conventos porque los religiosos se contentan con exigir de ellos algunos días de trabajo, dejándoles los restantes para que se vistan y coman, abandonándolos en todo lo demás y protegiéndolos siempre ante las justicias.

  • Españoles

Su número puede verse en el estado que incluyo. Descienden estas gentes de los valerosos conquistadores que fueron nobles y de mejor sangre que los que conquistaron otros países americanos. Muchos tienen muy bien justificado su nobleza, la aprecian y sostienen, pero otros están en estado tan pobre que nadie les hace caso no obstante de que se saben que descienden de Irala y Adelantados.

Aunque casi todos hablan castellano por lo común usan el guaraní, algo distinto del de los guaraní y tapé. Tanto hombres como mujeres son descoloridos, blancos, robustos, y de buena talla y facciones. Su carácter es sereno y un poco flemático. Jamás se advierte turbación en sus semblantes, ni su espíritu se agita de modo de que rompa con violencia porque los efectos de ira son amortiguados. Dicen y oyen con frescura, se explican con viveza y prontitud, y tienen el entendimiento claro. Son reputados por cavilosos e inquietos, porque esta fama les han dado los pasados alborotos con obispos y gobernadores, pero en verdad que esto ha sido efecto de su docilidad que se ha dejado seducir porque su carácter no es inquieto. Como jamás han conocido la plata, ni por consiguiente la ambición, y por otro lado esta provincia ha estado, y aún está, aislada, los espíritus se han reunido y conservado tan de un mismo modo de pensar como suelen los hermanos, por cuyo motivo los de Buenos Aires dicen de ellos que cuando un paraguayo se enfada con quien no lo es dice a sus compañeros o compatriotas, ayudadme a aborrecer a este hombre bellaco.

Las mujeres lo son a los diez años, tienen menos evacuación que las de Europa y dejan de parir ocho años antes, pero son ágiles, bien parecidas, laboriosas, dóciles, sencillas, retiradas, no conocen más lujo que el preciso para ir aseadas, y son atentísimas al cuidado de su casa. Todas saben beneficiar la leche, hilar, hacer dulces, bolas, jabón, y cuanto se necesita en sus casas. Son estas gentes apasionadísimas al dulce y apenas les basta la cosecha de miel y azúcar para el consumo, por cuyo motivo padecen dolores de muelas y hay bastantes portillos en las bocas. Una de las prendas más admirables de estas gentes es la hospitalidad. Cualquier pobre o rico, conocido o incógnito, patricio o extranjero que llega a un rancho o casa es convidado al momento con la mesa y con lo mejor que hay, y si quiere detenerse muchos días nadie le despide y siempre se le trata con el mismo agasajo, como si fuese amigo o pariente. De forma que hay muchos holgazanes que pasan la vida dando vueltas comiendo y vistiendo a costa ajena. Si alguno enferma compiten a porfía las mujeres por curarle y asistirle. Por esto, y porque comúnmente todos comen y visten lo mismo, suelen llamar algunos a esta provincia la tierra de los iguales; y como el que necesita halla en cualquiera parte la comida y el poco vestido que permite el país, se ven raros mendigos ni ladrones. Todos los robos se reducen a frioleras, sin que se verifique en ellos jamás muerte ni violencia.

