Por Sergio Guerra Vilaboy

A partir de 1947 se esparció por América Latina una furiosa oleada represiva anticomunista, promovida desde Estados Unidos, en el marco de su naciente Guerra Fría con la Unión Soviética.

El principal objetivo era frenar las ostensibles conquistas populares, conseguidas al calor de la victoria sobre el fascismo, y alinear a los países latinoamericanos contra Moscú y los emergentes países socialistas. Esa política llegó a Chile con mucha virulencia durante el mandato de Gabriel González Videla, iniciado en noviembre de 1946, quien perseguiría con saña a los comunistas, represión en la que hicieron sus pinitos criminales los futuros altos oficiales pinochetistas, en una especie de preludio del golpe militar que ocurriría un cuarto de siglo después.

La extensión a la tierra austral de esta rabiosa política anticomunista, promovida por Washington, dio lugar a un sorpresivo viraje del gobierno de González Videla, del Partido Radical, quien había ganado los comicios presidenciales en septiembre de 1946 gracias a su alianza con el Partido Comunista de Chile (PC). En plena campaña electoral, había declarado en la plaza de la Constitución de Santiago de Chile: “Yo les aseguro que no habrá poder humano ni divino capaz de romper los lazos que me unen con el Partido Comunista y con el pueblo.”

Pero esa promesa sólo duró los cinco primeros meses de su mandato, cuando por primera vez en la historia de Chile tres dirigentes del Partido Comunista, entre ellos su propio secretario general, fueron ministros. Además, otros miembros de esta organización desempeñaron importantes cargos, incluidas 5 intendencias y 16 gobernaciones, en una situación análoga a la del Partido Socialista Popular (Comunista) en Cuba a inicios de esa misma década. Al igual que en la Mayor de las Antillas, el PC chileno, aliado a los gobiernos del Partido Radical desde 1939, llegó a contar con una activa representación parlamentaria, tuvo también un vertiginoso crecimiento de su fuerza electoral, así como gran presencia en los sindicatos y medios de difusión, en particular con el periódico El Siglo, que amplió su circulación.

El aumento de las huelgas obreras ante el deterioro de la economía nacional tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, unido a la fuerte presión de Estados Unidos, alarmó a la burguesía chilena y a muchos líderes del Partido Radical, lo que llevó al mandatario a variar bruscamente su política desde abril de 1947, cuando sacó a los ministros comunistas de su gabinete. Cuatro meses más tarde, después de designar al jefe de la armada en el Ministerio del Interior, expulsó a todos los miembros del PC de la administración pública y solicitó poderes especiales al Congreso para extender la represión.

El 3 de septiembre de 1948, para ponerse a tono con las orientaciones norteamericanas, el mandatario firmó la Ley 8087 “de defensa permanente de la democracia“, o “ley maldita” como también se le conoció, que le permitió ilegalizar al Partido Comunista, someter las organizaciones sindicales al control policial, anular libertades constitucionales, como el derecho de huelga, y romper las relaciones con la URSS y dos países socialistas. A continuación, aprovechando el paro de los mineros del carbón, ordenó el arresto de líderes sindicales y militantes comunistas en todo el país, sacando a estos últimos de los registros electorales. Algunos de los más destacados miembros del Partido Comunista fueron confinados al remoto campo de prisioneros en Pisagua, en pleno desierto de Atacama. El senador socialista Salvador Allende, que había calificado la “ley maldita” de “bomba atómica”, tuvo la entereza de visitar a los detenidos en Pisagua, donde un oscuro teniente nombrado Augusto Pinochet trató inútilmente de impedírselo.

La víctima más connotada de la histeria anticomunista en Chile fue el afamado poeta y senador comunista Pablo Neruda, que en 1945 había recibido el Premio Nacional de Literatura. Convertido en el principal antagonista de González Videla, tuvo que pasar a la clandestinidad. En 1949, poniendo en riesgo su vida en un accidentado cruce de los Andes, salió del país y, al año siguiente, dedicó algunas duras estrofas de su poemario Canto General al mandatario traidor, mientras este era recibido con máximos honores en Estados Unidos por el presidente Harry S. Truman. Dos décadas después, González Videla renunció al Partido Radical, en rechazo a su ingreso a la Unidad Popular, conspiró contra el gobierno de Allende y fue un complaciente colaborador de la dictadura de Pinochet como vicepresidente de su Consejo de Estado.

Fuente: www.informefracto.com – 11 de mayo de 2021

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