Respuesta de Juan Florencio Terrada a Juan Andrés Pueyrredón

Buenos Aires, 21 de mayo de 1810

Amado J. A.: Recibí tu carta a las nueve y he demorado a tu negrito hasta este momento, que son las cinco, para poder decirte algo de efectivo sobre lo que está pasando. No extrañes no ver mi letra, porque me es materialmente imposible escribirte yo mismo.

Izquierda: El Virrey Baltazar Hidalgo de Cisneros fue nombrado por la Suprema Junta de Sevilla a cargo del virreinato del Plata en 1809.

Este cuartel es un infierno: todos me llaman; tengo que ir a diez casas a un mismo tiempo, y estar aquí de plantón, no sólo para mantener unida la tropa, y hacer citar a los que faltan, sino para contenerla a fin de que no haya desórdenes, y contestar y hablar con mil amigos que me buscan. Por eso le encargo a nuestro querido amigo Tagimán, que te diga lo que haya sabido hoy día. Ya sabes que es de letra menuda, y te escribirá con detención, porque te quiere mucho. Adiós.

J.F.T.

Querido J.A.: Por encargo del comandante paso a decirte que te han exagerado mucho las cosas. Hasta ahora no se ha tomado providencia alguna contra el virrey y los oidores; pero tenemos los ánimos muy prevenidos y estamos dispuestos a todo lo que tú sabes, para hacer lo que quería tu hermano, que buena falta nos hace para librarnos de los tilingos que andan con paños tibios. El grito general es echar abajo a Cisneros y poner paisanos en la audiencia y en el gobierno. Todo el paisanaje anda por la plaza y las calles: en los cuarteles rebosa la gente. Todos hablan, gritan, entran y salen en las mayorías de los regimientos: con mil noticias a cada cual más alarmante, de que han llenado a las Conchas fuerzas de Montevideo, de que Liniers viene sobre nosotros con cinco mil cordobeses, de que en el hueco de los Sauces, en el de Cabecitas y en Barracas se están juntando los europeos para avanzarnos. Con esto andan enfurecidos los oficiales y quieren hacer prisiones y destierros para precavernos del peligro. Pero los hombres de influjo se han opuesto y han ordenado a los comandantes no dejar salir partidas, porque dicen que todo se ha de conseguir por los resortes del orden, obligando al Cabildo a que llame y oiga al pueblo. Sin embargo, las calles del centro y la plaza están llenas de mozos armados a pistola y sable que vigilan el Fuerte; y por las orillas andan también de su cuenta muchas partidas de caballería voluntaria.

Este es el estado en que está el pueblo desde el viernes. Anoche hubo palos y tiros en el teatro. Arteaga, Azamor, Ochoteco y otros oficiales europeos armaron gresca con muchos de los nuestros; dicen que el alférez Urien hirió allí de un sablazo en la cara al hijo mayor de Durán (1). Por sentado que Juan José, Ventura y Cardoso figuraron como siempre. En las pulperías se notan muchas reuniones, y se arman pleitos a cada momento entre criollos y maturrangos, de los que resaltan bastante heridos a cuchillo porque a nadie se le deja sacar fusil o sable de los cuarteles.

El café de los Catalanes y la Fonda de la vereda ancha están repletos de toda la mozada. Pancho Planes se ha hecho un estado mayor con Voizo, Víctor Fernández, Fontuzo, Grimau, Somalo, Enrique Martínez y muchos otros que le sirven para andar agitando todo el cotarro y para juntar plebe al centro que grita sin cesar: ¡Cabildo Abierto! ¡Abajo el virrey! Yo no sé a qué horas duermen estos diablos, porque parece que trasnocharan de casa en casa y de cuartel en cuartel. ¿Quién había de creer que hubiese tanta energía y tanto espíritu público en Buenos Aires contra los tiranos? Esto tiene que reventar hoy o mañana de alguna manera: así no puede durar.

Los tres comandantes de patricios (2), el de arribeños (3), el de los castas (4), los de húsares (5), los granaderos (6) y los urbanos estamos de acuerdo, por supuesto, en apoyar al pueblo hasta derramar la última gota de sangre; y ¡maldito sea el militar que teniendo sus galones de la patria, la deje sacrificar y esclavizar por virreyes y mandones! Esto no se verá jamás en Buenos Aires.

Con este motivo te diré que las damas y las muchachas se han puesto todas del lado de sus hermanos y de los criollos. Como los europeos andan con miedo no oprimen ya a los muchachos, quitándoles los zapatos o el sombrero, y escondiendo las llaves de la puerta de calle para que no salgan de noche; y ya sea de miedo, ya de impotencia, callan y sufren. Ha entrado la furia de los rebozos de frisa (7) celeste, ribeteados de cintas blancas. No hay una muchacha o una dama (con excepción de doña Flora que está más rabiosa y más fiera que un diablo (8) (9) que no pase la noche cosiendo su rebozo para salir a la calle y pasear por delante de los cuarteles. Excuso decirte que los ramitos de violetas azules y de junquillos blancos, emblema de la causa, van y vienen de unos grupos a otros.
Empiezo también a ver muchos gorros colorados con cintas blancas y celestes.
Tu amigo y compañero.

José María Tagimán

NOTAS:

(1) El comandante del “Fijo”
(2) Saavedra, Romero, Urien.
(3) Francisco de Ocampo.
(4) Superí.
(5) Vivas.
(6) Juan Florencio Terrada.
(7) Una felpa de lana fina
(8) Doña Flora Azcuénaga de Santa Coloma. Dama principal, muy rica, muy soberbia, muy realista, y sumamente fea.
(9) El autor se refiere a que Flora Azcuénaga pertenecía al partido realista. (CC)

Vicente Fidel López:  Crónica de la Revolución de Mayo. Buenos Aires. Editorial El Quijote. 1945

 

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