El alimento común de las gentes son el mate, que toman a toda hora, aunque no en tanta cantidad como en Buenos Aires, el chipá o pan de mandioca o maíz, carne, mandioca, batata, calabazas, maíz, judías, leche y quesos. A esto agregan en las casas acomodadas el pan, vino y lo que pueden, pero por lo común no apetecen el pescado ni la caza. El vestido de los pobres es el mencionado pero el de los acomodados es lo mismo que en Buenos Aires y España, con la diferencia de no ser tan precioso ni abundante pero aseado. Los muchachos no quieren sufrir vestido alguno, induciéndolos a ello el calor y las esclavas que con esto tienen menos que vestir y que lavar. El desarreglo de costumbres que se nota en los esclavos parece que debía influir más de lo que influyen en los muchachos, que siempre andan entre ellos. Prefieren los paraguayos al comercio el vivir en el campo, en sus casas o estancias, donde gozan plena libertad y tienen abundancia de carne y legumbres; y si se dedicasen a beneficiar cueros podrían hacer con ellos un ramo de comercio. Viven largos años no obstante de que no conocen los auxilios de la medicina. Cuando alguno enferma sufre hasta no poder más, y entonces sus gentes toman la orina en un canuto de caña y lo llevan el día de fiesta a la capilla o parroquia, donde acude el curandero de la comarca, el cual en vista de la orina da algunas yerbas, ají o aguardiente, que el portador aplica al doliente. Los mencionados curanderos son unos rústicos o viejas que toman esta ocupación, y se deja entender lo que serán, sin embargo aquí se hallan muy bien con ellos y aun en la capital, donde hay un buen profesor y además dos cirujanos de la demarcación de límites, no hacen generalmente más caso de éstos que de sus viejas. Por lo demás el país es sanísimo.

Aunque viven como sembrados en el campo, hay en cada valle o pago un maestro de escuela y son muchos los que saben leer y escribir. No están tan adelantados en la religión porque ignoran generalmente los preceptos eclesiásticos, y muchas veces los más precisos, pero esto no depende de ellos sino de muchos eclesiásticos del campo que se abandonan y cuidan poco de sus pastorales obligaciones. Las artes y oficios están en manos esclavas, y con esto se deja entender lo que serán.

La pobreza del país se infiere de que hasta el año de 1779 no se conocía la moneda. El comercio se reducía a permutas, y los derechos reales del correo se cobraban en yerba, algodón y tabaco. No había una feria ni mercado en la provincia, y no costó poco trabajo, en mis días, al señor don Pedro Melo hacer que los que traían que vender fuesen a la plaza pública, porque tenían la costumbre de llevarlo todo a sus casas o las de sus amigos y era muy difícil averiguar dónde se vendían las cosas. Desde dicho año en que se introdujo la moneda, con motivo del estanco del tabaco que se pagaba con ella, ha mudado tanto la provincia que parecen increíbles sus progresos. La agricultura, las artes y el lujo se han avivado mucho, y el comercio ha duplicado y hallado facilidad y seguridad en sus ventas. Sin embargo, todavía no es la provincia lo que será porque siendo la única que puede surtir de maderas a Buenos Aires, que no las tiene, la que privativamente provee en el día a la misma capital y el virreinato de tabaco, algodón y yerba, estos son unos artículos de primera y segunda necesidad que, infaliblemente, han de traer a esta provincia los metales peruvianos y la han de hacer florecer sobre todas. Aún pudiera aumentar mucho los fondos de su comercio si se dedicase a plantar el café, que produciría muy bien, pues sabemos que de pocos años a esta parte se beneficia con utilidad en el Brasil y, siendo el suelo arenoso como el de Moca, quizás sería de tan buena calidad como el de la Arabia o por lo menos mejor que el de las Antillas. El cacao y el arroz prevalecerían igualmente en los muchos bajíos que hay. El último se beneficia sin riesgo en pequeñas cantidades y se halla silvestre en muchos parajes, pero ignoran el modo de limpiarlo. También el añil pudiera dar utilidad cultivando la planta que lo da en otros parajes, o la descrita anteriormente, pero todo esto requiere brazos y no es difícil haberlos tratando eficazmente de atraer a los guaná. Ya se sabe que cuesta infinito trabajo el introducir en todas partes nuevos cautivos, pero aquí las cosas son más fáciles respecto a que hay muchos pueblos de indios que viven en comunidad, y para emprender cualquiera cosa de esta especie bastaría mandar a los administradores que cultivasen lo que conviniese dándoles algún inteligente para la dirección.

