Primera parte

Juan José Paz y Miño

El 15 de octubre de 2006 se realizarán en Ecuador las elecciones para Presidente y Vicepresidente (binomio), diputados al Congreso, concejales y consejeros de los gobiernos seccionales y parlamentarios andinos.

Son 13 las candidaturas que compiten al ejecutivo: Rafael Correa de Alianza País (AP), Jaime Damerval por Concentración de Fuerzas Populares, Gilmar Gutiérrez por Sociedad Patriótica, Marcelo Larrea de Alianza Tercera República ALBA, Luis Macas por Pachakutik, Álvaro Noboa del Partido Renovación Institucional Acción Nacional (PRIAN), Marco Proaño del Movimiento de la Reivindicación Democrática (MRD), León Roldós por RED-Izquierda Democrática (ID), Fernando Rosero del Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE), Carlos Sagnay por Integración Nacional Alfarista, Lenin Torres del Movimiento Revolucionario de Participación Popular (MRPP), Luis Villacís del Movimiento Popular Democrático (MPD), y Cynthia Viteri por el Partido Social Cristiano (PSC). Esta situación refleja el amplio espectro del multipartidismo ecuatoriano y el nivel al que ha llegado la irresponsabilidad política, alimentada por clubes y empresas electorales, caudillos, personalismos, localismos y regionalismos, incapaces de promover un consenso nacional para la edificación de un país distinto.

El actual proceso electoral confronta una serie de realidades. Ante todo, las herencias históricas derivadas del atrasado desarrollo capitalista del Ecuador, la precaria conformación de las instituciones del Estado nacional, un poder político excluyente, una sociedad profundamente dividida y conflictiva, la inequidad nacida de la concentración de la riqueza, la extendida vigencia de la pobreza, el desempleo y el subempleo y el habitual aislacionismo del país en el contexto internacional. En ese marco toda propuesta de cambio tiene suficientes motivos para despertar esperanzas populares históricamente frustradas.

 

Pero, además, a las herencias históricas se han sumado específicas situaciones nacidas durante los últimos 27 años de democracia electoral. Entre otras: la afirmación de un “modelo empresarial” de desarrollo que ha desatendido la mejora de las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores ecuatorianos incentivando la precariedad laboral y la emigración; la conjugación del problema de la deuda externa con la crisis estructural, las medidas económicas inspiradas en el neoliberalismo y las determinaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI); la expansión de los intereses transnacionales así como la incursión de las estrategias internacionales norteamericanas; la presencia de nuevos actores sociales como el movimiento indígena, el movimiento ciudadano y el de las cámaras de la producción empresariales; el aparecimiento de localismos o regionalismos de corte autonomista o descentralizador; la influencia de los medios de comunicación sobre la opinión pública; el crecimiento e irresponsabilidad del multipartidismo político; la desestructuración y “politización” de las instituciones del Estado o el avance de la “cultura populista”.

 

Es comprensible, por consiguiente, que ante este complejo cuadro de realidades tengan mejores posibilidades de éxito las tesis que reivindican un cambio total frente al pasado, con respecto a aquellas que, de uno u otro modo, insinúan conservar el marco de la institucionalidad existente. Porque la población mayoritaria, que ha sufrido el peso negativo de los supuestos avances del país, no está dispuesta a continuar esperando los publicitados “beneficios” del aperturismo económico, que se han conjugado con la inoperancia gubernamental y la irresponsabilidad ciudadana en la que han derivado los partidos políticos, atrapados por una “clase política” que, sin serlo, obra en el Ecuador como clase dominante.

Bajo estas condicionalidades, las candidaturas se han polarizado en torno a dos posiciones: una, que reivindica abiertamente los intereses de la empresa privada, el modelo económico aperturista y el régimen político existente (aunque puede admitir algunas reformas); y otra, que cuestiona el modelo de desarrollo afirmado en el país durante cerca de tres décadas, postula una intensa reforma política y reivindica un nuevo tipo de estructura social.

 

A estas alturas del proceso, la primera corriente está representada por las candidaturas de Álvaro Noboa y Cynthia Viteri, mientras que la segunda se expresa en las de León Roldós y Rafael Correa. Las restantes nueve candidaturas no tienen posibilidades de triunfo, aunque entre ellas se encuentra al líder indígena Luis Macas, sin duda identificado con las tesis de un cambio profundo y necesario en Ecuador; la de Luis Villacís, patrocinada por un partido considerado de izquierda radical y con larga trayectoria activista; Gilmar Gutiérrez, hermano del derrocado presidente Lucio Gutiérrez (2003-2005) que simplemente pretende un espacio político, tanto como el “eterno” diputado Marco Proaño Maya; o Fernando Rosero, auspiciado por el populista partido de Abdalá Bucaram, otro presidente (1996-1997) derrocado por su corrupto y corruptor régimen, actualmente radicado en Panamá y desde donde participa en la campaña enviando cuñas publicitarias que todavía exaltan su imagen.

