Carta dirigida por Cosme Argerich a Juan Ramón Rojas

Buenos Aires, 25 de Mayo de 1810, nueve de la noche.

Mi querido J. R…: Hago un verdadero sacrificio poniéndome a escribirte, porque estoy muerto de cansado y con la cabeza como un volcán. Pero V… me dice que es indispensable que lo haga porque mañana de madrugada sale otro chasque para el coronel Pino de la Colonia ordenándole que se pronuncie por la nueva Junta de hoy, y que pase a Montevideo, con reserva, las comunicaciones que van para el coronel Murguiondo y para Luis Balbín a fin de que hagan lo mismo con el regimiento Río de la Plata y de Infantería Ligera que mandan en ésa. Moreno, que es ya el alma del nuevo gobierno, me encarga que te diga que este es el momento de echar el resto, porque dueños nosotros de esas dos plazas abaluartadas no hay miedo que vengan tropas de España, pues tendrían que vivir en campaña, donde los paisanos se los merendarían en poco tiempo. En fin, creo que les escriben largo sobre esto a los predichos oficiales y a Cavia, en cuyo cacumen y pillería confiamos todos.

V… me encarga decirte que es una calamidad para él, en estos momentos, tener buena letra y saber redactar, más o menos bien, una nota o una carta, porque lo tienen en el potro hace cuatro horas muy largas, haciendo las comunicaciones de Ocampo y de otros para el interior, mientras los repiques y las salvas, y la cohetería, y los tiros y los gritos de alegría atruenan el aire, y mientras todas las muchachas patriotas andan por las calles mojando sus rebozos y sus cabellos de azabache en la lluvia que se ha desatado desde la tarde. La verdad es que no se puede describir la alegría y el bullicio del pueblo. ¡Somos libres, J. R….! Somos libres y no alcanzamos todavía a darnos toda la explicación merecida de lo que decimos con estas mágicas palabras. Yo mismo no alcanzo a darme cuenta de la inmensidad de esta dicha y bailo solo sin poder contenerme… ¿Pero qué estoy haciendo, cuando todavía no he cumplido con el deber de referirte lo que ha ocurrido?

Pues bien, óyeme. Anoche renunció Cisneros del todo, y quedó abolida la pérfida intriga de los faldonudos y gran bonetes del Cabildo. Hoy de mañana insistían todavía en no admitirle la renuncia a Cisneros y en autorizarlo a que usase de la fuerza, creyendo que con Saavedra tenían lo bastante para fusilar y dispersar al pueblo. Pero fuera de que éste no es hombre capaz de semejante absurdo contra la patria ni de prestarse a eso, teníamos los cuerpos que no lo habrían seguido tampoco, y que estaban dispuestos a llevar adelante la revolución.

La plaza estaba ocupada por todos nuestros amigos. La verdad es que había poco pueblo, porque casi toda la oficialidad, la mozada y la tropa estaba recogida a los cuarteles y sobre las armas para cargar en el momento oportuno. Teníamos, sin embargo, en la plaza más de cuatrocientos vecinos, y todos los comandantes y principales patriotas estaban reunidos en lo de Miguel Azcuénaga. Cuando se supo que el Cabildo porfiaba en llevar adelante su maldita intriga e imponernos a Cisneros, se formó un grupo dirigido por Chiclana, French, el padre Grela, Planes y diez o quince más, que después de haberse concertado con Rodríguez Peña y con Belgrano en lo de Azcuénaga, salieron gritando: ¡Al Cabildo! ¡Al Cabildo, muchachos !… El tropel se desató, y en un dos por tres nos metimos con una bulla infernal en la galería de los altos. Los faldonudos se asustaron y Leiva abrió la puerta grande presentándose en el umbral con Lezica y Tomás Manuel.

-¡Orden, señores, por Dios! -nos gritaron-. ¿Qué es lo que ustedes quieren?

-La deposición inmediata de Cisneros -le gritamos-: ¡ahora mismo!

-Señores -nos dijo Leiva-, para oírlos a ustedes necesitamos calma; que se presente alguien que lleve la voz por ese gentío, y lo haremos entrar al salón para que hable por todos.

En el momento se adelantaron Beruti, Chiclana, French y el doctor Grela.