Aunque en estos últimos años, en que ha salido de la nada esta provincia, se han enriquecido bastantes comerciantes paraguayos que detienen los fondos en el país, todavía la mayor parte del comercio los saca de Buenos Aires, cuyos comerciantes se llevan casi toda la utilidad. Otro defecto de este comercio, que creo que es general a todo el que practican los españoles, es la ignorancia de los comerciantes que en su vida leen un libro geográfico ni de comercio, ni saben lo que pasa en el mundo ni lo que se necesita o se halla en los mercados, limitando sus ideas a una práctica sin especulaciones, que son las que enriquecen, y aseguran los fondos y fomentan los países aumentando los artículos conocidos y creando otros. No es extraño dicha ignorancia en esta tierra, donde casi todos los ricos han sido desertores de la armada o del ejército o polizones, pero ya de poco tiempo a esta parte han empezado los hijos del país a dedicarse al comercio; aunque tienen, por lo general, la nota de no ser de la actividad que tienen los europeos y, por consiguiente, consideran los comerciantes sus fondos más seguros en mano de los últimos, a quienes los primeros no dejan de tener envidia sin que ésta excite su emulación en el día, pero la excitará luego.

La mencionada ignorancia de los comerciantes y sus ideas puramente prácticas son la causa de que nadie haya intentado llevar menestras a Buenos Aires, donde ganarían 400 por 100. Tampoco saben traer azúcar de la Habana algunos años como este en que vale en Buenos Aires a cuatro pesos y aquí de diez a doce, ni han llevado un cuero que vale aquí de uno a dos reales y en Buenos Aires de seis a dieciséis. No se saben más que vender géneros y cambiarlos por yerba, porque largar la plata por yerba es cosa a que pocos se determinan; de donde resulta que envían toda la plata para comprar géneros en Buenos Aires y traerlos, llenando la provincia de mercancías que hacen bajar su valor, quedando el país sin circulación y limitando la ambición a los que hacen la yerba, porque éstos siempre trabajarían a plata y no a mercancías.

Si el comercio conociese sus utilidades se dedicaría a beneficiar la yerba y pagaría a los peones con plata sin hacerles adelantamientos. Con esto la tendrían de primera mano y la peonada enriquecería, lo que no puede suceder en el día porque se maneja este negocio de un modo bárbaro que jamás da que comer, ni aun que vestir, a los peones, según dije, y como jamás salen ni pueden de trampas, se abandonan. También prueba el descuido en el comercio el no haber reglamento para la navegación, en la cual se padecen muchas demoras voluntarias, averías y robos, sin que jamás se haya hecho el menor castigo ni el amago.

Aunque no entrase en este detalle, digo que desde luego puede el comercio pagar dobles y triples fletes con tal que se duplique el sueldo a los marineros, adelantándoles la mitad río abajo y muy poco o nada río arriba, para que de este modo estén sujetos y sean castigados si abandonan al barquero en el apuro o roban, como lo hacen, cuando hallan ocasión.

La siguiente tabla hace ver los artículos de extracción que hubo en esta provincia en 1781. Está sacada de instrumentos originales y los precios son los que entonces tuvieron en esta plazo:

Precios Valor total
Cantidades Reales Pesos Reales
Yerba, arrobas 125.271 5 78.294 3
Azúcar, arrobas 3.145 16 6.290
Miel, arrobas 5.391 8 5.351
Algodón, arrobas 9.495 8 9.495
Trozos de cedro, varas 2.448 5 1.530
Tirantes, varas 7.339 2 1.844 3
Tablazón, varas 1.721 4 860 4
Mazas de carreta 129 8 129
Camas para carreta 76 2 19
Ejes para carreta 2 10 2 4
Rayos para carreta 31 ½ 1 7
SUMA TOTAL 103.817 5

