Sergio Guerra Vilaboy

Una de las más conocidas rupturas entre dos personalidades de la historia latinoamericana fue la que ocurrió, en las postrimerías de la lucha por la independencia, entre Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander. Se habían conocido en 1813, tras la caída de la I República de Venezuela, cuando el futuro Libertador tuvo que buscar refugio en Cartagena, el segundo territorio hispanoamericano en proclamar su emancipación.

Santander era entonces un oficial neogranadino, amonestado por Bolívar debido a su falta de arrojo, a quien dejó en la retaguardia durante la “campaña admirable”, que culminó con su entrada triunfal en Caracas. Los caminos de ambos hombres volvieron a encontrarse en 1817, cuando el Libertador planeaba invadir Nueva Granada. En esta ocasión, Santander lograría recuperar la confianza perdida en 1813, pues con las fuerzas disciplinadas que tenía en Casanare, facilitó el exitoso ascenso de los Andes y la victoria de Boyacá (1819). En reconocimiento por su decisiva colaboración, el Libertador lo ascendió a general de división y lo designó al frente de las provincias liberadas de Nueva Granada, con rango de vicepresidente, poco antes de fundar la República de Colombia. El congreso de Cúcuta en 1821 ratificó a ambos en los máximos cargos ejecutivos del nuevo Estado.

En los seis años que siguieron a su nombramiento, Santander fue la mano derecha de Bolívar y el principal destinatario de su correspondencia, a pesar de que el Libertador se indignó con el vicepresidente por ordenar el fusilamiento de 39 oficiales realistas capturados en Boyacá (1819) y se molestó por su oposición a las disposiciones antiesclavistas. También el Libertador criticó la desmedida codicia y la estrecha visión provinciana, de “patria chica”, de Santander que se manifestó con la invitación a Estados Unidos al congreso de Panamá.

En octubre de 1821, Bolívar dejó el gobierno en manos de Santander durante cinco años, para consagrarse a la liberación de Quitó, Perú y el Alto Perú. Desde entonces la relación entre ambas figuras, como explicó Francisco Pividal en larga entrevista por Radio Caracol, publicada con el gráfico título de Bolívar, en vivo y en directo (1986), comenzó a deteriorarse, sobre todo cuando el Libertador perdió sus prerrogativas ejecutivas al dejar el territorio nacional, según lo estipulado por la constitución de Cúcuta.

En sus cartas cruzadas puede apreciarse el choque de intereses que terminó por abrir un abismo entre ellos, provocado por las constantes solicitudes de hombres, armas y fondos del Libertador, que Santander escatimaba. Cuando todavía la tirantez apenas se insinuaba, Bolívar le escribía con calculada ironía: “Hay un buen comercio entre Ud. y yo; Ud. me manda especies y yo le mando esperanzas. En una balanza ordinaria se diría que Ud. era más liberal, pero esto es un error. Pensemos un poco lo que Ud. me da y lo que yo le envío. ¿Cree Ud. que la paz se puede comprar con sesenta mil pesos? ¿Cree Ud. que la gloria de la libertad se puede comprar con las minas de Cundinamarca? Pues esta es mi remisión de hoy. Vea Ud. si tengo buen humor.” Pero en octubre de 1823 ya le decía: “No hablaré a Ud. más de auxilios de tropas porque… se enfada cuando le piden, y yo no sé si será mejor perder que no pedir”.

Terminada la contienda, las desavenencias siguieron en ascenso, motivadas por las amenazas a la integridad colombiana derivadas de la desacertada política centralista de Santander, que obligó al Libertador a volver a Bogotá en 1826. La postura conciliatoria de Bolívar con el general José Antonio Páez, las críticas públicas a la mala administración gubernamental, junto a su plan de poner en vigor la constitución boliviana, para evitar la ruptura de Colombia, ahondaron la brecha con Santander e hizo fracasar la convención de Ocaña en junio de 1828.

El colofón fue la velada participación de Santander en el intento de asesinar al Libertador la noche del 25 de septiembre, por el que fue condenado a muerte. Bolívar conmutó la pena y lo desterró, a pesar de que sólo unos meses antes había escrito al general Carlos Soublette: “Ya no pudiendo soportar más la pérfida ingratitud de Santander le he escrito hoy que no me escriba más porque no quiero responderle ni darle el título de amigo. Sepa usted esto para que lo diga a quien corresponda. Los impresos de Bogotá tiran contra mí, mientras yo mando callar los que tiran contra Santander. ¡Ingrato mil veces!

Fuente: www.informefracto.com – 28 de mayo de 2021

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