Pancho Planes iba también a entrar, pero Leiva le puso la mano y le dijo:

-No amigo mío, usted es muy loco para este negocio; con estos caballeros hay lo bastante pues son hombres de representación, y lo mejor es que no haya tantos con quien hablar.

Dirigiéndose a Chiclana le dijo:

-Compañero, haga retirar ahora a los demás para que nos dejen tratar el negocio como buenos amigos y como patriotas que todos queremos el bien de nuestro país.

Chiclana conferenció un momento con los demás y dirigiéndose a Pancho le pidió que obedeciese y que se retirasen a los portales de abajo mientras reducían al Cabildo. De lo que se trataba era de que el Cabildo aceptase la representación que ya llevaban escrita, y que se nombrase una junta de gobierno compuesta de los individuos que en esa representación se marcaban. El Cabildo objetó que aquello era variar todo el orden de la monarquía sin consultar a los demás pueblos del virreinato; pero French y Chiclana contestaron que no, porque en esa misma representación se decía que se convocará un congreso nombrado por todos esos pueblos con libertad.

-Pues esperemos todos -dijo Leiva-, a que ese congreso se convoque y decida como se resolvió el 22.

-No señor; eso no puede ser, porque si bien los otros pueblos tienen el derecho que tiene el de Buenos Aires a pronunciarse, ellos no pueden negar el derecho que tiene el de Buenos Aires a pronunciar su voto desde luego, y exigir que el congreso sea elegido con libertad y no como un mango servil de los europeos que los mandan y que tienen allí fuerzas para sofocar su voto como sucedió el año pasado en Chuquisaca y en La Paz.

En esto, el doctor Planes se había introducido furtivamente en la sala, y con todo atrevimiento, levantó la voz y dijo:

-El Cabildo ha excedido escandalosamente las facultades que le dimos el 22, y ha intrigado para perdernos.

-Modere usted sus palabras -le dijo el gallego Santiago Gutiérrez-: usted no es de esta reunión y debe salirse.

-Ni las modero, ni me salgo: lo que digo es lo que repite todo el pueblo y no tardará usted mucho en verlo. El Cabildo Abierto que obró como soberano el 22, resolvió también como soberano separar absolutamente del gobierno al señor Cisneros y retirarle el mando de las armas; y aunque es verdad que defirió en el Ayuntamiento la elección de los miembros del nuevo gobierno, no se ha podido ni debido nombrar otros que aquellos que expresaron la mayoría de la resolución, como el señor Saavedra, el señor Peña, el señor Rodríguez, el señor Moreno; porque es intriga usar de la facultad concedida como lo ha hecho el Cabildo, entregando a los enemigos y a la minoría el gobierno, resuelto por la mayoría.

-¡Todavía no nos gobierna Rousseau, ni Tomás Payne, señor Planes! -le dijo Leiva.

-Es verdad, pero desde el 22 nos gobierna el pueblo.

-Señor Alcalde -dijo Anchorena-, esta disputa es inútil: mi opinión es que citemos a los Comandantes de la fuerza, porque en esta fuerza no hay veteranos: todos son vecinos aptos para opinar y para votar. Los Comandantes nos dirán la disposición en que están y deliberaremos con ellos.

-Así pienso yo también: retírense ustedes que vamos a llamar a los Comandantes.

-Aceptemos, compañeros -dijo Beruti, y se retiraron.

En lo de Azcuénaga estaban Rodríguez (1), Romero (2), García (3), Ocampo (4), Terrada (5), Ruiz (6), Esteve y Llac (7), Vivas (8), Núñez (9), Castex (10), Ballesteros (11) y Merelo (12) a la mira de las ocurrencias para ordenar la entrada de las tropas a la plaza y ponerse a su cabeza. La turba de los muchachos y de los exaltados estaba aglomerada en la Fonda de las Naciones de la vereda Ancha; el día estaba neblinoso, destemplado y amenazando por instantes descargarse en lluvia.