 

Apenas hace un mes, las previsiones políticas y las encuestas de todo tipo ubicaban a los candidatos en el siguiente orden: León Roldós, primero; luego Cynthia Viteri, seguida por Rafael Correa y al final Álvaro Noboa. Pero la situación cambió en forma acelerada e imprevista: Roldós alcanzó un techo de adhesiones que no sobrepasó y que incluso tendió a bajar; Correa experimentó una subida constante y rápida; Viteri comenzó a disminuir y Noboa a crecer en forma impresionante. A una semana de las elecciones se prevé que Correa estará en primer lugar, que el segundo lo disputan Roldós y Noboa, con probable ventaja para este último y que la candidatura de Viteri se derrumbó. Incluso se ha especulado sobre la posibilidad de que Rafael Correa triunfe en la primera vuelta y también que Álvaro Noboa gane a León Roldós.

 

La percepción generalizada, alimentada por las encuestadoras políticas y únicamente sobre las cuatro candidaturas anotadas, es evidente entre los medios de comunicación nacionales. Y también en el exterior, pues la CNN organizó en Quito, el 5 de octubre, un foro presidencial al que invitó exclusivamente a los cuatro candidatos nombrados, considerados definitivamente con opciones seguras.

 

Además de este fenómeno, la polarización electoral se ha expresado en torno a pocos temas. El más significativo es el de la reforma política y, hasta cierto punto, han pasado a segundo plano las cuestiones económicas y sociales. El debate sobre la reforma política se ha concentrado en la posibilidad de realizar una asamblea constituyente. El planteamiento lo introdujo Rafael Correa quien levantó su campaña sobre la base de fuertes críticas a la “partidocracia” y al Congreso, institución cautiva por los partidos políticos tradicionales que, según reitera Correa, son los que, además de violar la Constitución a su gusto y conveniencia, impiden cualquier reforma política sin la cual no es posible la efectiva acción de gobierno. El candidato de AP ha propuesto a sus electores la convocatoria inmediata a una asamblea constituyente que realice la reforma política que el país requiere para no seguir atrapado en manos de la partidocracia. Además, Correa ha cuestionado la marcha económica del Ecuador: critica el aperturismo indiscriminado, el modelo neoliberal y el papel del FMI; reconoce haber sido crítico de la dolarización, ha dicho que ella es insostenible en el largo plazo, pero que mantendrá la dolarización al mismo tiempo que el control de la política comercial; declaró que no suscribirá el TLC (tratado de libre comercio) con los Estados Unidos, que no abrirá el país indiscriminadamente al capital extranjero y que, observando la Constitución, mantendrá los recursos naturales como el petróleo en manos del Estado. Su programa habla de revolución en el ámbito social, en el constitucional, la ética, la producción, la soberanía y la integración latinoamericana. Correa ha declarado su clara identidad con los procesos de cambio en América Latina promovidos por Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Nestor Kirschner (Argentina), Luis Inacio Lula da Silva (Brasil), Tabaré Vásquez (Uruguay) y Michelle Bachelet (Chile).

 

León Roldós ha planteado la inconveniencia de una asamblea constituyente y mucho menos si es de tema libre. Asegura que desea el cambio, pero dentro de la institucionalidad y la democracia. Ofrece proponer la reforma política al congreso y, de no ser aceptada, convocar a una consulta popular sobre la misma. En otros temas, Roldós se pronuncia por mantener la dolarización, renegociar el TLC en términos convenientes al país y que el pueblo se pronuncie sobre ello, garantizar una “genuina” inversión de capitales nacionales y extranjeros. Su programa ofrece reformas sociales.

 