Como el azúcar habano es mejor y más barato que el paraguayo en Buenos Aires, sólo se verificó la extracción en dicho año por la guerra y porque abunda aquí; pero debe suponerse que el azúcar no da en el Paraguay la mitad que en las Antillas y que apenas basta para el consumo de este país. La exportación se hace en barcos de hasta veintidós varas de quilla que cargan río abajo hasta 24.000 arrobas. La tripulación es paraguaya, por cuyo motivo debe aumentarse a favor de esta provincia el valor del flete y lo que sube el valor de las cosas puestas en Buenos Aires. Uno y otro puede computarse, cuando menos, en el 50 por 100, y así subirá el valor de las exportaciones a 155.725.pesos, a los que deben agregarse 50.000 que entran por el tabaco y su flete. Después del año de 1781 hasta el presente del 90 puede computarse que la exportación y el comercio casi ha doblado, subiendo la yerba a 180.000 arrobas y lo demás en igual o mayor razón. También debe tenerse cuenta el contrabando de tabaco y alguna sal, que todo podrá ascender a 30.000 pesos.

Como ha estado la provincia acosada de los bárbaros ha mantenido vigías en la costa del río y milicias. Recién llegado a esta capital, en marzo de 1784, se formaron tres regimientos de caballería miliciana, completos cada uno de 816 plazas. Además hay en la ciudad seis compañías de caballería de cuarenta y seis hombres, y cuatro de infantería de cincuenta y siete, y otra ídem de artilleros. No se incluyen en esto las milicias de Villarica, Curuguaty, Concepción, Remolinos, y Ñeembucú. El destino de estas tropas es guarnecer dichas vigías la ciudad y acudir armados donde conviene. Si se cuentan los hombres efectivos de las guardias creo que no llegarán a ochenta, sin embargo se quejan del servicio ponderándolo como la mayor pensión que puede padecerse. Yo creo que la realidad de estas quejas consiste en que, por mal arreglo o ambición de los jefes de campo, todo el peso recae sobre pocos.

Para los costos de la guerra hay un depósito que llaman ramo de guerra del que es árbitro el gobernador. Sus fondos son veintiuna arrobas de yerba por cada licencia que se da para beneficiar yerba, y ocho arrobas de la misma por cada mil arrobas que cargan los barcos. Los que no quieren hacer servicio militar pagan diez pesos de plata al año, si son encomenderos quince, y quizás tendrá alguna otra entrada. El total podrá ascender en el día a 2.500 pesos. No me atrevo asegurar si será o no conveniente que este ramo se administrase por los oficiales reales. Estos darían sujeción a los gobernadores y se ahorraría el salario del administrador, pero no dejarían de dificultar y obstruir las disposiciones guerreras, que siempre son prontas, perjudicando muchas veces y desbaratando las mejores medidas.

El jefe de la provincia es un gobernador con 6.600 pesos al que el rey nombra un asesor letrado con 1.500 pesos, de los cuales los mil debe cobrarlos de los propios de la ciudad, pero como éstos se reducen a casi nada percibe poco más de los quinientos. Si se le pagase por entero sería el sueldo suficiente aunque inferior respecto al del gobernador y ministros principales de real-hacienda, que tienen dos mil cobrados y la casa. Estos empleos se dan comúnmente a los europeos, entre los cuales los más acopian caudal para fundar un mayorazgo a su posteridad, y son muchas veces hombres a quienes sus desarreglos han hecho pobres y vienen con ansia de adquirir y de continuarlos sin peligro. Así sucede que atienden a sus fines y que las leyes no tienen cumplimiento, y por consiguiente hay disgusto general que tarde o temprano tendrá sus resultas. Mejor sería poner el mayor cuidado en la elección de sujetos, disminuir el número de empleados y sus sueldos a la mitad, que sería suficiente, y hacer un arreglo para que la mitad de los empleados de gobierno y real-hacienda fuesen americanos, sin permitir que viniese ningún eclesiástico sino la mitad de los obispos, porque estoy persuadido de que los que vienen para canónigos no son de los mejores. Con esto los criollos tomarían parte en la conservación del gobierno y disminuiría el odio que tienen a los europeos que, aunque aquí es poca cosa, por lo general es tal que los hijos aborrecen mortalmente a sus padres sin más motivo que el ser europeos. En realidad que en esto proceden los americanos sin hacer reflexión a que el mayor interés suyo consiste en que vengan europeos, porque éste es el camino de adelantar su población, las artes e industria, y de abreviar una felicidad que no están en estado de procurarse por sí mismos en muchos siglos sino admitiendo con voluntad y agasajo a los europeos, y procurando atraerlos a toda costa. Su poca instrucción en el conocimiento de lo que les conviene y el interés particular, a que únicamente atienden, no les dan lugar a que conozcan el bien general, por cuyo motivo me parece que sería muy conveniente aprovecharse de la mala voluntad que tienen a europeos y cuidar con vigilancia de que vengan poquísimos polizones y empleados, para que la América esté siempre subordinada y la España más poblada y vigorosa. Las residencias y vigilancia sobre la conducta de los empleados no debía ser una ceremonia, como lo es, sino una cosa efectiva que castigase con rigor a los delincuentes, cosa que hace siglos que no se ha visto.