En el momento de ser avisados, todos los comandantes se dirigieron al Cabildo; pero tuvieron que esperar a que viniesen Orduña (13) , Quintana (D. d. Ign.) (14) y don Bernardo Lecoq (15). Cuando estuvieron todos, tomó la voz el doctor Leiva y predicó largo rato sobre el lamentable conflicto en que se hallaba el Ayuntamiento después de haber resuelto y enajenado las facultades que se le habían conferido provisoriamente el día 22. Invitó a los jefes que leal y honradamente apoyaran la autoridad legítima y prudente con que se había satisfecho a las exigencias del pueblo: les hizo presente que salir de este camino era encender la guerra civil con el resto del país, atraerse las fuerzas de la monarquía que miraría como una rebelión atroz el derrocamiento absoluto de las autoridades y de las leyes que ella había creado e impuesto con una sabiduría ejemplar: que notasen, les dijo, que la parte más pudiente y honorable de los vecinos era la de los fieles súbditos del rey de España, que se veían ahora atropellados por el tumulto sedicioso que prevalecía; y que por fin los jefes prestigiosos y leales que obtenían el mando y la fuerza en todo el resto del virreinato, no habían de consentir en la violencia con que se les quería dar una autoridad soberana intrusa sobre la que ellos ejercían por acto y delegación del monarca. El Cabildo cree, agregó, que en vista de todo esto, ustedes no vacilarán en sostener lo resuelto el día 23 y la autoridad instalada y jurada ayer: por lo cual espero que ustedes se expliquen francamente si se puede contar con las armas de su mando para sostener el gobierno establecido.

Estaba convenido que contestara por los patriotas el comandante Romero, porque siendo de formas moderadas y firme al mismo tiempo, se quería evitar que don Martín Rodríguez estallase en explosiones demasiado crudas. Viendo que Quintana, Orduña y Lecoq se obstinaban en no hablar, Romero tomó la palabra y dijo que iba a declarar en nombre de todos sus compañeros y del suyo, que no era posible sostener la elección del virrey como presidente de la Junta: que las tropas y el pueblo estaban indignados, y que ellos no tenían autoridad para darle apoyo al Cabildo, porque estaban seguros de que no serían obedecidos: tal era la efervescencia en que se hallaban los cuarteles y los hijos del país. Si el Cabildo se obstina en lo que ha resuelto, nos será imposible evitar que la tropa se venga hoy a la plaza y cometa toda clase de excesos contra el Cabildo mismo, y contra la persona del señor Cisneros, hasta formar por sí sola un gobierno de su gusto. V. E. no se haga ilusión, esto está ya hecho: puedo asegurar que el pueblo ha consignado ya lo que quiere por escrito y ha designado los sujetos que quiere ver en el gobierno.

Hallábase el síndico Leiva insistiendo en sus observaciones cuando el tropel de las galerías comenzó a levantar gritos, y a golpear ruidosamente las puertas con el ánimo evidente de echarlas abajo. El síndico le rogó a Rodríguez que apaciguase el tumulto; pero éste dijo:

-Lo haré si el Cabildo me autoriza a informar al pueblo que desiste de su empeño y que queda separado de todo mando el señor Cisneros.

Y como el tumulto crecía y crecía como un mar embravecido, Leiva se volvió entonces a los demás cabildantes y les dijo:

-No hay más remedio, señores, que consentir, creo que debemos hacerlo pronto, ¡muy pronto!

Los cabildantes se encogieron de hombros y se conformaron. Martín salió entonces al corredor y nos gritó:

-Paisanos, queda separado el virrey Cisneros; tengan un rato de paciencia, que se va a tratar de lo demás.

Se armó con esto una grande algarabía de voces y de vivas; pero con esta declaración Martín logró despejar los altos de la casa, y salió inmediatamente hacia lo de Azcuénaga.

Todos corrieron detrás de él en la misma dirección. Me falta tiempo para continuar; pero así que vea lo que sucede, te seguiré escribiendo; y el chasque no saldrá sin que te lleve todo lo que haya ocurrido hasta la noche.
Cuando Martín seguido de la multitud, llegó a lo de Azcuénaga, les dio cuenta a los demás directores del movimiento, del estado de impotencia y desaliento en que dejaba al Cabildo.

-Pues este es el momento -elijo Peña-, de obligarlos a que sancionen la nueva lista que ha formado el pueblo: que Beruti y French se encarguen de entrarse al salón con otros que ellos elijan y de hacerle al Cabildo la intimación sin condiciones, amenazándolos con el último golpe.

Decirlo y hacerlo, todo fue uno.

