Por Sergio Guerra Vilaboy

El 1 de enero de 1820, hace ahora doscientos años, en Cabezas de San Juan (Cádiz), España, el teniente coronel Rafael de Riego se sublevó con sus tropas y proclamó el restablecimiento de la Constitución liberal de 1812. El levantamiento militar tuvo como centro a las fuerzas realistas que debían embarcarse a Hispanoamérica para intentar aplastar el renacido movimiento independentista. En ese momento ya Simón Bolívar había proclamado en Angostura la República de Colombia. tras apoderarse del centro y la capital de Nueva Granada con su espectacular victoria en la batalla de Boyacá (1819): mientras José de San Martín, tras vencer en Chacabuco (1817) y Maipú (1818), había emancipado Chile y culminaba los preparativos de su expedición para liberar al Perú, la que saldría de Valparaíso precisamente en 1820.

El triunfo de la revolución de Riego abrió en España el llamado trienio liberal (1820-1823), que obligó a Fernando VII a aceptar la constitución de 1812 y la reunión de las Cortes –reabiertas en Madrid desde el 9 de julio de 1820-, que comenzaron a aprobar leyes anticlericales y antifeudales. Ello creó una situación muy favorable para el avance de los independentistas en los territorios hispanoamericanos al dividirse las fuerzas españolas, tanto en Europa como en América, en liberales y absolutistas.

Además, los singulares acontecimientos metropolitanos provocaron una profunda grieta en las coaliciones realistas de criollos y peninsulares existentes en los baluartes de los virreinatos de Nueva España y Perú, lo que restringió aún más las capacidades hispanas para contrarrestar el movimiento emancipador en sus colonias. Incluso, el gobierno metropolitano se vio obligado a dar instrucciones a los virreyes para negociar la paz y cierta autonomía con los criollos, a cambio del reconocimiento de su soberanía en América. Ese fue el ambiente que rodeó, entre 1820 y 1821, las entrevistas del general Juan O’Donojú en México con Agustín de Iturbide y la del virrey del Perú, José de La Serna, con San Martín. Ante la manifiesta debilidad metropolitana, los virreinatos de Perú y Nueva España alcanzaron sus respectivas independencias en el lapso de tres meses, en julio y septiembre de 1821.

En Perú, México y Centroamérica, la emancipación fue acelerada por las peligrosas perspectivas que se abrieron para las elites criollas conservadoras con los triunfos liberales de la península ibérica y las disposiciones anti feudales y anticlericales que siguieron al restablecimiento de la constitución de 1812. Con razón el historiador francés Francois-Xavier Guerra escribió: “Las regiones leales –Nueva España, América Central, Perú- evolucionan siguiendo los diversos episodios del liberalismo español.”

En México, por ejemplo, la reimplantación en la metrópoli de la constitución liberal de 1812 y las Cortes hicieron reaccionar en forma airada al alto clero novohispano y a los terratenientes señoriales criollos, curtidos en la represión a los insurgentes mexicanos. Puestos de acuerdo, fraguaron la ruptura con España para evitar la extensión a México de las leyes anti feudales y anti clericales y ofrecer refugio al propio Fernando VII. La puesta en vigor en Nueva España de la constitución gaditana, el 31 de mayo de 1820, y la publicación en México, en enero del siguiente año, de los decretos anti eclesiásticos de las Cortes españolas, fueron decisivos en la preparación de los planes contrarrevolucionarios de la alianza conservadora.

La difícil coyuntura por la que atravesaba España durante estos años convulsos del trienio liberal, explica también que disminuyera al mínimo desde 1820 la llegada de nuevas tropas a América.  La última expedición española de cierta relevancia fue la despachada a Lima en mayo de 1819 y no hubo más posibilidad de reanudarlas hasta después de 1823, tras el restablecimiento del absolutismo de Fernando VII por los “cien mil hijos de San Luís”, cuando ya era demasiado tarde para influir en forma decisiva en el curso de los acontecimientos americanos. A esa altura, México y Centroamérica habían proclamado la independencia –incluso Iturbide ya había abdicado-, San Martín había conseguido entrar en Lima y proclamar la libertad del Perú, mientras Bolívar, que había liberado todo el arco norandino y consolidado la República de Colombia, impulsado por los triunfos patriotas de Carabobo (1821) y Pichincha (1822), marchaba hacia tierra peruana para culminar la liberación continental en la batalla de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824.

Fuente: www.informefracto.com – 2 de enero de 2020

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