Cartas Sergio Guerra Vilaboy y Jorge Nuñez Sánchez

Estas misivas fueron intercambiadas a poco de fallecer este destacado historiador ecuatoriano

La Habana, 23 de marzo de 1993
Dr. Jorge Núñez
Presidente ADHILAC.
Quito, Ecuador.

Querido Jorge:

Hace sólo unos días, en el recién terminado Seminario “Luces y Sombras en la Historia de América”, patrocinado por la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), me sugeriste que escribiera algunas palabras sobre nuestro entrañable amigo Agustín Cueva, para incluirlas en el volumen que preparan en Ecuador ante el primer aniversario de su desaparición física. Estoy de acuerdo contigo en que en ese merecido homenaje no debía faltar una contribución cubana. Me parece que para nosotros, que tanto le debemos a Agustín en el plano humano como en el quehacer intelectual, esto constituye una elemental obligación de gratitud para quien siempre mantuvo enhiesta, en cualquier tiempo y lugar, su solidaridad y compromiso con la Revolución Cubana y las mejores causas de nuestros pueblos.

Recuerdo ahora cuando lo conocí en La Habana a principios de 1978, invitado como Jurado del Premio Casa de las Américas. Su nombre ya era ampliamente conocido por sus penetrantes artículos aparecidos en diferentes revistas y, muy en especial, por aquellos trabajos que publicó en Historia y Sociedad en los cuales desnudó, en aguda crítica, a la entonces de moda “teoría de la independencia”. También ya había editado en 1974 ese sugerente ensayo de interpretación: El proceso de dominación político en El Ecuador, publicado en Cuba 5 años después.

Desde aquel primer contacto personal con Agustín entablamos una cálida amistad y fructíferos diálogos que habríamos de continuar en posteriores encuentros en México y La Habana.

En esta oportunidad me dedicó un libro significativo acabado de salir de la imprenta: El desarrollo del capitalismo en América Latina, merecedor del Premio de la prestigiosa Editorial Siglo XXI, y que causó un tremendo impacto en el Continente. Esta obra, que utilizamos desde entonces en nuestros cursos en la Universidad de La Habana, marcó toda una nueva etapa en la sociología e historiografía latinoamericana, como lúcido y documentado ensayo marxista en polémica con el dependentismo. Luego vendrían otros artículos y ensayos suyos –los he visto en manos de estudiantes en diferentes universidades de América Latina-, muchos de ellos recogidos en otros tantos libros importantes, contentivos de los ininterrumpidos aportes de Agustín a las Ciencias Sociales.

La última vez que nos vimos fue en mayo de 1991, cuando estuvo en Cuba para participar en el XVIII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS). A pesar de que ya eran visibles las huellas del terrible mal que lo aquejaba, su entereza despertó la admiración de todos. Aquí hizo gala, una vez más, de una increíble capacidad analítica  y fino sentido del humor con su chispeante ponencia –en privado me confesó el esfuerzo titánico que le había representado redactarla en medio del duro tratamiento médico al cual estaba sometido-  titulada: “Falacias y coartadas del quinto centenario”.  En ese texto desenmascara las argucias puestas a circular por determinados escritores latinoamericanos deseosos de festejar en grande el llamado descubrimiento de América. He aquí algunos de sus argumentos:

En cada intelectual “iberoamericano”  (y aquí sí que el gentilicio viene como anillo al dedo) hay sin duda un leguleyo en potencia, capaz de los mayores prodigios y acrobacias semánticas. ¿Cómo hubiera sido posible, si no, acuñar una expresión tan tierna como “encuentro de dos mundos”, por ejemplo, en la que uno no sabe que “admirar más, si la carencia de todo escrúpulo histórico-moral o el nivel casi artístico al que el cinismo puede llegar?.