El Cabildo estaba en efecto lleno de dudas y pensando en mandarle una nueva diputación a Cisneros, para que renunciase sin condiciones ni protestas, porque el momento era ya supremo, cuando se vio invadido de nuevo. French, Beruti, Orma, Grela, Cardoso, Rocha Arzac, Planes y muchos muchachos de empuje, penetraron en el salón de las sesiones. Los cabildantes ocupaban sus asientos atrás de la gran mesa endamascada que mira a la puerta, y los patriotas se agruparon en la gran baranda que limita el recinto hacia el lado de afuera.

-Señores -dijo Beruti antes de que le hubiesen consentido hablar-, venimos en nombre del pueblo a retirar nuestra confianza de manos de ustedes. El pueblo cree que el Ayuntamiento ha faltado a sus deberes y que ha traicionado el encargo que se le hizo; ya no se contenta con que sea separado el virrey. Bien informados como estamos de que todos los miembros de la Junta han renunciado, el Cabildo ya no tiene facultad para sustituirlos con otros, porque e1 pueblo ha reasumido la autoridad que había trasmitido, y es su voluntad que la Junta de Gobierno se componga de los sujetos que él quiere nombrar con la precisa indispensable condición de que en el término de 15 días salga una expedición de quinientos hombres para las provincias interiores, a fin de que, separados los que las esclavizan, pueda el pueblo en cada una de ellas votar libremente por los diputados que han de venir a resolver de la nueva forma de Gobierno que el país debe darse. Y hago esta declaración Señores Vocales, protestando que si en el acto no se acepta, pueden ustedes, atenerse a los resultados fatales que se van a producir, porque de aquí vamos a marchar todos a los cuarteles a traer a la plaza las tropas que están reunidas en ellos, y que ya no podemos ni debemos contener en el límite del respeto que hubiéramos querido guardarle al Cabildo.

-Leiva, Lezica, Domínguez, hicieron esfuerzos por conseguir que se variara la intimación. Pero lo único que obtuvieron, después de mucho disputar, fue que la voluntad del pueblo se presentase por escrito.

La representación estaba hecha y contenía un sinnúmero de firmas en pliegos separados.

Antes de entregársela a French para que la llevara al Cabildo se había leído con meditación en la casa de Azcuénaga; se le hicieron algunas adiciones y aclaraciones para que quedara más terminante, y se les entregó a los emisarios para que la presentaran al Cabildo. Con más orden ya y mejor arreglado, el grupo entró a la Sala y presentó el escrito. Leiva lo tomó, pasó la vista de una a otra foja y le dijo:
-Muy bien, la formalidad de los actos y de las responsabilidades que vamos a tomar todos con este paso, nos exige que nosotros veamos y oigamos a ese pueblo en cuyo nombre nos hablan ustedes. Vemos aquí por escrito un número considerable de vecinos, religiosos, comandantes y oficiales que piden lo que ustedes han representado de palabra; pero es necesario que de propia voz ratifiquen su pedido. Congreguen ustedes a todo ese pueblo en la plaza, y el Cabildo saldrá a su balcón para leerles este pedido y ver si es eso mismo lo que se aclama.
Pasó media hora, y como el concurso comenzara a dar voces de impaciencia, los cabildantes se presentaron en el balcón. Miraron a la plaza, se consultaron entre sí, y adelantándose a la reja Leiva nos gritó:

-¿Dónde está el pueblo? ¡nosotros no vemos ahí sino un número muy reducido de individuos!

-Señores del Cabildo -le contestó Beruti-: eso ya pasa de juguete, no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con moderación ha sido por evitar desastres y la efusión de sangre. El pueblo en cuyo nombre hablamos está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz de alarma para venir aquí. Quieren ustedes verlo, toquen la campana, y si es que no tienen el badajo, nosotros tocaremos generala, y verán ustedes la cara de ese pueblo, cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no! pronto, señores: decidirlo ahora mismo porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños, pero si volvemos con las armas en la mano, no respondemos de nada.
En el momento se levantó una furiosa gritería de: «¡Abranse los cuarteles!» «¡No esperemos más!» «¡Esto ya no se puede sufrir!»
En medio de este alboroto vimos a Leiva que extendía la mano pidiendo que lo oyéramos; y apaciguadas las voces nos dijo con voz clara y serena:

-Señores: el Cabildo se considera conminado por la fuerza y por los desastres con que ustedes lo amenazan; y cediendo al tumulto y a la violencia cede a lo que se le impone. Los carteles del bando que había mandado fijar en las esquinas han sido arrancados y tirados al lodo de las calles, y los mismos empleados que los llevaban han sido despojados y también estropeados. Esta es una rebelión abierta.