Álvaro Noboa y Cynthia Viteri coinciden en no convocar asamblea constituyente alguna. Defienden al congreso y a la institucionalidad del país; sin embargo, están de acuerdo en despolitizar o “despartidatizar” las principales instituciones públicas, como el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo Electoral y las cortes de justicia, cuestionados por la ciudadanía por subordinar sus actuaciones a la influencia de la clase política. Ambos candidatos rechazan los cambios radicales, que generen violencia y atenten contra el “orden” democrático; defienden la inversión privada, la apertura al capital extranjero, la inserción del país al mundo globalizado. Son partidarios totales de la dolarización y de la suscripción de un TLC con los Estados Unidos, aunque se cuiden, a renglón seguido, de rechazar “imposiciones” o proclamar “relaciones igualitarias”; hablan de seguridad jurídica para los capitales, ofrecen reducir la burocracia y, desde luego, fomentar el modelo económico basado en la empresa privada. Álvaro Noboa sostiene, además, que el Estado sólo limita a las actividades de los inversionistas y afecta la empresa privada, anuncia que reducirá el impuesto a la renta y proclama la necesidad de una educación que forme mejores camaroneros, carpinteros, albañiles, trabajadores, etc., y afirmó que debe acabarse con la “educación académica” que pertenece al pasado. Mientras Cynthia Viteri dice que se impone la reingeniería en Petroecuador y que el Estado debe controlar los hidrocarburos, Álvaro Noboa sostiene, frente al petróleo (que es el primer producto de exportación del Ecuador), total “empresa privada y mercado libre”.

 

Ahora bien, más allá de las declaraciones y propuestas, también es preciso comprender y descubrir otros elementos de consideración.

 

Álvaro Noboa es el mayor exportador de banano del país y uno de los primeros multimillonarios de América Latina. Él mismo se reconoce como el mayor inversionista del Ecuador. Apela a esta condición para argumentar que, sabiendo hacer la riqueza y habiendo dado trabajo a miles de personas, es él quien sabrá cómo generar la riqueza y el empleo que Ecuador necesita. Se jacta de que su millonaria campaña no tenga otros “contribuidores” precisamente como una muestra de independencia frente a futuros “compromisos”. Sus millones bastan. Recorre el país repartiendo billetes y camisetas, obsequiando computadoras, sillas de ruedas para discapacitados, herramientas de trabajo para microempresarios. En su publicidad destaca los mecanismos que le permitirán dar vivienda barata y empleo. Invoca a Dios y hasta reza en las concentraciones masivas. Intenta la presidencia de la república desde el año 1998 y llegó a la segunda vuelta en las elecciones de 2002, que las perdió frente a Lucio Gutiérrez. Continúa patrocinado por el PRIAN, una verdadera empresa electoral que él mismo creó y mantiene. Noboa tiene más aceptación en la Costa que en la Sierra o el Oriente, aunque no se conoce bien el grado de apoyo que tenga entre los empresarios costeños. Pero es muy factible que, de pasar a la segunda vuelta con Correa, los grupos de poder económico y político apoyen su elección, ante el “terror” que les inspira el candidato de AP. No parece que sería igual la situación si la segunda vuelta se definiera entre Noboa y Roldós –algo improbable- pues este último no genera las resistencias que tiene Correa.

 

León Roldós fue Vicepresidente de la República en el gobierno de Osvaldo Hurtado (1981-1984) y ex diputado del Congreso. Largo tiempo militó en el Partido Socialista, del que finalmente se separó. Para las actuales elecciones está auspiciado por el incipiente movimiento denominado RED Ética y Democracia, y por la ID, uno de los partidos tradicionales del Ecuador, que nació en los años setenta del pasado siglo, identificado ideológicamente con la socialdemocracia y que siempre tuvo mayor raigambre en la Sierra.

 

Cynthia Viteri apela a su experiencia como diputada y a su género, tratando, en este caso, de despertar el voto femenino. Le auspicia su partido, el Social Cristiano, arraigado en la costa y particularmente en Guayaquil, que expresa claramente la visión y los intereses de los poderosos grupos empresariales de esa región. La historia contemporánea de ese partido está ligada al gobierno de su caudillo León Febres Cordero, quien ocupó la presidencia del Ecuador entre 1984-1988 y que abiertamente afirmó el “modelo empresarial” de desarrollo del país, bajo el cual la economía fue reencauzada en contra de los intereses estatales y nacionales, quedó afectada la democracia, se agravó la situación de las clases trabajadoras y se ejerció un grave autoritarismo. Fue tan deteriorada la situación nacional que el Congreso de la República, mediante resolución del 21 de enero de 1987, solicitó la renuncia de Febres Cordero, en consideración a las sistemáticas violaciones gubernamentales a la Constitución, la corrupción generalizada y la violación de los derechos humanos. En la historia del Ecuador nunca se dio un pronunciamiento semejante del Congreso. Por supuesto, León –así se lo trata generalmente- no renunció.

 

Pero la sombra de Febres Cordero es la que persigue a la candidatura de Cynthia Viteri. En Guayaquil, donde la fama del caudillo tiene raíces en la impresionante modernización de la municipalidad y el progreso material que logró la ciudad durante su alcaldía (después de su presidencia), el PSC es hegemónico y Cynthia –así se presenta en campaña- tiene amplio apoyo. Sin duda, también hay apoyo en la región Litoral, donde el PSC ha mantenido extendido control. Pero esa preeminencia partidista es disputada por el PRE y por el PRIAN. Y en el resto del país, particularmente en la Sierra, el PSC no tiene igual potencia, al propio tiempo que Febres Cordero suele ser seriamente cuestionado y no bien recordado en la región, aunque existe admiración y respaldo entre los altos grupos del poder económico serranos.