Y más adelante, en otra parte de su singular ponencia, que provocó en más de una ocasión la risa espontánea y unánime del auditorio. Agustín añade:

En fin, hay que esclarecer que no somos los latinoamericanos quienes hemos tomado la iniciativa de remover “viejas” heridas. Fue la España oficial la que impulsó las conmemoraciones del V Centenario, y que las sigue promoviendo –para no decir imponiendo- convencida de que es “el momento idóneo para que la comunidad iberoamericana tome conciencia de sí misma”. Muy “idóneo” en realidad, como si, para reforzar la comunidad europea, Kohl invitara a Mitterand a “conmemorar” la entrada de las tropas nazis en Paris y el consiguiente “encuentro de dos mundos y dos culturas”; o como si Mitterand convidara al gobierno español a “conmemorar” la ocupación de la Península por las tropas de Napoleón.

Me resta sólo mencionar que lo mejor y más emocionante del Congreso de ALAS nos lo reservaba el acto de clausura. En la ceremonia final, los centenares de sociólogos latinoamericanos reunidos en el Palacio de Convenciones de La Habana, puesto de pie, aclamaron a Agustín por su elección en la Vicepresidencia de la organización, muestra palpable del aprecio y reconocimiento de sus colegas a una vida entera consagrada al desarrollo de las Ciencias Sociales en este Continente.

Bueno Jorge, hasta aquí estas breves evocaciones de Agustín, ejemplo de intelectual latinoamericano consecuente y vertical, cuya pérdida nos empobrece y que sentimos profundamente, con la amistad de

Dr. Sergio Guerra Vilaboy.

P.D. Te envío una copia de esta carta por correo y otra por la Embajada. Espero tu saludo a la reunión de historiadores cubano-mexicanos que preparamos para fines de mayo. Un abrazo.

 

Agustín Cueva y la Historia Latinoamericana

La muerte de Agustín Cueva, de la que en estos días se cumplen dos años, exige una evaluación póstuma de su vida y obra, entre otros fines para dimensionar con justeza el papel que Agustín jugó en nuestra historia cultural y el vacío que dejó en las vidas de los que lo admiramos, respetamos y amamos.

Tras cursar estudios en las universidades Central del Ecuador y PUCE, y graduarse en el Instituto de Altos Estudios de América Latina, en París, Agustín irrumpió en nuestra historia cultural con una fuerza ética y una profundidad analítica inusitadas.

Un país aprisionado entre viejos sueños de grandeza y traumáticas mutilaciones territoriales, amodorrado por una vanidad aldeana cargada de autoelogios – “la Florencia de América”, “la sultana de los Andes”, “la perla del Pacífico”, “la Atenas del Ecuador”- y embelesado con una vocación cultural europeísta a ultranza, en el que hasta las antiguas vanguardias culturales habían optado por “moderarse” y plegarse al régimen oligárquico, vio surgir, de pronto, una generación iconoclasta y parricida, que hacía de la crítica al sistema la esencia de su acción y el objetivo mismo de su existencia.

A la cabeza de esa generación incendiaria, cuyos fuegos quedaban circunscritos al noble ámbito del papel -ideas, palabras, tintas, acuarelas-, estaba la elegante y gentil figura de Agustín. Delgado, atento, discretamente nervioso, imberbe en medio de un mar de barbas y melenas largas, sobresalía entre todos por su extraña inteligencia analítica, que siempre iba más allá de lo inmediato, más adentro de lo superficial. También sobresalía por su voz andina, de bajo profundo, que casi nunca se elevaba, porque tanto ella como el espíritu que la animaba estaban hechos más para el coloquio, la tertulia o la cátedra -es decir, para los ámbitos de la reflexión- que para el discurso político o la arenga de barricada. Por lo demás, no requería elevar la voz para convencer de sus ideas o, al menos, lograr respeto para ellas: sus siempre sólidas razones, sus precisos ejemplos y sus finas maneras lo conseguían con naturalidad. Estaban, por fin, su formidable erudición -había leído todo lo trascendente y estaba al tanto de todo lo importante-, su vocación de políglota -en los sesentas hablaba tres idiomas; en los noventas, seis- y su formidable sentido del humor, que relativizaba y ponía en dimensiones humanas incluso a las más serias disquisiciones intelectuales.