-Sí, señor, lo es -gritó alguien desde abajo-, y si el Cabildo no se somete a la voluntad soberana del pueblo, quizás no nos quedaremos en eso.

-Por desgracia no nos queda ya duda de eso -dijo Leiva-, y cedemos; pero tengan ustedes calma para oír las condiciones con que el Cabildo dará por anulados los actos del día 23 y 24, y consentirá en proclamar el nuevo gobierno.

-¡Que las diga! ¡que las diga!

-La primera es que la nueva Junta que ustedes imponen se responsabiliza por el orden público y por la tranquilidad del pueblo.

-Acordado -respondió un grito general.

-La segunda que el Cabildo quede con la autoridad necesaria para vigilar la conducta de los miembros de la Junta.

-¡No, señor, no queremos, negado!

-Pero, señores, el Cabildo no procederá en eso sino con justa causa.

El pueblo gritaba ¡bueno! y ¡negado!, sin que fuera posible averiguar si aceptaba o no.

-La tercera que no se impongan nuevas contribuciones.

-De acuerdo.

-Y que la Junta llene las vacantes por elección en su seno.

-De acuerdo.

Yo me hallaba al lado de V. L. y de Ignacio Núñez, y les pregunté: -¿Qué les parece a ustedes?

-¡Simplezas! -me dijo el primero-: estos hombres no se hacen cargo de lo que son ni de la situación en que se hallan. ¿Qué poder, ni qué medios les quedarán para vigilar a la Junta, ni para impedir que ella haga todo lo que quiera? Son ellos los que quedan en manos del nuevo gobierno como un cero a la izquierda.

En eso una nueva gritería comenzó a pedir ¡el Bando! ¡el Bando! ¡los hombres de la Junta!, y sobre todo ¡la expedición a las Provincias! que ha de ser costeada con los sueldos del Virrey, de los Oidores, de la Renta de tabacos y otros que la Junta determine cercenar. Todo eso de acuerdo con 1a representación del pueblo que se ha entregado al Cabildo: dejémonos de cábulas y de dilatorias, señor Síndico: ya sabemos que su señoría es buen abogado, pero aquí no hay estrados. ¡Pronto! ¡pronto! -gritaban todos en medio de risotadas y amenazas.

-Sí, señores: todo está ya concedido: necesitamos unos breves momentos para extender el Acta y formar el bando; que suba una diputación de vecinos respetables para que intervenga en lo que queda por hacer.

No sé quién lo dispuso, ni cómo; lo que sé es que subieron al salón el doctor don Mariano Irigoyen, don Miguel Azcuénaga, Belgrano y Darregueira llevándose a Ignacio Núñez por si era menester escribir algo. Muchos otros se colaron detrás de éstos, y los más nos quedamos en la plaza perorando y discurriendo sobre los incidentes del caso que cada uno comentaba a su modo.

Una media hora después oíamos el vozarrón de Martín Rodríguez que desde el balcón nos gritaba:

-¡Atención, señores! -Y el escribano-secretario del Ayuntamiento Justo José Núñez nos leyó: que quedaban anuladas las resoluciones y las actas del día 23 y 24: que por la nueva acta de hoy día 25 de Mayo de 1810 quedaba constituida la Junta de Gobierno en Saavedra, Castelli, Belgrano, Azcuénaga (paisanos) Matheu y Larrea (europeos pero patriotas), con Paso y Moreno como secretarios. Lo principal de lo demás era la expedición contra los mandones del interior, que como te he dicho saldrá dentro de diez o quince días; y la convocación de los vecindarios del interior para que nombren los diputados al Congreso general que debe establecer la forma de gobierno que se considere más conveniente para el país. Me olvidaba decirte que la Junta queda provisionalmente encargada de la autoridad superior de todo el virreinato; y que se ordena que ahora mismo vengan los nombrados a prestar juramento de conservar la integridad de estos dominios a nuestro amado Soberano el señor don Fernando VII. A muchos nos ha chocado esta última cláusula, porque es una reverenda mentira; pero dicen que por ahora conviene hasta que tengamos bien firme el terreno; y la cosa ha pasado riéndose los unos y rabiando muchos otros.