 

En la actual campaña, no queda clara la distancia entre Cynthia Viteri y Febres Cordero, quien participa como candidato a la diputación. Ella dice contar con el apoyo del PSC, aunque hay opiniones que ponen en duda ese total respaldo y el del empresariado. La candidata defiende al partido y a su caudillo. Pero en la última semana es Febres Cordero quien ha desplazado de la campaña a Cynthia, pues es él quien hace las declaraciones de prensa, tiene prioridad en los noticieros de televisión y protagoniza directamente el enfrentamiento y la “campaña sucia” contra Rafael Correa, a quien León califica como “comunista solapado”. Probablemente estos son los factores que han provocado el derrumbe de la candidatura de Viteri, al menos en la apreciación colectiva inducida por las encuestadoras políticas. Además, a la hora de las diferencias con Álvaro Noboa, este magnate ha resultado frontal y directo en ofrecer una economía de mercado empresarial libre, en tanto Cynthia Viteri redondea algunas fórmulas a fin de no descartar cierto mensaje “social”.

 

Rafael Correa es un joven economista, titulado en Europa y los Estados Unidos. Se ha distinguido como académico e investigador y se define como “humanista cristiano de izquierda”. Fue Ministro de Economía. Está auspiciado por Alianza País, un naciente movimiento político, y a su candidatura se unió el Partido Socialista del Ecuador, antiguo (1926) pero hoy pequeño y sin mayor influencia. Correa reivindica a los movimientos sociales y convoca a la participación ciudadana, de manera que su primacía en las encuestas y la opinión pública proviene de un creciente respaldo popular, que se identifica con sus tesis contra la partidocracia y contra el modelo económico que ha seguido el Ecuador. Sus amplios conocimientos sobre la economía y la realidad nacional han prevalecido en los medios de comunicación frente a los otros candidatos. Ha fustigado directamente a León Febres Cordero y ha criticado al PSC tanto como a la ID, partidos a los que considera tener responsabilidad en la negativa marcha del Ecuador.

 

La sensación existente sobre su posible triunfo es tan generalizada que la consigna del momento parece ser “todos contra Correa”. En efecto, lo que primero se dijo de Correa es que se trata de un “populista de izquierda”. A renglón seguido se le comparó con Hugo Chávez y se habló del peligro “chavista” en el Ecuador. Incluso se ha llegado a afirmar que la campaña de Correa está financiada por Chávez y por Cuba. Se le tenía como un “outsider”, un “antistablishment” y “anti-partido”. Había poca credibilidad en las posibilidades de su triunfo. Pero en el último mes, cuando se volvió evidente el despegue de la candidatura, comenzaron las preocupaciones. Dirigentes de las cámaras de la producción han pintado un panorama apocalíptico para la empresa privada y las inversiones extranjeras si es que triunfa Correa. Cuestionan el “estatismo que se nos viene” y las tesis del candidato sobre la dolarización, el TLC, el aperturismo económico, el nacionalismo petrolero o su reivindicación de la soberanía ecuatoriana frente a los Estados Unidos. Pero también como ellos, líderes de los partidos tradicionales y hasta editorialistas, conductores de programas, comentaristas o analistas de distintos medios de comunicación invocan la necesidad de respetar la democracia contra la que, según su opinión, atenta la convocatoria a la asamblea constituyente planteada por Correa; proclaman la defensa de la seguridad jurídica, la tranquilidad para el país, el peligro de los cambios radicales y hasta violentos.

 

Algunos acuden a la “psicología”: Correa es autoritario, no escucha críticas, es arrogante, impulsivo y se contradice en sus declaraciones. Se le atribuye sostener que terminará con la dolarización, confiscará bienes, acabará con las instituciones y se proclamará dictador. En nada valen las declaraciones contrarias de Correa, sus pronunciamientos abiertos y frontales, ni el programa que difunde junto con sus principales colaboradores.

 

Es sintomático que nada se diga de las otras doce candidaturas y mucho menos sobre las tres consideradas con opciones electorales. No hay ataques para Noboa, Roldós ni Viteri. También es sintomático que la “campaña sucia”, que se ha destapado en los últimos días, solo tenga por miras a Correa. Incluso León Roldós, que viene de una militancia en la izquierda y que, por tanto, se supone que posee sentido ideológico, en cierto momento habló del peligro “fascista” e insinuó a “Hitler”, aludiendo a la candidatura de su adversario. Un spot de televisión que pide el voto por Roldós utiliza la imagen del fútbol para concluir que con el jugador Correa solo vendrá la violencia.