Dirige lo espiritual un señor obispo cuya renta se reputa de ocho mil pesos, los dos mil pagados en reales cajas de Potosí. Esta partida pudiera rebatirse pues basta lo demás para la decencia de la dignidad en esta tierra, donde siempre quedaría la persona más rica, que es más de lo que basta al carácter episcopal. La catedral tiene deán, tres dignidades y dos canónigos, todos con setecientos pesos, menos el deán que tiene mil cincuenta. Los curatos de españoles sólo tienen el pie de altar proporcionado al país y dos reales al año por cada casa, a que llaman primicia. Los curas de indios no tienen pie de altar. Los de pueblos jesuíticos gozan doscientos pesos, comida, servicio y casa, y los de los demás pueblos dos criados, una vaca por semana, y algunas otras frioleras, y además dos reales por cada indio mitayo, que le da su encomendero.

De lo dicho se infiere que no hay mucha reforma que hacer en las rentas eclesiásticas de esta provincia, pero en otras será muy del caso que la haya, invirtiendo las resultas en beneficio público fomentando las cosas que convengan. En América es esto fácil porque S. M. es dueño de los diezmos, que son la mayor contribución que puede imponerse a un pueblo, y que si se considera lo que es el diezmo líquido vale tanto o más que lo que queda, y no creo que sea justo que se emplee esta contribución en mantener en la ostentación, opulencia, y regalo, a los eclesiásticos que no deben pasar de la quingentésima parte del total del estado. Si se atiende a las sumas que por otros mil caminos reciben los mismos eclesiásticos de los fieles, se conocerá más visiblemente la necesidad de contener su riqueza que los saca de su juicio y base, que es la pobreza y humildad, cuyas fatales resultas se verán algún día porque la riqueza les da mucho crédito en el vulgo y los hace menos religiosos, de que resultará que no habrá jamás alboroto en que no tomen la mayor parte. Así el principal cuidado del estado debe ser vigilar sobre la conducta de estas gentes, que son tanto más consideradas aquí cuanto el vulgo está menos instruido. También debiera ponerse remedio a la manía de estas gentes en fundar capellanías laicas y no laicas, cuyas cargas no se cumplen ni pueden. Gran parte de las casas y haciendas se hallan tan pensionadas que las destruyen y llevan al infierno la descendencia del fundador. Es menester destruir la manía que tiene el hombre de querer disponer de sus cosas hasta el juicio final, quitando la libertad a los que vendrán después de él, que tendrán tan legítimo derecho y posesión como la que tuvo él para disfrutar las cosas. ¡Quién no tuviera por loco a Noé si nos hubiese querido limitar la libertad y usufructo de las cosas!

NOTA:

* Félix de Azara (1742-1821). En 1781 viajó al Río de la Plata comisionado para establecer las fronteras coloniales. Permaneció particularmente en Paraguay  dos décadas legando los relatos de sus aventuras y desventuras. Si bien su mirada es parcial y muchas veces se escandaliza con las costumbres de los pueblos originarios, sigue siendo un importante registro sobre las costumbres de la época, tanto americanas cuanto europeas.

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