Hazte cargo del júbilo general que estalló. De ahí corrimos a los cuarteles a hacer tocar diana y a las iglesias para echar a vuelo las campanas. Hacía más de dos horas que el virrey había salido del Fuerte; y Terrada mandó en el acto hacer salvas: los cohetes reventaban por todas partes; las calles llenas de barro, porque llovía bastante, y sin embargo llenas de señoras y muchachas que vitoreaban a la patria a la par del pueblo. ¡Aquello era hermoso!
Los nombrados estaban todos en lo de Azcuénaga, menos Moreno, que como tú sabes andaba muy desconfiado de Saavedra y de su círculo; y que había protestado que no se metería en nada mientras el virrey quedase con mando. Lo buscábamos por todas partes sin dar con él, porque lo que es en su casa no estaba. Pero Dionisio Vayo, que es un hurón que mete el hocico en todo, averiguó que lo habían visto entrar a la una a las piezas del cura de San Miguel doctor Ruiz, y nos fuimos para allá. Allí estaba, y lo sacamos trayéndolo en comitiva hasta lo de Azcuénaga, desde se juntó con los demás; y salieron todos a jurar el cargo en el Cabildo.

La ceremonia fue solemne y tierna. El Cabildo ocupaba sus asientos bajo el dosel. A uno y otro costado del salón formaban dos alas de mucho fondo, los Comandantes y Jefes con muchos oficiales, los prelados y gran número de personas de distinción. Los miembros de la Junta Soberana erigida por el pueblo entraron por el centro; reinaba un gran silencio y todos creíamos ver una imagen majestuosa, la nueva patria levantarse con formas aéreas y celestiales en el vacío misterioso de aquella elocuente y sublime escena. El Alcalde se puso de pie, se incorporaron como él los demás vocales: el síndico se levantó y abrió los Santos Evangelios en el lugar aquel de San Lucas en que Zacarías exclama Nunc, dimitte servum tuum Domine! A una señal que les hizo el Alcalde Mayor, los miembros de la Junta se postraron de rodillas por delante de la mesa municipal: el Síndico le alcanzó los evangelios al presidente Saavedra, y le hizo poner sobre ellos la palma de la mano; Castelli puso la suya sobre uno de los hombros de Saavedra, Belgrano la puso sobre el otro, y sucesivamente los demás los unos sobre los hombros de los otros según la posición que ocupaban.

¿Qué crees tú que hacíamos todos nosotros sin excepción?… ¡Llorábamos y llorábamos todos de gozo, amadísimo Juan Ramón! Llorábamos como unos niños; sentíamos el hálito de Dios sobre nuestras frentes al vernos pueblo libre, pueblo soberano, y a nuestros queridos condiscípulos y amigos en el solio de los virreyes… ¡qué virreyes! ¡al diablo los virreyes! en el solio de la soberanía popular que es más que los reyes.
El Cabildo bajó de sus asientos; y subió la Junta de Gobierno a colocarse bajo el dosel. Saavedra bastante conmovido y trémulo nos dirigió unas cuantas palabras dignas y severas. Nos exhortó al orden, a la unión y a la fraternidad, rogándonos también que fuésemos respetuosos y gratos con la venerable persona de Cisneros y de su familia.

-Los pueblos fuertes son generosos -nos dijo- el de Buenos Aires ha demostrado ya que era lo uno y lo otro cuando tuvo que oponer su pecho a los rifles y bayonetas del inglés. Esas virtudes que entonces mostró, son de mayor valor y de mayor deber para los magistrados que representan ahora a un soberano que todos lloramos en el cautiverio, rogando al cielo que lo vuelva a su trono.

En esto último, no estuvo feliz don Cornelio; y de veras que no nos satisfizo: hubo muchos gestos.

De allí, la Junta pasó a la Fortaleza, donde queda establecido su despacho.