 

Pero los mayores ataques provienen del PSC. Cynthia Viteri no desperdicia ocasión para referirse contra Correa y sus tesis. Sin embargo, quien ha salido a embanderarse con denuncias “documentadas” es León Febres Cordero, en el mismo y viejo estilo con que casi tres décadas atrás arremetía contra Jaime Roldós y particularmente contra Osvaldo Hurtado, a quien el caudillo socialcristiano consideraba “filocomunista”, al propio tiempo que sus partidarios y la alta élite empresarial vinculada a iguales intereses, intentaban aterrorizar al país argumentando contra el “peligro” de reproducir en Ecuador la experiencia socialista de Salvador Allende. En aquellos años, se decía que Jaime Roldós y Osvaldo Hurtado, jóvenes y nuevos en la política, nada conocían pues no sabían administrar “ni la tienda de la esquina”. Hurtado, además, era acusado por Febres Cordero como simple “libresco”. Los socialcristianos y los hombres de empresa que les rodeaban eran sabios y se presentaban como redentores del país y únicos capaces de crear riqueza y trabajo.

 

En ese mismo viejo estilo febrescorderista es atacado Rafael Correa. Durante los últimos días incluso han aparecido en la televisión una serie de cuñas publicitarias presentadas por “movimiento libertario” y “ciudadanos por la paz” que, del mismo modo como en el pasado se presentaba a la figura de Hurtado (y años después a Rodrigo Borja, líder de la ID) con contornos terroríficos, se presenta a Correa en medio de escenas tenebrosas, violentas y sangrientas. Para este escenario ha caído con una oportunidad inmediatamente aprovechable, las declaraciones de Correa en el sentido de que las FARC de Colombia no son terroristas sino un grupo guerrillero, que es el Estado del Ecuador el que mantiene esa tesis y que reconocerlas como terroristas involucraría al país directamente en el Plan Colombia.

 

La “campaña sucia” a la que está acostumbrada la derecha económica y política del Ecuador también prosigue vía telefónica, por correos electrónicos, con grafitis en las paredes de las ciudades, por Internet y utilizando medios de comunicación. El propósito es impedir, por cualquier medio, que gane Rafael Correa. Si existiera la intuición política de que León Roldós va a triunfar en las elecciones presidenciales no hay duda que toda la campaña se volcaría en su contra. Igual, aunque con menos “preocupaciones” probablemente ocurriría frente a Álvaro Noboa. En todo caso, por pertenecer y defender los principios de la oligarquía ecuatoriana, a la derecha económica y política del país no le significa peligro alguno un eventual triunfo de Noboa. De manera que sólo Cynthia Viteri aparece como la candidata ideal para proteger el orden, la institucionalidad, la democracia, la seguridad jurídica, la inversión privada, la macroeconomía, la incorporación al mundo globalizado, el TLC, la dolarización, las buenas relaciones con los Estados Unidos, la lucha contra el narcotráfico, el combate a la corrupción, que son los componentes de la “democracia” defendida por la derecha económica y política del país.

 

La polarización entre las dos candidaturas “empresariales” y las otras dos candidaturas reformistas pesa en el proceso electoral del Ecuador contemporáneo. Entre Rafael Correa y León Roldós existe, sin embargo, una serie de planteamientos y puntos de vista coincidentes. Sus candidaturas cuentan con equipos de gente honesta, académicos, intelectuales y políticos destacados. Sin duda cuentan con un respaldo amplio aunque dividido entre las capas medias. No son los candidatos ideales de las elites dominantes. Están conectados con los necesarias e impostergables cambios que requiere Ecuador. Pero hay una profunda diferencia entre los dos candidatos al momento de definir su acción política. Para León Roldós, el cambio ha de operar dentro de la institucionalidad existente, con los mecanismos que la democracia y la constitucionalidad han establecido. Para Rafael Correa, por su parte, el cambio implica una transformación del poder real, mediante una revolución ciudadana que acabe definitivamente con la hegemonía oligárquica, la rendición del Ecuador ante las fuerzas externas del mercado y de la vorágine globalizadora y a un modelo de desarrollo perverso y de democracia estrangulada por la partidocracia.

