Sergio Guerra Vilaboy

La revuelta de los comuneros de Paraguay, ocurrida en la primera mitad del siglo XVIII, es uno de los más trascendentes movimientos precursores de la independencia de América Latina. Iniciada tímidamente en 1721 contra el predominio de las misiones jesuitas, que controlaban buena parte de los guaraníes de esa región, se transformó una década más tarde en una rebelión masiva de pequeños campesinos o chacreros contra las autoridades coloniales.

Los antecedentes del movimiento comunero paraguayo se remontan a los años de 1644-1650 cuando, bajo la dirección del obispo franciscano Bernardino de Cárdenas, los pobladores iniciaron la resistencia al poderío jesuita. Incitada por los grandes estancieros y encomenderos, la rebeldía de los comuneros comenzó casi un siglo después con las primeras peticiones de autonomía municipal elaboradas por José de Antequera, que desembocaron en su nombramiento como nuevo gobernador de la provincia por el cabildo de Asunción, tras la destitución y encarcelamiento del anterior en septiembre de 1721, quien escapó a Buenos Aires.

Tras un tiempo, el funcionario colonial depuesto regresó a Paraguay acompañado de un numeroso ejército, integrado en gran parte por guaraníes de las misiones, con el propósito de recuperar sus fueros, aunque en agosto de 1724 las milicias criollas lo derrotaron a orillas del Tebicuary. Un año más tarde, los comuneros fueron doblegados por las numerosas tropas despachadas por el virrey del Perú, a cuya jurisdicción estaba entonces adscripto Paraguay. Como castigo por su rebeldía, Antequera fue encarcelado, y ejecutado en Lima (1731). Decapitado, su cabeza fue exhibida para escarmiento de la población, mientras su compañero Juan de Mena moría en garrote vil y los restantes comuneros detenidos condenados al destierro perpetuo de su tierra natal.

Una segunda etapa de la insurrección comunera paraguaya se abrió entonces bajo la dirección de Fernando de Mompox, quien había escapado de la misma prisión donde se encontraba Antequera en Perú. Si al comienzo los levantamientos habían sido orientados por los ricos propietarios, ahora la dirección pasó al común, los representantes de villas y pueblos, esto es, pequeños y medianos propietarios rurales y las capas más pobres del campo. Además, la lucha ya no era sólo contra los jesuitas, sino también contra los abusos del virrey y la propia Corona.

Conducidos por elementos más radicales se llegó a crear una junta gubernativa en Asunción, que proclamó que “el poder del Común es superior al del mismo Rey”. No fue hasta 1735, después de varios años de virtual independencia, que el virrey de Perú pudo someter a la provincia rebelde, tras derrotar a los comuneros en la batalla de Tabapy, una antigua estancia dominica. Esta vez las represalias fueron masivas, mientras los líderes principales, Tomás de Lovera, Miguel Giménez y Mateo Arce, eran conducidos a Asunción y tras juicio sumarísimo descuartizados en público. Además, fue suprimido el derecho de Paraguay a elegir autoridades locales, prohibida las reuniones y destruida toda la documentación del movimiento para imponer silencio perpetuo sobre la rebeldía comunera.

Aunque las sublevaciones criollas fracasaron, en 1767 la orden de los jesuitas fue expulsada por Carlos III, dejando un vacío que el gobierno colonial pretendió llenar administrando las misiones o entregándolas a otras órdenes, lo que precipitó su decadencia. Ese resultado, junto con la creación del Virreinato de Río de la Plata (1776), elevó a primer plano el tema de las relaciones con Buenos Aires.

La relativa apertura del comercio de la provincia interior abrió nuevas posibilidades a los comerciantes y productores paraguayos de yerba de mate y tabaco, a pesar de que era la colonia menos favorecida por la nueva política mercantil de los Borbones. Las restricciones y tributos impuestos por las autoridades coloniales en el Paraná y Buenos Aires afectaban las exportaciones paraguayas y de las provincias vecinas del litoral de esa arteria (Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe), emponzoñando las relaciones con los porteños y la Corona. La crisis metropolitana creada a principios del siglo XIX por la ocupación napoleónica de la península ibérica, encontró al Paraguay y otros territorios del Virreinato del Rio de la Plata atrapados en esta madeja de contradicciones que saldrían a flote durante la lucha por la independencia de España e incidirían en su derrotero.

Fuente: www.informefracto.com – 20 de agosto de 2021

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