¡Decirte el júbilo y el frenesí del pueblo es imposible! No tengo palabras con qué describírtelo; y lo mejor es que tú mismo te figures cómo habrá sido por lo que pasará en tu alma al leer todos estos detalles.

La tarde ha estado lluviosa, y a la noche ha continuado lo mismo, pero la calle del Cabildo, la de las Torres, la del Colegio y la plaza llenas de gentes y hasta de señoras con paraguas y con piezas de cintas blancas y celestes, cuyos pedazos andan repartiendo a los jóvenes y la mozada de los regimientos de hijos del país. Ha sido imposible iluminar la ciudad por causa de la lluvia y de la garúa; las candilejas se apagan; ha sido imposible encontrar faroles; no hay vidrios ni quien los arregle; miles de negros y mulatillos han luchado por guarnecer de candilejas las rejas de las ventanas y las cornisas de las puertas; ¡imposible! Se apagan. Pero se ha recurrido a otro expediente: se han hecho abrir todas las puertas e iluminar los zaguanes; la mayor parte de las ventanas están abiertas e iluminadas por detrás de los vidrios con candelabros, y en las piezas hay niñas y señoras recibiendo sus amigos, tocando el clave y bailando. Yo no he visto jamás una alegría más expansiva ni más cordial.

A las once fui al Fuerte. En la sala de entrada encontré a Chiclana, y logré que me hiciese entrar al despacho de la Junta. Moreno y Paso están ocupados en hacer las circulares para las provincias del interior y para la Banda Oriental. Julián Alvarez marcha de madrugada para la Colonia. Está resuelto ya que el coronel Ocampo con los arribeños, cinco compañías de patricios y tres de dragones en número de 100 hombres, llevando de secretario a Vicente, marchen antes del 31, sobre Córdoba. Castelli y Belgrano se ocupaban activísimamente de esta expedición. Azcuénaga y Larrea tienen a su cargo la seguridad Interior de la ciudad, la citación, organización de los cuerpos, la provisión de los cuarteles y el armamento de la tropa, para defendernos de toda tentativa de los enemigos. Matheu, acompañado de Chiclana, que se multiplica con una actividad asombrosa, ha tomado la vigilancia y atenciones de la policía para estar a la mira de lo que hagan los enemigos que tenemos adentro, y cuidar de que no falten provisiones de pan, carne y leña para el pueblo.

Tuve el gusto de hablar un momento con Moreno. Parece satisfecho y acorde con Saavedra. Su grande anhelo es la expedición al interior: estaba tratando de ella con López que irá de secretario. Se cuenta con que el coronel Pino sublevará la Plaza de la Colonia y con que Murguiondo y Luis Balbín harán la revolución en Montevideo: me ha dicho que sobre esto te escriben muy largo a ti y a Cavia, para que obren pronto.

Martín sale de madrugada a la campaña para poner alcaldes y arreglar la recluta de esclavos y vagos que han de formar los batallones veteranos que van a crearse. A Monasterio le han dado el Parque y se van a recoger todas las armas útiles e inútiles que andan desparramadas por el pueblo y por el campo. No tengo fuerzas para escribirte más, te doy cien mil abrazos; tenemos patria; somos dueños de la tierra en que hemos nacido. Si del primer golpe no vamos hasta Potosí, iremos hasta la Paz; de allí a Lima no hay sino marchar, y los hijos de Buenos Aires marcharán, porque se siente en todos un gran poder y un entusiasmo que nadie contendrá. Ayúdennos ustedes. Cien abrazos de tu amigo y condiscípulo.

C. A. (¿Cosme Argerich?)

NOTAS:

(1) Húsares del rey.
(2) Segundo de Patricios.
(3) De Montañeses.
(4) De Arribeños.
(5) Granaderos de Fernando VII.
(6) De Naturales.
(7) Artilleros de la Unión.
(8) Segundo de Húsares.
(9) Tercero de ídem.
(10) Migueletes.
(11) Quinteros.
(12) Andaluces.
(13) Artillería.
(14) Dragones.
(15) Ingenieros.

Por la misiva se puede comprobar que el Virrey Cisneros no tenía apoyo de la mayoría de las tropas ni milicias. (Carolina Crisorio)

Vicente Fidel López:  Crónica de la Revolución de Mayo. Buenos Aires. Editorial El Quijote. 1945.

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