 

Roldós se ha cuidado de proclamas radicales y procura sortear definiciones comprometedoras, en tanto Correa ha resultado frontal, directo y radical. Esas posturas son las que también han marcado las distancias y las previsiones, que advierten un amplio margen electoral entre ambos, pero a favor de Correa. El triunfo de Correa implicaría, por otra parte, un verdadero plebiscito nacional de aceptación de sus tesis y, sin duda alguna, por la convocatoria a una asamblea constituyente, ya que ésta ha sido la consigna más importante de su campaña. Entonces se verá que la resistencia a los cambios, como ha ocurrido durante toda la historia ecuatoriana, no proviene del pueblo que los exige y por los cuales se pronuncia, sino por quienes controlan el poder económico y político, al que defenderán por cualquier medio, sin excluir, naturalmente, la conspiración y la desestabilización gubernamental.

 

En todo caso, solo el 15 de octubre los ecuatorianos y ecuatorianas sabremos por quién se pronuncia la mayoría del país.

 

 

 

Segunda parte

Los resultados parciales de las elecciones de primera vuelta realizadas en Ecuador el 15 de octubre, ubican a los candidatos presidenciales en el siguiente orden: Álvaro Noboa, triunfador con un 26 % de la votación, seguido por Rafael Correa, con un 23%; en tercer lugar Gilmar Gutiérrez con 17%, luego León Roldós con 15% después Cynthia Viteri con 9%, y sucesivamente hacia el final: Luis Macas, Fernando Rosero, Marco Proaño, Luis Villacís, Jaime Damerval, Marcelo Larrea, Lenin Torres y Carlos Sagñay (www.tse.gov.ec).

Apenas una semana antes las tendencias electorales hicieron prever que Correa y Noboa pasarían a la segunda vuelta, pero con mayores posibilidades de triunfo para el primero. Nadie esperó que Gutiérrez, patrocinado por Sociedad Patriótica y hermano del derrocado Lucio Gutiérrez, alcanzara el tercer lugar, incluso sobre Roldós y sobre Viteri. Y, por tanto, tampoco se esperó que Cynthia Viteri quedara en el quinto lugar.

¿Qué es lo que provocó los cambios tan imprevistos en apenas una semana? Según aquellos editorialistas, comentaristas, comunicadores y analistas de diversos tintes fascinados con la psicología individual o los aspectos de campaña y marketing político, los resultados se han debido a las diferentes estrategias de discurso y propaganda, las personalidades o los carismas, las fórmulas clientelares empleadas, los pronunciamientos radicales o prudentes, las habilidades para lograr alianzas. Han hablado igual de populismo de derecha o de izquierda. Comparan adherencias y resistencias. Especulan sobre paz, orden o desorden.

Pero lo que está más allá de esas visiones simplistas es que el actual proceso electoral, como ocurriera en la época de la campaña electoral y presidencia de León Febres Cordero (1984-1988) ha despertado una serie de fuerzas sociales que se han alineado en torno a los dos candidatos finalistas. Como en todo proceso electoral lo que ha entrado en juego es una disputa por la dirección del poder político.

Rafael Correa, al cuestionar a la partidocracia , criticar el desarrollo económico del país bajo los términos y perspectivas del neoliberalismo aplicado en Ecuador, enfilar contra Febres Cordero y el Partido Social Cristiano (PSC), que es uno de los principales responsables de la desinstitucionalización estatal y de la desestructuración de la vida política nacional en los últimos 27 años; al hablar contra el dominio oligárquico, propugnar el nacionalismo, reivindicar a los movimientos sociales populares, cuestionar el carácter de las relaciones internacionales y las políticas hegemonistas del gobierno norteamericano sobre América Latina, plantear la reforma política sustancial y proponer una revolución ciudadana que permita la construcción de una democracia social, ha despertado, ante todo, la inquietud y hasta el verdadero pánico de la derecha económica y política del Ecuador.

Era lógico, en tales condiciones, que esa derecha, asustada con un posible triunfo del comunismo de Correa, se una a la candidatura de Álvaro Noboa, que, por sus propias declaraciones, ha ofrecido, en definitiva, mercado libre y libre empresa . Este ofrecimiento, naturalmente, no debiera llamar la atención en un mundo globalizado, signado por el neoliberalismo y arrastrado al desarrollo económico bajo hegemonía del mercado libre y la libre empresa. Pero hay que identificar bien qué ha significado en el pasado y qué significa en el presente un modelo de tal naturaleza en el país.

En Ecuador no existe una derecha económica y política capaz de modernizar al país en los términos pregonados y menos aún en la vía de las sociedades capitalistas con mayor bienestar, como ocurre en Canadá o Europa e incluso, de algún modo, en los Estados Unidos o en Chile, en Latinoamérica. En Ecuador la modernización es entendida por esos grupos de poder como afirmación de los más altos negocios empresariales, para quienes el mercado libre, la iniciativa privada, la apertura a la globalización, así como los vínculos económicos con los Estados Unidos y la suscripción de un TLC, son las prioridades. No les preocupa los intereses del Estado nacional ni de la mayoría de la población. No se consideran ni consultan las economías campesinas o de las comunidades indias, las demandas de los medianos y pequeños empresarios o de los microempresarios. Importan menos los derechos laborales, los trabajadores estatales, la situación de las clases medias.

