Sergio Guerra Vilaboy

La década del treinta del siglo pasado comenzó en América Latina con grandes revueltas sociales y revoluciones frustradas, al calor de la pavorosa crisis económica mundial de 1929, algo que se nos parece mucho a lo que ahora sucede en nuestro entorno. Por todas partes estallaron protestas obreras, levantamientos campesinos y fallidos motines que estremecieron al continente de un extremo al otro. Uno de los más dramáticos y menos conocidos fue la rebelión popular peruana del 7 de julio de 1932, que tuvo por escenario la ciudad de Trujillo y el valle del Chicama.

En 1930 un levantamiento militar, encabezado por el comandante Luis Miguel Sánchez Cerro, puso fin a una década de mandato del presidente Augusto B. Leguía, que moriría en prisión. Como en el resto del hemisferio, la crisis económica llegaba acompañada del desplome del gobierno y el incremento de la intranquilidad social. En el caso peruano, venía precedida de una enorme agitación de campesinos e indígenas, así como del naciente movimiento estudiantil encabezado por Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador en 1919 de la Federación de Estudiantes y uno de los creadores dos años después de la Universidad Popular González Prada, para dar acceso a los trabajadores. El propio Haya había organizado en México en 1924, bajo el impacto de la Revolución Mexicana, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), una organización de pretensión continental, de corte antimperialista e indigenista.

Avivadas por el golpe de Sánchez Cerro, las protestas y motines populares se esparcieron por toda la geografía peruana, como en las minas de La Oroya, donde cientos de hambreados indígenas asaltaron las instalaciones del Cerro de Pasco Corporation. Para intentar calmar la situación, el gobierno militar permitió el regreso de los exiliados y convocó a elecciones, en las que por primera vez participó el APRA, devenido un partido nacional nombrado aprista peruano (PAP), con su principal base en las ciudades y entre los expoliados trabajadores agrícolas de las haciendas azucareras del norte.  

En los amañados comicios de septiembre de 1931 se impuso el propio Sánchez Cerro, lo que agravó el descontento y la crispación social, respondida con mayor represión.  El 23 de diciembre de 1931 la sede central del APRA fue clausurada y el 20 de febrero desterrados sus 27 diputados recién electos, seguida de la persecución de la dirigencia. A continuación, un joven aprista hería al propio mandatario y dos meses después Haya de la Torre era apresado en los suburbios de Lima.

José Carlos Mariátegui

Desde ese momento, las sublevaciones, sabotajes y conspiraciones contra el régimen se pusieron a la orden del día, pero la acción revolucionaria más resonante se desarrolló en Trujillo, verdadero bastión del APRA, una región devastada por las drásticas reducciones de salarios y el desempleo por el desplome de los precios del azúcar. El 7 de julio de 1932, peones rurales, obreros y estudiantes se apoderaron de la alcaldía, edificios públicos e instalaciones militares de esa ciudad norteña y formaron su propio gobierno local, al que se unió la mayoría de los soldados y policías; aunque una decena de oficiales capturados en el cuartel de artillería O´Donovan, donde cayó combatiendo el fornido líder aprista Manuel Búfalo Barreto, fueron víctimas de la descontrolada ira popular.

Para poder aplastar la extendida revuelta en Trujillo, Sánchez Cerro tuvo que lanzar un despiadado bombardeo naval y terrestre sobre la población civil, seguido de la brutal ofensiva del ejército. Debido a la enconada resistencia de los sublevados, parapetados tras barricadas en las calles, fue necesario tomar casa por casa. En la defensa de la céntrica plazoleta de El Recreo se destacó una mujer, María Luisa Obregón, “La Laredina”, armada con una ametralladora. Los caídos en la contienda, o a consecuencia de las posteriores represalias, se calculan en varios miles, muchos de ellos fusilados sin juicio el 27 de julio en las ruinas de la ciudad preincaica de Chan Chan, en las afueras de Trujillo.

Sánchez Cerro obtuvo una victoria pírrica, pues a fines de abril de 1933 fue abatido a balazos en Lima a la salida del hipódromo. A pesar de que el heroico levantamiento revolucionario de Trujillo contó con una amplia participación aprista, Haya de la Torre, cada vez más inclinado a la derecha y a la negociación con los partidos oligárquicos, no tardó en desmarcarse de esta histórica rebelión popular, como hizo también con el programa originario del APRA. Su claudicación ya había sido denunciada por los desaparecidos líderes revolucionarios de Perú y Cuba: José Carlos Mariátegui y Julio Antonio Mella.  

Fuente: www.informefracto.com – 18 de junio de 2021

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