Ese fue el hombre, el amigo que lideró el pensamiento de nuestra generación, por encima de los diversos y contrapuestos líderes políticos que buscaban orientar su acción. Un hombre cuyas ideas nunca estuvieron al servicio de los pequeños apetitos de poder, de los inacabables y ruines sectarismos locales o internacionales, sino de los mejores intereses de su nación y de sus pueblos: la nación latinoamericana, los pueblos de América Latina. Un hombre que, por lo mismo, enfiló sus ideas y su acción intelectual contra el enemigo principal de Nuestra América, el imperialismo, y contra sus cómplices locales, las burguesías criollas. Y, además de todo ello, un amigo siempre atento a toda opinión, por más opuesta que fuese a sus ideas; siempre listo a hacer la evaluación crítica que se le solicitaba sobre un trabajo; siempre sincero y afectuoso.

La prensa fue su primer espacio de comunicación pública. A comienzos de los sesentas, estudiante todavía, colaboró con la revista “Mañana”, esa trinchera de lucha política que fundara y dirigiera Pedro Jorge Vera para reemplazar a la combativa La Calle, que poco antes vendiera su alma al diablo. Con Fernando Tinajero fundó Agustín, en la segunda mitad de los sesentas, la revista “Indoamérica”, publicación de fina estampa que recogió los mejores textos de la emergente “nueva izquierda” ecuatoriana y en la que publicó uno de sus más sugerentes textos: “Más allá de las palabras. Introducción a la mitología velasquista”, exitoso ejercicio de análisis ideológico de uno de los más eficientes mecanismos de la dominación en el Ecuador, el “velasquismo”, y de su figura central, el doctor José María Velasco Ibarra, por cinco veces electo Presidente del Ecuador. Además, colaboró con cuanta nueva publicación lo solicitase, consciente de que su nombre constituía un impulso. Mas no por ello descuidaba su labor intelectual mayor, que cocía a fuego intenso en su tranquila casa quiteña de la calle Ascásubi; de esos años es una de sus obras fundamentales: “Entre la ira y la esperanza”, implacable disección de las realidades de nuestra cultura.

Empero, fue la cátedra su espacio de acción preferido. Tras la llamada Segunda Reforma Universitaria, fue nombrado Director de la flamante Escuela de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Central, que reemplazó a la anterior Escuela de Ciencias Políticas, y se preocupó de organizarla como un centro académico de alto nivel, capaz de desentrañar las realidades de la sociedad ecuatoriana. Poco después, tentado por conocer de cerca la experiencia chilena de la “revolución en libertad” se trasladó a la Universidad de Concepción, donde se desempeñó exitosamente como profesor y Director de la Escuela de Sociología. Bajo ese grato alero concluyó su ensayo “El proceso de dominación política en Ecuador”, formidable síntesis crítica de la historia ecuatoriana, que ganara una mención de honor del Concurso de Ensayo Casa de las Américas, en 1971.

Tres años más tarde emigró a México, donde se radicó definitivamente. De paso, esta última emigración le salvó de ser victimado por la barbarie pinochetista, a la que denunció y combatió sin tregua en los años siguientes.

En México vivió Agustín una larga y fructífera veintena de años. Vinculado a la afamada y gigantesca Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) -que abarca a más de medio millón de personas, entre profesores y estudiantes-, como profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, se convirtió prontamente en una de las más respetadas figuras intelectuales de ese país. Sin abandonar la cátedra, emprendió reiteradamente en tareas periodísticas y en innumerables empresas intelectuales. Varios importantes periódicos mexicanos -entre ellos, “El Día”, “Uno más Uno” y “La Jornada”- lo contaron entre sus redactores de opinión, lo mismo que variadas revistas de ciencias sociales de todo el mundo.