Durante las últimas décadas los valores y principios de esos grupos dominantes han orientado e inspirado las políticas económicas, condicionando a los sucesivos gobiernos constitucionales. Y los resultados sociales han sido ruinosos. Ecuador, además de país endeudado externamente, ocupa hoy uno de los primeros lugares en inequidad en el mundo, el desempleo y el subempleo han alcanzado un promedio histórico entre el 60% y 70% de la población activa, la pobreza y la miseria se extendió entre los sectores más marginados como ocurre entre diversas regiones de población indígena, la educación fue afectada, la seguridad social prácticamente ha sido desmantelada y la precarización laboral se agravó y corre el riesgo de agravarse aún más, pues las cámaras de la producción (gremios empresariales) aspiran a una flexibilización del Código del Trabajo que garantice la tercerización, el trabajo por horas, la supresión o disminución del reparto de utilidades empresariales entre los trabajadores, facilidades para el despido, salarios vinculados con la productividad laboral , etc. Es decir, un conjunto de recetas que en lugar de promover y proteger al sector laboral, lo colocan en situación débil, liquidando los principios laborales universalmente admitidos. A ello hay que sumar la baratura de la mano de obra, pues el salario mínimo vital referencial es de $ 4.00 (¡cuatro!) dólares mensuales, la remuneración unificada básica es de $160,oo, mientras la canasta general básica es de $ 450.83 y la canasta familiar vital de $ 304,53 mensuales. A esto se considera una ventaja comparativa para que los sectores productivos puedan ser competitivos . Y, sobre todo, la imparable emigración de ecuatorianos y ecuatorianas, fenómeno inédito en la historia nacional desde 1990, que aspiran a encontrar en España y otros países europeos no solo empleo, sino, ante todo, un mejor salario y mejores condiciones de vida y de trabajo que la derecha económica y política les ha negado en 27 años de constitucionalismo y democracia electoral.

En contraste, se presentan como estables y dignos de defensa los logros de la macroeconomía, el puro crecimiento del PIB, el auge exportador, el simple equilibrio fiscal y hasta el consumismo extendido o la supuesta disminución de los índices de pobreza urbana, todo lo cual -que es un fenómeno de la coyuntura- se pondera como estabilidad y orden .

La derecha económica y política del país comprendió el peligro que representaba para sus intereses el pronosticado y hasta previsto triunfo electoral de Rafael Correa. El PSC reprodujo, como lo expuse en la primera parte de mi artículo, una estrategia de ataque contra este candidato ya aplicada desde la época del combate al binomio Jaime Roldós-Osvaldo Hurtado. De una u otra manera, en forma conciente y directa o en forma indirecta, quienes decidieron enfrentar a Correa bajo el supuesto de su inevitable triunfo, alimentaron esa consigna generalizada que resultó, en los hechos, la de todos contra Correa.

No hubo empacho alguno en la derecha económica y política para abandonar a su candidata Cynthia Viteri y volcarse al apoyo de Álvaro Noboa, a tal punto que la candidata socialcristiana fue sobrepasada incluso por Gilmar Gutiérrez y, para asombro nacional, perdió en el Guayas, la provincia dominada por el PSC y perdió también en Guayaquil, la ciudad bajo control político socialcristiano, ligado a la cúpula del caudillo Febres Cordero. El periodista Carlos Vera, muy reconocido en la televisión ecuatoriana, no dudó en advertir, a pocos días de las elecciones, del pacto al que había arribado la derecha para preservar su poder traicionando a Cynthia, y denunció, en esos mismos días y también ahora, las irregularidades electorales en cuya trama se involucra al Tribunal Supremo Electoral (TSE) y, sobre todo, a la empresa E-Vote, encargada del conteo rápido. La irregularidad del proceso electoral ha llegado a tal extremo que hasta la mañana el miércoles 18 de octubre, el país no conocía datos definitivos oficiales sobre Presidente y Vicepresidente y prácticamente nada sobre los diputados y las otras dignidades locales. Todos los periódicos del país dan cuenta del escándalo y la burla protagonizada por la empresa mencionada y el irresponsable papel del TSE. Esto dio lugar a protestas ciudadanas y a que se empiece a hablar de fraude electoral. Desde antes, Rafael Correa también había denunciado a la derecha mafiosa del Ecuador y el escandaloso fraude que preparaba.

