Por Sergio Guerra Vilaboy

Esta mañana culminó el Coloquio Internacional De los Tratados de Trujillo a la diplomacia bolivariana de paz, organizado por el Centro Nacional de Historia de Venezuela, para reflexionar sobre el bicentenario de las negociaciones de la gran Colombia con España, en el que tuve la oportunidad de participar on line.

Hay que recordar que, el 27 de noviembre de 1820, se produjo en Santa Ana de Trujillo, en Venezuela, el histórico encuentro entre el capitán general español Pablo Morillo, enviado por Fernando VII a la reconquista de América en 1815, y el general Simón Bolívar, presidente de la República de Colombia, después de que ambos firmaran los tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra. El Libertador, vestido con levita azul y gorro de campaña, montado en una mula y con una reducida escolta, se presentó ante Morillo, que lo esperaba engalanado, luciendo todas sus condecoraciones y escoltado por un regimiento de húsares. Al verlo acercarse, Morillo salió a su encuentro y los dos jefes desmontaron y se abrazaron.

El militar español organizó una comida, en la que intercambiaron varios brindis. Según el testimonio del propio Bolívar: “Desde Morillo abajo se han disputado todos los españoles en los obsequios con que nos han distinguido y en las protestas de amistad hacia nosotros. Un aplauso a nuestra constancia y al valor que ha singularizado a los colombianos, los vítores que han repetido al ejército libertador. El general Morillo propuso que se levantase una pirámide en el lugar donde él me recibió y nos abrazamos, que fuese un monumento para recordar el primer día de la amistad de españoles y colombianos, la cual se respetase eternamente”. Tan impresionado quedó el jefe realista con Bolívar, que en informe reservado a su gobierno anotó: “Él, es la revolución.”

La entrevista fue la culminación de las negociaciones entre los representantes de los dos contendientes, en las que brilló el general Antonio José de Sucre. Las sesiones se desarrollaron en Trujillo, el mismo pueblo donde Bolívar diera a conocer en 1813 su decreto de guerra a muerte durante la “Campaña Admirable”. Los tratados entre Colombia y España fueron firmados primero por los comisionados, el de Armisticio el 25 de noviembre de 1820, que establecía una tregua de seis meses, y el de Regularización de la Guerra al día siguiente, considerado el principal antecedente del derecho humanitario actual y, según el propio Libertador, “ha sido propuesto todo por nosotros”.

Los acuerdos delimitaban los territorios de ambos ejércitos, acordaban el respeto a los civiles, el canje de prisioneros y se comprometían a combatir como “naciones civilizadas”, dejando atrás la sangrienta guerra a muerte iniciada por los realistas, según demostrara el historiador cubano Jorge Ibarra en su último libro: Simón Bolívar, entre Escila y Caribis (2018). Aunque los representantes españoles se negaron a aceptar la independencia, en la práctica los tratados significaban no sólo el reconocimiento de la beligerancia de los patriotas, sino también de la emergente República de Colombia, fundada en diciembre de 1819.

El ambiente propicio para estas negociaciones se había creado con el triunfo de la revolución de Rafael de Riego en España, en enero de 1820, que obligó a Fernando VII a restablecer la constitución liberal de 1812 y las Cortes en Madrid. Pero más importante había sido el sensible cambio ocurrido desde 1817 en la correlación de fuerzas entre patriotas y realistas en la América del Sur, pues el ejército de José de San Martín ya había liberado Chile y tenía en jaque a las tropas españolas en el Virreinato del Perú, mientras Bolívar emancipaba buena parte de Nueva Granada y Venezuela.

A pesar del entendimiento, la tregua duró poco tiempo. El 28 de enero de 1821 los habitantes de Maracaibo se levantaron en armas y proclamaron su incorporación a Colombia, lo que significó la anticipada ruptura del armisticio y el reinicio de las hostilidades. Las protestas de Miguel de la Torre, sustituto de Morillo, que quince días después de la entrevista con Bolívar habían regresado a España, de nada sirvieron y ambos bandos acordaron el reanudar la contienda bélica el 28 de abril. Tres meses después, ante la persistente negativa metropolitana a reconocer la independencia de Colombia, el general Mariano Montilla se adueñó manu militari de toda la costa atlántica y el 5 de octubre liberó Cartagena, la misma plaza que a sangre y fuego había ocupado Morillo en 1815 y que le había valido su primer título nobiliario. Era el principio de fin del colonialismo español en América.

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