Brillante, agudo, inquieto, Agustín gustaba de ver los grandes panoramas de la sociedad e interesarse alternativamente por algunos espacios particulares: la economía, la política, la cultura. Así, estaba en todas las cuestiones fundamentales de la ciencia social y en todos los asuntos trascendentes de la sociedad misma, al punto de que sus émulos o envidiosos lo tacharan de “todólogo”, vacua y vana acusación a quien no admitía reducir su acción y su pensamiento a los límites de la “pequeña ciencia” que ellos practicaban, a quien no se plegaba, ni se plegaría jamás, a su ridículo culto neoweberiano por el “dato”, concebido como único medio de aproximación al conocimiento.

En cuanto a sus criticones -Agustín tuvo también verdaderos críticos, que rebatieron con profundidad sus ideas o conceptos-, lo que más los lastimaba era el notable efecto que la visión totalizadora de Cueva y sus métodos de interpretación alcanzaban en el mundo intelectual y fuera de éste. Baste citar el rutilante éxito de su ensayo “El desarrollo del capitalismo en América Latina”, que ganó el Premio Ensayo de la editorial Siglo XXI y conquistó un inusitado y permanente interés del público latinoamericano, al punto que, ya como libro, ha conocido una quincena de ediciones regulares y numerosísimas ediciones piratas.

Creo que parte de su éxito como autor se debió a su elegante y cuidado estilo literario, que atrapa al lector con un texto de fácil y agradable lectura, y que lo hacía distinto al común de los sociólogos, empeñados en ocultar su pobreza estilística y conceptual tras un lenguaje esotérico, lleno de palabras rebuscadas y fórmulas matemáticas, que confunden e irritan al lector en vez de informarlo.

Perspicaz intérprete del presente y de sus tendencias generales, Agustín gustaba de que el análisis teórico caminara, al menos, al paso de la realidad que se iniciaba, de los hechos que empezaban a emerger. Surgieron, así, varios de sus más ambiciosos y exitosos proyectos intelectuales. Una de ellos fue la realización de un amplio estudio sobre la derechización del mundo occidental y sus efectos en nuestros países, que requirió de la conformación de un equipo internacional de investigadores -en el que tuve el honor de participar bajo su dirección- y de una minuciosa labor de coordinación y edición, que estuvo totalmente a su cargo; el resultado fue un libro de gran éxito, del que se publicaron ediciones en varios idiomas y países: “Tiempos conservadores: América Latina en la derechización de Occidente”.

Científico social completo, sus análisis buscaban siempre ser abarcativos de la totalidad de lo real, negando en la práctica cualquier reduccionismo. Ello mismo le aproximó a la ciencia histórica, cuyos métodos hizo plenamente suyos aunque no todas sus técnicas de investigación llegaran a serle familiares. Y es que su misma búsqueda de una visión de totalidad, en el tiempo y en el espacio, no habría sido posible sin el análisis y la perspectiva de la historia. Así, pese a que su formación original fue la de politólogo y sociólogo, terminó por convertirse en uno de los más notables historiadores latinoamericanos, como lo testimonian muchas de sus principales obras.

Consecuente con esa realidad, Agustín contribuyó decisivamente a la creación de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), que finalmente vio la luz en México, bajo la sombra grata de la UNAM, en 1974. En los años siguientes, sería uno de los entusiastas impulsores de nuestra organización y de los Encuentros de Historiadores Latinoamericanos, en los que presentó importantes ponencias, como p. e. su conocido trabajo “El populismo como problema teórico y político”. A ello cabría añadir la dimensión humana de su empeño: en ocasiones, su casa mexicana fue residencia de congresistas de la ADHILAC y centro de reuniones -no siempre cordiales- del directorio, que su gentileza y bonhomía terminaban siempre por volver gratas e inolvidables.

Hoy, cuando la muerte lo ha separado por un tiempo de los que le amamos y admiramos, estos recuerdos a vuelapluma nos permiten intentar una primera evaluación de su paso por la vida y de su aporte a la historiografía y a la historia latinoamericanas.

Para concluir, desde acá, desde la orilla que él dejó ya para siempre, sus amigos y colegas le damos las gracias por su hermoso ejemplo de lealtad intelectual, por su lección de indomeñable amor a Nuestra América, por su límpida y generosa amistad.

 

Jorge Núñez

Quito, junio de 1994

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