Conocedor de su victoria, Álvaro Noboa ha expresado que buscará el apoyo de otras fuerzas y especialmente se ha referido a que es natural que los socialcristianos deban apoyarle en la segunda vuelta. Acusa a Correa de comunista , dice que tendrá que ir a vivir en Cuba, amenaza con perseguir a los opositores y ofrece autoridad. A su vez, dos altos dirigentes del PSC, incluido su presidente nacional, dicen aludiendo a Correa- que no votarán a favor de quien proclama la anarquía, el caos, la confrontación y considera guerrilleros y no terroristas a las FARC. Más allá de esas declaraciones, es evidente que la derecha económica y política ya se ha unido con Noboa y lo sostendrán para el triunfo en la segunda vuelta. Como señalé en la primera parte de este artículo, al fin y al cabo Noboa defiende los mismos intereses oligárquicos, no representa peligro alguno a este sector y las diferencias personales se superan al momento en que están bajo la mira los buenos negocios.

Hay una multiplicidad de aspectos a considerar con respecto a los resultados electorales tal como hasta hoy se conocen. Cabe advertir, por ejemplo, la persistente regionalización política del país, ahora con el protagonismo de la amazonía que ha votado por Gutiérrez, hombre de su región. También que ni entre la población indígena hubo unidad a favor del candidato Luis Macas, quien pierde en provincias centrales del país donde es fuerte la presencia indígena y donde increíblemente gana Gilmar Gutiérrez, hermano de quien los indios, apenas un año atrás, calificaron como traidor a su movimiento. Y llama la atención que en El Oro, la provincia bananera del Ecuador y donde se conoce más que en cualquier otro lugar al magnate Álvaro Noboa, gane Rafael Correa.

Pero lo que ha quedado definitivamente en juego es la polarización entre un candidato que representa a las fuerzas despertadas por la radicalidad de Correa y las otras fuerzas de la revolución ciudadana despertadas por este nuevo político y el proyecto que presentó al país.

El triunfo de Álvaro Noboa va en camino de constituirse en una nueva versión del gobierno febrescorderista de 1984-1988. Con ese mismo estilo autoritario y represor, afirmado en la visión de los hombres de alta empresa, incapaces de generar el desarrollo económico del país y peor aún de crear condiciones para el trabajo digno de los trabajadores ecuatorianos y con bienestar para las mayorías. La nación ya experimentó ese modelo . Es triste, por tanto, que parte de la población pobre y excluida, desorientada por los ofrecimientos que apelan a esa misma pobreza y marginalidad, se inclinen por votar por quienes son los causantes de sus desgracias, confiando en que los explotadores pueden redimirles.

Rafael Correa ha dicho que ha ganado en la primera vuelta y considera como un triunfo inédito el haber llegado a la segunda vuelta, argumentando que enfrentaba a las fuerzas más poderosas del país, a las que él considera haber derrotado con independencia de la partidocracia , sin componendas ni pactos, pero si con un mayoritario respaldo ciudadano, cansado de la clase política.

La polarización electoral, por consiguiente, no es un fenómeno de campañas erradas o buenas. Hay una derecha que se prepara a no dejarse arrebatar el poder político que ha consolidado durante cerca de tres décadas, luego de las dictaduras petroleras de los años setenta. Y todo proyecto que se les enfrente, llámese como se llame, correrá igual suerte. Es en ese marco donde se habría ubicado un eventual triunfo del reformista León Roldós, a pesar de su moderación política. O quizás un avance de la candidatura de Luis Macas y el peligro de un gobierno indio. De manera que, en la confrontación por el poder la nueva consigna de todos con Noboa tiene que ser bien advertida en el futuro próximo del Ecuador.

Ante el panorama descrito, donde hay fuerzas poderosas ya alineadas, también es preciso preguntarse sobre el papel y la alineación que adoptarán las otras candidaturas perdedoras identificadas con la izquierda y con la centro izquierda, sus militancias, así como aquellos intelectuales y académicos que, aunque dicen identificarse con estas tendencias, han hecho verdaderos malabares ideológicos para entender y explicar la ubicación política del proyecto representado por Rafael Correa. La alineación derechista sin duda desafía particularmente a León Roldós, la RED que lo apoyó y el partido Izquierda Democrática, cuya militancia, convencida de querer mantener los principios ideológicos que inspiraban a su organización, se fraccionó para apoyar a Rafael Correa. Así es que la historia inmediata del Ecuador está demandando definiciones y toma de posiciones. La segunda vuelta del 26 de noviembre dirá la última palabra.

Quito, 18 de octubre de 2006.

PUCE Taller de Historia Económica http://the.pazymino.com/

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